Tierra Adentro

Póster de la película "Glitter" protagonizada por Mariah Carey

No es la mejor imagen para evocar el 9/11, lo sé. Un video de cuatro segundos captura el colapso de las torres gemelas en un ángulo desde el cual se alcanza a vislumbrar un anuncio publicitario de Glitter, debut cinematográfico de Mariah Carey que se estrenaría diez días después. Nubes de polvo evidencian el derrumbe de los rascacielos; el espectacular, protagonizando, casi nos distrae de la tragedia (en ese momento varias personas se arrojaban al vacío desde los pisos superiores). Allí, Carey languidece acostada de forma provocativa. Aquella mañana, por cierto, la cantante presenciaba los ataques desde un centro de rehabilitación “drogada, devastada y sola”.1 Años después, alguien usó (¿de broma?) aquella imagen documental para ilustrar la página de Wikipedia de Glitter. El anuncio de una película que fracasó estrepitosamente se yuxtapone con un atentado que cambió el rumbo de la historia. 2

El impacto del 9-11 sobre la cultura popular fue paulatino y sus secuelas se pueden notar sutilmente con el transcurso de los años. ¿Qué estaba ocurriendo ese 2001 en la música pop? Ese mismo día apareció un aclamado álbum de Bob Dylan, Love & Theft. La canción que consolaba a la población estadounidense era Only Time de Enya, lanzada un año atrás. Debido a su mensaje esperanzador, el tema fue usado en comerciales luctuosos y transmisiones de CNN. El duelo rápidamente hizo de Only Time un éxito en ventas. En su paso por Norteamérica, Madonna dosificaba el contenido violento de su gira mundial Drowned World Tour para no herir susceptibilidades.

Con el transcurso de los años se acrecentaron las tensiones entre Estados Unidos y Medio Oriente, la cultura pop adoptó una postura ideológicamente divisoria, a la par de una ola de islamofobia en el mainstream. Michael Moore retomaba en uno de sus documentales la entrevista de Britney Spears para CNN en el año 2003 donde afirmaba “confiar absolutamente” en las decisiones del presidente George W. Bush. 3 Madonna grabó el videoclip antibelicista para “American Life”, aunque lo retiró del aire poco después de su estreno, reemplazándolo por uno menos incorrecto. Harun Farocki aseguró que el video evidenciaba una “confusión ideológica existente”.4 Un año después, el grupo country Dixie Chicks lamentaban la vergüenza de haber nacido en el mismo estado que Bush, declaraciones que les aseguraron el veto de las estaciones de radio norteamericanas y numerosas amenazas de muerte.

Jeffrey Melnick escribe en 9/11 Culture: “el ‘9/11’ es un lenguaje. Posee su propio vocabulario, gramática y tonalidades. Si bien dicho lenguaje ha sido articulado en todos los medios, no se debe pasar por alto una realidad fundamental: el 9/11 ejerció una influencia más profunda en ciertas formas de la expresión cultural norteamericana (cine de Hollywood y hip hop underground), dejando a otras inalteradas (televisión por cable)”.5 Extraña piedra angular, el filme de Mariah Carey y su soundtrack acompañante parecían imposibilitados de articularse con el lenguaje del 9/11. Una historia de triunfo, ilusión y aspiración que llegó en un momento en el que el mundo colapsaba.

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En el 2001 Chetumal solo tenía una sala de cine comercial. Las mañanas de sábado y domingo el cine Campestre proyectaba cine infantil y, a partir de la tarde o noche entre semana, se exhibía las películas clasificación B y C: un drama, thriller o terror. Recuerdo haber ido a preguntar un par de veces a la taquilla si sabían algo sobre la película de Mariah Carey. Me pude morir esperando, por supuesto, porque Glitter jamás llegó. Tiempo después, cuando tenía diez años, la encontré en DVD en el primer y único Blockbuster de aquella ciudad.

Lo que hasta entonces sabía de Glitter era que se trataba de un filme aberrante ganador de varios Razzies. Mi papá se encargaba de recordarme esto una y otra vez, pero yo ignoraba sus opiniones. Decía que eran películas “para maricones” y que no debía invertir mi tiempo en esa mierda. Sus gustos se sentían como una dictadura (me obligó a ver Quadrophenia y Reservoir Dogs a esa misma edad). Quizá el régimen machista de mi padre abusivo ayudó a que viera con una mirada más neutral a la abominable película estelarizada por Mariah Carey. La historia de superación de una cantante que lucha por sus sueños me servía, sin haberlo hecho consciente, de válvula de escape.

Ahora me pregunto si Glitter en verdad posee un valor de culto o es tan solo mi imaginación. Resulta difícil insertarla en esa genealogía que viene desde The Rocky Horror Picture Show (1975). Quizá porque la película de Mariah Carey no tiene nada de ofensiva, nada tongue-in-cheek, nada rocambolesco que se pueda apreciar en toda su extensión desde la ironía. A diferencia de Showgirls (1995), no hay vulgaridad, no hay frases memorables, ninguna intención de exponer la vileza de la industria del entretenimiento. Todo lo opuesto: Glitter es una película amnésica, tibia, burda hasta la desesperación. Difícilmente podría asegurar que es “una obra maestra y una mierda”, como aseguran defensores actuales de Showgirls6

En una conversación vía Zoom, Rick Juzwiak, escritor de Jezebel y Pitchfork, sostiene que “Glitter es la primera vez que la imagen pública de Mariah Carey se fracturó (first time she fracked)”. Su mayor defecto, asegura, es no ser lo suficientemente mala ni mediocre. Destacado connoisseur de la cultura chatarra estadounidense, a partir del periodo de pandemia, Juzwiak se enfrascó en la escucha de audiolibros autobiográficos, memorias, tell-all books de celebridades, género exitoso en ventas, pero desdeñado por la crítica (uno de sus favoritos fue el de Belinda Carlisle, “lleno de historias sobre cocaína”). Juzwiak ha sido vocal por años en torno a su fanatismo hacia Mariah Carey, aunque no es entusiasta frente a Glitter.

“[A partir del 9/11] la gente quería algo para reírse u olvidar sus miedos y Glitter no lo consiguió”, asegura Juzwiak, señalando en comparación el éxito arrollador de The Blueprint de Jay-Z lanzado ese mismo año, uno de los álbumes de hip-hop definitorios del siglo XXI. El 9/11 parecía la vía más fácil para justificar el fracaso de la cinta, al grado de volverse la muletilla de su protagonista para deslindarse de aquel bache. En el momento en el que el filme salió, la fantasía narcisista y naif que Glitter vendía era absolutamente innecesaria.

Al hablar con Juzwiak sentí una especie de vértigo, como si estuviera hablando con un espejo: la cultura del stan hermana de maneras torcidas. Quizá en este fanatismo se esconde una especie de vergüenza, el tipo de vergüenza que implica defender lo indefendible o aquello que nos han dicho que es indefendible. ¿Qué pasaría si nos damos cuenta de que aquello que nos dijeron que era malo no lo era realmente, o, por lo menos, no tan malo?

En Let’s Talk About Love: Why Other People Have Such Bad Taste, Carl Wilson se plantea el dilema de escribir sobre Céline Dion a pesar del profundo malestar que le produce su música. Descubre que factores como el sentimentalismo o el globalismo en la figura de la intérprete francocanadiense no hacen que su música sea inherentemente buena per se, pero al menos le confieren cierta complejidad. La metodología de Wilson apela constantemente a la empatía, y para exponer sus argumentos a favor recurre a varias entrevistas con fans de Céline Dion, a fin de poner en jaque sus prejuicios y su impostura esnob, y concluye que “el tipo de desprecio que movilizan los gustos cool es enemigo de la empatía”.7Cabe volvernos a preguntar: ¿Es tan mala Glitter como nos dijeron? Sí y no.

 

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Después de la hora y cuarenta que dura Glitter, el espectador posiblemente habrá olvidado lo que acaba de ver. Para el momento de los créditos finales, no hay suficiente información que nos indique quién rayos era Billie Frank. Pero me estoy adelantando.

La película arranca con la pubertad de Billie Frank en un bar, presenciando el concierto de su madre Lilian, cantante soul en quiebra, quien invita a su hija al escenario para que haga alarde de sus cuerdas vocales (la hija no eclipsa a la madre la noche del show, pero podemos aducir que le irá mejor en la vida). Lilian lidia con un exmarido irresponsable y una adicción incierta que fatalmente causa un incendio en la casa donde viven. Billie acaba en un refugio, donde conoce a dos amigas con las que se volverá inseparables, Tony y Roxanne. Cuando la afroamericana y la puertorriqueña interrogan a Billie sobre sus orígenes, ella tan solo responde: “I’m mixed”. La segunda alusión al drama racial de Billie durante todo el filme llega años después, mientras filma un videoclip. En el set el director exclama con tono peyorativo refiriéndose a Frank: “Is she black? Is she white? She’s exotic!” La alienación racial no debe ser un sobreentendido, sino que es un factor clave para desmenuzar este coming-of-age.

El flashback es insuficiente para adentrarnos en las motivaciones de la protagonista, además de ser exitosa. Del foster home viene un abrupto salto temporal de más de una década a la vida adulta de la protagonista en las discotecas de Nueva York en 1983. No podía ser de otra manera: el flashback es sufrimiento puro, tragedia tras tragedia. En cuanto Mariah por fin aparece a cuadro, da inicio la fantasía. En 1983, Billie Frank no es rica, no es famosa, no es nadie, pero al menos luce segura de sí misma y tiene todo para conquistar al mundo (¿cómo se ha ganado la vida todo este tiempo?, ¿por qué se viste así? ¿será virgen?). Hay una deliberada falta de construcción en el personaje. Los escasos antecedentes hacen de Billie un personaje completamente esquivo. Su nombre es ambivalente, ¿posible alusión a Billie Holiday? Pero aquí, a diferencia de Lady Sings the Blues (1956), no hay trauma explícito.

Tan pronto como Billie sigue frecuentando la escena nocturna, es descubierta por Timothy Walker, codiciado productor que la invita a hacer “ghosting”, es decir, prestar su voz para la música de Sylk, una cantante atractiva de escaso talento. Es ahí cuando Julian “Dice” Black, un dj segundón descubre la potente voz de Billie y le promete a Walker la cantidad de cien mil dólares a cambio de producir la música del joven talento. A partir de ahí la película relata las peripecias de una estrella en ascenso, una estrella musical sin un gramo de personalidad (no hay malicia y no hay carisma en ella, acaso una aguda apatía). Al igual que su raza, su música es “mezclada”, lo mismo puede ser disco que R&B, soul, balada, da lo mismo, seguimos sin saber qué busca o quién es Billie.

Glitter es una película de olvidos. Detalles que olvidábamos en el desarrollo de la película regresan al final en el más descabellado de los recursos literarios: una mascota de la infancia regresa absurdamente hacia el final del filme; el drama de la búsqueda por la madre perdida se vuelve fútil e incluso disparatada; la deuda de “Dice” con Walker no se resuelve sino hasta el final, deus ex machina, cuando el productor asesine al dj. Glitter ha sido una película olvidada porque nos pide constantemente que la olvidemos.

Las torpezas argumentales no son tan imperdonables como la amnesia histórica del filme. Ambientada supuestamente en 1983, la recreación edulcorada de los años ochenta no consigue transportarnos a lo que se vivía en esa época: la escena contracultural de clubes como Danceteria, donde desfilaron personajes como Keith Haring y Divine. La cinta discurre en un anacronismo permanente donde ni el vestuario ni los peinados corresponden a la época, si bien la selección musical incorpora éxitos sampleados en el hip-hop como Heart of Glass de Blondie. Transiciones con imágenes de Nueva York que desorientan al espectador zurcen el dizque arduo camino a la fama de Billie con la voz de Grandmaster Flash de fondo (it’s like a jungle sometimes / it makes me wonder how I keep from going under).

Ver Glitter es transitar por dos épocas una y otra vez, como si no hubiese un consenso histórico nítido. El delirio del anacronismo llega a alcances delirantes en el vestuario. La gorra que porta Billie la noche que conoce a “Dice” es de Vitalicio Seguros, equipo ciclista español fundado en 1998 (¡!). La historia de Billie Frank, que idealmente debía ser una suerte de autobiografía de la cantante que le dio vida, es tan impersonal que se trata más de un disfraz que de un alter ego. Dejando a un lado las malas actuaciones, ese pudor narrativo es en buena medida el culpable de que ver esta cinta sea una experiencia embarazosa.

Otros factores contribuyeron a que Glitter haya sido una cinta condenada al olvido, incluyendo el de su protagonista. Meses antes del estreno, Mariah tuvo la pésima idea de presentarse en el programa TRL con Carson Daly evidenciando una actitud errabunda acompañada de un carrito de popsicles. Desde entonces se avecinaba un colapso que la llevó, ese mismo año, durante el estreno de Glitter, a un centro de rehabilitación. Como advierte Sady Doyle en su libro Trainwreck: The Women We Love To Hate, Mock, and Fear, sentimientos misóginos anclados en el imaginario popular ha generado una industria millonaria en torno a la humillación de las mujeres famosas. 8 Glitter era la mejor opción para transformar a la cantante en una figura digna de humillación, al grado de que parecía que el público disfrutaba su hundimiento. La severidad innecesaria modulaba la temperatura del 2001 (y lo sigue haciendo).

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Regresemos a la primera escena de Billie como mujer adulta. Poseída en medio de la pista, en trance, con un vestuario leather print, baila para sí misma. El baile no es su fuerte. Incluso cuando grabe sus primeros videoclips, su estilo dancístico seguirá delatando torpeza. Difícil saber si esos números musicales fueron intencionadamente malos (Glitter es, por cierto, una película musical que no tiene ningún buen número musical). Una noche, “Dice” invita a Billie a una cena romántica en un restaurante elegante. Al ver el platillo de escargot, Billie replica: so somebody went all the way from France for this? (la interjección es el diálogo más absurdo del guión). Me gusta pensar que la estupidez de Billie es una vía para ocultar su propia vulnerabilidad.

Quizá la única escena donde pudiera asomarse cierta crítica sea cuando Walker y “Dice” negocian en un estudio de grabación los tejemanejes del contrato de Billie. El lugar que otrora tuvieron Billie y sus amigas como coristas de Sylk ha sido ocupado por tres muchachas perfectamente reemplazables. Mientras los hombres discuten, las aspirantes esperan sumisas la señal del productor. Pero Glitter no alcanza los niveles de exposé de Beyond The Valley of the Dolls (1970), melodrama satírico de Russ Meyer que cuenta las aventuras de The Kelly Affair, grupo musical de hippies ambiciosas. El filme de Meyer no escatima en excesos y el guión desemboca en lo grotesco. En contraste con el vicio digno de Juliette en Meyer, la narrativa de Glitter sería la de la virtuosa Justine de Sade. El temperamento naif de Billie es una estrategia de supervivencia en un mundo feroz.

Antes de su auge con blockbusters que obtienen grandes nominaciones (buen ejemplo de ello es Judy [2019]), hubo una época en la que la biopic se trataba de un género chafa transmitido en canales como E! o Hallmark. Mucho antes, también, de que las cantantes vieran en este género una forma jugosa de capitalizar su vida, la biopic era un género cheesy que velaba información personal y sorteaba todo tipo de obstáculos legales; el modelo narrativo idealiza, santifica: es casi hagiográfico. Glitter no está exenta, por supuesto. Posiblemente el modelo a seguir era What’s Love Got To Do With It (1993), un éxito arrollador tanto en taquillas como en ventas musicales. A diferencia de Tina Turner, Mariah no reveló gran cosa de su vida.

Si bien Glitter podría estar parcialmente basada en algunos episodios biográficos (el tumulto de infancia y la narrativa de ascenso a la fama), incurre en inversiones (padre caucásico, madre afroamericana) y distorsiones (la protagonista es descubierta por un dj y no por un empresario). Curiosamente, una de las poquísimas reseñas amables vino firmada por el destacado crítico Roger Ebert, quien notó afinidades con las fórmulas de la biopic musical, aunque recriminaba la falta de franqueza del filme. 9 No hay que pedirle demasiado: Glitter es un espejo cóncavo, un cuento de hadas idóneo para aquellas personas avergonzadas de relatar su vida.

Fue el año pasado cuando Mariah Carey relató sus experiencias en un libro de memorias. En un extenso capítulo que bien pudiera parecer una novela de Toni Morrison, develó los excesos de su padre y su hermano, los intentos de su hermana adicta por prostituirla (le arrojó una taza de té hirviente en el rostro cuando era una niña) y la problemática relación con su madre. ¿Por qué no fue insinuado todo esto en Glitter? Judith Halberstam concibe el olvido como una herramienta propia de las mujeres y la gente queer, y advierte que “tal vez queramos olvidar la familia, el linaje y la tradición para germinar en un nuevo lugar, no el lugar donde lo viejo engendra lo nuevo, sino donde lo nuevo recomienza desde cero, sin las trabas de la memoria, la tradición y pasados utilizables”.10 Fingir demencia, pretender que algo no sucedió, máscaras y elipses: Billie/Mariah hacen del olvido y la estupidez un mecanismo de supervivencia.

 

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Ni en términos líricos ni melódicos la banda sonora se iguala a los mejores momentos de la música de Mariah Carey. Las baladas intentan replicar glorias pasadas como Mariah’s Theme (Can’t Take That Away) (2001), o Hero (1995) sin conseguirlo. Un defecto común de algunas grabaciones de Mariah Carey es el alarde de la ejecución vocal en composiciones absolutamente planas, que no se pueden salvar ni por sus extravagancias lingüísticas ni por su mensaje de superación. Glitter comete todas estas fallas, sobre todo en los números lentos. El alarde de la voz de Mariah Carey es una historia de resiliencia, el único instrumento que puede presumir más allá de sus inseguridades. Aquí su célebre “silbido” se vuelve, en vez de una demostración de virtuosismo, una exageración. Glitter demarca un punto de quiebra en la trayectoria de Mariah Carey, y a grandes rasgos en su imagen pública, el momento cuando abrazó la exageración en su imagen pública.

“Reflections (Care Enough)” es el único momento donde coinciden dolores autobiográficos verídicos y la música en cuestión, al grado de que su composición sirve de subplot casi al final de la cinta. La letra narra un reclamo hacia una figura materna desapegada (a displaced little girl / wept years in silence). Quizá el mayor mérito del álbum sea una paleta sonora que mimetiza un contexto muy específico de la música urbana estadounidense de los años ochenta: el R&B, motown y —algo hasta entonces no explorado en su carrera— el freestyle, género de gran popularidad entre la comunidad latina y afroamericana, el cual se infiltró en las listas de popularidad y el mainstream a principios de los años ochenta con actos memorables como Lisa Lisa & The Cult Jam y Exposé. Género que se catapultó a través de estaciones de radio locales, el freestyle posee un estrecho vínculo con comunidades latinas, marcadas por la diáspora, y el trasfondo de la crisis del SIDA. Al cabo de unos años el freestyle regresó lentamente a su nicho cuando géneros mucho más enérgicos como el new jack swing acapararon el consumo musical a finales de la década.

El conflicto mediático con Jennifer Lopez, dejando a un lado su valor como chisme, arroja poco más de luces al soundtrack. En resumen, Mariah había seleccionado como base musical original de Loverboy el tema Firecracker del grupo synth pop japonés Yellow Magic Orchestra. La maqueta acabó en manos de  Lopez, no tan joven promesa de su exmanager y exmarido Tommy Motola, transformándose en un pequeño gran hit titulado I’m Real (2001). Carey jamás perdonaría el boicot y de ahí vendrían sucesivos ataques o shades desproporcionados. El episodio quedaría inmortalizado en sus memorias con un tono sumamente exagerado y condescendiente. Glitter no es un camp classic, pero su mitografía y su valor anecdótico es, por su hilarante exageración, sumamente camp.

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Es justo admitir que hay películas que disfrutamos, no tanto por sus valores técnicos, sino por su estilo flamboyante, su artificio, su mal gusto, su falta de sinceridad. Todo lo que he dicho hasta entonces sobre una película nada destacable, sin cualidades redimibles, me orilla a pensar sobre esta peculiar afinidad de las identidades queer por productos culturales vilipendiados. Rich Juzwiak lo atribuye al “privilegio hetero de tomar las cosas como son”, habilidad para decir sin remordimiento que algo no vale nada. Resulta lógico que quienes han padecido el rechazo de la sociedad generen “lecturas alternativas” de todo aquello considerado inferior.

Glitter no solamente fracasó, sino que, al no tener fallas memorables (¿para burlarnos aún más?): fracasó en fracasar. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de fracaso? La realidad puede ser intolerable, y también el exceso de fantasía. En su momento, Glitter se percibió como algo deshonesto, un proyecto condenado al hundimiento desde un inicio. Afortunadamente, la música de Carey prevalece, más allá del schmaltz, como una potente historia de resiliencia. Con una presentación de Tom Cruise en un tributo a las víctimas de los atentados del WTC, Mariah Carey resignificó el mensaje de su balada Hero, probando que, aun siendo su filme un desastre, su música se amoldaba al lenguaje del 9/11. Tal vez la actitud reaccionaria era, después de todo, redundante… Los críticos de hace veinte años no lograron dimensionar que Billie Frank era demasiado tímida para contar sin tapujos su verdad.

 Agradezco a Rich Juzwiak por contribuir a este ensayo

  1. Mariah Carey y Michaela Angela Davis, The Meaning of Mariah Carey, New York, Andy Cohen Books, 2020, p. 263.
  2. Brian Feldman, “The Odd Story Behind One of Wikipedia’s Oddest Image”, New York Mag, 11 de septiembre del 2017, https://nymag.com/intelligencer/2017/09/the-odd-story-behind-one-of-wikipedias-oddest-images.html.
  3. “Britney Spears: ‘Trust our president in every decision’ – CNN.com” CNN, 4 de septiembre, del 2004, https://edition.cnn.com/2003/SHOWBIZ/Music/09/03/cnna.spears/
  4. Harun Farocki, Desconfiar de las imágenes, Buenos Aires, Caja Negra, 2013, p. 168.
  5. Jeffrey Melnick, 9/11 Culture. America Under Construction, Chichester, West Sussex, U.K.; Malden, MA: Wiley-Blackwell, 2009, p. 6.
  6. Ver Adam Nayman, It Doesn’t Suck: Showgirls, Toronto, ECW Press/Edition Pop Classics, Toronto, 2014.
  7. Carl Wilson, Música de mierda, trad. Carles Andreu, Barcelona, Blackie Books, 2015, p. 187.
  8. Sady Doyle, Trainwreck. The Women We Love to Hate, Mock, and Fear… and Why, London, Melville House, 2016, cap. 7, Kindle.
  9. Roger Ebert, Roger Ebert’s Movie Yearbook 2004, Kansas City, Andrews McMeel Publishing, 2004, pp. 243-244.
  10. Judith Halberstam, The Queer Art of Failure, Durham, Duke University Press, 2011. Kindle.

Autores
Vive y escribe en la Ciudad de México. Maestro en Letras Españolas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Se ha hospedado en instituciones como el Centro de la Imagen, Sala de Arte Público Siqueiros y la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia). Autor del diario Emerson en Tijuana (ed. Máquina de aplausos, 2019). En el 2020 fue beneficiario del programa “Contigo en la distancia: Arte desde casa” en la categoría de medios mixtos. Sus textos sobre arte han aparecido en Terremoto, Chiquilla Te Quiero y Obras de Arte Comentadas. Su primera novela será publicada próximamente por el Fondo Tierra Adentro.
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