Tierra Adentro

Obra gráfica: Adolfo Weber

 

Frente a los lenguajes totalitarios de la Literatura con mayúscula, el autor de este texto discute el concepto de «desapropiacion». Para escribir hay que bucear entre los sedimentos de la tradición occidental; tejer y destejer, a la manera de una Penélope empoderada y democrática, no desde la inútil espera, sino desde la palestra pública donde las «vidas y textos paralelos» se bordan y se unen.

 

Escribía un texto sobre la apropiación como proceso de escritura. Entretejía citas como quien hace punto de crochet, como quien hace bailar un hilo para entrelazarlo con otros y formar una red porosa de intervalos. Era un texto que acumulaba material textual de otros y variaba su combinación. En algún punto Pessoa aparecía: Vivir es hacer ganchillo de las intenciones de otros. En otro Mario Ortiz hablaba de que a Macedonio Fernández no se le copia, se le apropia. Después había un hilo largo de Vanessa Place y Robert Fitterman donde identificaban la escritura conceptual y la apropiación con procedimientos alegóricos como sub-metáforas, metáforas expandidas, personificaciones, significados paralelos, conceptos ficticios, proyecciones y formas que se combinan y recombinan para crear un texto incompleto en cuanto sistema, lleno de agujeros, pero abierto y potencialmente inagotable en su lectura. Me dedicaba a esa escritura textil de alteridades, de ganchillo y copy-paste, de modelaje indirecto y entrecruzamientos, cuando la interrumpí para leer a Cristina Rivera Garza y repensar sobre la desapropiación. »1 Y comencé a pensar en un balanceo pendular, un ir y seguir dando vueltas al ganchillo, que iba de la apropiación a la desapropiación; un movimiento sin final, sin orillas ni costuras, de pliegues cada vez más complejos. Cada vuelta era un punto a esa malla que para entonces era mi mente al pensar cómo la literatura usa formas y lenguajes consensuados para crear obras que subordinan emoción a estilo, a la supuesta limpieza y eficacia de su prosa o verso, escribiendo la misma obra con diferentes nombres, bajo una sola autoridad que podríamos llamar tradición. En ese texto que leí y me alejó del ganchillo, se habla de la desapropiación como un posible sabotaje a ese dominio. Dice Cristina:

Se trata de renunciar críticamente a lo que la Literatura (con L mayúscula) hace y ha hecho: apropiarse de las experiencias y voces de otros en beneficio de ella misma y sus propias jerarquías de influencia. Se trata de poner en claro los mecanismos que permiten una transferencia desigual del trabajo con el lenguaje de la experiencia colectiva hacia la apropiación individual del autor. Con el fin de regresar al origen plural de toda escritura y construir, así, horizontes de futuro donde las escrituras se encuentren con la asamblea y puedan participar y contribuir al bien común. Se trata de reapropiar colectivamente las riquezas materiales disponibles.

Y eso último llevó a levantarme del escritorio, abandonar mi cuarto, salir del departamento que comparto con dos amigos e ir al parque público y después al mercado. Pensé cuáles podían ser esas riquezas, ese bienestar común; también recordé que Borges prefería las obras que resisten las traducciones y lecturas de diversas tradiciones, que no se ahuecan ante cierta vanidad de estilo que pretende la perfección; textos de prosa conversada y no declamada, no en un tono alto como el de la oratoria sino en un tono menor, como entre amigos, de sentidos y matices laterales en su lenguaje, que propongan tipos de lecturas antes de establecer formas de escribir. Porque el estilo es sólo una tentativa, un acercamiento a lo que se quiere hacer, un descartar búsquedas; la escritura es la parte negativa de esa posibilidad y su vacío especular.

Estaba tejiendo citas apropiadas cuando lo interrumpí y comencé a escribir, encima de ese estrato, mi lectura, punto por punto, acerca del texto donde Cristina revisita, cuatro años después, el término que puso en circulación en 2013 a través de Los muertos indóciles y que yo leí mientras pensaba en la guerra de Calderón y balanceaba sus alcances en mi vida privada y en la de mi familia, en retrospectiva y desde la urgencia del presente (esa cosa sin salida). ¿Qué huellas de aquel primer texto han quedado sobre estas notas? ¿Cuántas de las ideas de Cristina y sus lecturas se confunden con esta enunciación? ¿Dónde se entrelaza la imaginación de la lectura y el deseo de la escritura? Pienso este texto como un tipo de desapropiación de segundo grado, una doble renuncia que busca suscitar composiciones textuales desde la complicidad.

0. Desapropiación para principiantes. El título del ensayo de Cristina también podría ser, para aprendices o amateurs, para cómplices y amigos; conocer desde otro es entregarse a un replanteamiento desde la alteridad. Escribir como ensamble y discusión, tejiendo puntos de vista, encuentros y fugas, para repensar la incidencia de las ficciones en la realidad: cómo actuar frente a éstas, cómo discutir problemas sociales sin postergarlos al espacio utópico del mañana y su indiferencia.

1. Escritura como trabajo. Las escrituras son cuerpos en contexto, que participan de procesos de producción y reproducción de riqueza social, dice Cristina. Quien escribe nunca escribe solo; lo hace en/plazado: en un tiempo, desde un lugar, sobre herramientas y tecnologías, tradiciones y lenguajes politizados, que dimensionan sus alcances tanto por lo que permiten decir como por lo que obligan a decir para ser entendidos. Sin embargo, buscar entenderlo todo se relaciona más con el discurso racionalista que busca la máxima ganancia mediante el mínimo trabajo, propio o de otros, y que divide la literatura en géneros. Aquí recordé a Vivian Abenshushan y el cobijo de sus Escritos para desocupados; donde problematiza los trabajos textuales desde las posibilidades del ocio como arranque, como detenimiento y contemplación, como renuncia y nueva velocidad de lectura.

2. Apropiación de lo que no es literatura. Todo arte es una forma de apropiación de lo que no es arte; también es aquello que tiende al disenso para visibilizar lo que no se ve, y lo hace tensando esa forma negativa (Jacques Rancière). En ese telar la estética sería la interfaz entre arte y política, sería el telar mis¬mo, red sin nada nuevo, salvo lecturas distintas, maneras de entretejer y ver a través de. Ricardo Piglia piensa en el lector miope, que desenfoca para leer mal y provocar el equívoco, la lectura disidente.

3. Materiales ajenos. Dos escenas de lectura: 2015, Kenneth Goldsmith se apropia vía remix del documento forense de Michael Brown, joven asesinado por un policía absuelto. Roberto Cruz Arzabal reflexiona sobre el nodo donde las críticas coinciden respecto a esta lectura: no en el procedimiento, sino en el contexto de esa producción que se torna despojo. La siguiente escena interroga la anterior: ¿De qué se apropia el que se apropia?, pregunta Sara Uribe, con palabras de Cristina, al iniciar Antígona González. ¿Qué, quién, qué estado, nos autoriza a tomar las palabras, el nombre de otro? De 2006 a 2017 en México han sido asesinadas alrededor de cien mil personas y otras treinta mil, desaparecidas; uno de los momentos más críticos fue en 2012, el otro a comienzo de este año. ¿Cómo se vive y escribe a través de esas cifras? ¿Qué separa una lectura de otra? El resguardo, me digo y pregunto. ¿Habitar la alteridad es cuestionarse desde el dolor del otro plural, convivirlo? Por un lado Kenneth expone, aprovecha y consume un cuerpo que vuelve textualidad para insertarlo en la economía del arte. Mientras, Sara da el regalo de la permanencia en la lengua, lleva los desaparecidos en las palabras, otorga presente a la ausencia, la vuelve a cuestionar: ¿Dónde están todos, que no nos encontramos? Cierra Cristina este punto: El autor que apropia es, así, un encubridor en el sentido literal; desentrañar las materialidades inmersas en esas firmas autoriales es tarea de la desapropiación.

4. Escrituras geológicas. Desapropiar es sumergirse en los pliegues de la escritura, entre capas de sedimentos. Como una malla hecha con ganchillo, la escritura implica yuxtaposiciones y superposiciones, diagonales, sentidos contrarios, que hacen pensar en un polimorfismo oscilante creado de vacíos. (Mi madre guarda con cariño unas carpetas de ganchillo que tejió su madre, son blancas y cada que las miro pienso en cómo dar forma a lo que no se ve; mi abuela sabía cómo). Vidas paralelas y continuas que se bordean, que se unen, entretejen, separan, cambian de rumbo; cuerpos con trayectorias similares y contradictorias, superpuestas. Por ejemplo, bajo estas notas subyace un texto de apropiaciones que abandoné pero de alguna manera sigue debajo, latente. Los textos se acomplejan al abrirse y volverse composta de lecturas y escrituras. Mario Ortiz emerge de ese estrato residual para recalcarlo: Reescribir hasta que el texto se abra a lo inaudito. Y la voz de Cristina emerge desde otro, para decir que la pluralidad antecede a la escritura individual y la desapropiación intenta descubrir esa red de trabajo creativo comunitario mediante procesos que propician la escritura de otros dentro de su propia concepción. La reescritura es una excavación, reciclaje y yuxtaposición.

5. Deuda impagable. Recuerdo aquí a mi madre tejiéndome unos calcetines grises y un gorro contra el frío de la intemperie, y regalándome ese doble resguardo. Ese gesto articula este punto: mientras el capitalismo se basa en deudas, el regalo, como excedente de circulación en términos económicos, rompe esa dinámica. Macedonio vuelve a aparecer: El arte es posible, pero todo asunto para considerarse arte ha de ser imposible. Esta cuestión del regalo/deuda la volví a pensar gracias a un amigo llamado Canek. Nacer en México es hacerlo con una deuda estatal, eso nos dicen y hacen creer para sujetarnos; en cambio, la deuda de la escritura es su trabajo. ¿De quién es la carta en nuestra bandeja de entrada? De quien la recibe. ¿Y qué es una carta sino una conversación, una coautoría de ideas, de equívocos, de la implícita promesa de una respuesta? Me gustaría imaginar el arte como una clase de amistad que no está en deuda sino que extiende la promesa de una colaboración; y a la literatura, como escritura en composición. En esa congregación y participación hay una apertura: a lecturas disidentes, a la incorporación de otras voces, a la actualización desde el diálogo para transformar en un acto social presente esa idea de la individualización y la soledad del genio que nos intentan hacer creer. Si hay una deuda al escribir, es la promesa de su resguardo: en estas palabras estarás tú, estaré yo, quien ya no está ni esté, y cifrarán el porvenir de un lector que nos acompañe.

6. Libro comunalitario. Leer es ver, observa Josefina Ludmer, y actualmente lo cultural y lo ficcional están en sincronía y fusión con la realidad económico-política. Aun así, no se escribe desde ideologías cristalizadas sino desde percepciones fragmentadas, desde las que se intenta hacer presente. La reescritura es un tipo de lectura, pienso mientras releo mis marginalias al texto de Cristina, sucede en los bordes, entre líneas. ¿Qué se lee a través de estas notas? ¿comentarios tejidos, variaciones de ideas, resonancias de voces, de posturas, una colectividad ensayando? La teoría de comunalidad que plantea Floriberto Díaz, y Cristina retoma, propone un trabajo comunitario ensamblado desde su propia espacialidad y corporalidad; el libro que imagina es más que objeto, un proceso de apropiación y desapropiación que no encubre su modo de producción ni las decisiones escriturales, las problematiza incorporándolas. En mi caso primero conocí la comunicación bidireccional y el lenguaje de plataforma (como le dice Lev Monovich) de algunas comunidades digitales; después comencé a interesarme en formas de colaboración que antecedieran a la Web 2.0. Podría parecer paradójico, pero creo que a esto se refiere Josefina con su término «escrituras posautónomas»: a ese ir y venir de una tecnología a otra buscando la autonomía para ocasionar situaciones que reconfiguren nuestras formas de leer, de pensar el arte y la ficción de la política.

7. Lo que nos compete porque nos afecta. Todo nos afecta y ninguna lectura es neutral; ninguna palabra, propia. En el mercado al que fui cuando comencé estas notas, el aguacate y el limón tenían precios impagables; pensé en la cadena de acciones que derivaron en ello, y recordé el precio del aguacate hace años en Morelia, antes de los enfrentamientos y la guerra que llenó el mapa de bloqueos, autos quemados, cadáveres, fuego cruzado, cuerpos desaparecidos, pérdidas personales y colectivas, nuevas resistencias. Pensé en las escrituras en tiempos de inseguridad y violencia, de trabajos precarios y envidia. La escritura desapropiativa trabaja, dice Cristina, en estos horizontes inestables, tratando de traer de vuelta a la comunidad a sus palabras, abriendo la idea de tradición, relocalizando las lecturas, problematizando sus contextos de aparición y circulación, no al centro ni dentro de la literatura, sino desde un lugar críticamente disidente. La desapropiación es el regalo de vuelta, inesperado, imposible, que rompe la dinámica de la circulación y las expectativas. Cristina: Toda palabra que existe, existe porque ha existido antes, es decir, porque ha sido reescrita. E intenta, pienso, contar la historia que no pudo ser contada; así revela su entramado vital y la devuelve como diálogo, resistencias y amistades.

8. La compartencia nombra, dice Jaime Luna, la producción, reproducción y distribución, horizontal y entre iguales, de textualidades. ¿Cómo llegar al bien común que busca la desapropiación? Intuyo que cada texto puede desarrollar sus propios medios para lograrlo; el copy-left se presenta como una opción de distribución, aunque los mecanismos de subversión también se podrían plantear desde el interior: escrituras de redes abiertas donde el lector es hospedado y la discusión, motivada. Sigo pensando en ese regalo llamado amistad y en cómo Jacques Derrida piensa la idea de regalo, y cómo la he discutido con Canek desde la complicidad diaria de la amistad y los proyectos conjuntos. Y me pregunto qué implica la amistad en tiempos de inseguridad y violencia, de trabajos precarios y envidia. Y no logro atar los temas de este punto como quisiera, pero siento que en esa disonancia, escritura y arte dialogan, lo que me hace pensar en la obra-correo de Ulises Carrión y cómo cuando uno manda una carta delega autoría: una carta recibida se vuelve propia y la respuesta es un regalo al remitente. Entonces busco una cita que teja estas ideas en la correspondencia de Paul Auster y J. M. Coetzee, pero es en A nuestras amigas, texto sobre la amistad de Edda Gaviola y Margarita Pisano, donde la encuentro: La amistad se construye con un pie en lo privado y el corazón, y el otro, en lo público-político del pensar… del pensar juntas. Y me pregunto si tanto literatura como arte son un pensar juntos que a veces olvidamos, un problematizar buscando ese elusivo bien común. Y entonces me digo que la apropiación sólo es un paso en otro tipo de escrituras (de crochet y ausencias) que cuestionen el futuro desde la urgencia del presente, que vuelvan la lectura un acto de presencia y un regalo, ahora sí, posible.

 

1 http://literalmagazine.com/desapropiacion-para-principiantes/


Autores
(Morelia, 1988) es autor de Dafen: dientes falsos, publicado por el FETA.
Secretaría de Cultura