Tierra Adentro

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

 

Los relatos para niños que escribió Clarice Lispector no pueden ser considerados una parte menor de su obra, sino que son centrales dentro su narrativa. Martha Riva Palacio Obón explora el abisal y tumultuoso imaginario de la brasileña y nos muestra que la infancia será siempre un territorio amenazante.

 

Más de una vez me he topado con textos que califican la litera-tura infantil de Clarice Lispector como un desvío en su trayectoria que debe leerse con benevolencia, pero nunca con la misma atención que se le prestaría al resto de sus libros. Por ejemplo, en el prólogo de una de las ediciones en español de ¿Cómo nacieron las estrellas? se incluye, cual si se tratara de la entrada al infierno de Dante, la siguiente advertencia:

Los cuentos infantiles de Clarice Lispector representan un doble desafío para los padres, maestros y otros mediadores: superar el respeto y conocimiento que tengan de su obra y entrar con los niños en este aspecto más maternal y juguetón de unos relatos que parecen contados por una abuela en una ronda. [1]

Pareciera que la literatura infantil, al igual que una niña que olvida que no debe interrumpir una conversación entre adul¬tos, debe pedir constantemente perdón por atreverse a existir. Bicho raro, se filtra por las grietas del canon exponiendo —para incomodidad de muchos— la verdadera hondura de esa abuela capaz de abarcar toda la experiencia humana con sus rondas. Así que no, a los cuentos infantiles de Clarice Lispector hay que tratarlos con el mismo respeto con el que abordamos el resto de su obra. Son parte de la conversación y sin ellos no es posible apreciar cabalmente la visión de una de las autoras más emblemáticas del siglo XX, con todos sus matices y contradicciones. Hay que dejar que la selva crezca en maraña. No importa si es el Amazonas o una maceta en un apartamento de Río de Janeiro. ¿Será que podremos establecer de nuevo un diálogo sin prejuicios entre su literatura infantil y adulta y disfrutarlo?

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Antes que nada, habría que tener cuidado de no confundir lo sencillo con lo simple. Los relatos infantiles de Clarice se alejan de lo literal y se adentran en lo simbólico. Parafraseando a Walter Benjamin, [2] narran con precisión lo extraordinario, pero sin forzar la conexión psicológica; permitiendo así que cada quien saque sus propias conclusiones. Para comprenderlos hay que tomar en cuenta también sus silencios:

Una vez, en el mes de enero, había muchos indios que desarrollaban sus actividades habituales: cazaban, pescaban, combatían. Pero no hacían nada en las tabas: solo tumbarse en las redes, dormir y roncar.

¿Y la comida? Solo las mujeres se encargaban de prepararla y de tener todo para comer. [3]

Lo no dicho, lo que se infiere. Situaciones que se dan en dos tiempos: el cósmico y el histórico. Mujeres que habitan en un mundo previo a la creación de las estrellas pero que también podrían ser cualquier ama de casa del siglo XX o XXI, para el caso. Lo mismo sucede con “El negrito pastor” en el que lo fantástico se funde con lo real. La octava historia de ¿Cómo nacieron las estrellas? trata sobre fuerzas sobrenaturales pero contiene también un testimonio sobre la esclavitud y el pasado colonial en Brasil. El final es feliz, pero Clarice pone en duda la moraleja que ha acompañado a este relato durante siglos. Después de todo, nos aclara que el villano se hinca ante la Virgen por miedo y no por arrepentimiento:

¿La moraleja de esta historia será que el bien siempre gana?

Bueno, todos sabemos que no siempre sucede así. Lo mejor es que nos vayamos arreglando como podamos y tratemos de encontrar una manera de ser buenos y quedarnos con la conciencia tranquila. [4]

Las reglas del juego no siempre son fáciles de comprender y cuando creemos saber qué sucederá, surge lo inesperado. Es un hecho que, en la literatura infantil de Clarice, los seres humanos —en especial, los adultos— no siempre salen bien parados. En La vida íntima de Laura, por ejemplo, un extraterrestre siempre preferirá establecer contacto con una gallina porque considera que ésta, a diferencia de nosotros, no es cuadrada. Habría que tener, tal vez, criterio de… pollo.

Los relatos para niños de Lispector parten del mundo ordinario y nos transportan, sin que nos demos cuenta, hasta esa franja donde los objetos cotidianos son y no lo que aparentan. La selva de ¿Cómo nacieron las estrellas? forma parte de una geografía intangible que nace de los lugares comunes, provocándonos desconcierto; está poblada por criaturas anfibias que viven y mutan entre lo real y lo imaginario. Bichos que son hormigas, onzas, niños, astros, dioses. Son doce leyendas brasileñas al modo de Clarice, en las que retumba con fuerza la voz de esa abuela sabia que trae todo el trópico a cuestas. Sus historias, en apariencia sencillas, apelan a nuestro inconsciente colectivo. Bichos que son también arquetipos. Clarice es experta en cartografiar esos mundos imaginarios que –como dice Vlady Kociancich– todos tenemos en la cabeza y sin los cuales nuestra experiencia se vería empobrecida. [5] Mundos que se empalman con la vida cotidiana en donde los niños de la selva siempre harán hasta lo imposible por evitar que los regañen:

Cuando las indias regresaron se asustaron porque les pareció que sus hijos subían hacia el cielo por los aires. Decidieron subir también ellas atrás de los chicos para, luego, cortar la liana por debajo de ellos.

Sucedió entonces algo que solo ocurre cuando creemos: las madres se cayeron al suelo transformándose en onzas. En cuanto a los curumins, ya que no podían volver a la tierra, se quedaron en el cielo, transformados en brillantes y redondas estrellas. [6]

Una voz de bufona que trastoca las relaciones de poder, dentro y fuera del libro. Vulnerable, irreverente, fumadora empedernida, es por momentos adulta y niña. En textos como La mujer que mató a los peces, Clarice interpela a los niños desde una posición igualitaria en la que ellos pueden o no decidir aliarse con ella. Estos últimos tal vez no son la figura central del relato pero sí del debate que se construye al margen, en el que la ironía juega un papel fundamental: “Les contaré antes unas cosas muy importantes para que no se pongan tristes con mi crimen. Si tuviese la culpa se los diría, porque yo no miento a las niñas ni a los niños. Solo miento a algunas personas mayores porque es la única manera de tratar con ellas”. [7]

En los cuentos infantiles de Clarice encontramos el germen de esos grandes temas, que también explora en su obra para adul¬tos. Uno de ellos, como plantea Sonia Monnerat, [8] es la propia infancia; entendida ésta no como un proceso reversible regido por la tensión constante entre la formación del yo y su aniquilación:

Ella estaba en su primera infancia y sin miedo a que la angustia sobreviniera; estaba en estado de encantamiento por los colores orientales del Sol que dibujaba figuras góticas en las sombras (…). Descubriendo lo sublime en lo trivial, lo invisible bajo lo tangible — ella misma deshecha como si hubiese sabido en ese momento que su capacidad de descubrir los secretos de la vida natural todavía estaba intacta. [9]

Para Lispector, la infancia nunca termina del todo y a lo largo de sus libros desarticula aquellas estructuras internas que sustentan la ilusión del yo como una continuidad. Cualquier cosa, hasta una cucaracha bajo la puerta, puede catapultarnos a ese momento terrorífico en que deseábamos y temíamos ser absorbidos por esa masa informe a la que luego aprendimos a llamar mundo. El bicho —que en su nombre tiene en sí algo indefinido, ya que puede referirse a un ave, insecto o protozoario— representa la irrupción de lo abyecto en nuestra vida cotidiana. Lo abyecto es el crujido de la concha de un caracol bajo la suela de nuestro zapato o el silencio de un pez muerto de hambre; es lo que, como diría Julia Kristeva, “nos confronta con esos estados frágiles en donde el ser humano erra en los territorios de lo animal”. [10] En ¿Cómo nacieron las estrellas?, por ejemplo, lo abyecto huele a selva virgen. Es el territorio de Curupira, el escupe-fuego, azote de cazadores furtivos:

No es un cangrejo, pero sus pies salen hacia atrás, como si estuviera caminando al revés. Nadie sabe nunca dónde está. ¿Huye siempre? Puede ser. Y de repente surge como una aparición aterradora. Cuando se va, no deja rastros en la tierra. Si solo se oye un susurro en lo matorrales, pueden estar seguros: es él. [11]

Bichos que también son fósiles vivientes, memoria encapsulada de un pasado distante en el que nos hicimos esa primera pregunta que nos permitió ser nosotros mismos. Porque como reflexiona Lori, la protagonista de Aprendizaje o El libro de los placeres, somos la continuación de un impulso que inició hace millones de años. Nuestra historia es la de ese instante en el que la materia inerte cobró vida por primera vez… “Como si pasara del hombre-mono al Pithecanthropus erectus. Y entonces no había medio de retroceder: era la lucha por la supervivencia entre misterios. Y a lo que más aspira el ser humano es a volverse un ser humano” [12].

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Lo abyecto nos produce terror porque nos reconocemos en él:

El horror será responsabilidad mía hasta que se complete la metamorfosis y el horror se transforme en luz. No la luz que nace de un deseo de belleza y moralismo, como antaño, cuando no sabía lo que me proponía; sino la luz natural de lo que existe, y es esta luz natural lo que me aterra. Aunque yo sepa que el horror, el horror soy yo ante las cosas. [13]

A lo largo de su obra, Clarice Lispector explora desde distintos ángulos los mecanismos que nos permiten procesar esos impulsos primitivos que amenazan con desintegrarnos. Para resguardarse de ese placer extremo que se parece demasiado a la angustia, Lori recurre a la rutina. La repetición como un baño de muerte para adormecer los nervios al rojo vivo. En contraposición a eso, la protagonista de La pasión según G.H. elige crear a partir del caos y fabricar incluso palabras que le permitan transcribir lo incomprensible. En una dimensión mítica, sin embargo, operan otras leyes y es posible jugar con fuego sin quemar¬se. Como sucede en el relato de septiembre de ¿Cómo nacieron las estrellas?, basta con nombrar en voz alta a nuestros demonios para exorcizarlos:

Bueno, lo mejor es empezar confesándote que soy un poco cobarde, sí, tengo mis temores. Y te vas a reír de mí cuando sepas qué es lo que temo tanto. Es… bueno, es… (Voy a tomar mucho coraje y decirlo de una vez.) Tengo mucho miedo del… ¡Saci Pereré! Qué alivio haberlo confesado. Y qué vergüenza. [14]

Pero el goce no consiste en anunciar únicamente al lobo sino en intercambiar lugares con él. Si con el Curupira la autora decidió mantener su distancia, con el Saci Pererê sucede todo lo contrario. En este relato que inicia con un tono similar a La pasión según G.H., la narradora se desdibuja hasta convertirse en ese demonio de una sola pierna que tanto miedo le inspira. Se invierten los papeles y ella es ahora el monstruo. Clarice, de gorra roja y una sola pierna, se apropia del corazón mismo de la jungla:

Una vez me vengué. Cuando me pidió fumar, le di. Pero mezclé con el tabaco… un poco de pólvora (no demasiada, porque yo no quería matarlo). Y cuando dio la primera pitada, ¡se oyó el estruendo!

Porque yo también soy un poquito Saci Pererê… de él aprendí las mañas. [15]

En el universo de Lispector, no sólo es necesario reconocer la existencia del bicho sino que hay que intentar descifrarlo aun si esto —como se plantea en La pasión según G.H.— significa perderse en un infierno. Cobrar conciencia de que existe vida más allá de la escala humana implica reconfigurar nuestra concepción del universo y de nosotros mismos de tal forma que podamos revelarnos también como un organismo vivo. Rastrear nuestra historia de vuelta hasta el último ancestro en común del que surgen todos los bichos del mundo:

Tener bichos es una experiencia vital. Y a quien no convivió con un animal le falta cierto tipo de intuición del mundo vivo. Quien se rehúsa a la visión de un bicho tiene miedo de sí mismo (…) Pero yo no humanizo a los bichos, creo que es una ofensa —hay que respetarles la naturaleza— soy yo quien me animalizo. [16]

El último estertor de una criatura, el forcejeo mudo de un cuerpo que no ha sido atravesado por el lenguaje. Devolver la mirada al otro es reconocer también su fragilidad. En Aprendizaje o El libro de los placeres, Clarice vuelve a esa lucha entre la vida y la muerte, la poética del cuerpo y lo abyecto:

Lúcida y calmada ahora, Lori recordó que había leído que los movimientos histéricos de un animal apresado tenían como intención liberarse, por medio de uno de esos movimientos, de la cosa ignorada que le estaba apresando —la ignorancia del movimiento único, exacto y liberador era lo que volvía histérico a un animal: apelaba al descontrol—; durante el sabio descontrol de Lori ella ahora había tenido para sí las ventajas liberadoras que procedían de su vida más primitiva y animal…[17]

Descontrol y agonía que también se lee entre líneas en La mujer que mató a los peces; donde, antes de confesar su crimen, la narradora explica ante un tribunal imaginario de niños que en realidad ella es buena con los bichos. Bichos que han vivido desde siempre con ella y que han llegado, muchas veces, sin ser invitados. Al final, sin embargo, no le queda otra opción más que reconocer su falta:

Deben de haber pasado hambre, como nosotros. Pero nosotros hablamos y reclamamos, el perro ladra, el gato maúlla, todos los animales hablan con sonidos. Pero los peces son tan mudos como un árbol y no tenía voz para reclamar y llamarme. Y cuando fui a verlos estaban quietos, delgados, coloraditos, y, desgraciadamente, muertos de hambre.

La muerte, nos dice Walter Benjamin, es el respaldo de todo lo que el narrador puede contar. [18] Es la historia natural contenida en todos sus relatos y a los que volverá una y otra vez. En La mujer que mató a los peces, Clarice Lispector no sólo no teme dirigirse a los niños con esa autoridad que le brinda la muerte sino que, a través de la protagonista, nos recuerda que también nosotros somos capaces de matar lo que queremos. Tal vez por eso es mejor dejar que los bichos anden sueltos por el mundo sin tratar de poseerlos:

A los pájaros los quiero en los árboles o volando pero lejos de mis manos. Tal vez algún día, en contacto más prolongado en Largo do Boticário con los pájaros de Augusto Rodrigues, llegue a ser íntima de ellos, y pueda gozar de su levísima presencia. [19]

La literatura infantil de Clarice Lispector es también un instante suspendido en el tiempo que —si sabemos prestar atención— nos habla de la fascinación que ésta sentía de joven por las historias y los bichos. Aunque llegó a Brasil cuando tenía poco más de un año de edad y creció en el trópico, Clarice también cargaba con el exilio de su familia, el horror de los pogromos, la muerte de su madre y los efectos transgeneracionales de esa violencia que arrasa con todo y no se detiene sino hasta conseguir aniquilar al otro. Bicho extraordinario, su primer nombre contenía toda la amplitud del verde: Chaya, vida en hebreo. En una entrevista de grande, ella menciona que siempre tuvo la “saudade de ser bicho”. [20] Saudade, nostalgia intraducible al español. La palabra en sí nos deja mirarla únicamente de reojo. Tristeza exquisita, mágoa, morriña, melancolía de no poder aprehender la levísima presencia del otro. Ya sea persona o bicho. Bicho tal vez del Amazonas, mutante feérico que en sí mismo —en su ADN— es relato puro. Saudade que tiene algo de placer y que se remedia, tal y como hacía Clarice, paseando una tarde por el Jardín Botánico de Río de Janeiro para participar ahí —en un acto gratuito— del misterio de la savia que recorre como sangre los troncos oscuros y rugosos de los árboles. [21]

A veces, cuando decido ser de mente abierta como una gallina, alcanzo a vislumbrar entre líneas el asombro que debió sentir esta niña de origen ucraniano cuando se percató por primera vez de que compartía la casa y el mundo con un bicho.

Aviso al Saci: por favor, no quieras vengarte de mí poniendo pólvora en mi tabaco ¡porque yo les meteré fuego a todos los matorrales!

He dicho. [22]


Notas

[1] Clarice Lispector, ¿Cómo nacieron las estrellas? (Buenos Aires: V&R Editoras, 2014), 60 pp. En realidad, salvo por este detalle, es una buena edición y, por lo mismo, muy recomendable.

[2] Walter Benjamin, “The Storyteller”. En Selected Writings: Volume Three (Belknap Press, 2006), 480 pp.

[4] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[4] Idem.

[5] Vlady Kociancich, “El escritor, el lector y la literatura”. En Encuentro Internacional de Cultura Lectora, tomo II (México: DGP-Conaculta, 2012), 41-46.

[6] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[7] Clarice Lispector, La mujer que mató a los peces (Sabina Editorial, 2008), 32 pp.

[8] Sonia Monnerat Barbosa, “Clarice Lispector para crianças”, Cadernos de Letras da UFF-GLC, núm. 27 (2003): 141-157.

[9] Clarice Lispector, Aprendizaje o El libro de los placeres (Siruela, 2010), 142 pp.

[10] Julia Kristeva, Poderes de la perversión (México: Siglo XXI, 1988), 288 pp.

[11] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[12] Aprendizaje o El libro de los placeres.

[13] Clarice Lispector, La pasión según G.H. (Siruela, 2013), 156 pp.

[14] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[15] ¿Cómo nacieron las estrellas?

[16] Clarice Lispector, “Bichos I”. En Revelación de un mundo (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004) 330 pp.

[17] Aprendizaje o El libro de los placeres.

[18] “The Storyteller”.

[19] La mujer que mató a los peces.

[20] Citada por Sonia Monnerat Barbosa.

[21] “Un acto gratuito”. En Revelación de un mundo.

[22] ¿Cómo nacieron las estrellas?

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