Tierra Adentro

Ilustración: Chika Galaxia (Nuria Meléndez).

Mira que traer bajo el brazo Historias de cronopios y de famas a los cuarenta y dos años requiere una sangre livianísima como de… cronopio, o que te hayan encargado en Tierra Adentro que cuentes tu experiencia cuando leíste por primera vez ese libro descocado, lo cual te hace releerlo cuando ya las canas… Y entonces lo cargas sintiéndote un poco fama, porque vas a cumplir con la tarea en lugar de confiar en el recuerdo de esa lectura a los dieciséis pero también el miedo al desencanto porque están los que dicen que Cortázar caduca pero esos no son ni famas ni esperanzas sino señores amargados que leen de Coetzee para arriba. Y entonces en lugar de releerlo lo que leen de verdad quieres hacer es regalárselo al policía de tránsito que está desquiciándolo todo en la Glorieta de los Insurgentes, para que lo desquicie de veras, con ganas de atestiguar la belleza de un nudo de coches provocado por él: mira qué escena memorable la del taxista insultando a la señora de la camioneta Durango, y qué lindo que ya nadie pueda echarse en reversa y los golpes estén a flor de asfalto. Y tú recuerdas, de otro libro del tocayo, aquel arranque en el que te asesinó para siempre porque descartaba de golpe a quienes apachurraban la pasta de dientes desde abajo, con orden, exactamente como tú lo haces y entonces lo odiaste porque fue como si te cerrara en la nariz la puerta de un club ya inaccesible, pero las canas te han enseñado que tu perseverancia en apretar el tubo de la pasta desde abajo, en contra de lo prescrito por Cortázar, es como acceder al club por la puerta de atrás porque esa necedad contra la contranorma también te define, “miren ustedes, yo aprieto la pasta así y me importa un pepino lo que piensen”. Pero el recuerdo principal y confirmado en la relectura de los cronopios es el del médico que te dice que todo va a estar bien hasta que descubres, debajo de la mesa, que el señor venerable trae unas medias de mujer y entonces el miedo, las instrucciones para tener miedo o aquel pasaje célebre en el que dice que cuando te regalan un reloj te regalan también la esclavitud de darle cuerda y luego lo mejor: no te regalan el reloj, tú eres el regalado a la tiranía del tiempo. Y piensas que el verdadero regalo fue una libertad que ese libro te dio: una libertad. Para ser y estar en el mundo pero sobre todo para escribir porque tú querías escribir y el libro de Julio es como un manual pero al revés, ¿me explico?, una predicación con el ejemplo de que escribir es como andar encuerado y en lugar de angustiarse carcajearse sin olvidar jamás que el asunto es cosa seria, de vida o muerte, y justamente por eso… Y el brinco de ese libro a la poesía es, claro, natural, por eso escribiste tus peores y más gozados poemas porque eras como uno de esos elefantes que se escapan y hacen estragos en las ciudades y aunque escribieras pésimo ya estabas agitando tus grandes orejas como alas, las alas de esa bellísima imbecilidad de la que habló Baudelaire, que nos rozan a todos y a ver quién se pone el saco.

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