Tierra Adentro

Fotografía: Daniela Edburg

 

De Marcel Schwob a Rubén Darío, y de Alfonso Reyes a Mario Bellatin, el género de las biografías falsas ha enriquecido a la literatura como una forma poética de la parodia. El presente texto es un repaso por los ejemplos más emblemáticos.

 

Toda vida, cuando termina, se vuelve imaginaria. Habrá quien la pueda contar completa, quien se considere testigo presencial de pasajes enteros, y así quedarán imágenes, anécdotas, obras, hijos, historias. Y conforme transcurra el tiempo, las fotografías, las historias, las versiones de los testigos e incluso de los hijos comenzarán a contradecirse, a adornarse de falsos detalles, de irreales descripciones que idealizarán las cualidades del sujeto, o a plagarse de anécdotas decepcionantes que hundirán su memoria. A falta de la presencia viva que sostiene una multiplicidad de zonas de sombra y contradicciones, los recuerdos y las biografías no dejarán de ser estampas planas e incompletas, siempre necesitadas de las trampas de la ficción, que organizan y dan sentido a las cosas que se escapan, imaginando las partes ausentes. Nos tornaremos así, cada vez que alguna memoria nos convoque, en seres imaginarios.

No fue eso exactamente lo que dijo el escritor, ensayista y traductor francés Marcel Schwob en su prólogo a sus Biografías imaginarias (1896) desde luego, pero de alguna manera se relaciona. Marcel Schwob escribió que el biógrafo no tiene que preocuparse por ser veraz, sino que debe «crear sumido en un caos de rasgos humanos».

 

Pacientes demiurgos han acumulado para el biógrafo ideas, movimientos de fisonomía, acontecimientos. Su obra se encuentra en las crónicas, las memorias, las correspondencias y los escolios. De esta grosera aglomeración el biógrafo entresaca lo necesario para componer una forma que no se parezca a ninguna otra. No es de utilidad que sea parecida a aquella que fue creada otrora por un dios superior, con tal que sea única, como toda nueva creación.

 

Schwob alude al género de la biografía y menciona a algunos biógrafos muy anteriores como Plutarco o el griego Diógenes Laercio, de quien celebra la inclusión de una anécdota sobre Aristóteles (el hecho de que llevaba una vejiga de aceite sobre el vientre) como un detalle que habla más del filósofo que aquellos acontecimientos supuestamente importantes. Y en efecto, las Vidas y sentencias de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio están llenas de anécdotas inverificables y fantasiosas que, si bien les restarían cierta seriedad ante quienes busquen biografías «trascendentes», enriquecen a sus personajes. Así, las Biografías imaginarias de Marcel Schwob, desde la del griego Empédocles, «envuelto en púrpura y ceñido en lino», hasta la de los asesinos sangrientos Burke y Hare, pasando por Paolo Ucello, Pokahontas y Clodia, «la matrona impúdica», entre otras, resultan una delicia, retratos vivos y reinventados de personajes o personas comunes que vivieron probadamente en algún tiempo y algún lugar, pero recreados, completos, gracias al arte de la ficción, ése que, como decía, ejercemos sin remedio para restituir a nuestros fallecidos la presencia única e individual —pediría Schwob— que tuvieron en el mundo.

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Schwob dio nombre a un género, por decirlo así, que es una forma seria, quizá poética, de la parodia. Es decir, tomó la forma de la biografía para escribir literatura, trasladó el ensayo a la ficción y convirtió a las personas reales en personajes ficticios, ficticios pero verdaderos, pues la parodia, al caricaturizar los rasgos más prominentemente ridículos del personaje, les quita sustancia.

«¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar, armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de plata de un místico ensueño?», se preguntaba Rubén Darío en Los raros (1896), una recolección de retratos y vidas de escritores como Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, José Martí y Lautréamont, entre otros, que pretendían de alguna manera retornar sobre lo escrito cuando se daba a conocer en América el simbolismo. Los raros no son exactamente biografías imaginarias, pero de alguna manera sus retratos recuperan, a través del panegírico, la poesía y la evocación, el aire de su tiempo y su gente.

Retratos en un sentido similar serían los escritos por Alfonso Reyes en sus Retratos reales e imaginarios (1920), una recolección de artículos que publicó originalmente en Madrid durante su exilio, algunos de los cuales, podríamos considerar, buscan apegarse a la autoridad de la documentación; en otros, el vuelo de la imaginación retrata al personaje, como el de «Madama Lucrecia, último amor de Don Alfonso el Magnánimo» o en este pasaje de la vida de Fray Servando Teresa de Mier:

 

Acaso entre sus devaneos seniles se le ocurriría sentirse preso en la residencia presidencial y, llevado por su instinto de pájaro, se asomaría por las ventanas, midiendo la distancia que le separaba del suelo, por si se volvía a dar el caso de tener que fugarse.

 

Pero es a Borges a quien de manera más clara se cita como el que retomaría el juego de Schwob con su Historia universal de la infamia (1935), donde recrea las vidas de ciertos coloridos criminales, resolviéndolas como relatos de ficción. Al igual que Schwob, Borges era gran lector de Stevenson y a él agradece, en su prólogo de 1955, la inspiración para estas historias:

 

Derivan, creo, de mis relecturas de Stevenson y de Chesterton, y aun de los primeros films de Von Sternberg y tal vez de cierta biografía de Evaristo Carriego. Abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas […] No son, no tratan de ser, psicológicos.

 

En cuanto a las vidas recreadas, reficcionadas, podríamos seguir en esta línea hasta las Vidas minúsculas del escritor francés Pierre Michon, que reescribe las vidas de algunos personajes de su familia y de su infancia o su «Vida de Joseph Roulin», el cartero amigo de Van Gogh que aparece pintado en muchos de sus cuadros. La vida, para resurgir del pasado en su plenitud, necesita de la literatura y Michon recupera las figuras de la gente común para dar nuevo aliento a la época o el ambiente que rodeaba a su propia infancia y juventud, o la de las figuras y los hechos importantes.

Buscando ejemplos contemporáneos en México, dos vienen a mi mente. Uno es el de José de la Colina, quien en su Personerío (2005) retrata, prosifica y ficciona muy sabrosamente a algunos de sus contemporáneos y otros no tanto, como Octavio Paz, Rulfo, Ibargüengoitia, Pita Amor, entre muchos otros. Otro libro del mismo autor que propone una vuelta al juego de Schwob, yo creo que una muy audaz y literaria, son sus Muertes ejemplares (2004), extraordinario ejemplo de las libertades imaginarias de que hace gala el gran escritor nacido en España y afincado en México. Las Muertes ejemplares retratan, tal como lo supone el título, a una serie de personajes a partir de su muerte trágica o notoria, cosa que une a Teseo, Edgar Allan Poe, Marilyn Monroe, y a otros, con los músicos del Titanic. No cito alguna de sus páginas por la manera interminable en que están escritas, sin puntos, pero dejo a cambio este fragmento del texto sobre Juan Rulfo tomado del Personerío:

 

Y recuerdo que su máscara de hombre callado y hosco se iba desmoronando al segundo café americano, a la segunda cocacola, al tercer cigarrillo, y entonces era como si alguna humedad, algún verdín, alguna respiración vegetal y líquida, le recorriera el pétreo, polvoriento paisaje interior.

 

El otro ejemplo contemporáneo, de naturaleza muy distinta, es una de las novelas del peruano-mexicano Mario Bellatin, Una nariz de ficción (2001), que cuenta la vida del poeta japonés Shiki Nagaoka, autor de una obra intraducible. La materia principal del libro es su enorme nariz, que un sirviente le debe cargar cuando come, así como los tratamientos que se aplica para reducirla de tamaño. La manera en que Bellatin ordena su material, con fotografías y textos históricos sobre grandes narices, logra que el lector dude sinceramente tanto de la existencia como de la inexistencia de Shiki Nagaoka. Es una gran meditación sobre cómo la narrativa puede trastocar la ficción en realidad y viceversa.

En esta vertiente del fervor documental que da realidad a seres falsos, la novela de Bellatin se emparentaría un poco con la La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaño. Si bien este libro, una especie de novela híbrida, utiliza el recurso del catálogo enciclopédico para inventar una serie de escritores y de obras, así como el de Bellatin, se desprende totalmente de la posibilidad de hablar de personas reales, como en el caso de Schwob, Borges, Reyes, De la Colina o Michon, para convertirlos en materia de ficción, aunque no ocurre lo mismo con Ulises Lima, el protagonista de Los detectives salvajes, un retrato del poeta Mario Santiago Papasquiaro. El procedimiento del catálogo o la enciclopedia lo retoma Borges en su Manual de zoología fantástica, lejano por otra parte al de la biografía, o incluso en sus Ficciones como «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius».

Y así sucede que, cuando empezamos a buscar biografías imaginarias, hacia delante o en reversa, van apareciendo, unos tras otros, ejemplos que, al igual que las vidas retratadas o por retratar, se empeñan en formar una corriente que de alguna manera escapa a las clasificaciones. Por ejemplo, ¿no podrían formar parte del origen de la honrosa estirpe de Marcel Schwob las Biographical Memoirs of Extraordinary Painters (1780) de William Beckford, conocido como autor de la novela gótica Vathek y por ser un notable coleccionista de arte? O, si se argumentara que éstas corresponden de manera deliberada al género de la parodia, podríamos hablar entonces de la célebre novela de William Thackeray, La suerte de Barry Lyndon, más conocida en nuestros días por la adaptación al cine de Stanley Kubrick. El autor de Vanity Fair se inspiró, al parecer, en un personaje real, Andrew Robinson Stoney, un aventurero irlandés que tuvo a bien (o más bien a mal) casarse con la Condesa Mary Eleanor Bowles y destrozarle la vida al punto de que la llamaban the unhappy countess. La pluma de Thackeray estructura los capítulos de la novela siguiendo un poco, pienso, las estampas de La carrera del libertino, el dieciochesco conjunto de grabados de William Hogarth, mostrando, en una suerte de lección moral, la elevación y caída de su protagonista, traducción protestante del pícaro español.

Y hablando de pícaros, en México tenemos un muy buen ejemplo de biografía literaturizada, que serían los Infortunios de Alonso Ramírez (1690), obra de Carlos de Sigüenza y Góngora, inspirados en el personaje de tal nombre, un aventurero que transmitió al autor los episodios de su recorrido por el mundo conocido de entonces, cuando fue prisionero de los piratas. Sigüenza y Góngora recurrió a la primera persona para dar a su relato aires de verdad, con lo que traslada a su personaje a la ficción y le da vida de nuevo. Eso mismo señala, a su manera, el capellán del rey don Francisco de Santamaría, en la aprobación previa a la obra, al calificar de Homero a Sigüenza y decir que «al embrión de la funestidad confusa de tanto suceso dio alma con lo aliñado de sus discursos y al laberinto enmarañado de tales rodeos halló el hilo de oro para coronarse de aplausos». O sea, diríamos ahora, escribió una buena novela de una vida que le contaron. Lo malo de estos ejemplos es que, si seguimos con ellos, terminamos hablando de la de Don Quijote como una biografía imaginaria, cosa que no haremos aquí, o de la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Lawrence Sterne, que también lo es, y así, al humilde intento de Schwob se lo tragarían los monstruos de la gran ficción.

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A la hora de pensar o imaginar vidas plasmadas en los libros, la línea que separa a la realidad de la ficción se corre a veces sutilmente de un extremo a otro, entre la vida real ficcionalizada y el procedimiento realista para autorizar vidas inventadas. La diferencia entre el procedimiento de Schwob y el de Bolaño o Bellatin sería justamente ésa, y sin embargo es inevitable unirlos como ejemplos (junto a todos los demás ejemplos que se nos puedan ocurrir, pues destapado el tema, la lista es rica e interminable) del afán de dar cuerpo literario a un ser humano, producir, como quería Schwob, la fantasía del individuo con sus detalles, evocar una presencia de la misma manera en que, a veces, sentimos que hay alguien en el cuarto aunque no lo veamos, es decir, dar cuerpo a los fantasmas.

Pero no sólo en la literatura se ha dado este juego. Pienso en dos ejemplos cinematográficos que ilustran también la sutil línea entre verdad y ficción, verdad en el fondo y verdad en el procedimiento. El primero sería, por supuesto, El ciudadano Kane de Orson Welles (1941). Esta película, emblemática del gran director que fue Welles, se desarrolla como un reportaje sobre la vida y la obra de Charles Foster Kane, cuya figura evoca a William Randolph Hearst, el gran magnate de la prensa norteamericana de principios del siglo veinte, dueño de una gran red de periódicos con los que consolidó a la prensa como instrumento del poder político. La película es una mezcla de relato policiaco, documental y retrato de personaje a través del cual un periodista intenta, a la muerte del poderoso magnate ficticio (es interesante saber que Hearst vivía cuando salió la película y que le hizo la vida imposible a Welles), desentrañar lo que significaba para éste la palabra «Rosebud».

Otro ejemplo cinematográfico de una vida imaginaria sería la genial Zelig (1983) de Woody Allen, un documental realizado en blanco y negro sobre un personaje que debido a su inseguridad se mimetiza con su entorno como un camaleón: cuando está con un grupo de negros se vuelve negro, con los judíos se vuelve judío, etcétera. Zelig es un retrato astuto y divertidísimo de ese «hombre de la multitud» que sigue la corriente de los demás. Para darle realidad al personaje, la película está cuidadosamente construida con documentales verdaderos de la primera mitad del siglo y escenas filmadas en blanco y negro. Todo el pietaje se mimetiza para dar unidad a la historia, incluso si es necesario intervenirla, como en esa secuencia en la que Zelig está con Hitler o con el Papa. Por ejemplo, hay un «baile del camaleón» supuestamente en honor a Zelig, con tomas y música de los años veinte que bien podría ser original, pero que se incorpora a la ficción.

Orson Welles creó la vida imaginaria —aunque enriquecida y entremezclada con la de otras figuras, incluso la de él mismo— de un personaje real y lo ficcionalizó a través del documental. Woody Allen, por el contrario, utilizó los recursos del cine de lo «real», el documental, para dar vida imaginaria a un personaje que más que ser un personaje es una idea, pero que está tan bien hecho que resulta conmovedor.

Los mecanismos de la realidad y la ficción suelen tocarse de maneras inusitadas. Lo único cierto es que al final, todos terminamos siendo, en mayor o menor medida, imaginarios.

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