Tierra Adentro

X Encuentro de ensayistas

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  Antes de la meningitis —que aparece como causa de muerte en su acta de defunción—, antes de las orgiásticas y suicidas noches de bondage y S&M en Castro, el barrio gay de San Francisco, en las que, se dice, infectó a más de un amigo y enemigo; antes, por lo tanto, del diagnóstico de VIH, y antes, también, de ser traducido a dieciséis idiomas y de convertirse en el intelectual más famoso del siglo XX, probablemente mientras usaba un cuello alto de color oscuro bajo un saco de tweed y acomodaba sus lentes con el dedo índice de su mano izquierda sobre su tabique nasal, o quizá mientras le daba un lento trago a su café, es decir, cuando aún estaba vivo (1969, un año crucial para la historia de Occidente), Michel Foucault se preguntó con seriedad, y no sin sospechas, qué era un autor.
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Decía Gaston Bachelard en La formation de l’esprit scientifique (1938), que existe una distancia entre el libro impreso y el leído; entre su lectura y lo que de ella se comprende, se asimila, se retiene.
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No existe una traducción precisa en nuestra lengua para el signo tipográfico que, en francés, se denomina esperluette y que se emplea, desde la antigüedad latina, para designar la unión de las grafías e y t: et, palabra que en español equivale a la conjunción “y”.
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Un océano de incertidumbre se abre cada vez que alguien menciona el término “ensayo creativo”.
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Fuego, mantenlo prendido.
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Autismo + Estilo = Autismo Autismo y plagio Nadie debe extrañarse de que el ensayista se ande por las ramas.
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Volví a saber de la mayoría de mis compañeras de la preparatoria de Guanajuato cuando Joseph Ratzinger, por aquel entonces Benedicto XVI, planeaba su llegada a la ciudad de León.
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En un texto sobre los últimos episodios de Los Soprano, Hernan Casciari escribe sobre cómo la fuerza emotiva de la serie no le llegaba ya desde la pantalla sino desde la potencia invisible de la memoria.

Lo último

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  Autora de un insólito poema de largo aliento que ha ido transformándose a través de los años y de sucesivas ediciones, Gervitz ha borrado su identidad en favor de lo más importante: la palabra.
Secretaría de Cultura