Tierra Adentro

Su poesía es poderosa, beligerante y trágica. Llama la atención que una voz tan singular no haya recibido más divulgación y reconocimiento en la escena y el canon literario mexicano.

«Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos, me que­dé vacía, a la intemperie», le dice Enriqueta Ochoa a su padre mientras yo escucho con nitidez su vehemencia y resignación. Si cierro los ojos, fácilmente me imagino que estoy en una lectu­ra pública y que el eco subrepticio es a causa del micrófono, no porque esté oyendo en Spotify el álbum de poemas La eternidad, grabado en Ediciones Pentagrama por la autora. Se trata de una voz madura, caracterizada por un cansancio dulce y una suerte de misterio agazapado en la profundidad y la contundencia de su enunciación. ¿Qué se hace con un muerto? Inquiere con un abatimiento añejado, con un duelo que es una gota de lumbre resbalando por los años. ¿Qué hiciste tú, Enriqueta, con las au­sencias concatenadas de tu padre, tu madre, tu hermana y her­mano, con esa que llamaste avalancha de muerte?

Enriqueta Ochoa escribió su primer libro a los diecinueve. Un libro que le valió la excomunión y la prohibición desde el púlpi­to de su norteña tierra natal. Un libro en el que se define como «la anónima, la gris, la desterrada/ para quien sólo existe por patria/ un índice de estragos y de hogueras»; en el que su san­gre es una «borrasca delirante y caliente»; en el que, retadora y profana, afirma:

Si cuando niña se me hubiera dicho:«Ante Dios,afloja la rodilla y baja el rostro»,yo hubiera obedecido.Pero nadie sopló luces de mitos en mi frenteni se movió en los nervios de mis actos—aprendí de mi abuelo a levantar las cosas por mi mano—y fui sólo el bárbaro explorador sin ropasque arañando la piedra se trepaba al riscopara avistar las rutas que indicabasu brújula de astros y de olores.

Ahí empezó a cantar en descampado, «sin fronteras ni códigos caducos» sin fábulas ciegas ni «cuentos viejos», más bien con una «identidad sin límites ni ambages», forjando sus «propios cánones y salmos». La suya fue una religiosidad elegida. Un mis­ticismo ecléctico con una sólida raíz esotérica y una espiritua­lidad asumida desde los cuatros elementos: tierra, aire, fuego y agua, es decir, desde su corporeidad y terrenidad más tangibles:

No rebusquen más mitos en mis labios.Soy la furia salvaje de una criaturaabandonada en el monte,sin conocer más padre que el sol que ha requemado mi epidermisni más madre que ese lamento gris de tierraque indefinidamente me derrumba y me levanta.

Las urgencias de un Dios, cuyo poema homónimo es funda­cional en la poética de Ochoa, es un poemario pleno de una oscura vitalidad que desgarra. La poeta nos sumerge en atmós­feras de aflicción desbordada, a un tiempo exuberantes y lúgu­bres, selváticas y mortuorias; en un quebranto feroz de carácter existencial que se manifiesta a través de un campo semántico erigido con cenizas y cólera, escombros y vendavales, locura y sepulcros, asfixia y soledad, luto y espanto, golpes y fiebres, ce­gueras e incendios, heridas y sombras, grisura y temblor. Dolor, muerte, finitud.

Hay en su poesía una incertidumbre feral, una tristeza bár­bara, una violencia contenida que explota en intempestivas lla­maradas que nos remiten a las jaulas y los soles, a los vasos y la sangre, al vacío y los gritos de Alejandra Pizarnik. Ejemplo de ello es «Avispero», en Los himnos del ciego:

Anoche sollozaba por un vaso de luz,toda la noche ardí de sedy amanecí vacía.

Otra noche fue el sobresalto dulce, el de la sangre;enardecida fui de la jaula al látigo,del látigo al silbidoagresivo y caliente de las venas,amanecí amargada.

«Desarráigame», en Las urgencias de un Dios:

Yo luché a tempestad de gritos en tu vientrey te dije que no, que no y que no;(…) que en mí no dispersaras el polvo de otro polvoy no hincaras más soles en el río de mis venas.

«El suicidio», en Retorno de Electra:

Pienso en la fecha de mi suicidioy creo que fue el vientre de mi madre.

Y «Carta a Jesús Arellano», en Los himnos del ciego:

Algo se rompe acá dentro, y pienso:me estoy vaciando viva.

La de Ochoa es una poesía atemporal y demoledora. En ella, toda la inmanencia e incompletud de su palabra se confrontan con su sed de divinidad, con su angustia por el ser.

Enriqueta Ochoa nació en Torreón, Coahuila, en 1928 (apenas ocho años antes de que al sur de Buenos Aires, en Avellaneda, naciera Pizarnik). Tuvo una niñez y una instrucción temprana atípicas:

La infancia y la adolescencia fueron duras. A las cinco de la mañana nos despertaba mi padre con un silbatazo, seguido de unos pocos mi­nutos para vestirnos con ropa de deporte, y los seis hijos estábamos esperando las órdenes siguientes: ejercicios de gimnasia, juegos de voleibol y básquetbol.²

1 «Errar entrando adentro de una música al suicidio al nacimiento», escribe Pizarnik en Sous la nuit.

2 Ochoa, Enriqueta. Poesía reunida. México: FCE, 2008. Pág. 312.

Su padre, un férreo patriarca con «ojos de plomo» que tenía por oficio la relojería y la joyería, dispuso que sus hijos estudia­ran en casa y que, llegada la pubertad, optasen por la religión que cada uno quisiera.

Así fue como Enriqueta, al tiempo que aprendió piano, inglés y francés, se apropió de un cuarto de tiliches y lo convirtió en la habitación propia woolfiana en la que leía y meditaba la mayor parte del día. Los libros que la nutrieron provenían de su abuelo y de una biblioteca que un tío aceptó como pago de una deuda. A los doce años recibió como regalo un ejemplar de Cumbres borrascosas y, con el tiempo, estableció diálogos con Rilke, san Juan de la Cruz, Saint-John Perse, Pound, Eliot, Miłosz y Neru­da, pero también con Madame Blavatsky y Ouspenski —famo­sos esoteristas, ocultistas y teósofos— al igual que con Virgilio, Dante, Mann y Proust.

Luego de un arranque sedentario, la vida de Enriqueta Ochoa se tornó errante: primero viajó con su hermana a Europa, don­de convivió con Rosario Castellanos, Dolores Castro, Gabriela Mistral y Vicente Aleixandre —con este último sostendría una larga conversación epistolar, sin saber que ésas y otras corres­pondencias con entrañables interlocutores acabarían en el fuego por orden de su madre. Después, a su regreso, el deseo de ser monja la llevó a San Luis Potosí, a casa de María del Rosario Oyarzun, donde escribió —en una sola noche y en la misma habitación donde alguna vez se hospedara Concha Urquiza— su poemario Las vírgenes terrestres; pero no sería en tierras po­tosinas donde habría de consolidar sus ímpetus monjiles, sino en la Ciudad de México, a donde se marcharía posteriormente a estudiar teatro y terminaría ingresando en un convento, del cual saldría por petición de su padre agonizante. Lo que siguió en su peregrinar fue la etapa de su matrimonio con François Toussaint, misma que la llevó a Francia y a Marruecos y la tra­jo de vuelta a México, huyendo y de forma clandestina, con su hija Marianne. Enriqueta, además, fue normalista: tras su re­torno al país trabajó y estudió por las noches, a las que siempre robaba horas de sueño para su escritura. Maestra en la UNAM, en la UV, en la UAEM, en la Sogem y en el INBA, sus estaciones subsecuentes fueron Xalapa, Estado de México y la Ciudad de México, en donde falleció en 2008.

¿Por qué una escritura tan poderosa, beligerante y trágica no ha recibido más divulgación y reconocimiento en la escena y el ca­non literario mexicano? Contemporánea de Rosario Castellanos, Jaime Sabines y José Revueltas, su obra, finalmente editada en 2008 por el FCE en Poesía reunida, difícilmente estuvo al alcance del lector, salvo por el volumen Retorno de Electra, publicado en 1987 por la SEP en su serie de Lecturas Mexicanas, acervo casi obligado de las bibliotecas públicas y librerías de viejo de Méxi­co, pero que carece de piezas indispensables para la concepción cabal de su universo poético como son Las urgencias de un dios y Asaltos a la memoria.

Asaltos a la memoria constituye, de hecho, un caso excep­cional: su cercanía con la narrativa de Campobello y Rulfo, tan deliciosa como sutil, tan sorpresiva como palpable, y su punzan­te economía del lenguaje —hermosamente tensada en treinta y dos urnas pétreas fabricadas como pequeñas máquinas del tiempo que nos llevan a un pasado que siempre está a punto de ocurrir— lo consolidan como un libro imprescindible de la lite­ratura mexicana. «Estamos hechos de archivos», dice Ochoa y en este ejercicio prosístico que da cuenta de sus memorias y las de sus ancestros nos ofrece un registro que va desde las épocas revolucionarias hasta las colindancias con la Segunda Guerra Mundial, pasando por las hazañas de sus ancestros familiares y sus épicas infantiles.

Mientras más leo y hurgo en tu vida y tu poesía, más siento ga­nas de decirte que «alguien debería llevarte al centro de todas las galaxias», Enriqueta. Es decir, no sé si al centro de la poesía nacional con todos sus bombos, platillos y anquilosamientos o simplemente al vórtice de más y más lectores. Oigo tus elegías «Rafael del Río» y «Retorno de Electra» una y otra vez a modo de amoroso mantra y entonces, en tu voz, todo tiene esa «di­mensión remota/ de una isla escondida/ en el centro mismo del devenir/ para evadir la muerte/ y ser pura vibración, puro presente».


Autores
(Querétaro, Querétaro, 1978) radica en Tampico, Tamaulipas desde 1996. Es poeta. Sus libros más recientes son Antígona González y Siam, ambos de 2012.
nació en la Ciudad de México, en 1979. Historiadora del arte y artista visual. El cómic ha sido siempre su principal herramienta de creación e inspiración. Becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA durante el periodo 201-2013, como parte de la primera generación de la disciplina de Narrativa Gráfica. Actualmente trabaja en su primer proyecto de novela gráfica.
Secretaría de Cultura