Tierra Adentro

Ilustraciones: Pau Gasol Valls

 

Un tren de alta velocidad choca, el día de su viaje inaugural, contra una vaca, lo que despierta insospechadas reflexiones en el protagonista de este cómico y melancólico relato.

 

Se pensó que había sido un atentado porque los nervios estaban tensos de antemano y hasta el último minuto se estuvo a punto de suspender el trayecto inaugural. Luego, de inmediato, se pensó en un suicida. O al menos lo pensó el Jefe de Tren Santos quien no tardó en insultar a los inoportunos suicidas de este mundo, a sus ruines vidas y a aquella falta de tacto que les empujaba al exhibicionismo en sus últimos instantes de conciencia (para el Jefe de Tren Santos, que había visto ya no pocos suicidios en sus veinte años de oficio, los suicidas tenían una firme vocación de hijos de puta). A bordo iban, junto a una cohorte de periodistas, el presidente de Ferrocarriles Nacionales, los alcaldes de las dos ciudades hermanadas por aquel tren de alta velocidad, varios ayudantes, dos secretarias menos guapas de lo previsible y media docena de familiares de personal que habían conseguido colarse. El estruendo retumbó en todo el tren a los treinta y dos minutos de la partida, justo cuando el presidente de Ferrocarriles Nacionales acababa de terminar su pequeño discurso informal en el que había asegurado que aquella joya en la que iban montados alcanzaba la exorbitante velocidad de dos-cien-tos-cin-cuen-ta kilómetros por hora. Luego, de inmediato, el golpe. Hubo un enorme silencio y después un resoplido colectivo, como si todos hubiesen cogido aire al unísono para hinchar un globo. El tren se detuvo en seco. Mirada fulminante de los alcaldes, primero el uno al otro y luego los dos, como si hubiesen rebotado las miradas, al Jefe de Tren Santos, que sintió cómo se le encogía el estómago. Pidió permiso, aseguró con una reverencia (él, que no las había hecho en toda su vida) que iba de inmediato a comprobar lo que había sucedido y corrió hasta el vagón de cabeza.

—Se me ha echado encima— se limitó a decir el maquinista.

—¿Quién?

—La vaca.

—¿Te la has comido?

—No directamente.

—¿Cómo no directamente?

La vaca —se supo más tarde, tras comprobar los desperfectos, una hereford color tostado con una gran mota blanca en forma de pera— no había impactado directamente contra el vagón de cabeza, sino que había realizado un impresionante vuelo elíptico de tres vagones y había colisionado contra el vagón número cuatro en el que afortunadamente no iba nadie. Doscientos cincuenta kilómetros por hora eran muchos kilómetros por hora, también para una vaca. El Jefe de Tren Santos le comunicó al presidente de Ferrocarriles Nacionales el motivo de aquel estruendoso sonido y de la parada.

—Pero ¿podemos seguir o no?

—Creo que sí…

—Más le vale— le susurró apocalípticamente el presidente de Ferrocarriles Nacionales.

Los periodistas miraban ansiosamente hacia el exterior, hacían de pronto fotos de todo y de todos, hasta parecía haberles cambiado un poco la cara, como si les hubiesen salido (eso le parecía al Jefe de Tren Santos) unos colmillitos difusos. Afortunadamente no se veía nada desde allí. El presidente se levantó con lentitud para dirigirse a la comitiva:

—Ha habido una pequeña avería técnica —dijo con autoridad— se solventará inmediatamente y enseguida estaremos en marcha de nuevo, nada de lo que deban preocuparse.

—¿Pero y el golpe?— preguntó el periodista.

El presidente levantó las cejas y encogió los hombros como si preguntara: «¿Qué golpe?». Luego agarró del brazo del Jefe de Tren Santos antes de que se retirara y le dio una orden avalada por más de quince años de presidencia y trato político:

—Cierre el vagón y deles de beber.

Se cerró el vagón. Se les dio de beber. El Jefe de Tren Santos pudo ver durante unos minutos varias manitas de periodistas aporreando indignadas la ventanilla, y a los pocos minutos, varias manitas de periodistas con un whisky. En el exterior, sin embargo, el espectáculo era desolador. La vaca, lo que quedaba de ella, estaba viva aún y berreaba como el Jefe de Tren Santos no había pensado nunca que pudiera berrear ninguna vaca. Aquella lo hacía, de hecho, sin un cuerno y sin una de las patas traseras, que no se sabía muy bien dónde estaba, tal vez al otro lado de las vías. Era de hecho casi media vaca lo que berreaba como un poltergeist. No lo hizo, desde luego, mucho tiempo. Se murió enseguida, como mueren las buenas hereford, con unos ojazos de señora expatriada mirando fijamente al Jefe de Tren Santos y al maquinista. Ninguno de los dos se atrevió a confesar que se les había encogido el corazón viendo a la vaca despanzurrada junto a la vía. En el vagón contra el que se había golpeado no había más que una marca con una inexplicable forma de ele.

—¿Podemos seguir?— le preguntó al maquinista.

—Sí, la máquina está perfectamente.

Y ya estaba a punto de decir: «pues nos vamos» cuando apareció aquel hombre en la distancia, pegando gritos.

—¿Corremos?— preguntó el maquinista.

Y en mala hora el Jefe de Tren Santos respondió:

—No.

Fue imposible quitárselo de encima. El hombre quería dinero y lo quería ya. De poco sirvió explicarle que, según las leyes, el responsable era él, y que de hecho podía ser acusado de negligencia, llevado a juicio y, seguramente, encarcelado. Tenía unos cincuenta años, parecía el primo de cualquiera y tenía una manera de blasfemar impresionantemente creativa. No entró en razón, ni al primer minuto ni al sexto y la conversación ya empezaba a entrar en bucle cuando apareció el mismísimo presidente de Ferrocarriles Nacionales, miró con asco el cadáver de la vaca, preguntó quién era aquel gañán y por qué no estaban ya en marcha. Aquella vez el golpe fue visible, aunque se produjo a una velocidad pasmosa y el presidente de Ferrocarriles Españoles cayó inconsciente junto a la vía. Lo único que acertó a ver el Jefe de Tren Santos fue cómo aquel hombre retiraba el bastón fantasma. El Jefe de Tren Santos tuvo en aquel momento un instante de audacia: sacó la cartera del presidente de Ferrocarriles Nacionales, extrajo de ella tres billetes de cien euros, se los ofreció al primo de cualquiera y metieron al presidente en el tren como pudieron. Cinco minutos después estaban en marcha de nuevo y diez minutos más tarde el presidente había recuperado la conciencia y tenía un flemón del tamaño de una mandarina. Se miró en el espejo del servicio, se cagó en la genealogía del labriego, lloró un minuto (cosa que le produjo al Jefe de Tren Santos una congoja inexplicable) y con una solemnidad patética le dijo que no podía dejarse ver de aquella forma y que en sus manos encomendaba el triunfo de aquel trayecto inaugural.

El Jefe de Tren Santos no sabe si fue ahí donde comenzó todo, aquella tristeza, aquella extraña melancolía. Cuando regresó al vagón presidencial nadie preguntó por el presidente. Entre los alcaldes de las ciudades hermanadas, sus ayudantes y los periodistas habían reducido el minibar a la mitad y reinaba en el vagón una especie de festivo jolgorio. El Jefe de Tren Santos recordó aquel cuento que había leído hace años en que un hombre celebra una fiesta y le avisan en medio de ella de que su madre está muriendo, y él se marcha, pero la fiesta continúa sin que nadie se dé cuenta, la fiesta que él mismo había organizado. Durante los siguientes quince minutos se limitó a estar allí, apoyado contra la puerta del vagón, contemplando aquellas veinte cabecitas que bailaban de un lado a otro como sumergidas en una corriente submarina, aquellos cabellos bien peinados, aquellos trajes elegantes y vestidos de fiesta, e hizo algo que nunca había hecho hasta entonces y que después de entonces nunca volvería a hacer: le pidió a la azafata un gin tonic y se sentó en uno de los asientos que quedaba libre, junto a la ventanilla, como si fuese un pasajero más. Fue vaciando a sorbitos el gin tonic con la sensación de que, con cada trago, entraba en él una conciencia extraña de aquel espacio, del tren mismo quizá, como si su cabeza fuese por fin capaz de formular pensamientos que de alguna manera se habían producido a lo largo de todos aquellos años pero nunca habían llegado a cerrarse, como quien está a punto de entender un problema y luego, un segundo después, no lo comprende.

El tren no le parecía, de pronto, un lugar real, sino un tránsito, un hueco, un espacio fantasma entre dos lugares reales, había bastado que se sentara un segundo como un pasajero para entenderlo. Miró a su alrededor: los rostros adquirían, al mirar por la ventanilla, un ensimismamiento extraño y pensativo, como si los lavara el paisaje. Él mismo quedaba lavado también de pronto, lo sintió como si le recorriera el cuerpo un hormigueo difuso y vencido, y pensó que debía de parecer en ese instante desde fuera como tantos pasajeros a los que había visto a lo largo de toda su vida. Pensó en la mirada de la vaca, en aquel último fulgor coqueto y lleno de pestañas y le recordó a los suicidas y tuvo la sensación de que ahora podía quitar en el recuerdo cientos de paneles muy finos hasta rescatar en ellos toda su humanidad. Le dio pena no haberles querido más, no haberles compadecido más, le dio vergüenza haberles insultado. Ellos no querían arruinar el día a nadie, tal vez querían morir, sencillamente. También el Jefe de Tren Santos pensó que quería morir en ese instante, pero sin desearlo realmente, como se desea morir sólo para sentir el arrullo amable del detenimiento del ser. Pero el tren continuaba (¿no era prodigioso?) a aquella velocidad imposible de doscientos cincuenta kilómetros por hora, los árboles se sucedían como recuerdos apenas entrevistos y si se dejaba la mirada detenida en el suelo y se hacía descansar la vista se tenía la sensación de que todo el suelo se hacía líquido. Tras veinte años de oficio el Jefe de Tren Santos descubría ahora (casi le habría dado miedo reconocerlo) lo que era un tren, lo descubría como en ciertos matrimonios, tras muchos años de convivencia, uno de los cónyuges se queda de pronto paralizado y patidifuso frente al otro, como si comprendiera con quién se ha casado en una especie de iluminación terrible. Pero la iluminación del Jefe de Tren Santos era, a la vez, amable, le había agarrado de las tripas como los rieles agarraban las vías, sentía necesidad de hablar de la absoluta belleza y simplicidad de aquello: que uno pudiera estar allí sentado, sencillamente y ver pasar frente a sí aquel paisaje líquido de personas, casas en la distancia, vacas… comenzaba a atardecer y era como si la luz, filtrada a través del cristal esmerilado de la ventanilla, adquiriera de pronto una cualidad dorada y múltiple, caramelizada, las calvas de los alcaldes de las ciudades hermanadas parecían dos manzanas de feria y hasta las secretarias se habían vuelto todo lo previsiblemente guapas que podían ser. El Jefe de Tren Santos entendió entonces algo que había escuchado muchas veces y de lo que siempre se había reído: que fuera tan sencillo enamorarse en los trenes. Una de las secretarias se volvió hacia él y le descubrió con los ojos clavados en sus pechos pero no pareció importarle, le miró con una sonrisa maravillosamente dulce. Sonó entonces un sonoro pitido que anunciaba la llegada a la estación y el Jefe de Tren Santos se levantó como un resorte, le dio el gin tonic a una de las azafatas y se dirigió a los alcaldes:

—El presidente de Ferrocarriles Nacionales me ha pedido que le disculpe de su parte. Haré yo los honores si les parece bien.

Los alcaldes se miraron entre ellos un poco sorprendidos, como si se preguntaran secretamente a qué se refería exactamente con «los honores» aquel hombre que al principio del viaje parecía tan adusto y ahora tan sobreexcitado. Pero el Jefe de Tren Santos no se daba cuenta de nada, tan pronto sentía que se le venía a los labios una carcajada estruendosa como que se le cerraba la garganta y se le humedecían un poco los ojos.

A la salida del tren habían armado un pequeño podio. Allí subieron los dos alcaldes y allí subió también, por pura inercia y sin que nadie le hubiese invitado, el Jefe de Tren Santos. Los discursos fueron breves, políticos y casi idénticos, como si los hubiesen preparado con plantilla dos gemelos kafkianos en dos oscuros ayuntamientos de provincia, y cuando terminaron los dos se volvieron por puro compromiso hacia el Jefe de Tren Santos, más que para invitarle, para disuadirle. El Jefe de Tren Santos dio un paso al frente y luego otro más. Se puso a temblar. Frente a él había varias decenas de cámaras y fotógrafos, golpeó el micrófono con el dedo, carraspeó brevemente y dijo con voz temblorosa:

—Queridos amigos…

Se detuvo un instante, y luego se dejó llevar:

—¡Hermanos! —gritó señalando el tren— ¿No es prodigioso?


Autores
(Madrid, 1975) es narrador, traductor y fotógrafo. Autor de En presencia de un payaso, entre otros títulos.
Secretaría de Cultura