Tierra Adentro

Fotografías de José Luis Cuevas

De Gerardo Deniz a Ricardo Castillo, de José Eugenio Sánchez a la Concretoons Cartuchera, diversas generaciones de poetas han logrado algo irreverente y refrescante para las letras mexicanas: insertar el arte pop en lo pop.

Una canción extraña ocupó el segundo lugar en la lista de los sencillos más populares del Reino Unido en 1981. Una pieza electrónica que nada tenía que ver con las rolas de moda en los bailes y los pubs, un experimento con canto, loops y voz hablada con un tema antibélico que lograba mantener un delicado equilibrio entre lo siniestro y lo humorístico. Y, sin embargo, ahí estaba: «O, Superman» era uno de los sencillos más escuchados en Europa. Laurie Anderson, su autora e intérprete, había conseguido convertir, sin proponérselo, un poema en un éxito pop.

Para este momento, el pop art llevaba instalado firmemente al menos dos décadas en la escena británica. Aunque se trataba principalmente de un movimiento de artistas plásticos, permeó la obra de los escritores más cercanos a los pintores y provocó así una ola de experimentos literarios que utilizaban los modus operandi del art pop en la poesía: el collage, la incorporación del habla y las situaciones cotidianas, la inserción de anuncios publicitarios y slogans de todo tipo, la utilización de imágenes de la cultura de masas, la producción en serie, el uso de la tecnología para generar arte y la disolución de la frontera entre arteculto y cultura popular. Numerosos escritores, incluida la mayoría de la generación beat, se sintieron atraídos por este movimiento artístico que Claes Oldenburg definiría (y defendería) como «un arte que toma su forma de las líneas de la vida misma, que se retuerce y se extiende y acumula y escupe y gotea y es pesado y vulgar y franco y dulce y estúpido como la vida misma».

El pop art comenzó a esparcirse e inocular con su influencia a artistas de todo el mundo, pero antes de 1981 ningún poema que pudiera identificarse como pop había tenido tal impacto: Ashes to ashes, en un loop irónico, lo extraído de la cultura de masas para criticarla se reinsertaba en la cultura de masas con un éxito rotundo. ¿Había engañado al sistema o el sistema lo había asimilado? La canción que compuso Anderson a partir del aria de una ópera francesa del siglo XIX, en la que una voz intenta comunicarse a través de una máquina contestadora para avisar que «los aviones americanos están llegando», le valió firmar un contrato con la disquera Warner Bros, quien la catapultó al reconocimiento internacional. David Bowie hizo un cover de «O, Superman»; Brian Eno, Peter Gabriel y Lou Reed se convirtieron en sus cómplices creativos. Laurie Anderson era una verdadera artista del performance y había logrado introducir al arte pop dentro del pop.

En México, mientras tanto, los grandes temas épicos de las señoras copetonas de la poesía comenzaron a difuminarse como estática de televisión con el estentóreo «Valgo madre» de El Pobrecito señor X de Ricardo Castillo. Nadie en México ha proclamado hacer «poesía pop» (o no lo ha hecho con la suficiente fuerza), pero Castillo, sin duda, podría haberse sumado al movimiento cuando publicó ese libro en 1976. Cuarenta años después, vuelve a ser visitado por nuevos fans, como si las décadas no le hubieran pasado por encima:

es necesario orinarse, por puro amor a la vida, en las vajillas de plata, en los asientos de los coches deportivos, en las piscinas con luz artificial que valen, por cierto, 15 o 16 veces más que sus dueños. Orinar hasta que nos duela la garganta, hasta las últimas gotitas de sangre. Orinarse en los que creen que la vida es un vals, gritarles que viva la Cumbia, señores, todos a menear la cola hasta sacudirnos lo misterioso y lo pendejo. Y que viva también el Jarabe Zapateado porque la realidad está al fondo a la derecha donde no se puede llegar de frac. (La tuberculosis nunca se ha quitado con golpes de pecho.) Yo orino desde el pesebre de la vida, yo sólo quiero ser el meón más grande de la existencia, ay mamá por dios, el meón más grande de la existencia.

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La irrupción de El pobrecito señor X escandalizó tanto a las buenas conciencias de la literatura (y de la sociedad tapatía en general) que se convirtió en un éxito inmediato. Constantemente (¡aún!) se interroga a Castillo sobre el porqué del atrevimiento de utilizar malas palabras como recurso poético. «En un poema no hay malas palabras, lo que en todo caso hay son palabras mal puestas», responde tranquilamente y se marcha a escribir su siguiente poemario en forma de cómic o guión cinematográfico. Como se atreve a decir Enrique G. Gallegos, quizá se pueda sugerir que Castillo contribuyó con este libro

a la formación de una nueva modalidad de poesía. Así como existen poemas de la ciudad, del amor, del eros o sobre la naturaleza, tendríamos una poesía de juventud. Sólo que no se trataría de una edad, sino de una poesía que captura ciertos estados de ánimo […]. La poesía de juventud podría significar el auge de una época que rechaza lo viejo y se obsesiona con la actualidad del presente.

Con esa obsesión compartida de lleno con el pop art, la generación que escupe a Castillo es una de jóvenes urbanos y escépticos del poder, pero también de la revolución, que buscaba —según Carlos Monsiváis— una poesía en la que irrumpiera «(molesto y divertido, vulgar y efímero) lo cotidiano».

Pocos años después, Gerardo Deniz publicó Picos pardos, una de las obras poéticas mexicanas que mejor parece haber adoptado uno de los preceptos fundamentales en los que se basa el arte pop. [Inserte aquí cejas levantadas de varios académicos y asiduos lectores, porque Deniz no se regocija utilizando fragmentos de canciones populares ni incorpora el guión de un comercial de pasta de dientes a sus textos]. Con maestría insoportable, Deniz inocula a la poesía lo que Eduardo Uribe llama «la épica del instante»: los temas «menores», las batallas del día a día. La épica ha muerto, viva Deniz. No sólo se trata de un excepcional acróbata de las palabras capaz de esconder en cada esquina del poema un juego o una trampa del lenguaje, sino que sus referencias obligan al lector a intentar disolver la frontera entre lo culto y lo mundano.

En su búsqueda por dirigirse a un amplio rango de clases sociales, el arte pop se encarga de producir una imaginería comprensible y accesible para todos; o, en el caso de Deniz, igual de incomprensible para todos. Andy Warhol, una de las figuras más importantes del pop art, afirmaba con su típica ironía:

Lo bueno de Estados Unidos comenzó con aquella tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres como la Coca Cola; ninguna cantidad de dinero puede conseguir una Coca Cola mejor que la que el vagabundo en la esquina o el presidente están bebiendo.

Nada hay más democrático que la manera de Deniz de entremezclar el vocabulario de las masas y las referencias a la alta cultura con agudeza extraordinaria para encriptar poemas tanto para el vulgo como para los intelectuales. Complejos en varios niveles de lectura y, al mismo tiempo, dotados de una brillante sencillez (paradoja constante en su obra), los textos de Deniz han logrado igualarnos. Una parte de la obra de Deniz es inaccesible para todos, aunque esa parte sea distinta para cada uno.

Pirul, un árbol. Pelícano, pone huevos.Iturbide, emperador. Y el sandio Sócrates chachalaquea revolviendosu cicutacon el popote verde. ¿No son preciosos temas éstos, Gabriela?—le pregunté hace mucho, al notar la actitud de los lectores.—Lo son, cupido, y de a pámpano.

[…]

La vida es una artesanía de México.Papel picado, barro, paja; ojos. Olote.No dura nada nada.Rúnika volvió de su ciclismo, sudorosa. Me mudó a una redoma limpia.No protesté. Mi conocer, coronado de apio,evocó garzas blancas, a la zaga del alba, hasta ganar la alturaque al murciélago haría vomitar de mareo. Pero es ciego. Y es todo.Si hubo que sorprenderse, no lo hice.

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A partir de cierto momento, la figura del rockstar ha estado ineludiblemente no sólo ligada sino coludida con el fenómeno de la poesía más cercana al pop art. José Eugenio Sánchez no pertenece a una clase alta privilegiada como sí pertenecían las grandes figuras de la poesía nacional, incluso las más irreverentes como Salvador Novo. Sánchez, como buen rockstar, podría haber surgido a la mitad de algún suburbio decadente de Detroit, pero viene de la escuela pública mexicana, (mal)criado por los mensajes televisivos de cadena abierta y los insuficientes y caóticos programas de gobierno para promover alguna torcida noción del arte y la cultura. Pero el rock and roll, como un rebelde hermano mayor, lo toca al tiempo que comienza a escribir y lo aleja por completo de la poesía que él describe como «muy preocupada, primero, por parecer poesía, y segundo, por agradar a un ser magnánimo que quién sabe quién sea, ¿no?, porque todos trataban temas así súper profundos y duros y sumamente aburridos».

Es Jim Morrison quien le presenta a Rimbaud, Baudelaire y William Blake. Si existe una poesía cercana en casi todo detalle a lo que podría considerarse pop art, ésa es la de José Eugenio Sánchez: mezcla de redención de los beats y los hippies, aúlla ahora rock and roll, ahora un blues, es incluso headliner de la banda de rock Un país cayendo a pedazos. Sánchez es un rockstar de la poesía, extrae esa figura mitad deidad, mitad marginado de la cultura popular, y se la apropia cada noche de show con el mayor desparpajo para proclamarse el Rey Lagarto de la escena literaria underground en México. Opina, sin embargo, que sigue haciendo poesía convencional: «La modernidad está en el lenguaje, las ideas y la postura, mas no en la forma. A final de cuentas mis poemas, si los ves en un libro, siguen pareciendo poemas; hay una forma que se ve en el dibujito».

de california a des moines buscando un raid a chicago

era negro en los días en que lo único peor era ser negray sólo se tomó dos fotos

era negro: hijo de esclavos:y era un haragán incapaz de mover sus manosmás que para sostener la armónicaque soplaba con un tren en los pulmones

sus últimos años los compartió con fanáticas del semensu madre le enseñó vestir elegantey cuando llegó al cruce de la 61 y la 49y se topó con esa chica:él suponía que le gustaban sólo las negrasgritan mucho tiemblan hacen círculos perfectos(pero siempre dejó que su guitarra tocara sola)y esa chichoncita pelirroja rostro de manzana pecas fruitcake se la chupaba con tanta ternuraque parecía que las razas opresoras de todas las épocasse disculpaban ante la humanidadpor haber ejercido el racismo […]

José Eugenio y muchos poetas de su generación y posteriores llevan desde hace varias décadas valiéndose del lúdico performance del toquín de rock. Ricardo Castillo también lo menciona: «El rock me llevó a pensar en la poesía como un cuerpo sólido formado de sílabas y sonidos, de articulaciones que se han vocalizado a la manera de un Jagger, de Jim Morrison, de un Bob Dylan en su fraseo». Estos escritores extrajeron la figura del rockstar de la cultura popular y se la apropiaron para tratar de calmar a la bestia siempre intranquila de la poesía pop, que busca todo el tiempo desbordar la página.

Paneo

Si intentamos hacer un paneo rapidísimo de la escena, para rockstars poetas (o al revés), también Julián Herbert amenaza con hacer volver a la vida a Los tigres de Borges, su banda de rock, que nos remite a otros tigres nuestros de la poesía como Eduardo Lizalde, que un poco a lo rockstar escandalizaba a las señoras copetonas al abrir talleres de poesía con textos donde hablaba de por qué una imagen de su verga debería reemplazar los anuncios de hombres en trusas sexy. Así lo cuenta su sobrino Luis Ignacio Helguera, que también le hacía a insertarle lo vulgar a la poesía y se murió de forma temprana y terrible a un nivel casi tan temprano e igual de terrible que un rockstar.

Y las generaciones de adolescentes que comenzaban a escribir y que al regresar de un ensayo con su banda de rock se enteraron de que Kurt Cobain se había volado los sesos, crecieron soñando con ser estrellas del videoclip en MTV; una vez que tuvieron la edad de sus ídolos muertos, MTV ya no pasaba más videoclips. No les quedó de otra más que seguir escribiendo y ensayando en el garage, y adoptar el gesto del rockstar haciendo poemas y rolas de rock and roll que muchas veces no podían diferenciarse (aunque mucho más lejos de las drogas y el sexo de lo que les gustaría admitir). Pueden citar con la misma facilidad a Ovidio que la última canción de Radiohead. Varios de ellos comenzaron admirando y tratando de emular al rockero underground, un ídolo como Mario Santiago Papasquiaro; pero Papasquiaro resulta al final demasiado marginal: no era el astro de MTV por el que fueron criados. Como cuenta con nostalgia Eduardo de Gortari (quien, por cierto, es cabecilla de su propia banda de rock sospechosamente llamada Yesterday Pop):

De alguna forma, le hicimos honor a nuestro nombre:Todos los martes tocábamos punkebrios siempre desafinados siemprerodeados de las novias y de amigosrevivíamos Woodstock en mi cuartoTeníamos huevos y buenas rolasy la idea exacta de quiénes éramosal tocar las guitarras como riflesPero nunca tendríamos futuroEstoy desempleado y mis amigostrabajan en oficinas y bancosHe vivido más años que mis héroesFuimos el pop del pasado y dudo quepueda sentir algo real de nuevosi cada ensayo era una ceremonia

¿Entramos entonces en un momento (por llamarlo de alguna manera) de poesía pop-rock, con una nostalgia ochenterona y medio artificial hacia los fantasmas retro: las garage bands, los casettes, el Atari, los gifs, la tecnología ahora obsoleta pero entonces victoria gloriosa del ingenio humano? (Aquí vendría alguien a retornar como un Sísifo mortalmente aburrido al becqcueriano: «¿Qué es poesía?»; o, lo que es peor: «¿Qué es pop-rock?». Parafraseando a Tedi López Mills: hay cuidadores de la poesía y el rock de verdad; ellos siempre saben cómo definirlos. Yo no).

Los herederos del legado de la poesía del pop art no quieren lecturas de manteles largos apadrinados por figuras inmensas y solemnes como Octavio Paz; quieren conciertos, abrirle a sus ídolos medio pandrosos de la generación anterior. Escriben poemas sobre Rigo Tovar, toman a Juan Gabriel como inspiración. Con internet, todo se ha convertido en cultura popular y ellos se encargan de no dejar impune nada: lo mismo le faltan el respeto (o le rinden homenaje, según el punto de vista) al narcocorrido que a las tres leyes de la robótica, como hace la tijuanense Yohanna Jaramillo cuando escribe:

Un Chapo debe obedecer a las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si esas órdenes entrasen en conflicto con la primera Ley.

Un Mayo debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda Ley.

Y uno en medio de la guerra vendiendo dulcesa los próximos muertos tapándoles baches,a los niños sin sonrisa vendiéndoles de a peso,vendiendo, enterrando gerundiamentela dulce muerte.

Todo lo que escriba el poeta de este neo pop art puede ser encontrado en línea y el boom de los blogs en los tempranos 2000 también marcó las redes que se tejieron entre ellos. Las redes sociales son su tema, su plataforma de exposición (y su cepo). Han logrado insertar, como Anderson, el arte pop en lo pop: ahora también distribuyen poemas por uno de los medios de consumo masivo más efectivos. La descentralización de la poesía, aunque lenta, cada vez es más evidente: un escritor ya no necesita residir en la Ciudad de México para dar a conocer su obra. Su obra está colgada en la red, en ninguna y en todas partes; las lecturas de poesía se transmiten por streaming en vivo, o en participaciones a distancia gracias a plataformas como Skype. Pero no se queda ahí, como apunta Jorge Fernández Granados:

No es sólo la tecnología y los multimedios lo que [esta generación] pone a su disposición, sino algo más evidente y a la larga decisivo. Me refiero a una particular estructuración y juego de velocidad del pensamiento. Es casi inmediato darse cuenta que el fragmento, la simultaneidad y el zapping se avienen mejor a esta sensibilidad.

Fernández Granados habla específicamente de la generación a la que pertenece Inti García Santamaría, quien escribe:

Hora: sin aurora no quisiera jugar.Como sin hada.sí tiene qué ver (tiene seis años) frente al televisorla frente reverberante brillaa escaso casi metro la caricaturapero mañana cambiará.Clases de natación a domicilio.Toy Story en la pantalla.

O en el poema Rockstar:

El niño autista canta con harapos en la garganta

Este afán de encontrar mejores medios de distribución de la poesía, combinado con el fetichismo nostálgico de lo retro y la democratización del uso de la tecnología, ha dado como resultado divertidos experimentos como los de Benjamín Moreno y su Concretoons Cartuchera (a la manera de las cartoneras, pero haciendo referencia a los cartuchos para juegos de consola). La Cartuchera publica autores nacidos entre 1977 (salida del Atari 2600) y 1988 (salida de la primera primer consola de 16 bits) mediante el diseño, desarrollo y distribución de aplicaciones para dispositivos móviles. Las piezas digitales de Moreno fusionan lo mismo un poema de Nicanor Parra con el juego de la viborita que todos disfrutamos en los teléfonos celulares más arcaicos («Nokianor»), que «El laberinto» de Borges con Pac-Man. La mayor apuesta de Concretoons fue el lanzamiento de Mammut, videojuego-poemario escrito por Minerva Reynosa, que utiliza un personaje montado en un mamut para encapsular en burbujas a distintos objetos enemigos y obtener fragmentos de un poema que se podrá leer al completar cada nivel.

Insertar la cultura popular dentro de la poesía parece ser una moda tan pasajera como el concepto de la multidisciplina en el arte. Parece que está aquí para quedarse, pues, y lleva mucho tiempo tratando de expandirse.

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Urbe poeta

Las poetas Carla Faesler y Rocío Cerón se unieron a los productores musicales Bishop y Cristián Cárdenas para crear Urbe Probeta, un disco que compila el trabajo de catorce poetas mexicanos con dj’s y compositores de música electrónica, y que transporta los poemas dichos o cantados a las sonoridades digitales. El escritor Ricardo Pohlenz (que después de participar en este proyecto conformó Los Ositos Arrítmicos de Lemuria, un dueto con Fernando Díaz Corona, estrella de rock de finales de los ochenta, que mezcla poesía, música y vodevil en un espectáculo antisolemne) no nos permite separarnos aquí tampoco de la nostalgia ochentera del neo pop art en la poesía: «El afecto que no nos / dieron nuestros mayores / nos lo dio el vynil».

Poesía y electrónica. Resulta parteaguas. Y no. Parecería que cada generación de escritores debe pasar por el mismo redescubrimiento doloroso, toparse con Laurie Anderson por primera vez y maravillarse y llenarse de una sensación terrible de haber estado perdiendo el tiempo; la misma sensación que tuvimos a los veinte años cuando redescubrimos el casette de Bob Dylan que tanto insistía nuestro padre en que escucháramos.

Mayor difusión, nuevas plataformas, ¿los poetas están buscando también entrar a la carrera del consumo de masas? ¿Tiene cabida la poesía en él? ¿De qué manera? El pop art de pronto olvida burlarse de lo pop y se enfrenta al peligro de ser devorado por él. La misma Anderson, estrella pop de la poesía pop, reconoce lo difícil que es intentar ser artista. «No es sólo la falta de dinero», reflexiona, «sino que mucho de lo que pasa en Estados Unidos y el mundo se trata sobre el entretenimiento». Y resulta muy confuso intentar discernir qué es el arte, qué es lo comercial y qué es el entretenimiento. Y qué es información.

Todo viene en el mismo paquete multimedia. Trato de pensar mucho en eso. ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Sólo para crear algo muy rápido y bello e impresionante? La utilidad es parte de mi criterio, en cierta forma. ¿Alguien necesita esto? Quiero hacer arte que alguien mire y diga: ¡Necesito eso!

Ay, nanita. Así como cantaría ella misma en su primer poema éxito pop: «So hold me, Mom, in your long arms. Your petrochemical arms. Your military arms».

In your electronic arms.


Autores
(Ciudad de México, 1991) estudió Literatura Dramática y Teatro en la UNANAM, y dirige en la compañía Sí o Sí Teatro. Es autora del poemario Groupie.
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