Tierra Adentro

General Rafael Buelna. Museo de la Fotografía-INAH.

Rafael Buelna fue estudiante revolucionario, el general más joven de la Revolución Mexicana, un maestro de la guerra de caballerías y hombre de principios y fidelidad a su pueblo. Con motivo del lanzamiento de la Estrategia Nacional de Lectura, ayer en Mocorito, Sinaloa, la Dirección General de Publicaciones ha reeditado Rafael Buelna. Las caballerías de la Revolución (1937) de José C. Valadés, un título fundamental en la bibliografía mexicana de no ficción. En exclusiva, Tierra Adentro publica un extracto del libro: el séptimo capítulo, en el que Valadés narra la encerrona que Buelna le tendió a Álvaro Obregón.


 

CAPÍTULO VII

Decidido a detener al general Álvaro Obregón, el general Rafael Buelna salió de la ciudad de Tepic llevando cerca de doscientos hombres, escogidos entre lo más selecto de su gente. El mando de esta escolta se le dio al general Rafael Garay.

Sin un plan definido para asaltar Ixtlán, donde el general Obregón había establecido su cuartel general, Buelnita se detuvo en las goteras de la población, sin que su presencia causara la menor sospecha, y envió espías al centro del poblado, con el objeto de darse exactamente cuenta de qué elementos contaba el jefe del Cuerpo de Ejército, en caso de que hiciera resistencia. Obregón, muy ajeno a la determinación de Rafael, se encontraba en Ixtlán solamente acompañado de su Estado Mayor y de una pequeña escolta, preparándose para continuar su viaje hacia el sur, ya que el grueso de la columna revolucionaria tocaba los límites del estado de Jalisco.

Informado de que Obregón carecía de fuerzas para el caso de que pretendiera resistir, Buelnita entró tranquilamente a Ixtlán, sitiando inmediatamente el hotel donde se encontraba hospedado el general en jefe, procediendo con rapidez al desarme del cuerpo de guardia, y sin que su actitud pudiera ser descubierta por los ayudantes de Obregón, pudo llegar hasta donde éste se encontraba, conversando animadamente con algunos amigos.

Obregón se mostró sorprendido al ver llegar a Buelnita seguido de un grupo de oficiales, y cuando iba a preguntarle el objeto de aquella inesperada visita, Rafael lo interrumpió y lo conminó a que se diera por preso, mientras que sus oficiales procedían a desarmar a los ayudantes del general en jefe. El general Obregón, tomando la cosa a broma, insistió para que Buelna le explicara la causa de aquella actitud. Rafael, nervioso, le hizo saber que había resuelto dar aquel paso para acabar de una vez por todas con las intrigas políticas que estaban minando a los revolucionarios desde que Obregón había sido nombrado general en jefe de las operaciones en la costa occidental.

Tras una corta y violenta discusión, Buelnita informó a Obregón que había dispuesto pasarlo por las armas. El general en jefe, recuperada su serenidad, exigió prudencia y habló en tono amistoso a Rafael. Pero Buelna, exasperado, no escuchaba razones y hubiera llevado a cabo su propósito si no llega el general Lucio Blanco, quien encontrándose cerca de Ixtlán, había sido avisado oportunamente por el capitán Jesús Garza, quien había visto llegar a las fuerzas de Buelna, de que la vida de Obregón corría peligro.

Desde el combate de Acaponeta el general Blanco y Buelna habían hecho una gran amistad, máxime que Blanco, a raíz de las dificultades surgidas en Tepic con el general Obregón, había apoyado al joven general. La intervención de Blanco en aquellos momentos no podía haber sido más oportuna para salvar al general Obregón.

Tras Blanco habían llegado otros jefes revolucionarios, quienes también intervinieron en la discusión que se siguió y durante la cual Buelna insistía en que Obregón no era digno de la confianza y del alto mando que en él había depositado el Primer Jefe.

La disputa subía de punto y no era posible llegar a entendimiento alguno. Blanco tomó el brazo del general Obregón, y llevándolo al extremo del corredor del edificio, habló con él a solas, mientras que Rafael reprochaba a sus oficiales el haber permitido la entrada de Blanco y de otros jefes al hotel.

Después de haber conferenciado con Obregón, el general Blanco hizo que Buelnita tomara parte en la plática con el jefe del Cuerpo de Ejército, la que, violenta en un principio, poco a poco fue serenándose hasta que Blanco logró que Obregón y Buelna se dieran un abrazo.

Momentos después, y cuando de nuevo reinaba la paz en el cuartel general, Obregón dictó órdenes para que la brigada de Buelna, en lugar de quedar a la retaguardia, pasara a ocupar la extrema vanguardia del cuerpo de operaciones, quedando Buelnita bajo las órdenes inmediatas del general Blanco.

En cuanto fue dada a conocer la nueva disposición de Obregón, el general Buelna hizo avanzar el grueso de su brigada, que había permanecido en Tepic, hasta el pueblo de Ahualulco, Jalisco, donde había sido establecido el cuartel general.

 

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Niño Rafael Buelna. Sin fecha. Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa.

 

 

Buelna se detuvo poco tiempo en Ahualulco, y por órdenes de Blanco continuó hasta las cercanías de la hacienda de El Refugio, donde se encontraban parapetadas las fuerzas huertistas, teniendo allí un ligero tiroteo, para volver a incorporarse a la caballería de Blanco.

Encontrándose el cuartel general de Obregón en Ahualulco, se recibieron las primeras noticias de las disensiones entre el general Francisco Villa, jefe de la División del Norte, y el Primer Jefe, Venustiano Carranza. En un mensaje dirigido a Obregón, Villa se quejaba de que el Primer Jefe ponía obstáculos para que la División del Norte, que se encontraba en Zacatecas, continuara hacia el interior del país y terminaba pidiendo el apoyo del Cuerpo de Ejército del Noroeste, a fin de que la escisión que surgía entre las huestes revolucionarias fuera evitada a tiempo.

Obregón contestó a Villa, en términos que no daban lugar a duda, que estaba dispuesto a apoyar a Carranza, suponiendo que el jefe de la División del Norte pretendía ser el árbitro en las dificultades surgidas, y de las cuales el jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste no hacía mención alguna en su repuesta.

De las dificultades entre Villa y Carranza, Obregón no daba cuenta a sus generales, manejándose como todo caudillo de grupo militar, sin composición política alguna. Sin embargo, las amenazas de una división entre las filas de los revolucionarios se hacían sentir entre todos los jefes, pero sin que hasta el momento de presentarse la columna de avance en territorio de Jalisco se manifestaran ostensiblemente las diferencias.

El 1 de julio el general Obregón dio a conocer el plan de ataque sobre los federales que, al mando del general J. M. Mier, trataban de defender a la ciudad de Guadalajara.

Buelnita, que hasta ese día había continuado bajo las órdenes del general Lucio Blanco, quedó incorporado a la columna que debía operar bajo el mando directo del general Obregón y junto con las que encabezaban los generales Benjamín G. Hill y Juan G. Cabral, recibió instrucciones el día 4 de asaltar y tomar la hacienda El Refugio para engañar al enemigo. Mientras que Cabral y Hill avanzaban por el frente, Buelna, llevando mil hombres de caballería, se lanzó sobre la hacienda logrando, tras un combate de dos horas, desalojar y dispersar al enemigo, persiguiéndolo hasta donde se encontraban las caballerías de Lucio Blanco, que dieron la batida final ese mismo día.

Buelna regresó a El Refugio, reincorporándose a la gente de Hill y Cabral para movilizarse el día 6 sobre la retaguardia del enemigo que se defendía en La Venta y donde fue derrotado por las fuerzas del general Manuel M. Diéguez, quedando así expedito el camino hasta Guadalajara.

El general Obregón se trasladó a la villa de Zapopan, escoltado por las fuerzas de Buelna, quien el día 8, y después del combate sostenido con el 5º Batallón huertista, avanzó resuelto hacia Guadalajara, siendo uno de los primeros en llegar hasta el centro de la ciudad.

Mientras que el general Obregón ocupaba la ciudad de Guadalajara, el general Pablo González, jefe del Cuerpo de Ejército del Noroeste, se adelantó desde San Luis Potosí hacia el interior del país, llevando como objetivo la ciudad de México.

Al tener conocimiento del avance de González, Obregón se desprendió de Guadalajara acompañado de los generales Blanco y Buelna, llegando a Querétaro, donde González había instalado su cuartel general, continuando en seguida el avance de los revolucionarios sobre la capital de la república.

El 9 de agosto, el general Obregón llegó a Teoloyucan, iniciando desde luego negociaciones con el presidente provisional, Francisco S. Carbajal, para la entrega de la capital y la disolución del ejército federal que había defendido al gobierno del general Victoriano Huerta. Negociaciones que terminaron con la firma del Tratado de Teoloyucan (13 de agosto de 1914), conforme al cual los revolucionarios quedaron dueños de la ciudad de México, sin más enemigo al frente que la división que surgía cada vez más amenazadora en sus propias filas.

El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Venustiano Carranza en el Colegio Militar en agosto de 1914. De izq. a der. Plutarco E. Calles, Alfredo Robles, Carranza, Rafael Buelna. Detrás de ellos. Francisco L. Urquizo y Alfredo Breceda. Fototeca del INEHRM.

El Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Venustiano Carranza en el Colegio Militar en agosto de 1914. De izq. a der. Plutarco E. Calles, Alfredo Robles, Carranza, Rafael Buelna. Detrás de ellos. Francisco L. Urquizo y Alfredo Breceda. Fototeca del INEHRM.

 

Este capítulo pertenece a Rafael Buelna. Las caballerías de la Revolución (1937) de José C. Valadés. Recientemente fue reeditado por la Dirección General de Publicaciones.

Secretaría de Cultura