Tierra Adentro

A menudo, el arte se convierte en una herramienta para reconstruir el tejido social y arrojar nuevos aires a zonas que son consideradas por convención, prejuicio o realidad, focos rojos.  A través de la Fundación CEDAT (Centro de Desarrollo y Atención Terapéutico), Arte en Calle es un movimiento pensado para que los jóvenes de esas zonas puedan desarrollar sus habilidades en diferentes ramas artísticas.

Nuestras ciudades nacen, crecen, se reproducen y, cuando llega el momento, mueren. Esas ciudades son una especie de cadáver exquisito: a veces en una cantina, en algún museo o en la casa de la abuela, observamos las fotos en sepia o blanco y negro de aquellas calles empolvadas, de los monumentos antiguos marcando los límites que fueron la bienvenida o despedida de la ciudad y que hoy sobreviven estoicos e inmóviles entre el tráfico cotidiano por el que transitamos. Nos movemos de un lado a otro, casi siempre sobre las mismas calles, sin cambiar demasiado la dirección. De casa a la escuela, de ahí al trabajo, del trabajo a casa, o al café que nos gusta, o a casa del amigo, y se acabó. Al final, siempre queremos llegar a un lugar que conocemos. Hace tiempo nos pusimos límites, dibujamos un cuadrito y dijimos  “yo me muevo aquí”.

 En Guadalajara existe una avenida que ha marcado los prejuicios de la ciudad. Guadalajara cambia si te mueves después de la Calzada o antes. Llegué hace once años desde el norte a vivir en esta ciudad y todavía no me queda claro cuándo estoy de qué lado. Y más: ¿quiénes viven en dónde? ¿Los de allá le llaman a su lado “acá” o le siguen llamando “allá”? Dudas territoriales que se mezclan con las existenciales.

He escuchado a varias personas que cuando alguien los cuestiona sobre la seguridad de la ciudad o sobre la lucha diaria de atravesar grandes distancias y compartir su hogar con tantísimos seres humanos, ellos responden “es que uno hace su círculo, uno establece sus rutas y sabe por dónde moverse, y así vives a gusto”. No sabemos qué hacer con nuestras ciudades o cómo vivirlas porque son un ente viviente que en algún punto ya no conocemos ni controlamos, y eso nos asusta. Del desconocimiento viene el miedo, del miedo viene el prejuicio… y ahí es donde nos encerramos. Llevo once años pensando que si me muevo entre ciertas calles de Guadalajara voy a vivir segura, con planes de ahorrar para viajar a otros países, pero sin conocer a fondo la ciudad que rodea mi pequeña existencia y descubrir lo que me podría decir de mí y de aquellos con quienes la comparto.

Me gusta creer que las ciudades todavía pueden ser nuestras, aunque sean enormes, y que debemos rebelarnos ante la idea del encierro, que debemos salir a reclamarlas. Existe un proyecto en Guadalajara que me ha hecho sentir y pensar que esa creencia es real. Hace unos meses conocí Arte en Calle, movimiento social conformado por jóvenes de distintos municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara, que promueve el arte urbano como estrategia para prevenir la violencia. Este proyecto nació en Fundación CEDAT (Centro de Desarrollo y Atención Terapéutico), una organización que trabaja para demostrar que la violencia es un tipo de cultura basada en lo que la gente cree que “es” y su idea de “lo que debe hacer” para ser eso. Con esta idea presente, CEDAT desarrolla e implementa proyectos sociales en varias colonias consideradas con alto índice de violencia en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

Arte en Calle está enfocado a jóvenes que desde los lugares más “violentos”, o más olvidados, utilizan el arte urbano y el hip-hop para expresar todo lo que quieren decir e inspirar a otros. Entre ellos hay talentos inolvidables: está Leazzy, una rapera de veintiún años con más de cincuenta mil personas que la siguen en las redes sociales, sin haber grabado un solo disco; los grafiteros que sueñan en grande y lo plasman en fachadas de edificios de departamentos junto con los vecinos de la cuadra; los chicos que a diario chambean en un banco, en la construcción, repartiendo pizzas, y que al llegar a casa se sientan a escribir, a pensarle, a rapear.

El proyecto es un movimiento que tiene el objetivo de que los mismos jóvenes que ahora  comienzan a darle forma se apropien de él,  lo sigan desarrollando, lo compartan con otros jóvenes y lo utilicen como una ventana para salir a gritar todo lo que son, en su casa, en su calle, a su manera. ¿Para qué? Para recibir, tal vez, un grito de vuelta desde una ventana al otro extremo de la gran ciudad, o para  que alguien que va caminando por ahí, escuche y se sienta identificado. Para construir puentes que nos atrevamos a cruzar, fuera de nuestro perímetro de comodidad y seguridad.

Arte en Calle tiene muchos planes y muchas manos para llevarlos a cabo. Algo de lo que ya se ha hecho dentro del movimiento es construir un estudio de grabación al que se nombró 4×4, en el que se grabó un disco de trece canciones con raperos de diferentes colonias que forman parte de los polígonos de alta violencia en la ciudad. Los chicos no rebasan los veintidós años, la mayoría de ellos estudia una carrera profesional o ejerce un oficio para poder  mantenerse (o ambos). Lo que tienen todos en común son las ganas de arrancarse las etiquetas impuestas, de hablar de lo que son, una necesidad inmediata de cambiar la fotografía mental que pueden tener otros sobre ellos. “El barrio también lee y estudia, también trabaja.  Estereotipos de televisión no representan nada”, dice la línea de una de sus letras.

Además de la presentación del disco en un festival de arte urbano, se están planeando  varias actividades para los próximos meses: videoclips en colaboración con directores de cine tapatíos, la construcción de una escuela de rap para comenzar a compartir las ideas con otras generaciones, una serie web documental que se pretende estrenar en el 2015, entre otras. 

Este es un movimiento auténtico y fresco que no deja de lado la propuesta, el contenido llevado a la forma, una posibilidad de dar el primer paso para conocer lo que hay en el otro, suspender el juicio y salir a la calle con la expectativa de asombrarnos de nuevo. Las ciudades nacen, crecen, se reproducen y algunas mueren. Movimientos como Arte en Calle las mantienen vivitas y coleando.

 


Autores
(Sonora, 1981) estudió la licenciatura en Artes Audiovisuales, donde dirigió los cortometrajes Aurora, Cuento de gaviotas y Verde pistache. La hora de la siesta es su primer largometraje documental. es su primer largometraje documental.
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