Tierra Adentro

Fotografía de Nidia Rosales.

Quien esto lea debe saber / que fue lanzado al mar de humo / de las ciudades / como una señal del espíritu roto. / Quien esto lea debe saber también / que a pesar de todo / los muertos no se han ido/ ni los han hecho desaparecer…

Una vida de adulto. Trabajar cuarenta horas a la semana para pagar el gas, la televisión de plasma, las colegiaturas de los niños. Aprender que la calle es sobre todo un terreno peligroso que debemos evitar. Renunciar al tiempo libre, al ocio genuino y problemático de los días feriados. Olvidarse del parque, el ajedrez y el futbol. Encerrarse en casa a disfrutar los bienes, pequeñas y no tan elementales ficciones. La huella que deja el otro nos aturde tanto que a veces resulta imposible volver a mirar. Nos duele la herida, esa discontinuidad. Desde hace tiempo, el otro se ha vuelto un problema evidente en todas las artes.

El dos de noviembre David Huerta escribió en Oaxaca el poema Ayotzinapa. Había pasado poco más de un mes desde aquel ataque y secuestro de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero. En el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), los artistas plásticos Rubén Leyva, José Villalobos y Luis Zárate, rápidamente crearon una instalación con base en estos desgarradores versos. Los muros altísimos del Cubo abierto, patio interior del museo, se pintaron de negro, las palabras de Huerta fueron lanzadas hacia dos columnas, a sus pies se encendieron cuarenta y tres pequeñas velas, en un costado ardía carbón de anafre.

El día que vi la instalación dieron los detalles del caso todavía no aclarado de los jóvenes desaparecidos. Alguien, supongo que uno de los artistas plásticos mencionados, leía este poema una y otra vez a manera de mantra, repetición al aire que no silencia la mente para liberarla del ruido que en ocasiones ensordece, sino avivarla, llevarnos a la llama y al dolor de aquellas víctimas y de este país de fosas y cuerpos mutilados. Guardar en la memoria esas imágenes de sangre y polvo para saber que uno pudo haber sido aquel objeto perdido.

Si uno entra de noche a este recinto siente que de repente lo ha invadido el viento para postrarlo frente a un altar elevado hacia todos los muertos sin nombre. Si uno entra de noche lo invade lento la angustia de saber que conoce sus nombres y no puede encontrarlos. Estamos tratando de dar / nuestras manos de vivos / a los muertos y a los desaparecidos / pero se alejan y nos abandonan / con un gesto de infinita lejanía, dice David en su dolencia. Nos pegó en la cara una realidad que ya habíamos visto pero que quizás olvidamos por comodidad o hastío. Nos pegó la vida y olvidamos que cada paso que damos trae consigo olas gigantescas o aguas tranquilas de mar. Encontramos una vida de adulto, y con razón y entrega, nos hicimos más habitables, sólo que nos equivocamos.

Ahora esos muertos tienen rostro, nombre, un lugar donde nacieron y trabajaron la milpa bajo el sol bestial del medio día. ¿Qué haremos para que nuestros invaluables destinos no nos hagan olvidar a esas muñecas de trapo en el desierto, esos cuerpos colgantes bajo los puentes, esas fosas pestilentes, esas cenizas, ese silencio de quienes sufrieron todo el peso de una violencia sistemática y generalizada?

Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado, dice Clarice Lispector en su cuento “Amor”. En él, una mujer se enfrenta metafóricamente a un ciego cuando lo observa en la calle masticando chicle. Lo insólito de este encuentro la lleva a replantearse su lugar como madre y esposa, su existencia entendida a partir de los otros. El ciego funciona como espejo que rompe su cotidianidad y la inscribe en el plano del asombro pero también de la náusea ante el vacío, la irremediable brecha que separa a sus personajes.

En la obra de esta brasileña, los otros aparecen como orillas que nunca hemos de alcanzar. Octavio Paz también lo dijo en su ensayo “La otra orilla”. Hay una oportunidad y un salto que uno debe de tomar o está perdido, sumergido en variantes de la realidad que nos aturden y quitan sentido a los actos más elementales. Sin embargo, tampoco es en la escritura, ese terreno inconcluso y movedizo, donde existe un sendero de representación e igualdad, de genuina empatía y trabajo constante que construyan una nueva visión de humanidad. La escritura es el registro, el estado de las cosas que se ofrecen al espectador en curso, pero nunca el encuentro. Ese nos corresponde como responsabilidad y tarea que hemos de realizar también fuera de casa, de muchas formas y con muchos recursos.

Para los personajes de Clarice Lispector, paradójicamente pues no hablan más que consigo mismos, como es el discurso metafórico en todas las artes, no será en la escritura donde los personajes se encuentran sino en el diálogo. Escribir nos sirve para pensar, pero hablar es hacer, buscar al otro que suele escaparse en su misterio y su inaccesibilidad. El diálogo inconcluso que Maurice Blanchot le adjudicara a los libros está en lo que podemos decir y hacer con ideas aterrizadas en una realidad maleable, reconstruible. Esa posibilidad nos ofrece el arte en sus diversas manifestaciones, sólo es una trayectoria  hacia otra forma de entender quiénes somos, qué queremos para los otros y para quienes aún no han nacido.

David Huerta nos conduce con este poema hacia el lugar del sufrimiento, del horror que deja tras de sí la impunidad y el silencio, ya queda de nuestra parte bajar las armas y aprender a ser iguales. La violencia en el arte, pero en la vida, eso no, aunque así sea. Esta instalación se encontrará hasta diciembre en el MACO. Aquí dejamos las palabras de Huerta:

Ayotzinapa

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

Estamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantes

Estamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejanía

El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país

Solamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertos

Quien esto lea debe saber
Que fue lanzado al mar de humo
De las ciudades
Como una señal del espíritu roto

Quien esto lea debe saber también
Que a pesar de todo
Los muertos no se han ido
Ni los han hecho desaparecer

Que la magia de los muertos
Está en el amanecer y en la cuchara
En el pie y en los maizales
En los dibujos y en el río

Demos a esta magia
La plata templada
De la brisa

Entreguemos a los muertos
A nuestros muertos jóvenes
El pan del cielo
La espiga de las aguas
El esplendor de toda tristeza
La blancura de nuestra condena
El olvido del mundo
Y la memoria quebrantada
De todos los vivos

Ahora mejor callarse
Hermanos
Y abrir las manos y la mente
Para poder recoger del suelo maldito
Los corazones despedazados
De todos los que son
Y de todos
Los que han sido

 

David Huerta
2 de noviembre de 2014. Oaxaca


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.