Tierra Adentro

Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

En una época donde la incertidumbre es el manto que nos envuelve cada mañana frente a nuestros dispositivos, no resulta extraño que pensemos en la solvencia del tiempo, en el ocaso de nuestra vida. La vida dentro de cuatro paredes se vuelve un loop interminable; el exilio de la vida pública, el miedo a la peste, el miedo a una misma y a quienes viven con nosotros nos hace mirarnos casi próximos a la extinción. Pero no somos sino una generación cuyas barreras del envejecimiento se vieron forzadas a suprimirse delante de las pocas oportunidades para establecer una vida independiente —de la familia y del Estado. Es entonces cuando la desilusión, el desasosiego posmoderno, nos confronta a buscar apoyo en aquellas figuras que siempre sostienen el aliento. En una época donde las tradiciones son recicladas, quizá la palabra femenina sea la fuente más certera para sanar la melancolía contemporánea. Son las abuelas quienes logran otorgarnos consuelo ante la nebulosa mirada al futuro. Las reales, las de lazos consanguíneos, pero también las literarias terminan siendo quizá los últimos refugios donde podemos llorar tranquilamente, reír o dejarnos hipnotizar por las imágenes y cantares de las mujeres singulares que sobrevivieron sus propias pestes, sus propias guerras.

Anne Carson cumple setenta años y no creo que sea un improperio tomarla como una abuela nutricia, como un abrazo cuya fuerza se presenta no en la ternura, sino en la vigencia y en la necesidad absoluta de encontrar en las raíces del tiempo la libertad de la lengua, la profundidad que el deseo erótico logra transmitir en la palabra, incluso, más allá del tiempo y las trampas de la lengua frente a los efectos de traducción. A lo largo de su trayectoria ha sido galardonada con premios como el T.S. Eliot Award, —fue la primera escritora en obtenerlo— el Pen Award en traducción, el Griffin Poetry Prize, y ahora con el premio Princesa de Asturias de las letras 2020, cuyos reflejos no deslumbran hasta haberla leído, hasta hacerla tan nuestra mediante el abrazo duro, pero evocador, de la tradición que ha tejido desde 1986 con su primer libro.

La ciudad de Toronto acogió sus primeros pasos, sus primeros hallazgos frente a una figura tan necesaria como la de aquella muchacha proveniente de la isla de Lesbos. Con tan solo quince años, Carson decidió seguir el camino de la imponente Safo, y con ello, tomar como territorio la lengua griega. El espacio quedaría delimitado mediante los hilos del deseo erótico, pero sobre todo sobre la hipnosis que produce la metáfora en el terreno del relato, puesto que no existe otra forma de comprender la imagen poética que no sea mediante el deleite. Es así como desde su primer libro nos hizo comprender su visión sobre los múltiples encantamientos de la época clásica griega. Con Eros the Bittersweet, publicado en 1986 por Princeton University Press, sostuvo su lugar como una de las mejores especialistas de estudios clásicos, y también, como la mejor traductora de Safo, al mismo tiempo que dibujó una impronta en la literatura universal del siglo XX: la de hablar del mundo clásico desde las preguntas, muchas veces irónicas, sobre el deseo, el género y las trampas del lenguaje bajo la sombra sáfica.

Ese primer libro sería el inicio de un sólido trabajo dedicado al lenguaje en sus múltiples formas: el ensayo, la poesía e incluso libretos para ópera, estructuras que demuestran que en la literatura no solo se trata de escribir desde la voz femenina, sino que los hallazgos de esta conforman la genialidad, la erudición y perspicacia necesarias para crear una obra clásica dentro del panorama contemporáneo. Su camino ha sido intenso y formado desde la academia.Sin embargo, su conocimiento filológico no empaña de modo alguno el trabajo poético. Su erudición sobre las raíces del relato y el mito de occidente la han llevado al punto de interrogarse sobre las formas sobre las cuales hemos basado el erotismo contemporáneo.

Anne Carson no es una poeta fácil. Su manera de suspender la tradición grecolatina en el mundo posmoderno resulta ser un lugar incómodo para quienes no reconocen más territorio que el de las mesas de novedades, y aun en esas circunstancias estoy segura de que la potencia de su voz llegaría a la lectora más joven, al lector libre de una lectura mordaz. La fuerza de su oficio se desplaza desde Platón y Aristófanes hasta Sófocles: la cartografía que trazó en Eros…sería proyectada hacia los próximos treinta años. La autora de Hombres en sus horas libres, corresponde a una generación de escritoras que no temían ni temen deambular entre la academia y la creación, como es el caso de Susan Sontag quien no reparó en advertir la profundidad de su conocimiento de la retórica, la prosa poética y las imágenes que logran cimbrarnos ante su implacable inteligencia.

En su segundo libro, Short talks, publicado en 1992, Carson alcanzó la madurez suficiente para reconstruir desde la brevedad la forma natural de la academia, y así transformar aquella estructura estéril de la que ya hablaba Virginia Woolfen algo espontáneo, chispeante. Estas son notas para una academia del deseo, o del mero ocio, donde lo mismo se habla de Rembrandt que de las orquídeas o de cómo caminar hacia atrás. Como una miscelánea ensayística, Carson no hace sino llevarnos por un camino sostenido por digresiones, pero también tesis sobre la experiencia vital y el trabajo onírico, como puede apreciarse en “Charla breve sobre la verdad que pueden ofrecer los sueños”, en la versión de Ezequiel Zaidenwerg:

 

Asaltada por una súbita verdad me levanté a las cuatro de la
mañana. La palabra “grip” pronunciada “gripe” se aplica solo
a pueblos ciudades y lugares de residencia; la palabra “gripe”
pronunciada “grip” puede usarse para seres humanos. En mi
sueño vi las dos paredes de esta verdad conectadas por una
soga de cinco kilómetro de pelo de una mujer. Y en ese preciso
momento, todas las preguntas sobre el asesinato de las almas
de hombre y mujeres que encontrarían respuesta tan pronto
como yo tirara de la soga, se cortaron y cayeron en un montón
al fondo del abismo pedregoso junto al que yo había estado
durmiendo. Somos de nuevo mitad y mitad, somos el muñón
del lenguaje.

 

Si acaso como seres deseantes somos tan solo el muñón del lenguaje, el espacio entre dos cuerpos quizá sea aquello que conforma la completitud, lo que se esconde a simple vista y que no es otra cosa que el espacio de la intimidad. Mediante el relato, Anne Carson vuelve a estirar los hilos de la trama universal. Primero con Autobiografía de rojo, una novela en verso que juega a replantear el mito de Hércules y Gerión desde el homoerotismo. Lejos de forzar la poesía homérica, Carson logra una vez más llevarnos desde las raíces de la humanidad hasta una historia de amor contemporánea, la misma que la posicionó bajo la luz de las reseñas y lectores hasta convertirse en un best seller. La siguiente novela, prosa poética o ensayo narrativo es La belleza del marido, cuya descripción es “ensayo narrativo en 29 tangos”, y que si bien no logró la misma popularidad que Autobiografía de rojo, es preciso decir que hablamos de una de las mejores páginas de la historia del ensayo contemporáneo, o de los artefactos literarios, donde Keats es el invitado de honor, y sus citas y la estructura de la obra nos lleva incluso hacia un flashback de lo mejor de las vanguardias.

¿Acaso en estos tiempos es posible pensar la poesía como un género de moda? ¿Una mente forjada en la academia puede sostener tal travesía? De Carson puede decirse que su trabajo no es sino la vida cotidiana de una mujer singular cuyos límites únicamente se perciben en sus entrevistas.

Es conocido el hecho de que sus respuestas son cortas y casi siempre resulta ser distante: “Quiero ser una mujer insoportable”, responde con las ganas de provocar un episodio épico. Y lo logra, porque cómo no desear escuchar a una mujer cuya provocación se sostiene desde el mero deseo de ser alguien que vive de comprender el mundo grecolatino. Su vida logra alinearse con el recorrido que diariamente se configura y se configuraba antes de la pandemiadesde su cama hasta el escritorio. Una escritora no es más que su obra. De la misma manera que lo expone en la introducción de Sino, el invierno: fragmentos de Safo, al decir que “Safo fue una música”, Carson es poesía, en los términos más complejos que la imagen y la lengua exigen en cada oído.

En su cumpleaños setenta, la mejor lección estriba en el hecho de que no es posible sostener una vanguardia, un dispositivo literario, acaso una forma de inventar la intimidad y el erotismo desde la lengua sin el conocimiento de los clásicos. Hoy, a la sombra de Safo, los cantares, las respuestas cortas y la necesidad de reconocer el presente en el pasado, la escritura de Anne Carson nos enseña que la diferencia entre la luz y la iluminación no es otra cosa sino la capacidad de reconocer la sombra entre la oscuridad del tiempo.

 

 

Secretaría de Cultura