Tierra Adentro

Ilustración: Christian Cáñibe (Éramos Tantos)

 

Monumentos históricos que se cambian por efigies de ídolos del balompié, fanáticos enardecidos que asesinan a un astro del equipo rival en pleno partido, jugadores que compiten por resucitar en menos de tres días, entre otras cosas, ocurren en este delirante relato.

 

No fue una petición imposible. Ya el Papa había besado la mano y las piernas de Javier Fernández, el Frijogol, y le había cedido un par de casas de verano por aquel golazo que encaminó al equipo local a la victoria en la final del campeonato. Pocos meses más tarde, el presidente le otorgó al señor Olmos —el famoso portero que de civil usaba huaraches con traje sastre— las llaves de la ciudad y otra llave simbólica que abría su corazón de mandamás. Y como al rato la Academia Sueca le otorgó el mayor galardón de literatura al mediocampista Iniesto, debido a sus crónicas y poemojis sobre el deporte del balompié, a nadie le dio el patatús cuando la estrella del conjunto parisiense, Zlatan Augustinsson, pidió que se cambiase la torre Eiffel por una estatua de él mismo.

Lo primero fue decidir el material, discusión que terminó en oro y piedras preciosas para los detalles. Luego se contrataron especialistas, expertos en desvalijamientos, que hicieron de las suyas en las mezquitas de los Emiratos Árabes Unidos con tal de aportar al proyecto lapislázulis, amatistas, ónix rojo, aventurina, nácar y concha de abulón especialmente incrustadas en el mármol. Otros saqueadores de Chernóbil contribuyeron con recuerdos valiosos; e hicieron lo propio los culpables del atraco al Museo Nacional en Bagdad.

Si algo se descompone, es mejor tirarlo a la basura en lugar de intentar repararlo. Por eso la torre Eiffel fue dinamitada como si de un viejo e inservible edificio se tratase. Cuenta regresiva: cinco, cuatro, tres, dos, uno: ¡KAPOOM! Fue día de fiesta en la Unión Europea, en América del Sur, en Medio Oriente. No hubo televisión ni teléfono inteligente que no captara la transmisión en vivo. El metal chirrió como un choque de trenes y luego todo fue polvo, una neblina que trajo consigo la promesa de un porvenir anhelado, una fiesta de goles.

Eso sí, hubo intentos de asesinato por envidia y se erigieron templos de alabanza alrededor del globo. Entre los primeros, un niño que acompañaba de la mano a Augustinsson para entrar al campo de juego, retiró una pequeña navaja de sus pequeños shorts y lo atacó con sus pequeñas manos, pero la criatura —que simbolizaba la pureza y limpieza que se debía de mantener en los partidos— fue pateada instantáneamente antes de poder arremeter; no como una pelota de pambol sino como un ovoide de americano: ¡tres puntos! Por otro lado, una descendiente del arquitecto de la «torre de trescientos metros» trató de envenenarlo, pero el físico de Augustinsson, como el de Rasputín, no permitió que el veneno le marcara el último gol a su corazón. Parecía que un halo divino lo cubría por entero: aunque los atentados continuaron —coches bomba, amantes bomba, chicles bomba— nada funcionó.

Entre los jugadores más celosos, Lugo Álvarez, apoyado secretamente por un gobernador con la abierta convicción de llegar a presidente, edificó el Centro Comercial Budista Lugo Álvarez sobre una de las pirámides más antiguas de América. Otro adversario, Diego Casillas, fue el primer jugador en patear una pelota en la luna. «¿Basura espacial? ¡Golazo espacial!», declaró. Por último, Mara Adonis, acaso el rival más íntimo de Augustinsson, espoleado por la envidia, recuperó su mejor versión y anotó más tantos en su respectiva liga. No obstante, su equipo no clasificó y su racha se vio eclipsada, como siempre, por la fama y el talento de los demás.

Evidentemente varias madres y padres bautizaron a sus hijos con el nombre de Zlatan Augustinsson y así aparecieron un sinfín de Zlatan Augustinsson Hernández, Zlatan Augustinsson Wong y Zlatan Augustinsson Smith por todos lados. Tampoco fue infrecuente que una Zlatan Augustinsson Lee contrajera matrimonio con un Zlatan Augustinsson Johnson o que el primogénito fuese nombrado Zlatan y el segundo hijo Augustinsson.

A su vez, surgió la augustinssonlogía, doctrina religiosa que buscaba la felicidad a través de la comprensión del futbol y de Zlatan Augustinsson como ser espiritual, cuyo movimiento logró fundar varias iglesias en todos los continentes. Con el fin de parar una masacre entre reinos rivales de África, un cantante irlandés llevó balones y ropa deportiva firmada por Augustinsson, gesto que, en lugar de avivar el fuego, calmó las aguas tormentosas entre la población. De aquel encuentro nació el Ínter de Hutu y Tutsi United. Muchos creyeron ver la figura de Augustinsson en mantas o en tilmas; los menos hicieron la serie de televisión, la película, la caricatura, mientras que los otros inauguraron la galería A vuelta de rueda tras Augustinsson en cada rincón.

Rumbo al final de la construcción, ya sólo faltaban los elementos trazados milimétricamente sobre la cabeza: ojos de californio, labios de diamante y nariz de cuerno de rinoceronte. El fenómeno Augustinsson se había instalado en todos los corazones y casas de una manera que toda la crueldad inserta en las calles y arterias del mundo llegó a su fin por ensalmo: ¡TADÁ! como un acto de magia. Las vejaciones, impunidad, corrupción, violaciones, abusos, intolerancia, ¡PAF! palidecieron por la luz cegadora de Zlatan. Mejor futbol que violencia, ¿no? Por un heptapichichi, las lágrimas se secaron, los gritos ahogados fueron puestos en libertad y las historias rotas, zurcidas de manera invisible como si nunca hubiesen tenido lugar. Fueron tiempos de paz, tiempos de llegar a palpar Kumbayá, mi señor, en el aire.

Un par de noches previas a la inauguración del coloso, se celebró la final del Mundial de Clubes: el equipo de Zlatan contra el equipo de Frijogol y, lo que pretendía ser un despliegue de facultades divinas, un festín de trallazos mágicos y al ángulo, fue un espectáculo infortunado. A punto de terminar la primera mitad, Javier Fernández marcó un golazo de media cancha que sepultó al estadio en un silencio total. Pocos segundos más tarde, al tiempo que Frijogol celebraba su anotación, una masa enorme de fanáticos irrumpió en el campo para caerle encima cual león hambriento sobre su presa. A esa turba enardecida le siguieron los elementos de seguridad, vendedores de cerveza y playeras, botargas y camarógrafos para apoyar la causa.

No hubo tregua.

No quedó rastro.

Durante el intermedio, miembros de sanidad limpiaron la sangre y el Papa suspiró, pero todo sucedió en un parpadeo, un instante en la eternidad que todos ignoraron por andar viendo a las porristas con rostro de Augustinsson.

Al regreso, no fue extraño que los parisienses remontaran el 1-0 y se llevaran la copa por décimo año consecutivo. Tampoco que el obispo de Roma le regalara su anillo a Zlatan. No fue motivo de asombro que la divisa más comerciada del mundo fuera el dólarsson. Ni siquiera que los mexicanos derrumbaran su ángel de la Independencia por una copia del nuevo monumento histórico en París. No. Fue el hecho de que Javier Fernández, Frijogol, resucitó tres días después en plena ceremonia. Llegó sacudiéndose la camiseta y los shorts, saludó alzando la cabeza una vez como diciendo «qué onda» y se quedó ahí en el Campo Marte esperando la exhibición. Lo cierto es que muchos lo reconocieron; Zlatan lo vio desde el podio. Luego de un momento de expectación, llegó el silencio lleno de interrogantes y de nada; la nada ocurrió entre la concurrencia. «No eres un dios», cortó Frijogol de tajo el silencio y no dejó espacio para una respuesta: desapareció como la buena suerte del Cruz Azul.

No fue necesario que el rebaño augustinssoniano le pidiera a su dios padre realizar un milagro, ya que Zlatan no iba a perdonar que alguien o algo le mancillara el pundonor. Al día siguiente convocó a una reunión de prensa para anunciar su muerte, pero sobre todo, su definitiva resurrección en menos de tres días. ¡Flash! ¡Flash! ¡Flash! Hubo responsos de júbilo, de esperanza, y Augustinsson pasó a degollarse.

A las cincuenta y dos horas Zlatan apareció frente a su estatua con un lancinante dolor de cabeza. Se veía más contento, más vital. Entonces, segundo a segundo, el campo comenzó a llenarse de fanáticos que rápidamente le rindieron altares y besos. No pasó mucho tiempo antes de que gente de todo el globo hiciera el viaje para poder mirar al Jefe de Jefes. A París llegaron más de un billón de personas en menos de un año y Zlatan no se movió ni un centímetro de su efigie que comenzó a plañir sangre.

Nadie lo supo, pero a partir de aquel milagro, lo que era del César, era a Zlatan y lo que era del hombre, a Zlatan. Y así fue por un tiempo, porque en un viento otoñal, Lugo Álvarez se suicidó y revivió a los cinco días. Diego Casillas hizo lo mismo y volvió de entre los muertos a la semana. Mara Adonis pidió que un francotirador experimentado lo liquidara al momento de una chilena perfecta. Y sí. El tiro fue certero y además el mejor gol de la temporada: su cuerpo se alzó de nuevo en menos de setenta y dos horas y a continuación todos los futbolistas, incluidos los de medio pelo, cometieron harakiri y probaron su carácter celestial.

Monumentos históricos fueron tirados abajo y reemplazados por nuevos colosos de héroes pamboleros. Se sustituyeron las materias escolares tradicionales por las asignaturas permanentes de Historia del futbol, Ciencias naturales del futbol y Geografía del futbol. No hubo otro deporte, no hubo otra cosa, no hubo lugar para nada que no fuera la belleza del balompié y, en medio de esa beldad, los futbolistas nunca se arrepintieron de haber creado a sus hinchas y los hombres nunca se cansaron de recrear a sus dioses.

No fue una petición imposible. Al contrario: un mundo milagroso en su totalidad gracias al futbol. La única condición para los humanos fue la imposibilidad de creerse dioses. Zlatan, Frijogol, Mara Adonis, todos eran el sueño de la humanidad porque no había nada más prístino que un jugador. Así fue y no podía ser de otra forma, pues el sueño de los dioses jamás hubiese sido aquella humanidad.

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Secretaría de Cultura