Tierra Adentro

Fotografía por Pixabay

Este poema es una exclusiva de la editorial filodecaballos del libro Polígono de tiro (título tentativo) próximo a publicarse.

Hasta abajo van los manglares. Arriba las colinas negras y violetas. A mí me recuerdan al culo de un mandril pero tú bien podrías verlo de otra forma. Encima está la bahía con un buque semihundido y barrenado por el vuelo espiral de las gaviotas.

Sigue la cabaña, que aunque chueca y ladeada, como armada un poco al azar y a partir de las ruinas de otras cosas, aún sigue en pie y su color es jovial.

Encima de la cabaña hay un hombre. Su barba es la borrasca que sepulta a un país en el invierno. Sus ojos son el cielo azul que da el pésame tras la tormenta. Viste bermudas caqui, abrigo verde, gorro náutico. Te saluda cordialmente, irradia una lenta y dormilona afabilidad. Sus gestos son breves pero magnéticos. Arriba de él está el mar, y el sonido de las olas contra la arena es el de un televisor fuera de sintonía que apenas se escucha.

Colocados encima del mar hay varios cuadros en la vida del hombre. En éste fue controlador aéreo, en éste otro tuvo un colapso nervioso. En aquel renunció y se dejó arrastrar un poco al azar hasta derivar en la playa, cargado por la marea el hombre llegó a la cabaña y hoy te recibe y te invita a defender la existencia de Dios; él, por su parte, defenderá su posible inexistencia. Por cada argumento que hagas tomarás un trago de licor. Por cada argumento que él haga él hará lo mismo. Habrá que economizar y pensar bien cada palabra. El hombre te pregunta si te apetece el juego mientras el terso rumor de la nieve cae fuera de sintonía sobre el mar.

Arriba de todo lo anterior está la cabaña, chueca, ladeada y en llamas. Arde con gran facilidad y belleza. La acompañan las estrellas que tiemblan en el vacío, negro como el hocico de un perro, y el mar, que ronca ebrio sin conocimiento de sí o de sus alrededores.

 

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