Tierra Adentro

Me inscribí en un taller para aprender a escribir para niños. Fue en la época en la que terminé la carrera y me aterraba la idea de tener algo de tiempo libre. Intenté eternizar mi vida académica y recurrí a la educación «informal». A lo largo de la semana iba a dos diplomados, una asesoría de tesis y los viernes a este taller.  Como en todos los salones de clases, el grupo era sui generis. Una señora millonaria a la que alguien le sugirió llegar en Metrobús, y después de la primera experiencia no lo volvió a hacer. Un grupo de ilustradores que querían incursionar en la escritura. Un maestro de literatura que presumió sus galardones desde el día uno; se decía un experto en literatura adulta y la transición a lo infantil le parecía, literalmente, «cosa de niños». Un par de editoras más enteradas de cómo funciona este mundillo, una doctora y algunos inclasificables.

Las primera sesión nos presentamos. Sí, todos sentados en un círculo. Hablamos del primer libro que recordábamos haber leído. Las referencias hicieron evidente la brecha generacional entre unos y otros. Los mayores hablaron de El diario de los niños; otros, de compilaciones de cuentos clásicos de los Grimm o cuentos rusos; los más jóvenes hablamos de algunos autores y colecciones contemporáneas. En las siguientes sesiones se habló de eso a lo que denominan «mundo infantil». Entre lugares comunes y algunas nociones pedagógicas, se establecieron los puntos de partida para empezar a escribir. Cada uno tendría que escribir un texto sobre un objeto y, sin decir su nombre, todos debíamos adivinar de qué se trataba. Ese ejercicio se convirtió en una historia que tuvimos que leer frente a todo el grupo.

Supongo que es mal lugar para decirlo, pero siempre he tenido problemas para enseñar lo que escribo. Escribí diarios por algún tiempo e intenté no volverlos a leer. En el taller traté —por algunas semanas— de esconder mis textos. Le cedía el lugar a un compañero para que leyera antes o decía que no estaba terminado o que lo había olvidado. Mis técnicas fueron variando hasta que un día tuve que leer mis avances. Llevaba años leyendo libros para niños, revisando la prosa, las ilustraciones, los temas, los personajes, etc. Y en todas esas semanas apenas había conseguido articular una cuartilla bastante incoherente. Leí un poco frente a todos. El personaje se llamaba Nicolás porque jamás se me ocurre otro nombre. No tengo muy claro de qué trataba, creo que todo empezaba cuando Nico le preguntaba a su padre por la nieve, él le contestaba que ésta caía en el invierno y que la forma más sencilla de vivir la experiencia era pasando algunos días en el congelador. Recibí algunos comentarios, muchos relacionados con lo incorrecto que sería meter a un niño al congelador, otros sobre la estructura y unos más que sugerían qué líneas podría seguir. El relato nunca llegó a ningún fin, ni siquiera sé dónde está ahora. Lo busqué y no lo encontré.

El resto de las semanas escribí otros textos incompletos, también perdidos. Escuché los relatos de mis compañeros y opiné de todos. Noté que la mayoría de la gente que escribe para niños por primera vez, tiende a cometer algunos «errores»: el primero es abusar de los diminutivos, el segundo es pensar que si hay personajes niños, automáticamente es para ese público, en tercer lugar se piensa que si aparecen animales y flores los niños lo amarán. Las mismas desgracias se encuentran también en los concursos literarios, donde la mayoría de los materiales recibidos tienen un tono condescendiente y plagado de cursilerías. Una herencia de la vieja literatura infantil, donde cualquier obra que se jactara de ser para niños tenía que cumplir con esos puntos. Por suerte, la nueva LIJ  y sus autores ya representan una alternativa.

Con ese taller entendí, entre muchas cosas, que soy incapaz de articular un texto de ficción. Me es casi  imposible establecer un acuerdo de ficción entre mi cabeza y un teclado/papel. Es como si no creyera en nada de lo que estoy diciendo y fuera algo impostado. Quizá mi lugar está del otro lado, del lado del que lee, edita y opina un poquito sobre los relatos de otros. Quizá se reduce a algo más esencial: me gustan los libros para niños y no por eso debo/puedo/tengo que escribirlos.


Autores
(Ann Arbor, 1987) no sabe andar en bicicleta y estudió la Licenciatura en Historia. Le gustan los libros para niños, los ha leído y editado.
Secretaría de Cultura