Tierra Adentro

Poesía

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  Estas calles no son Brooklyn.
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  Le habéis visto: sigue ahí el simio llevándose las manos a la boca, ahí sigue, con el pelo revuelto, los ojos vacíos y la camisa colgando malamente sobre el cuerpo.
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  1 Bebimos de ese frasco que trajiste con agua del Mar Muerto.
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  Grita con voz de lanzallamas, de actriz, de estufa eléctrica, de halitosis en pleno retoño, de Tres estudios sobre Hegel, y de Epistolario español.
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  Para Leo   Todo era pedregoso en mi Volkswagen sedan del 96, todo era cálculo fino, negociación y mutuo entendimiento: mi vocho, un glóbulo en las venas obstruidas de la ciudad, insecto colindante con la máquina, incómodo como ataúd, carroza sin lo fúnebre; en esa cápsula de ruido blanco parecían mitigarse las dolencias confundidas en su estertor y a veces lo trabajoso del mecanismo me hacía pensar en algo rupestre, en la dicha de inventar herramientas al cobijo de una cueva.
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  La cola de un zorrillo se va escondiendo en el puño     airáticamente     una flor de cabello negro.
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  Desde la orilla miraron, sostenidos en dos patas, el predicho elástico charol noctívago que figuró malabares con brillos ajenos (reflejos de reflejos de otra luz fuera del mundo).
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  Para Federico D-G.

Lo último

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  No voy a pedirle a nadie que me crea de Juan Pablo Villalobos, ganadora del XXXIV Premio Herralde de Novela, narra la accidentada aventura de un personaje homónimo al autor que pone en riesgo su vida y la de su familia por inmiscuirse accidentalmente con una peligrosa mafia internacional.
Secretaría de Cultura