Tierra Adentro

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

 

¿Qué nos dice el uso de redes sociales y de aplicaciones tecnológicas para ligar sobre el estado actual de nuestras relaciones románticoafectivas? Este texto desmitifica algunos de los argumentos más comunes que suelen esbozarse al respecto.

 

Ooh I don’t know
what to do
About this dream and you
We’ll make this dream come true
«Digital Love», DAFT PUNK

 

El amor digital es, en primer lugar, una canción de Daft Punk. Con esta denominación también suele hacerse referencia a toda clase de fenómenos relativos a los vínculos sentimentales que se iniciaron y/o se mantienen gracias a internet. Pero aun el amor romántico que ha surgido o se aviva con ayuda de la red es complicado, húmedo y confuso como cualquier otro que tenga el infortunio de experimentarse fuera de línea, de ahí que el apelativo «digital» salga sobrando. Entonces, el amor digital es, en primer y en último lugar, una canción de Daft Punk.

Aunque el sentimiento no es digital, sí puede expresarse de esa manera. Los múltiples iconos de corazones con los que usted inundó anoche el celular de alguien más, quizá sin respuesta, dan cuenta de ello. Las apetencias del amor también pueden manifestarse digitalmente, de ahí que en estas líneas haré referencia a un estudio más extenso que a lo largo de los últimos años he desarrollado para entender y describir el fenómeno de las representaciones digitales del deseo. Dicho trabajo se centra en los atributos que tienen los retratos y las descripciones verbales de las personas que buscan pareja en portales especializados como Match.com, OK Cupid y Zoosk[1].

Esta investigación abreva de las humanidades digitales. De acuerdo con Katherine Hayles[2], los antecedentes del ámbito datan de la década de los cuarenta, teniendo como antecedente inmediato las llamadas humanidades computacionales. El término continuó madurando, cristalizándose en publicaciones especializadas y grupos de investigación, hasta que adquirió nuevo auge en 2009, cuando Schnapp y Presner publicaron el indescifrable Manifiesto de las humanidades digitales 2.0[3]. Pese a su naturaleza críptica, el manifiesto sirvió como un pulso, seguido de otras señales de vida de este vibrante campo de estudios.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 

Al año siguiente, en el marco de la No Conferencia sobre Humanidades Digitales, That Camp Paris, se hizo público el Manifiesto por unas humanidades digitales, un poco más legible que su antecesor. De acuerdo con dicho manifiesto, por tales se entiende «una “transdisciplina” portadora de los métodos, dispositivos y perspectivas heurísticas relacionadas con procesos de digitalización en el campo de las Ciencias Humanas y Sociales»[4].

La propia Hayles describe las humanidades digitales como:

(…) diversos campos de práctica asociados con las técnicas computacionales y que van más allá de la letra impresa en sus modos de cuestionamiento, investigación, publicación y diseminación, incluyen, entre otro tipo de proyectos, codificación y análisis de texto, ediciones digitales de textos impresos, investigaciones históricas que recrean arquitectura clásica en formato de realidad virtual, como los sitios de archivo y geoespaciales, Roma Renacida y del Teatro de Pompeya, y dado que hay una vibrante conversación entre el trabajo académico y creativo en este campo, literatura electrónica y arte digital que abreva en, o remedia la tradición de las humanidades.[5]

Así, las humanidades digitales aluden a un campo o a una serie de campos del conocimiento, antes que a una forma de experimentar nuestro ser en contraposición con otro ser más «real» o analógico.

Primero por motivos amorosos y después por una curiosidad incontenible que fui profesionalizando con los años, desde fines de los noventa pasé mucho tiempo explorando los mensajeros y canales de charla por internet, tan populares en ese tiempo; el resultado de estas indagaciones se sintetizó en el artículo «Los renglones torcidos del chat», publicado en coautoría con Lorena Saucedo[6]. Con aquellas líneas respondimos a diversas creencias relacionadas con el uso de estos recursos, tales como: «las personas que usan las salas de chat tienen problemas para socializar en la “vida real”», «los usuarios de ICQ[7] mienten acerca de sí mismos», «la gente que entra al chat sólo busca sexo»

Ya en aquel año (2003), los vínculos sociales —decantaran o no hacia el territorio amoroso— mediados por internet se equiparaban con la comida chatarra o las compras de pánico. Utilizar los chats para conocer personas se consideraba escandaloso («¿tan desesperado/a estás?») y con frecuencia se refería al riesgo de que las personas al otro lado de la pantalla pudiesen falsear su identidad e información.

Entonces abordamos una a una esas creencias, partiendo de nuestras propias prácticas como usuarias de los canales de charla para darles respuesta. Años más tarde me resulta obvio que aquel afán fue insuficiente, pues los mismos prejuicios sobrevuelan a quienes usan los recursos de socialización por internet en general, con énfasis en las aplicaciones de geolocalización como Tinder, Grindr y Bumble, por mencionar algunas.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 
 

A continuación, abordaré (con mejores argumentos que entonces, espero) algunas de las afirmaciones más frecuentes en relación con las personas que buscan pareja mediante aplicaciones digitales, en el ánimo de contribuir a una mejor comprensión del fenómeno, así como a una mayor empatía con quienes utilizan estos recursos.

1. LOS USUARIOS MIENTEN ACERCA DE SI MISMOS

Alguna vez conocí el caso de una pareja cuya relación comenzó en una fiesta. Durante tres años, él le hizo creer a ella que era un jugador profesional de futbol argentino, cuando en realidad es un administrador de empresas mexicano. Esto significa que durante ese tiempo él realizó toda clase de cabriolas, no precisamente en un campo de futbol, fingiendo una rutina deportiva y un acento extranjero para convencer a su novia de que era otra persona.

La anécdota respalda la creencia, que no el prejuicio: efectivamente, las personas que usan estos recursos para conocer a otros interlocutores mienten tanto como mentimos todos en otros ámbitos de la vida.

Gracias a la economía del comportamiento recientemente laureada con el Nobel[8], en particular los extensos estudios de Dan Ariely[9] acerca de las prácticas del engaño, sabemos que las «mentirillas» son ajustes que las personas realizan de manera más o menos consciente para acortar la brecha entre su ser y su representación ideal.

Por su parte, la literatura especializada en sitios de citas por internet nos indica que los hombres modifican más frecuentemente su estatura, mientras que las mujeres suelen cambiar más a menudo los datos acerca de su edad y su talla: es así como el deseo se manifiesta, declarando lo alto o lo delgada que me gustaría ser.

Para muchos usuarios de los portales de citas en línea, las decisiones de auto-presentación constituyen situaciones de evitar-evitar, porque decir la verdad implica parecer menos atractivo, pero decir una mentira puede acarrear repercusiones negativas. En pocas palabras, los usuarios en línea deben lidiar con la tensión entre la auto-presentación honesta y positiva en un contexto en el que el engaño puede concretarse casi sin esfuerzo, cosa que potencialmente resulta dañina para los objetivos relacionales y la auto-percepción. Argumentamos que las decisiones de los usuarios sobre cómo conciliar estas demandas competitivas están influenciadas por tres factores clave asociados con la Comunicación Mediada por Computadoras (CMC): las señales reducidas, la asincronicidad y las expectativas contextuales compartidas.[10]

Cabe hacer notar que estos ajustes para cerrar la brecha no necesariamente se viven como una mentira. Cada mañana rodamos de la cama y tomamos una serie de decisiones de diseño para lograr que ese ser legañoso y con aliento de centavo viejo tenga apariencia humana, así que nuestro quehacer para garantizar una pertenencia más o menos funcional al mundo humano incluye ajustar la representación material y simbólica cada día de nuestras vidas, al menos hasta que decidamos que hemos vivido lo suficiente como para dejar que la gárgola que nos habita se manifieste sin disimulo.

En este mismo sentido, al analizar 347 retratos publicados por usuarios de una plataforma para buscar pareja por internet[11] hallé que el 88 por ciento de los casos presentaban evidencia de rasurado, depilación y/o maquillaje facial.

Es decir que la mayor parte de los usuarios reproduce icónicamente un uso fuera de línea, que consiste en modificar su apariencia en algún sentido —retirando el vello facial, enfatizando los ojos, los pómulos, los labios, enmarcando el rostro con el rasurado de la barba— para mostrar una versión mejorada de sí mismos.

El 93% de los retratos de los varones heterosexuales, el 92% de los varones homosexuales, el 88% de las mujeres heterosexuales y el 69% de las mujeres homosexuales utilizan alguno de estos acentos.[12]

Esto sin mencionar las posibles alteraciones que no pueden apreciarse en las fotografías, como el rebaje de vello nasal y de orejas, el uso de fajas modeladoras, las inyecciones de bótox en el rostro, las inyecciones de ácido hialurónico en talones y genitales, entre muchos otros recursos que hombres y mujeres hetero y homosexuales utilizan para resolver la tensión entre su representación y sus aspiraciones.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)


 

Entonces, ¿a qué viene tanta sorpresa? El experto en comunicación mediada por computadoras Joseph Walter[13] señala que una característica de la interlocución en este rubro es que la distancia física y la dilación conversacional permiten una autoedición más estratégica, un diseño más meticuloso al servicio del deseo de ser; lo importante es que estas tácticas editoriales constituyen una extensión de las decisiones que tomamos fuera de línea, de ahí que la distinción analógico/digital se vuelva relativa.

2. LOS USUARIOS TIENEN PROBLEMAS PARA
SOCIALIZAR EN EL MUNDO REAL

Ésta es una creencia extendida, pero sencilla de despejar. Diversos estudiosos de los portales para buscar pareja por internet ya se han dado a la tarea de evaluar el perfil de quienes lo usan, facilitándonos la tarea.

Wera Aretz[14], Tania Kang[15], Mikyoung Kim[16] y Patti Walkenburg[17], entre otros autores, han examinado de manera formal los atributos psicosociales de los usuarios de sitios de citas, corroborando que no existen diferencias sustantivas con respecto a los no usuarios. Sencillamente, las personas que utilizan estos recursos tienen tantos o tan pocos problemas para socializar como cualquier otro individuo y no necesariamente restringen su interacción a la comunicación mediada por computadoras, sino que acuden a ésta como un recurso más de interlocución, al igual que hace cualquier sujeto armado de un teléfono celular cuando intercambia frases románticas al grado de la diabetes con alguien a quien ya ha conocido en persona.

No todos los usuarios de estas herramientas tienen problemas para socializar, así como no todas las personas no usuarias salen victoriosas de sus interacciones en vivo. La comunicación humana es un hecho sumamente complejo y susceptible de aberraciones, así que no debe extrañarnos que en general seamos más o menos torpes para vincularnos con nuestros congéneres.

3. LOS USUARIOS SOLO BUSCAN SEXO

Esta crítica se lleva el gran premio al doble discurso. Si los usuarios de las herramientas para buscar pareja por internet no buscaran sexo, probablemente esas soluciones serían un despropósito: el equivalente es ir a una farmacia en busca de un par de zapatos bostonianos.

La creencia de que los usuarios buscan sexo es en parte cierta, tanto como que las personas en general tendemos a buscar sexo a lo largo de la vida. Es de esperarse (y agradecerse) que en una plataforma creada específicamente para conocer a otros individuos con fines amorosos, la expectativa de sostener relaciones sexuales forme parte del paquete. Lo que requiere un matiz es la afirmación de que los usuarios única y exclusivamente buscan sexo, la cual considero errónea.

La interlocución de los usuarios puede estar motivada por el sexo, pero también por el anhelo de compañía en sus diversas variantes: amistad con sexo ocasional, matrimonio, concubinato, coito estable sin compromisos, más las que guste añadir. Y aun en los casos en los que los internautas tuvieran como única finalidad el sexo salvaje y sin ataduras, la búsqueda resulta legítima y no requiere mayor justificación.

Los expertos antes señalados coinciden también en el hecho de que las relaciones sentimentales que se inician por mediación de internet aspiran a la misma calidad que las que comenzaron en misa. Los vínculos amorosos pueden ser tan poco exitosos en un ámbito o el otro, la semejanza es tal que, en este terreno, la distinción entre analógico y digital nos estorba.

Lo que es un hecho es que las personas que utilizan estos recursos desafían la convención al admitir públicamente su deseo de transitar de un estadio determinado (soltería, matrimonio monógamo, viudez, incertidumbre galopante) a otro que les supone un cambio de segundo orden, una mejora significativa. Eso les merece, por lo menos, todo nuestro respeto.

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

El estudio que realicé me permitió identificar los usos semejantes y diferentes del lenguaje icónico y verbal en hombres y mujeres que buscan a hombres y mujeres. Los hallazgos incluyen datos como que el 74.6 por ciento de los retratos analizados utilizan planos cerrados (cercanía simbólica), el 82 por ciento de las personas retratadas aparecen mirando a la cámara, que el 65.7 por ciento de los retratos muestran a sujetos sonrientes, que en el 80 por ciento de los casos las personas se representan con vestimenta casual y que la acción que representan el 97 por ciento de los retratos es posar frente a la cámara, entre otras tendencias en lo que hace a los usos del lenguaje gestual y corporal en las plataformas para buscar pareja por internet. Vistos de esta forma, los códigos del deseo parecen bastante simples, sin mayores cortapisas.

Las apariencias se complejizan cuando entendemos que, al igual que la pipa de Magritte en El engaño de las imágenes o el retrato de la Reina Isabel II referido por Umberto Eco en el Tratado de semiótica general, esas imágenes que apreciamos no son personas en sí, sino representaciones de personas que sostienen con los sujetos de carne y hueso una relación cierta, pero atravesada por una gigantesca brecha. Le sugiero no perder de vista este importante hecho la próxima vez que salga en busca del mal llamado «amor digital»


Notas

[1] Los resultados de todo el estudio están contenidos en el libro Busco pareja, ¿es demasiado pedir? Un estudio acerca de las representaciones del deseo en Internet, Bonobos, 2017. El estudio se centra en revisión de perfiles publicados por usuarios de Plenty of Fish.

[2] K. Hayles, How We Think: Digital Media and Contemporary Technogenesis, The University of Chicago Press, 2012.

[3] Véase http://humanitiesblast.com/manifesto/Manifesto_V2.pdf, recuperado el 25 de febrero de 2018.

[4] Véase http://tcp.hypotheses.org/487, recuperado el 21 de febrero de 2018.

[5] Traducción de la autora.

[6] El Universo del Búho, núm. 44, pp. 22-24.

[7] Servicio de mensajería instantánea, el primero en popularizarse a nivel mundial. Véase https://icq.com/windows/en

[8] Richard H. Thaler recibió el Premio Nobel de Economía 2017. Véase Misbehaving. The Making of Behavioral Economics, W.W. Norton & Company, 2015.

[9] Véase The Honest Truth About Dishonesty: How We Lie to Everyone—Especially Ourselves, Harper Perennial, 2013.

[10] N. Ellison, J. Hancock y C. Toma, «Profile as Promise: A Framework for Conceptualizing Veracity in Online Dating Self-Presentations», New Media & Society, vol. 14, 2012, pp. 45-62. Traducción de la autora.

[11] Plenty of Fish, fundada en 2003 por Markus Frind y adquirida por InterActiveCorp en 2015.

[12] Véase Busco pareja, op. cit., p. 76.

[13] J. Walther, «Selective Self-Presentation in Computer-Mediated Communication: Hyperpersonal Dimensions of Technology, Language and Cognition», Computers in Human Behavior, vol. 23, 2007, pp. 2538-2557.

[14] Véase W. Aretz, I. Demuth, K. Vierlein y J. Schmidt, «Partner Search in the Digital Age. Psycological Characteristics of Online-Dating-Service-Users and its Contribution to the Explanation of Different Patterns of Utilization», Journal of Business and Media Psycology, 2010, pp. 8-16.

[15] Véase T. Kang y L. Hoffman, «Why Would You Decide to use an Online Dating site? Factors That Lead to Online Dating», Communication Research Reports, 2011, pp. 205-203.

[16] Véase M. Kim, K. Kwon y M. Lee, «Psychological Characteristics of Internet, Dating Service Users: The Effect of Self-Esteem, Involvement, and Sociability on the Use of Internet Dating Services», CyberPsychology & Behavior, vol. 12, núm. 4, 2009, pp. 445-449.

[17] P. Walkenburg y J. Peter, «Who Visits Online Dating Sites? Exploring Some Characteristics of Online Daters», CyberPsychology & Behavior, 2007, pp. 849-852.


Autores
(Ciudad de México, 1975) es directora de la especialidad en diseño del mañana en Centro, institución enfocada en el diseño, los medios de comunicación y el cine. Autora de El documental como crisol. Análisis de tres clásicos para una antropología de la imagen (UV/CIESAS, 2007), Pobre amor heterosexual (Lenguaraz, 2008) y Busco pareja, ¿es demasiado pedir? Un análisis acerca de las representaciones del deseo en Internet (Bonobos, 2017).

Ilustrador
Lorena Mondragón
(Ciudad Juarez, 1988) es diseñadora gráfica e ilustradora desde 2011. Su trabajo se enfoca en la ilustración editorial, personal y corporativa.
Secretaría de Cultura