Tierra Adentro

Los primeros cinco minutos de Scott Pilgrim vs. The World bien podrían funcionar a manera de sumario: durante ellos es posible ver, si no todos los recursos visuales y señas características que la cinta utilizará y expandirá a lo largo de su desarrollo, cuando menos sí una buena parte de ellos. Esto parece ser un anticipo, una especie de “advertencia al lector”: así son las cosas en este pueblo.

Primero, una intervención en el logo de la Universal, productora de la cinta. La estrategia es conocida, y tiene un primer antecedente en Psicosis, de Alfred Hitchcock, quien en mancuerna genial con su pictorial consultant Saul Bass, “interrumpió” con líneas transversales el logo de la Paramount al inicio de Psicosis. (Este texto es uno de los pocos que versan sobre el tema.) Segundo, el tema de la Universal, que de ser interpretado por la característica orquesta pasa a manos de unos sintetizadores de 16 bits. Con ese gesto —como un mago que presenta con un ademán los elementos de su truco—, Scott Pilgrim pone la mesa de las referencias al mundo del videojuego.

A continuación, un texto, acompañado de la voz de un narrador —un narrador que no se repite en toda la cinta: sólo aparece esta vez, se intuye, con motivos de parodia y referencia hacia el tópico de “Once upon a time”:

Y que nos revela el germen del conflicto inicial:

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La cámara desciende sólo para revelar que ese fondo gris en el que aparecen las letras es el cielo nublado de Toronto, Canadá, sobre la casa en la que Scott Pilgrim y sus compañeros de banda beben y comen antes de ensayar. Hace su aparición aquí el recurso del cartel flotante, utilizado durante toda la cinta para presentar a personajes, su edad y alguna característica particular que puede ser o no usada como un gag:

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La pregunta se hace: ¿está Scott Pilgrim saliendo una preparatoriana? Sí, sí está, responde Scott, y aclara: no han tenido sexo —ni siquiera se han besado—, pero ya la tomó de la mano, aunque a la chica le dio pena. La conversación se desarrolla con unos discretos sonidos de fondo, que no son más que fragmentos de la banda sonora del soundtrack de La leyenda de Zelda, el videojuego de Nintendo. El timbre suena y entonces:

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Entra en escena la primera muestra de kinetic typography, un elemento que estará presente durante toda la película. Kinetic typography es el nombre técnico para un texto que se mueve, superpuesto o integrado a una imagen en pantalla. Aunque el recurso es utilizado con regularidad en lyric videos —en los que la letra de la canción se anima al ritmo de la música, como este de The Lonely Island—, en cine se echa mano de él, entre otras cosas, para agilizar la información y reducir el número de cortes —este videoensayo de Tony Zhou en su canal Every Frame a Painting es muy ilustrativo al respecto, con énfasis en la presentación del contenido de mensajes de texto y correos electrónicos en pantalla—, o para enfatizar sonidos, emociones, diálogos. Este es el caso de Scott Pilgrim, donde con frecuencia los sonidos son mostrados a la usanza en que una onomatopeya sería presentada en un cómic. Un pequeño guiño al medio original de la historia, que apareció primero como un cómic en siete tomos.

Knives Chau, la novia preparatoriana de ascendencia china —el asunto despierta suspicacias respecto al nivel de perversión de Scott—, llega a la casa donde se encuentra la banda. Scott presenta a Knives ante su grupo de amigos y comienza el ensayo, con Knives y Young Neil como reducido pero atento público. Hay más carteles de presentación aquí —Knives, Steve, Kim y Young Neil:

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Después de las presentaciones, la banda —llamada Sex Bob-Omb en referencia a los Bob-omb del mundo de Mario Bros., esas bombas caminantes con ojos— comienza a tocar y todo estalla: un tema con una gruesa de línea de bajo distorsionado y una batería ruidosa, abundante en remates, junto con una guitarra casi noise y una voz que canta a gritos en un desplante cercano al punk. La música de la película estuvo a cargo de Nigel Godrich, el geniecillo responsable de la producción de Radiohead, quien asignó un músico real a cada banda ficticia de la cinta: Beck interpretó los temas de Sex Bob-Omb, Metric los de The Clash at Demonhead, Broken Social Scene los de Crash and The Boys. Este primer tema es casi hijo bastardo de Sonic Youth, agrupación por la que Beck nunca ha disimulado su admiración.

La presentación de la banda de Scott cierra también la introducción de la película y da paso a los créditos. Su función, además de establecer con claridad el tono de la cinta —referencial, hiperactivo, orbitando alrededor de la comedia— es ponernos en nuestro lugar como espectadores dispuestos a ser fascinados. Mientras la banda toca, nuestro punto de vista se aleja y comienza a contemplar a Sex Bob-Omb como si estuvieran contenidos dentro de un pequeño encuadre al fondo: allá, ellos, tocando, sacudiendo la pantalla —literalmente: los elementos de la escena se sacuden al ritmo de la canción—; acá, Knives y Young Neil en el sillón —o sea, nosotros, los espectadores, contemplando embelesados el espectáculo:

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La aparición de la leyenda “Universal Pictures Presents” da pie a la secuencia de créditos. Antes de ir sobre ella, una anotación: desde que el logo pixeleado de Universal sale en pantalla hasta que comienzan los créditos mientras Sex Bob-Omb interpreta ‘We Are Sex Bob-Omb!’ han pasado, apenas, tres minutos y dos segundos. En ese tiempo hemos visto ya la presentación del conflicto, conocido a cinco personajes y presenciado un número importante de recursos visuales que sirven como guía introductoria al tono de la cinta. La introducción de Scott Pilgrim vs. The World es un pequeño prodigio de la compresión y economía cinematográficas.

Hablemos de créditos

Después de la aparición del título Scott Pilgrim vs. The World comienza, ahora sí en forma, una secuencia más o menos tradicional de créditos. La historia del cine nos ha enseñado que las secuencias de créditos tienen una función más allá de simplemente enumerar a quienes trabajaron en la película —recientemente, Marvel Studios ha impuesto y extendido la atención del espectador incluso a la escena post-créditos finales. Scott Pilgrim no es la excepción: en sus créditos se esconden pequeños spoilers, o características distintivas de cada personaje —aunque esos personajes aún no aparezcan en pantalla.

Así, Chris Evans, quien encarna a uno de los siete exnovios malvados que Scott deberá derrotar para desbloquear su paso hacia el amor de Ramona Flowers, aparece con una patineta a un lado, que representa uno de sus oficios —skater profesional— y anticipa la forma en que será derrotado. Brie Larson, Envy Adams en la cinta, es la exnovia de Scott, famosa por romperle el corazón: la imagen que acompaña a su nombre en los créditos. Michael Cera, Scott Pilgrim, aparece con un triángulo detrás: el triángulo amoroso que lo une a Knives Chau y Ramona Flowers. El nombre de Mary Elizabeth Winstead, Ramona Flowers, tiene detrás siete brochazos: uno por cada exnovio malvado. Allison Pill, Kim Pine, baterista de Sex Bob-Omb, está acompañada por la caricatura de una Bob-Omb —y por la numeración One, Two, Three, Four!, expresión que su personaje grita cada vez antes de comenzar a tocar. El nombre de Aubrey Plaza, quien interpreta a Julie Powers, está rodeado con signos de censura —que también aparecen durante la película en su boca, ya que su personaje es particularmente lépero y se autocensura a cada momento. Jason Schwartzman, el actor que da vida a Gideon, el enemigo a vencer, tiene el símbolo de la Trifuerza de La leyenda de Zelda, que gusta de llevar en playeras, y unas gafas, también signo particular de su personaje. Etcétera:

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Este despliegue de ingenio y luz y colores y sonido resulta apabullante; es común que al ver la película por primera vez esos detalles parezcan simples rayones diseñados para agilizar la secuencia. El ingenio de Wright y compañía queda aquí de manifiesto y también el ánimo de sorprender, de llenarle el ojo al espectador, de intrigarlo y ponerle pistas. Justo al terminar los créditos volvemos a la escena que les dio origen: Sex Bob-Omb tocando frente a Knives y Young Neil. La mirada de Knives después de escuchar a la banda es, también, la nuestra después de contemplar la secuencia. Una mirada de asombro que Scott Pilgrim vs. The World se encargará de mantener durante el resto de la cinta:

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A manera de conclusión

Scott Pilgrim vs The World es una película que costó 60 millones de dólares, basada en una novela gráfica independiente de siete tomos firmada por un autor canadiense con inquietudes a medio camino entre el rock independiente, el romance adolescente y la metaficción. Parece increíble que Universal Pictures pusiera dinero en esto, y es aún más extraño que la dirección haya sido encargada a Edgar Wright, un tipo cuya técnica y calidad son incontrovertibles, sí, pero también bastante alejadas de los grandes estudios —aunque no del entretenimiento popular—. El resultado fue, a su vez, inusual: una película políglota que se desprende de su lenguaje materno —el cinematográfico— para adoptar decenas de luces de otras lenguas, como el cómic o los videojuegos. Con sus incontables referencias, múltiples “vocablos” de otros medios y abundantes gags visuales —la “pee bar” o el ecualizador que sigue el ritmo de las canciones de The Clash At Demonhead, entre varios otros— Scott Pilgrim es una cinta erudita que se regodea en su erudición y que pretende comunicársela a su público mientras ríen juntos. En el cine, la referencia bien llevada no es mero desplante onanístico, sino guiño de ojo, afán de diálogo: ganas de platicar. Y pocas películas más gozosamente conversadoras que Scott Pilgrim vs The World.


Autores
(Coatzacoalcos, 1988) es crítico de cine y ensayista intermitente.
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