Tierra Adentro

 

Como señalan algunas estudiosas, cientos de mujeres que desafiaban la hegemonía masculina fueron condenadas a la hoguera bajo el pretexto de poseer poderes sobrenaturales. Parte de la literatura escrita por hombres ha fomentado el estereotipo de la mujer como un peligro: bruja, prostituta o loca. Sin embargo, existen autoras y libros que reivindican la feminidad transgresora desde una óptica más honesta y realista.

 

Para Miriam, hermana de aquelarre

Quién no se ha preguntadoalguna vez, ¿soy un monstruo, o es esto seruna persona? CLARICE LISPECTOR

De todas las advertencias que los autores del Malleus Malefica¬rum lanzaban con respecto a las brujas, había una cosa especialmente ominosa de la que la sociedad tenía que cuidarse: la boca de la vulva. Este manual para combatir la brujería publicado en 1486, apenas cuarenta y seis años después de la invención de la imprenta, y cuyo título literalmente quiere decir El martillo de las brujas, se convirtió en el bestseller no sólo del siglo XV, sino también del XVI y del XVII. El Malleus consolidó la idea, formu-lada una y otra vez por la Biblia, de que la mujer es un ser débil y propenso al pecado al que hay que vigilar y controlar.

Visto por el hombre del Medioevo y del Renacimiento, el cuerpo femenino se prefiguró como un espacio insondable y maligno; así lo explica el Lear de Shakespeare: «De cintura para abajo son centauros,/ aunque sean mujeres por arriba./ Hasta el talle gobiernan los dioses;/ hacia abajo, los demonios./ Ahí está el infierno, las tinieblas, el pozo sulfúreo, ardiendo, quemando; peste, podredumbre».

La amenaza del pozo sulfúreo

La mujer que desafiaba las leyes de los hombres (la que tenía sexo fuera del matrimonio, la que ejercía control sobre su cuerpo por medio de la anticoncepción, la que alzaba la voz y se mostraba insumisa) tenía que ser forzosamente diabólica. Ahí nace la hermandad entre la bruja, la puta y la loca: son una y la misma porque las tres plantean un desafío a la estructura del poder heteropatriarcal.

En Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación origina¬ria (2010), Silvia Federici apunta que la caza de brujas fue esa «guerra contra las mujeres que se sostuvo durante un periodo de al menos dos siglos». Esa guerra en la que murieron cientos de miles de mujeres marcó el inicio del control de los hombres sobre el trabajo y los cuerpos de las mujeres.

«Mientras en la Edad Media la prostituta y la bruja fueron consideradas figuras positivas que realizaban un servicio social a la comunidad, con la caza de brujas ambas adquirieron las connotaciones más negativas», escribe Federici, «y fueron rechazadas como identidades femeninas posibles. La prostituta murió como sujeto legal sólo después de haber muerto mil veces en la hoguera como bruja».

¿Cómo y por qué se libró esta batalla en contra de las mujeres? Federici identifica que fue entre finales del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, cuando la hambruna, el alza de precios y las pestes azotaban Europa que la caza de brujas llegó a su culmen. Las mujeres se convirtieron en el chivo expiatorio culpable de todos los males de la época, desde la pérdida de cosechas hasta la muerte infantil.

Asimismo, Federici apunta que muchas de las mujeres que fueron acusadas de brujería eran «depositarias tradicionales del saber y control reproductivo de las mujeres» puesto que eran parteras o mujeres sabias. La caza de brujas también coincide con el surgimiento de la obstetricia y de las prácticas para fomentar el incremento poblacional, de tal forma que la persecución que sufrieron las acusadas de brujería se evidencia como un intento de criminalizar el control de la natalidad y de poner la práctica de la medicina únicamente en las manos de los hombres.

«No me hable usted de médicos, yo sé más que cualquier médico», dice Cristophine, la mujer negra que practica obeah, es decir, magia, en la novela de Jean Rhys, Ancho mar de los Sargazos (1966). Es 1834 y los esclavos de Jamaica acaban de ser liberados, pero pocas cosas han cambiado: los blancos siguen teniendo las mejores tierras y los negros todavía trabajan como sus criados. Sin embargo, Cristophine es respetada por negros y temida por blancos. Ella es la única negra con quien Rochester, el amo de la casa, no se mete. Y cuando él le dice que se tiene que llevar a Antoinette, su esposa, a Inglaterra para curarla de su locura, Cristophine le responde que Antoinette perdió la cabeza a causa de él: «Usted empezó a ponerle apodos. Marionette […] esa palabra significa muñeca, porque no habla». La bruja negra es quien denuncia que la mujer blanca es igual que el negro porque también es esclava del hombre blanco.

La persecución de la brujería no sólo contribuyó a degradar, demonizar y destruir el poder social de las mujeres, sino que, como dice Federici, «fue precisamente en las cámaras de tortura y en las hogueras en las que murieron las brujas donde se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad». De las cenizas de esa pira surgió una mujer mermada y aterrorizada que más tarde los hombres victorianos habrían de llamar histérica.

LA SATANIZACIÓN DEL EROTISMO DE LAS MUJERES
Puta de joven, bruja de vieja. Eso dice el dicho. La puta copu¬la con los hombres por dinero y la bruja copula con el diablo a cambio de poder, pero ambas encarnan la misma sexualidad aberrante: la que no tiene como fin la procreación. Durante la Edad Media y el Renacimiento el vínculo entre la bruja y la puta era tan estrecho que una mujer podía ser llevada a juicio por tener «mala reputación»; sólo comprobando su virginidad podía salvarse de la hoguera.

En su célebre libro Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (2005), Marcela Lagarde define a la puta como todo lo que no es la madresposa: virginal, buena, deserotizada, fiel, casta y monógama. La puta es quizá aún más peligrosa que la bruja porque no necesita hacer ningún pacto satánico para corromper a los hombres, su simple existencia implica un riesgo para la integridad moral masculina y para el orden social.

La literatura está saturada de putas tristes o atormentadas o victimizadas o crueles o amargadas. ¿Pero dónde están las putas desenfadadas, jacarandosas? La verdad es que, aunque abundan en las calles, son difíciles de encontrar en los libros. Desde Santa (Federico Gamboa, 1903) hasta Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1856), la mayor parte de la literatura escrita por hombres se afana en asegurar que tiene que haber algo torcido en la historia de una mujer que transgrede las normas sexuales. Para Virginie Despentes, escritora francesa mejor conocida por ser la guionista del filme Viólame (2000), esto es un claro signo de la inequidad de género que prevalece en la sociedad, porque un hombre que «se va de putas» es un hombre común y corriente, mientras que una mujer «que se hace de un cliente» es inmediatamente estigmatizada.

«A la gente le gusta poner cara de incrédula cuando les dices que has trabajado como puta, lo mismo ocurre con la violación: pura hipocresía», escribe Despentes en su libro de ensayos Teoría King Kong (2006); «si se pudiera realizar una encuesta, nos asombraríamos de la cantidad de chicas que han vendido sexo a un desconocido. Hipócritamente, porque en nuestra cultura, el límite entre la seducción y la prostitución es borroso».

Despentes describe sus años trabajando como prostituta como:

una empresa de indemnización, billete a billete de lo que me había sido robado por la fuerza… Éste sexo sólo me pertenecía a mí, no perdía su valor a medida que se usaba, incluso podía ser rentable. De nuevo me encontraba en una situación de ultra-feminidad, pero esta vez yo sacaba un beneficio neto.

Para Despentes, asumir que el servicio sexual debe ser gratuito o estar inscrito dentro del matrimonio, es igual de hipócrita que pensar que el trabajo doméstico y la educación de los niños son deberes exclusivos de las mujeres. La solución, dice Despentes, no es erradicar la prostitución, sino, por un lado, ga-rantizar el derecho a ejercerla con seguridad y por otro, generar oportunidades laborales dignas para que ninguna mujer tenga que prostituirse porque no tiene otra opción.

Una de las poquísimas novelas que resignifican el arquetipo de la puta es Nadie me verá llorar (1999) de Cristina Rivera Garza: su protagonista, Matilda Burgos, es una «señorita de familia» que se convierte en puta. En el ínter, trabaja como obrera en una tabacalera, pero cuando la despiden y se queda a cargo de los hijos de otra obrera de la fábrica, el burdel se convierte en la única alternativa posible. «En la Ciudad de México, el doce por ciento de las mujeres entre quince y treinta años de edad eran o habían sido prostitutas alguna vez en su vida —escribe Rivera Garza—. Habían sido sirvientas, costureras, lavanderas, operarias y vendedoras ambulantes, cuyos salarios difícilmente rebasaban los veinticinco centavos diarios».

Pero a diferencia de las putas plagadas de culpa que llenan páginas y páginas de novelas infumables, Matilda florece en un prostíbulo llamado La Modernidad. De su oficio sólo le molestan los hombres que buscan conversar. «Tus secretos al confesionario», les espeta; sus modos bruscos y su temeridad para enfrentar a los clientes abusivos le ganan el apodo de «la Diablesa».

En ese mismo prostíbulo, Matilda se enamora de una de sus compañeras, la Diamantina. Las páginas que describen su amor figuran entre las más luminosas de la novela:

Una mujer. Su presencia, como su nombre, daba brillo a todo lo que la rodeaba. Con ella al lado, hasta el cuartito de paredes amarillas y escaso mobiliario parecía una verdadera habitación. Las sábanas eran más suaves, la cama más mullida, y sus cuerpos sólo suyos.

Ser para ellas, no para los hombres. Diamantina y Matilda montan espectáculos con tintes teatrales que llevan nombres como «Enfermedad», «Cárcel», «Hospital», «Neurastenia» y «Reglamento», pero cuando un hombre les sugiere que modifiquen sus shows para atraer más público masculino, Matilda contesta: «¿Y quién te dijo que esto lo hacemos para los hombres, Santos? Si quieren venir que vengan, y que se vengan también de paso, pero todo esto es para las muchachas, ¿entiendes?».
Lo que más escandaliza a los detractores de la prostitución, escribe Despentes, no es tanto que la mujer venda su cuerpo, sino que deje el encierro del hogar y entre al mundo público: «La puta es la “criatura del asfalto”, la que se apropia de la ciudad. Trabaja fuera de la domesticidad y de la maternidad, fuera de la célula familiar. Los hombres no necesitan mentirle, ni ella necesita engañarlos, más bien ella se puede convertir en su cómplice», escribe Despentes, y yo imagino a Matilda Burgos andando las calles de la Ciudad de México de inicios del siglo XX tomada de la mano de la Diamantina, gritando consignas revolucionarias, rompiendo el yugo del conservadurismo mexicano.

«MEJOR DIME CÓMO SE CONVIERTEUNO EN UNA LOCA»
«La enferma habla mucho, ésta es su excitación», así se describe a Matilda en su expediente de ingreso al manicomio de La Castañeda, el gran legado del porfirismo al México moderno. «Habla demasiado. Cuenta historias desproporcionadas. Escribe. Escribe cartas. Escribe despachos diplomáticos», relatan los médicos que la atienden, se escandalizan porque repite la misma frase una y otra vez: «mierda de mundo».

¿Quiénes son las locas?, se pregunta Marcela Lagarde. Des¬pués de entrevistar a cientos de mujeres en manicomios y en cárceles concluye que son

las suicidas, las santas, las histéricas, las solteronas, las brujas y las embrujadas, las monjas, las posesas y las iluminadas, las malas madres, las madrastras, las filicidas, las putas, las castas, las lesbianas, las menopáusicas, las estériles, las abandonadas, las políticas, las sabias, las artistas, las intelectuales, las mujeres solas, las feministas.

Si el hombre encarna la racionalidad, entonces la mujer encarna la locura. «Las mujeres enloquecen de tan mujeres que son, y enloquecen también porque no pueden serlo plenamente, o para no serlo», escribe Lagarde. Para ella, la casa, el convento, el burdel, la prisión y el manicomio son espacios de cautiverio con grandes rasgos en común porque son los hombres que rigen esas instituciones (el marido, el sacerdote, el padrote, el funcionario de gobierno, el médico) quienes deciden si una mujer está loca o cuerda. La más leve transgresión a las expectativas de su género puede ser signo, en los ojos de sus carcelarios, de locura en la mujer. De ahí que el doctor Marcos Burgos ciña a Matilda con rígidas reglas de higiene como la obligación de bañarse tres veces al día durante sus periodos menstruales. Matilda es concebida por su tío como la personificación misma de «el enemigo al que, más que derrotar, había que subyugar, convencer, domesticar».

La amenaza del pozo sulfúreo_1

En el clímax de Ancho mar de los Sargazos, Antoinette le suplica a Rochester que escuche lo que tiene que decirle, está convencida de que si lo hace, él volverá a amarla y su sufrimiento terminará. Pero Rochester, impávido como una piedra, responde: «Sólo si prometes ser razonable». Esta imposición masculina del deber ser es lo que ha empujado a tantas mujeres a la locura. Marcela Lagarde relata que una cantidad apabullante de las internas en los manicomios que visitó habían sido engañadas por sus esposos, violentadas por las autoridades y absolutamente despojadas del poco poder del que eran dueñas: «Los manicomios están llenos de mujeres enloquecidas culturalmente. Mujeres que fueron poco a poco vueltas locas».

Pero la locura también puede ser entendida como transgresión. Si la sociedad patriarcal exige que hay que ser mujer para otros, la loca niega con la cabeza y responde: «Yo soy-para-mí». Lagarde ve a la locura como «un acto de autonomía y de poder sobre sí y sobre los otros», y yo recuerdo las palabras de Diamantina (la primera Diamantina en la vida de Matilda, la revolucionaria que toca el piano y organiza mítines anarquistas): «Las mujeres deben entrar al cielo con libros, con música, no con escobas y trapos viejos, Damita. Ponte lista».

Por eso cuando Matilda decide callar para siempre, su decisión se siente como la más lúcida de sus posibilidades:

Vivir en un universo sin ojos, un lugar donde lo único importante sean las historias relatadas de noche. El silencio. Las miradas masculinas la han perseguido toda la vida. Con deseo o con exhaustividad, animados por la lujuria o el afán científico, los ojos de los hombres han visto, medido y evaluado su cuerpo primero, y después su mente, hasta el hartazgo.

Más que una afección mental, el silencio que Matilda construye es un remanso de paz donde «no hay visitantes y a nadie le importa su pasado, su futuro; allí sólo ella se puede proteger a sí misma. Nadie más. No hay ojos».

LAS EXCLUIDAS DEL MERCADO DE LA BUENA CHICA
La noche de Halloween de 1968, un grupo de mujeres activistas convocó a las neoyorquinas a un «aquelarre» para compartir bebida, comida y experiencias; así nació WITCH, uno de los grupos feministas precursores del movimiento de liberación de las mujeres en Estados Unidos. «Las brujas fueron las primeras practicantes del control de la natalidad y del aborto», decían los volantes que WITCH repartió por varias ciudades estadounidenses, «Las brujas siempre han sido mujeres que se atrevieron a ser valero¬sas, agresivas, inteligentes, no conformistas, curiosas, independientes, liberadas sexualmente, revolucionarias».

La Matilda de Nadie me verá llorar y la Antoinette de Ancho mar de los Sargazos son mujeres que no se ajustan a los roles de género impuestos por los hombres; en su época las llamaron locas, hoy las llamaríamos feministas. Marcela Lagarde define al feminismo como una locura radical que lucha contra las normas para reescribir la identidad de la mujer: «El delirio feminista significa la construcción del mundo en un espacio en que la vida ya no es genérica, ni clasista, ni racista, ni se funda en la opresión de los diferentes, ni existen poderes como dominio del otro».

El discurso feminista se sustenta precisamente en la reapropiación de nuestra condición de otredad. Despentes lo explica así: «Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica».

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Despentes, Rivera Garza y Rhys no están solas. A su lado hay decenas de escritoras que han reescrito los estereotipos de la bruja, la puta y la loca para humanizarlas. Maryse Condé (Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, 1986), Cristina Peri Rossi (Te adoro y otros relatos, 2000), Ana Clavel (El amor es hambre, 2015), Orfa Alarcón (Perra brava, 2010), Daniela Tarazona (El animal sobre la piedra, 2008), Shirley Jackson (Siempre hemos vivido en el castillo, 1962), Mónica Lavín (Yo, la peor, 2009), Samanta Schweblin (Pájaros en la boca, 2009), Angela Carter (La cámara sangrienta, 1979) y Susana Iglesias (Señorita vodka, 2013) son sólo algunas de las autoras que constituyen la larga lista de narradoras que plantean una feminidad transgresora. Esa feminidad que derrumba los preceptos machistas y se erige sobre los hombros de sus hermanas para gritar al unísono la consigna de Despentes:

[La] mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre […] esa mujer blanca, feliz, que nos ponen delante de los ojos […] nunca me la he encontrado en ninguna parte.

Estamos convencidas, aseguran las escritoras feministas, de que no existe.

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