Tierra Adentro

 

Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso es una antología de veintiún relatos breves que, en el marco de lo cotidiano, revelan el sentir y pensar de la modernidad, muchas veces ocultos bajo las normas sociales. En el cuento que da título al libro, un rancho y un festejo de quince años se vuelven el escenario en que el recuerdo revela, a través de un oso y de un hombre, la humanidad que se encuentra más allá de las convenciones.


 

La gente lleva el destino grabado en el nombre. Es el caso de mi mamá, a quien Soledad le queda como anillo al dedo, y es también el del tío Valente, mi tío Valente. Si yo lo extraño, estoy segura de que a ella le hace mucha más falta, pero no me he atrevido a preguntar, y eso que el rancho ya tiene un buen rato soportando el vacío que dejó.

Él no es mi tío; no era. No sé si es o era; no sé si habrá llegado bien. Así ocurre en la frontera, incertidumbre pura, porque pareciera que cruzarla es entrar a otra dimensión. Nunca hemos tenido noticia de las personas que se regresan ni de los que se ha llevado la migra. No quiero pensar en eso. Quiero imaginar que finalmente cumplió su sueño de volver a Aguililla, estar ahí para la boda de su hija y poner su negocio de carnitas en la carretera, porque para eso vivió tantos años aquí, lejos de su gente, trabajando más horas de las que tiene el día y ahorrando cada centavo que ganaba. Yo creo que también anhelaba regresar con su esposa; nunca me tragué eso de que fuera viudo, sin embargo entiendo que mi mamá haya preferido pensar que sí. Si no hubiera tenido mujer, digo yo, le habría mandado el dinero a sus hijas para quedarse de este lado con mi mamá, pero las cosas no fueron así. El caso es que Valente no era mi tío, ni siquiera compartíamos sangre, sino que recibí la instrucción de llamarlo de esa manera el día que le dije “papá” y él mismo me aclaró que tenía dos hijas y yo no era una de ellas.

Él llegó al rancho tiempo antes que nosotras. No sé cuánto porque a Valente no se le preguntaban cosas, se le observaba y se le escuchaba; no se le pedían explicaciones pues era como topar con pared: él hablaba cuando así lo dictaba su voluntad y al único al que le respondía era al patrón. Entre semana yo nunca lo veía: se levantaba antes del amanecer y trabajaba hasta bien entrada la noche. Alguna vez, entre sueños, alcancé a percibir que su sombra se colaba para compartir el lecho con mi mamá, pero tampoco me consta. Nunca lo vi acostado; por lo que sé, bien pudo haber dormido parado o colgado del techo. Quién sabe. Yo convivía con él los domingos, cuando se sentaba en el porchecito de la casa de servicio y se dedicaba a la contemplación. Observaba todo como si lo estuviera descubriendo por primera vez, escondido tras su sombrero y su pipa, entre la espesa mata de sus cejas pobladas y su barba negra y tupida. Me sentaba cerca de él y esperaba a que soltara entre dientes alguna historia, como si contarla le ayudara a mantener vivo el recuerdo. Así me enteré de la existencia de Socorro y Dolores, sus hijas, que tenían un par de años más que yo y vivían, decía él, con una tía. A mí más bien se me hace que Valente trataba de “tíos” y “tías” a todas las relaciones que no podía —o no quería— explicar.

Esos domingos llegaban anunciados por el aroma a tabaco de la pipa de cedro que él mismo había hecho. Hacía de todo: abría ostras con más destreza que una nutria, se encargaba de la instalación eléctrica y de las tuberías, usaba la escopeta y el tractor, araba, cosechaba las hortalizas y cocinaba riquísimo. Aunque todos en el rancho envidiaban su habilidad, a Valente le pesaba no poder enviarle cartas a sus hijas porque no sabía leer ni escribir. La única vez que me pidió ayuda, le pregunté por qué no las había traído a vivir en Oregon, pero, inexpresivo y silencioso como era, rompió la hoja y me regaló la pluma. Me quedé fría, avergonzada por no haber sabido ser su confidente y triste porque entendí que no volvería a pedírmelo.

Extraño pasar mis días tratando de descifrarlo. Valente era como un baúl lleno: aunque yo no tenía la llave, a veces alcanzaba a distinguir algunos detalles si me asomaba muy de cerca. Siempre supe, por ejemplo, que era capaz de matar sin que le temblara el pulso, sin embargo nunca imaginé que lo vería llorar. Mucho menos pensé que todo fuera a suceder el mismo día.

Fue en mi fiesta de quince años. Vinieron muchos paisanos de las rancherías cercanas, más animados por la pachanga que por celebrarme, pero eso no era importante. Hubo todo lo que extrañamos aquí en el otro lado: tamalitos, taquitos dorados, carnitas, agua de jamaica e incluso una piñata. Todo iba muy bien, hasta que de la montaña bajó un oso negro a sembrar el terror. Ninguno de nosotros había visto uno en vivo; no conocíamos ese tamaño de animal ni de garras ni de colmillos. No faltó quien tratara de asustarlo, pero lo único que se logró fue que, si antes había un oso curioso en el rancho, ahora tuviéramos uno en pleno ataque de furia. Algunos regresaron corriendo a sus casas, otros se escondieron bajo las mesas y unos más se metieron a nuestros cuartos dejándonos afuera.

Valente salió del cobertizo caminando, se dirigió directamente a él como si se tratara de un viejo conocido y ambos se miraron cara a cara. Parecían vaqueros a punto de retarse a duelo. El animal no tenía intención de calmarse, así que, cuando se apoyó en las patas traseras y lanzó un rugido que nos dejó fríos, mi tío le acomodó un tiro de escopeta justo entre las costillas. Aquél cayó de golpe rendido a sus pies.

Mientras los demás celebraban el regreso de la calma, Valente sostenía entre sus manos la cabeza de su rival. Le pidió a otros trabajadores que le ayudaran a cargarlo y lo llevaron a la parte de atrás del cobertizo, donde empezó a destazarlo. Atraída por el morbo y horrorizada por la cantidad de sangre que casi había formado un estanque bajo sus pies, me acerqué. Lo escuché llorar por primera y única vez. Al saberse acompañado, ni siquiera volteó a verme cuando justificó sus lágrimas:
—Es un animal hermoso y no voy a dejar que se pudra sólo para que se lo coman los zopilotes.

No dije nada, ni a él ni a nadie. Durante varias semanas comimos las mejores carnitas y el mejor chicharrón que preparó en todos sus años en el rancho. Cuando el patrón le preguntó de dónde había salido todo eso, Valente dijo que le habían regalado unos puercos y los había cocinado todos juntos para mi festejo: por fin compartíamos un secreto. Me gusta recordar que me guiñó un ojo, aunque no haya sido así. Logré abrir una rendijita del baúl del más valiente de mis tíos y por eso el chicharrón de oso me supo a puritita gloria.

Secretaría de Cultura