Tierra Adentro

Ilustraciones: Fernando Cruz / Adriana Cruz Monroy

 

Una familia que se dedica a fabricar ataúdes es víctima de una tragedia, y posteriormente de una maldición. Son habladurías de la gente, la leyenda que se cuenta en un pueblo olvidado. Sin embargo, el protagonista de esta historia la vivirá en carne propia, con funestas consecuencias.

 

Luego de cinco horas al volante, un hambre voraz me obliga a desviarme hacia la entrada de un pueblo que se encuentra en la orilla de la carretera. Al viaje le resta un tiempo equivalente al que llevo hasta ahora, por lo que debo tomar un descanso, comer algo y avivar el ánimo antes de continuar atravesando la noche. Avanzo por veredas empedradas; por lo desolado, tengo la impresión de que me hallo en una comunidad de costumbres, donde la gente se guarda en su casa muy temprano. De pronto, titilante, veo al final de la cuadra el letrero luminoso de una cantina.

Estaciono la camioneta afuera, y entro.

Un olor rancio, que envuelve todo el aire del lugar, me golpea al instante. Suena una casetera que está sobre la repisa de las botellas. La luz amarilla de un foco en el techo apenas alumbra el espacio. Tras seguir mis pasos, el cantinero, refugiado en la barra, me saluda de modo inhóspito. Enseguida tose profusamente. Es un hombre de poco cabello, mandíbula ancha y brazos largos y delgados. Innumerables jornadas nocturnas dibujan sus arrugas. Lleva puesto un mandil gastado; debajo, una playera gris. Explico que vengo de la autopista y busco un sitio para cenar. Sólo tengo cerveza, repone tajante el cantinero mientras limpia un vaso. Pienso en regresar al coche pero claramente no hay ningún otro negocio abierto en los alrededores. Resignado, pido que me dé una, al tiempo que ocupo un banco.

El primer trago me calma; no es buena cerveza pero está fría. Observo a tres personas más: un par de borrachos con sombrero que discuten en una mesa del fondo, y un solitario de sudadera verde olivo, sentado a unos cuantos asientos a mi izquierda. La capucha le esconde la cabeza. Vuelvo los ojos al cantinero; con una mueca de fastidio, éste me da a entender que no quiere hablar y se dirige a la parte trasera, donde parece haber un cuarto.

Nunca había venido por estos rumbos, ¿verdad, jefe?, pregunta el sujeto que está a mi costado. Tiene una voz grave y ronca, como si alguna enfermedad le hubiese atrofiado las cuerdas vocales. Respondo que no, que estoy de paso. A lo que él añade: casi nadie se detiene por mucho tiempo, ¿sabe?, no es un pueblo para quedarse.

Luego bebe del tarro.

Lleva guantes negros de estambre. Al escucharlo, me doy cuenta de su embriaguez, no obstante, aún puede hablar de manera inteligible. Hay poca gente en la cantina, y también en la región, digo al ver que deja su cerveza enfrente. Por lo solitarias que son sus calles, parece un sitio del que se pueden contar varias historias.

El hombre asiente repetidamente, acomodándose la capucha, y chasquea los labios.

Qué raro, dice, sólo conozco una.

Le pido al sujeto que la cuente.

No sé si deba, jefe.

Me causa cierta irritación que se refiriera a mí con ese respeto que usa jerarquías. Da un trago largo, terminándose la bebida. Permanece unos segundos en silencio. Comprendo que, para seguir, simplemente necesita más alcohol. Llamo al cantinero, quien viene casi arrastrando los pies, y le pido que sirva otro tarro. Yo invito, le digo al hombre de la sudadera y éste agradece con un ligero movimiento de cabeza. Nos quedamos solos de nuevo.

Y entonces, fatigosamente, habla: ocurrió hace ya bastante tiempo, jefe. Las carreteras aún no existían. Para llegar al pueblo, uno tenía que cruzar el monte, caminar a través de un llano seco, hasta ver las casas de adobe, la iglesia y el panteón. Había unas cuarenta familias, no más, y muchas de ellas vivían del campo. Eran días difíciles. Los acaudalados se robaron las tierras; hubo que agarrar el machete y hacer eso que llaman revolución… ¿comprende, jefe?

Pero ya pasaron muchos años. Doscientos, acaso, o un poco más.

El hombre se refresca la garganta y continúa: en la historia de cada pueblo existe una desgracia. Y la de éste cayó en una familia buena, querida por todos. El padre trabajaba la madera y cuatro de sus cinco hijos aprendieron el oficio de la siembra. La madre cuidaba al más pequeño, Jonás, quien tenía los ojos grandes (como los de ella) y la piel montuna. Por aquel entonces cumplía once años. Le gustaba ir a los establos de los caballos. Les arrimaba paja al hocico y no hacía más que verlos masticar.

Como dije, el padre de Jonás trabajaba la madera. Pero elaboraba una sola cosa, que no le requería mucho esfuerzo y le permitía sobrellevar la primera vejez. El hombre de la sudadera se detiene, pasa las manos por las piernas, sobándolas, como si tuviera un calambre. Espero atento mientras tomo de mi cerveza.

¡Ataúdes!, dice de golpe, hacía ataúdes… ¿me sigue, jefe?

El padre de Jonás era conocido por eso. Mucha gente murió en la lucha por la tierra. Las familias venían de otros pueblos a verlo. Le platicaban cómo había fallecido su pariente y él se ponía a tallar la caja. Tenía un extraño don para entender la tristeza, y la gente encontraba cierto consuelo en eso. Pero la cercanía con la muerte lo volvió un viejo duro con sus hijos, algo de lo que se arrepentiría una mañana lluviosa de junio; la mejor época para el cultivo.

Esa vez, el pequeño Jonás pidió permiso para ir con sus hermanos al campo. La madre enfermó, se quedó recostada en el petate y le pidió que no se alejara demasiado. En realidad, lo que el niño quería era ver a los caballos. Por eso fue a los yuyales, donde sabía que los encontraría. Vio un grupo de quince o veinte purasangres, hermosas bestias negras dando vueltas dentro de una valla. Jonás, sin saber el peligro que corría, saltó los tablones que los cercaban. En ese momento hubo un estallido en las nubes, un trueno que alebrestó violentamente a los animales.

Comenzaron a correr nerviosos.

Y la lluvia se precipitó. Era un diluvio, ¿entiende, jefe? Jonás dio un paso al frente. Supo que debía irse, pero ver a los caballos así lo dejó paralizado. Entonces el cielo tronó y las gotas arreciaron con furia. El pequeño sintió miedo. Atisbó una verja; se apresuró a salir por ahí, mas no pudo asegurarla de nuevo. Alcanzó a dar unos pasos afuera antes de escuchar a sus espaldas el galope salvaje que se aproximaba y que, instantes después, al volverse, le pasaría por encima.

El hombre de la sudadera acerca el tarro a la capucha; lo vacía. Pido otro.

Prosigue: la madre recorrió desesperada el pueblo en busca de su hijo. Pero fue uno de los hermanos quien lo encontró tendido en el lodo. Él hubiese querido reconocer su cara, pero los cascos de los caballos la deformaron. Jonás murió esa mañana. Nadie en el pueblo creyó la noticia hasta que vio el pequeño cuerpo dentro de un ataúd angosto, que el padre improvisó al caer la tarde. Era una caja simple, sin detalles. El viejo no pudo lidiar con su propia tristeza. Pero dígame, jefe, en una situación así, quién podría.

Velaron el cuerpo durante la madrugada. Y el llanto de la familia fue el único sonido que se escuchó en toda la comunidad, era un eco doloroso que se anidaba en las casas. Lo enterrarían en el panteón a primera hora. El luto del padre de Jonás, al paso de las horas, se convirtió en odio; soltó injurias contra Dios y se negó a aceptar la pérdida. En el fondo se culpaba.

Al final de la velación, vieron entrar en la morada a un hombre que llevaba espuelas, ropa negra, un sombrero grande y una hebilla gruesa y dorada. Llegó, sospechosamente, a pie. Se acercó al ataúd con pasos firmes, miró a los presentes e hizo una seña al padre de Jonás para que salieran. Extrañado, éste fue a la puerta, donde lo encaró. El otro se presentó como el dueño de los caballos que habían matado a su hijo. Quería hablarle de hombre a hombre. Le pidió que se alejaran un poco, y caminaron unos cuantos metros en dirección a la iglesia.

Era una noche fúnebre. Así son todas en este pueblo.

El padre de Jonás contuvo su coraje unos minutos. Pero luego las lágrimas lo doblaron. El extraño lo levantó, tomándolo de los brazos; le exigió que lo escuchara. Nadie sabía quién era ese hombre, parecía de paso, así como usted, jefe. En su figura llevaba los rasgos de un cacique. ¿En verdad quiere que su hijo viva de nuevo?, le preguntó aquél, como si supiera sus deseos. Haría lo que fuera, respondió sollozando. Le advirtió que tendría consecuencias, pero el padre no lo entendió y repitió las últimas palabras. El visitante lo soltó, entró de nuevo a la casa; poco después, salió con rumbo al panteón, perdiéndose en la penumbra.

Tras la visita, un grito desgarrador hizo volver adentro al padre de Jonás. Faltarían un par de horas para el alba. Miró a su mujer arrodillada y descubrió al niño de pie, sin ningún golpe en el rostro. ¡Ninguno, jefe! Los presentes creyeron en los milagros, como los que ocurrieron en la Biblia, y se arrodillaron. El padre de Jonás no encontró ninguna explicación. Le preguntó a su mujer qué había ocurrido. Ella, aún con la voz temblorosa, repitió lo que el hombre desconocido, antes de irse, dijo frente a la caja: levántate, que vivirás una eternidad.

Al principio, la gente del pueblo recibió el hecho con buenos ojos.

Enseguida quisieron saber quién era aquel peregrino de atuendo oscuro. Pero nadie lo supo; tampoco se supo adónde fueron a parar los caballos que dejó salir el chiquillo. La familia, al poco tiempo, volvió a ser la de antes. Jonás creció con el recuerdo de su propia muerte. Tenía guardado en su memoria el instante en que despertó sobre el ataúd. Cuando le preguntaban qué era lo que vio durante sus horas de fallecido, no sin miedo afirmaba que un hombre de gran estatura, con la cabeza de un caballo negro, le ordenaba que volviera a la vida. Suena absurdo, pero eso es lo que decía. Sobró quien dijera que se trataba del mismo diablo. Ya sabe cómo son los rumores, jefe. La gente no se guarda nada. Aunque tal vez no erraba…

Con el tiempo, Jonás aprendió el oficio de la carpintería; se convirtió en el ayudante del padre hasta que el viejo enfermó. Los ojos se le cubrieron de diminutas venas rojas, y se retorcía de dolores en la espalda. Así empezó la desdicha. En un inicio, sospecharon que la edad había sido la culpable, y su muerte, que sucedió a los meses, se pensó natural.

Los giros del azar, jefe, permitieron que ahora fuese Jonás quien construyera el ataúd de quien había sido su maestro. El muchacho se esmeró lo más que pudo. Poco tardaron en enterrarlo. Pero a los días, dos de los hijos mayores corrieron con la misma suerte: a uno, la temperatura le mostró el lado más espeso del infierno, y las convulsiones fijaron la fecha de su última noche. A otro, la navaja de un desconocido le cortó la garganta, dejándolo tirado a las afueras de la iglesia.

Entonces empezó a cobrarse aquel favor.

Al mes, el tercero de la ralea fue mordido por una víbora en el monte.

El cuarto fue fusilado por las tropas enemigas, al sur, sin motivo aparente.

A pesar de esto, el destino fue noble con la madre, al dejarla ciega: no vio ninguna de las muertes de sus hijos. Pero al año también enfermó y llagas dolorosas vistieron su cuerpo. Todo aquel que estuviera cerca de Jonás, no encontraría otro destino más que ése. El tiempo en que sucedían los hechos variaba; a veces era enseguida, a veces pasaban años.

Poco menos de una década bastó para que la comunidad se convirtiera en una cosecha de huesos. Como dije, murió el padre, murieron los cuatro hermanos y la madre de Jonás. Pero igual, en extraños eventos o por enfermedades sin antecedente, murieron los campesinos, los hijos de los campesinos. Jonás se encargó de hacer los ataúdes; con el tiempo, aprendió a sepultar sin ayuda de nadie. ¿Se imagina lo que es eso, jefe? Descubrió que la muerte tiene caras distintas. Quien muere, logra ver sólo una de ellas. Pero Jonás, estando vivo, atestiguó más de una, y fue valiente. Aceptó la soledad como quien recibe una herencia.

En algún momento quiso huir, pero creyó que sería peor, pues adonde fuera lo perseguiría la desgracia. Si se quedaba en un solo lugar, pensó, algún día se quedaría completamente solo. Era el precio que pagaría por su vida. Pasaron cincuenta, ochenta, cien años. El joven se convirtió en hombre, luego en anciano. Jonás envejeció más de la cuenta. ¿Imagina su piel, jefe, después de vivir un siglo, y luego otro? ¿Imagina su rostro podrido?

Permanezco mudo, igual que la casetera, que ha dejado de sonar. El hombre de la sudadera verde da un trago profundo y deja caer el tarro nuevamente vacío sobre la barra. El cantinero aparece de súbito; comenta que es hora de cerrar, que será mejor que nos vayamos, y tose mientras estira la mano para recibir el dinero.

Le doy un par de billetes; agrego una buena propina. Cuando me vuelvo hacia mi acompañante, lo veo salir apresurado, como si huyera de algo, y atraviesa la puerta. Lo sigo. Escucho toser por última vez al cantinero. Paso al lado de los sombrerudos, aparentemente dormidos sobre la mesa; me pregunto cómo irá a sacarlos en tales condiciones. También quisiera saber si están vivos.

Vuelvo a la camioneta.

En la calle, miro hacia ambos sentidos, pero ninguna sombra la recorre. Doy marcha al motor. Salgo por la misma vereda empedrada y, cerca de la desviación, distingo un bulto al borde del camino. Oiga, ¿quiere que lo acerque a su casa? (Avanzamos en silencio unos cuantos metros hasta que parece entender el ofrecimiento). Gracias, jefe, pero prefiero caminar, contesta sin mirarme. Vamos, hombre, lo llevo, es muy tarde. No puedo, dice, caminando aprisa, y añade unos metros adelante: tengo trabajo. Dejo de insistir y, sin despedirme, me arranco hacia la carretera oscura. Acelero. A los veinte minutos, el camino se inclina y permite que pueda avanzar sin esfuerzo del motor.

Pienso, de pronto, en el hombre con cabeza de caballo. Veo sus ojos brillantes y grandes. Puedo verme en el reflejo de las esferas oscuras. Los tengo tan cerca que, distraído, me dejo llevar por cavilaciones que me hielan la sangre. De inmediato la velocidad de la camioneta aumenta y la vía se vuelve cada vez más estrecha. El viento entra por las ventanillas, agitando los papeles que llevo en el asiento del copiloto. Veo la autopista. Diviso una curva cerrada a unos cincuenta metros; del otro lado, un voladero. Las llantas rechinan; el motor gruñe.

Paso saliva y piso el freno. Piso de nuevo, con todas mis fuerzas, a fondo.


Autores
(Cuernavaca, 1988) escribe, lee y hace música. Estudió Educación en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue incluido en las antologías de cuento Alebrije de Palabras. Escritores Mexicanos en breve (BUAP, 2013) y Los regresos de Zapata (Cimandia, 2014). Es autor de Orquesta primitiva, publicado por el FETA.
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