Tierra Adentro

El acto de ver a través
Objeto de estudio: ventana

 

1. Crecí en una casa de madera y vidrio. “No hay nada que ver afuera. La casa debe mirar hacia adentro”, dijo el arquitecto y en el centro construyó un jardín.

2. Cuando quiero narrar mi pasado como un cuento, empiezo: “Vivían en esa casa un Físico, una Matemática, una Bióloga y una Química”. Entonces es más fácil explicar que sucedió lo que sucede en todas las familias. La Química se fue y dejó de ser química. ¿Puede abandonarse lo que se absorbió como por ósmosis? Respuesta: la química es aquella que estudia los cambios de la materia.

3. El techo de la casa también es de vidrio. En las mañanas el sol entra por los veintiséis paneles; alimenta los dos ficus del jardín interior, y, al final de agosto, me golpea en la cara mientras dejo pasar el tiempo. Les digo a mis padres que ahora que estoy en México voy a empezar un libro, pero, en lugar de escribir, miro el techo acostada en el sillón. Miro el cielo a través del techo. Paso tanto tiempo mirándolo que mi objeto de estudio deja de ser lo que veo a través, para ser lo que veo. El vidrio.

4. En 1933 aparece una definición de Horst Scholze: “El vidrio es un líquido sobreenfriado más allá de su punto de fusión”.

5. Mentiría si dijera que mi madre, la Matemática, y mi padre, el Físico, trataron de prevenir que yo dejara la química. Sabían que, en los cuatro años en el estudio de la materia y en los veinticinco de cohabitación científica, ya había absorbido pensamiento y lenguaje. Yo era la única que lo ignoraba cuando emigré a Estados Unidos a escribir. Pero no hay escape si al buscar dentro, encuentras ciencia. Poco a poco en mis poemas se coló su lenguaje y comencé a escribir de enlaces, síntesis, reacciones y descomposiciones. Palabras híbridas atrapadas entre dos mundos.

6. Linus Pauling, autor del primer libro de Química general (1940), definió la química como la ciencia que estudia las sustancias: su estructura, sus propiedades y las reacciones que las transforman con el paso del tiempo en otras sustancias.

7. ¿Por qué construir un techo de vidrio? Un tragaluz tal vez, ¿pero todo un techo? El vidrio es frágil, quebradizo, amorfo, frío, translúcido, sin orden, sin equilibrio, poco confiable y, como descubrí con mi primer novio, entorpece la privacidad.

8. Dos meses en México. Un equilibrio estático entre Estados Unidos y España. Los días se funden uno con otro; forman un día largo, larguísimo, sin escuela, sin trabajo, que me recuerda los días de verano de niña o los fines de semana de la adolescencia. Duermo en la cama de mi infancia, rodeada por las muñecas que coleccionaba y los libros que regresaron conmigo. Mi maleta está en perpetuo estado de mediohacer y a partir de ella se propaga el desorden. Pilas de libros que se quedan, notas que sí me acompañarán, suéteres, zapatos, libretas, papeles de impuestos. Mi entorno refleja mis circunstancias. Me encuentro entre dos fases.

9. Un día hace algunos años el techo dejó pasar la lluvia. Durante el otoño las canaletas se llenaron de hojas y en la primera tormenta el agua se filtró entre el vidrio y la roca. Convirtió la pared en una cascada, el suelo en un charco, el interior en un exterior.

10. “El vidrio es un ejemplo, el ejemplo más simple, de lo que es realmente complejo.”

11. ¿Qué es el vidrio? (consultar entradas 4, 26 y 57). Las referencias básicas no se ponen de acuerdo. Real Academia Española: el vidrio es un sólido duro, frágil y transparente o translúcido, sin estructura cristalina. Una cosa frágil y quebradiza o una persona de genio muy delicado que fácilmente se desazona y enoja. Expresión coloquial: “pagar los vidrios rotos”. Otra, al buscar “el vidrio es un líquido” en Google: el vidrio es un líquido sobreenfriado, un material muy viscoso que fluye a velocidad lentísima, tan lenta que tardaría cientos de años en fluir a temperatura ambiente. Una más, Wikipedia: vidrio común. Composición: sílice, cal y sosa fundidas a 1800 °C y enfriadas hasta formar una red desordenada. Un material que no se comporta ni como sólido ni como líquido.

12. En el lenguaje del día a día las palabras “vidrio” y “cristal” son intercambiables. A lo mucho un cristal es más caro y delicado. Por ejemplo, las copas de mi abuela son de cristal, no de vidrio. En química, sin embargo, son objetos totalmente diferentes. Los cristales son sólidos cuyos átomos y moléculas tienen un orden regular que se repite en el espacio. La sal de mesa es un cristal; moléculas de sodio y potasio acomodadas en cubitos regulares. Los vidrios carecen de esta estructura, son caóticos y ni siquiera sabemos si son sólidos.

13. En la introducción de Química general, Pauling escribe: “Las palabras que usamos para describir la naturaleza, en sí misma compleja, pueden ser incapaces de una definición precisa. Al dar una definición para una palabra se hace un esfuerzo por describir el uso aceptado”. Pero, cuando yo le contestaba a la Matemática “ahorita, diez minutos más”, no tenía en mente que diez minutos son seiscientos segundos y un segundo es la duración de 9 × 109 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre dos niveles hiperfinos del átomo de cesio 133. Aunque en el día a día un minuto es relativo, en ciencias las palabras aspiran a la precisión matemática, una perfección que se les escapa en su carácter fluido.

14. En la Ciudad de México, la ciudad de los ríos olvidados, todo lo que fluye se entuba, se sepulta hasta encallarlo. Todo menos la lluvia. Las gotas gordas, frías, imposibles de acallar reviven los siete lagos y los cuarenta y cinco ríos. Hace una década había una temporada de lluvia, pero ahora no hay quien la contenga y resuena contra el techo el año entero. Una tarde a finales de agosto, cuando ha pasado casi un mes desde que regresé, se inundan los alrededores de mi barrio, el agua alcanza las ventanas de los coches, la Bióloga se queda estancada y no puede volver a casa. Desde la cama escucho la tormenta y recuerdo mis fantasías infantiles. Imaginaba que un día las gotas y el granizo perforarían el techo. El estruendo, los añicos y la lluvia caerían sobre el jardín. Se formaría un río que anegaría mi cuarto y lanzaría mi cama a la deriva. No se me ocurriría nadar; navegaría por los ríos recién creados hasta llegar lejos, muy lejos de casa, y ya no sabría cómo volver. El regreso del agua a la Ciudad de México. Mientras escribo me doy cuenta de que no es la primera vez que narro esta fantasía.

15. La diferencia entre un sólido y un líquido es la diferencia entre dos maneras de acomodar un juego de bolas de billar en una caja: con cuidado, una por una, una sobre otra, para crear filas, un empaquetamiento compacto, un sólido. O dejarlas caer, solo el caos como métrica. Ante una caja de bolas de billar mi sentido del orden siempre ha sido líquido.

16. Cuando yo era adolescente, la Matemática me pedía cada tercer día que recogiera mi cuarto. La respuesta perfecta: “No puedo. Todos los procesos espontáneos tienden al aumento de la entropía, al caos” siempre la hacía sonreír, pero no funcionaba. Me contestaba que usara más energía. La segunda ley de la termodinámica aplicada al quehacer no era excusa suficiente. Ahora que estoy en casa de nuevo reaparece la petición, pero tarda más días en presentarse, como si la distancia o la edad hubieran modificado los estándares.

17. La American Society for Testing and Materials definió en 1996 el método más simple para diferenciar un sólido de un líquido (ASTM D4359). El material se coloca en un recipiente cerrado a 38 ± 3 °C (100 ± 5 °F) hasta que alcanza el equilibrio térmico (entre 18 y 24 horas). Se saca del horno y se quita la tapa inmediatamente. Se pone de cabeza. Si en tres minutos el material fluye un total de 50 mm (2 in) o menos, se considerará un sólido; si no, se considerará un líquido. Mis intentos de probar esta metodología son un fracaso. Un charco de agua, un puñado de piedras, un chorrito de miel. Todos terminan en el suelo.

18. Un experimento. Colocarse frente a un vidrio. Tocar la superficie con un dedo. Sentir la resistencia. Ahora un segundo dedo. Apoyar la mano completa. Empujar. Percibir la solidez. Entender que la percepción macroscópica es inútil. Imaginar mejor que cede bajo los dedos, se licúa. ¿Estaría frío, mojado, viscoso? Se me olvida el experimento y apoyo el rostro contra la ventana.

19. Características principales de un sólido: opone resistencia a cambios de forma y de volumen, tiene un aspecto definido y sus partículas se encuentran unidas y ordenadas. Características principales de un líquido: presenta un volumen definido independiente de la presión; toma la forma de su contenedor. Un mililitro cúbico de agua es el mismo en una copa, un plato, un florero, la palma de mi mano, el suelo de la tina. Y todos estos mililitros comparten la característica más importante de un líquido: la capacidad de fluir.

20. ¿Y el vidrio? ¿Fluye?

 

GRADOS_DE_MIOPIA_PORTADA

 


Autores
(Ciudad México, 1990), estudió química en la UNAM y un master of Fine Arts en escritura creativa en español en la Universidad de Iowa. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. Es autora de la saga de fantasía Vâudïz.
Secretaría de Cultura