Tierra Adentro

Melancolía de los pupitres, compuesta por seis cuentos, es una propuesta de lo qué puede ocurrir cuando la frustración se convierte en protagonista de la vida. Más cercana a la realidad que a la ficción, este libro evoca la nostalgia y la posterior ruptura que se originan al contrastar nuestro presente con aquel pasado adolescente y estudiantil en el que los sueños y anhelos se vislumbraban inalcanzables.


15. González, Pacífico

No voy a negar que extraño a Pacífico. Mis días eran más entretenidos cuando estaba dentro de su enorme barriga. Con él, al menos, me trasladaba de un sitio a otro. Podía escuchar ruidos, voces, gritos; la algarabía de un mundo fascinante al que ya no tengo acceso. Ahora, en cambio, metido en este frasco y sumergido en formol, descansando sobre esta estantería de acero inoxidable y teniendo por vecinos a un feto tumefacto y a lo que supongo que es una espina dorsal, mi existencia quedó suspendida indefinidamente, reduciéndose a un instante de eterno aburrimiento. Lo único que me queda por hacer es recordar. Así que recuerdo.

*

Todo se fue al carajo la noche del grito de Independencia. Puedo revivir hasta el más mínimo detalle de lo que pasó ese día y los que le siguieron, los últimos en los que Pacífico y yo fuimos uno mismo ante los ojos de madre y los del resto del mundo. Fue un 15 de septiembre. Estoy seguro porque las paredes del hospital estaban decoradas con banderitas de México, y porque a lo largo de la noche y la madrugada las ambulancias no cesaron de acarrear decenas de heridos hasta las puertas del Malverde, donde los paramédicos bajaban camillas y camillas de adelitas inconscientes, de charros descalabrados y de niños berreando con la cara pintarrajeada de crayón tricolor.

Esa noche no nos tocaba hacer guardia. Lo recuerdo en plural por mera costumbre, pero ya es hora de que empiece a hablar con autonomía, así que corrijo: a Pacífico no le tocaba hacer guardia. Sin embargo, debido a que la sala de urgencias se atiborraba a cada minuto de patriotas sin suerte, Benito, el jefe de enfermeros, un oaxaqueño con cabeza de monolito olmeca, tuvo que reajustar el programa de guardias. Reunió a Pacífico y a sus demás subordinados y comenzó a negociar turnos extra a cambio de días libres. Muchos se negaron, pretextando algún compromiso. Se entendía que era 15 y había que celebrar. Pero Pacífico y otros dos pusilánimes dijeron que sí, levantando los hombros, resignados a otra noche sin dormir.

Ahora que lo pienso, ése fue el primer error, su primer error: Pacífico y yo no teníamos nada mejor qué hacer.

Como después no habría tiempo, antes de comenzar el turno fue a cenar a la máquina expendedora que había junto a la recepción; cuatro sándwiches y dos cocas de seiscientos bastaron. De regreso, Pacífico llamó por teléfono a madre para avisarle que esa noche no volveríamos a casa. Ella le dijo que estaba bien, que se cuidara, y enseguida colgó con displicencia; así solía ser. Pacífico estaba por cumplir un año trabajando en el Malverde y madre aún no podía aceptarlo.

Tal vez nunca lo haría. Para ella, el concepto de enfermero representaba una decepción en sí mismo. ¿O acaso estaba equivocada por desear ver a su hijo convertido en un médico especialista, un hombre de bata blanca que portara con orgullo los apellidos de la familia, finamente bordados en hilo azul? Por supuesto que no. Y tampoco era la única.

Pacífico también lo añoró durante mucho tiempo. Confiaba en que el mero hecho de convertirse en doctor le investiría un aura de respeto, algo con que tomar revancha por aquella infancia y adolescencia de mierda donde no hubo otra cosa que cerbatanazos y tachuelas en su pupitre. Era un buen auspicio. ¿Quién pendejea a un doctor? ¿Quién chingados obliga a un médico a hincarse y lamer el piso del baño de niños? Pacífico se esforzó, me consta, pero la cabeza no le alcanzó para tanto. Cuando terminó la preparatoria, fue a inscribirse al curso propedéutico de medicina. Presentó el examen de admisión y reprobó. Una vez, dos veces. Pero, si Pacífico es torpe, es doblemente necio, así que hizo la prueba una tercera ocasión sin que el resultado cambiara. Entonces, el plan b se llamó enfermería. Y aprobó. Me acuerdo de la tarde en que llegamos a casa con los resultados de la facultad en un sobre sellado. Madre volteó, se quitó las gafas y al oír la noticia se le quedó mirando en silencio. Estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo en el enorme esfuerzo de fingir una sonrisa.

*

Pasada la medianoche, la sala de urgencias se había convertido en un hormiguero de infelices. La expresión en los rostros era la misma: “la cagué y me duele mucho”. Bastó con hacer un conteo rápido de cabezas para darnos cuenta de que no habría ninguna oportunidad de escaparse a dormir una siesta en las literas de empleados.

Debo confesar algo: si trabajar en la madrugada del 16 fue para Pacífico un mal trago, a mí el cambio me pareció la mejor de las noticias. De entre todas las áreas que integran el hospital Malverde, la de urgencias siempre fue mi preferida, y lo era por una sencilla razón: su banda sonora. Esa sala me ofrecía un delicioso bullicio de lamentos, parecido al de las vacas mugiendo de hambre. Jamás me defraudó.

El primer sonido de esa noche fue el lloriqueo de una nenita babosa que se había volado dos dedos por no soltar un petardo a tiempo. ¡Qué par de pulmones! Chillaba como me imagino que lo haría un águila. Su madre le había cubierto la mano con un trapo que llegó tieso por la sangre seca. Sin piedad, Pacífico se lo despegó poco a poco, con pequeños tirones a los cuales la niña respondía berreando más y más duro —y yo, en consecuencia, más y más contento— hasta que la anestesia hizo efecto y le menguó los gritos, dejándola sollozando y sorbiéndose los mocos. Enseguida me entusiasmé con los lamentos de una anciana que se chamuscó la pierna derecha al derramársele un cazo con manteca hirviendo. Todavía preguntó si podría regresar a tiempo para atender su changarro.

Después llegó un borracho con el culo astillado por haber reventado su propia botella de un sentón. Pacífico lo tumbó boca abajo y le arrancó los calzones perforados. Tomó unas pinzas y comenzó a desencarnarle con sumo cuidado los triangulitos de vidrio ambarino. Cuando el ebrio le mentaba la madre, Pacífico seleccionaba la esquirla más filosa y se la retorcía dentro de la carne viva.

Así se fueron las primeras horas. Los enfermeros entraban y salían golpeando las puertas abatibles, llevando de un lado a otro charolas atiborradas de jeringas, pinzas y torundas empapadas en yodo.

Poco antes de las cuatro de la madrugada, cesaron los ingresos y sólo quedaron unas cuantas personas con esguinces o un tabique desviado, pacientes sumisos que perfectamente podían soportar una o dos horas sin quejarse. Los hicimos esperar, por supuesto.

Luis Ernesto fue quien sugirió fumar en el estacionamiento. Recuerdo su voz pastosa proponiendo salir “por un taco de cáncer”. En lo personal, desde la primera vez que lo escuché me cayó mal. No era sino otro médico pasante que mira por encima a todo aquel que no sea doctor como él y su papá, y que por algún complejo elitista piensa que no hay otra manera de comunicarse con sus inferiores si no es empleando el slang del barrio. “No me llames doctor, sólo dime Luis, carnal”, dijo el mamón cuando nos lo presentaron. Un mamón, eso sí, con unos puritos deliciosos que su padre le traía de Cuba en una cigarrera plateada. Sólo por eso Pacífico lo siguió al estacionamiento de empleados, donde solían fumar junto a los contenedores de desechos clínicos.

Era una noche fría. Los escapes a lo lejos, zumbando por todas las arterias de la ciudad. Los conductores que recorrían la calle traían las ventanas muy abajo y los trombones de las rancheras bien arriba, sin temor a la pareja de policías que cenaba de pie frente a un remolque acondicionado como taquería móvil. Unos y otros sabían que esa noche había licencia de fondear las garrafas en honor a los héroes de la patria que les otorgó un gentilicio, un pasaporte y un equipo de futbol. Pacífico consumió los últimos milímetros del puro antes de alcanzar a Luis Ernesto y a los demás que ya regresaban al hospital.

Al cruzar de regreso por la sala de espera, con el aliento todavía apestándole a humo, se encontró con Vallejo. En un principio no supo que era él; sólo vio a lo lejos a dos paramédicos empujando una camilla. Fue hasta que pasaron a su lado y se fijó en el rostro del herido —un hombre joven, de nuestra edad, con pelo largo y barba—, que de un chispazo lo reconoció. Era Vallejo, sin lugar a dudas. Vallejo, su némesis de la preparatoria. No había vuelto a ver a ese hijo de puta desde entonces, ¡y así era como se reencontraban! Entonces Pacífico dio media vuelta y se unió a los paramédicos que se dirigían directo a la sala de choque. “tce grave —dijo el que iba al frente— , una pelea de bar.” Al parecer le habían quebrado la cabeza con el filo de un extintor. Pacífico no le quitó los ojos de encima ni un segundo mientras corríamos junto a la camilla, agitadísimos. Había cambiado muy poco. Vallejo traía puesta una polo color rosa y su tono de piel era más blanco que el que recordaba. Tenía una barba rala y algo crecida que le afilaba la mandíbula y le adelgazaba el rostro. Además llevaba el pelo muy largo, tan brilloso y pardo como la crin de un caballo saludable, aunque del lado derecho varios mechones estaban mojados por la sangre que le manaba del boquete, producto del putazo arriba de la oreja izquierda.

En cuanto llegamos a la sala de choque, justo al momento de alzarlo para el cambio a la cama, entró en paro, y de inmediato Pacífico buscó aretes, piercings u otro objeto metálico, y de un tirón le arrancó un crucifijo y una cadena de plata que tenía alrededor del cuello. Enseguida le tasajeó la polo color rosa con las tijeras, y fue entonces cuando le vio los pezones morenos y se quedó embelesado. Eran oscuros, quizá demasiado oscuros, tanto que contrastaban groseramente con el tono leche de la piel.

Durante un larguísimo segundo fantaseó con ese par de botones, los cuales le resultaron del tamaño idóneo para sujetar entre los dientes, para pellizcar con ternura. Lo más perturbador fue la distancia entre uno y otro: estaban tan separados que parecían dos sombreritos mexicanos alejándose cada cual para su fiesta, como buscando resguardo en la oscura maleza de las axilas. Juro que, de no haber sido porque el doctor lo empujó para adherirle a Vallejo sendos parches de nitroglicerina en el pecho, Pacífico se hubiese quedado el resto de la guardia contemplando esas tetillas prietas; calculando el diámetro de la areola, la rugosidad de la superficie, y contando uno por uno los pelitos lacios que las circundaban. Se espabiló en el momento en que otro doctor ajustó el voltaje de las palas desfibriladoras y gritó “quítense”, antes de atizarle el torso con una descarga eléctrica. La caja torácica se sacudía repetidamente, como si al cuerpo le infundieran vida a chingadazos. Cuando por fin recobró el pulso, lo entubaron; lo estabilizaron, y se lo llevaron rumbo a quirófano, adonde Pacífico ya no lo pudo acompañar.

Volvimos a urgencias para despachar a los últimos “clientes”, quienes esperaban turno con impaciencia, hasta que afuera el cielo empezó a clarear y llegó al relevo el personal de la mañana.

Pensé que tomaríamos el colectivo e iríamos a casa a descansar, siguiendo la rutina que cumplíamos cada posguardia, sin embargo Pacífico, exhausto, prefirió andar hasta los dormitorios de servicio. Se tumbó en uno de los camastros —de costado, mirando hacia la pared— y, sin siquiera haberse quitado los zapatos, a los pocos segundos comenzó a roncar con la mano metida en el pantalón, acunándose los huevos.

*

Yo no duermo; Pacífico, sí. Tuvo un sueño corto, pero vívido, porque al despertar era capaz de recordar con claridad la siguiente secuencia: cabalgaba un potro arrogante y macizo, cruzando la ciudad a todo galope por el bulevar principal.

Dos automóviles lo perseguían, cada uno a un costado, pitando groserías con los cláxones mientras los conductores agitaban en las manos unos fustes con púas de metal. El caballo no tenía montura, de tal forma que Pacífico sentía las nalgas al rojo vivo tras cada golpeteo contra el lomo del animal. Mordiendo la crin con los dientes, hizo cuanto pudo por aferrarse al cuello de la bestia, al tiempo que con los talones le espoleaba las costillas, buscando la manera de activar el óxido nitroso almacenado seguramente en los testículos del animal, mismo que liberó con unas cuantas patadas y que los hizo salir disparados hacia lo que se suponía era la meta, un monumental arco de cantera rosada en cuya clave tenía labrada la vara de Esculapio y en cuyos postes se estrellaron ambos carros provocando unos enormes hongos de fuego, fracciones de segundo después de que Pacífico lo atravesara por el medio.

Luego de festejar, Pacífico, aún cabalgando, se desvió a mano izquierda y trotó por unas cuantas calles empedradas donde un grupo de indios en taparrabos lo vitoreaba con vuvuzelas y tambores africanos. Llegó a las puertas del Malverde e irrumpió en el edificio, el cual era el mismo de siempre, pero a la vez otro, porque no se parecía en nada. El techo medía mucho más, cuatro o cinco metros por lo menos, lo suficiente para que Pacífico entrara sin apearse del caballo y avanzara con trote elegante por el corredor principal. Las herraduras se estrellaban en los azulejos, produciendo chasquidos agradables que se multiplicaban hasta el fondo de los pasillos. La chusma, que se había replegado con la espalda pegada a la pared, se le quedó viendo como se mira a un rey. Ahí estaban madre, el doctor Suárez, Benito y Luis Ernesto junto a los demás médicos pasantes, enfermeros y secretarias. Formaban dos filas de hombres diminutos y vulnerables, quienes al momento se inclinaron en una reverencia. El escenario era perfecto para fanfarronear con unos pasos de suerte, pero Pacífico no quiso perder más tiempo. Alzó la vista y vio que el corredor se convertía en una pista de despegue que desembocaba en una cañada luminosa; a lo lejos se veía una cordillera de cientos de montañas con forma de culos. Culos y culos de diferentes tamaños y de todas las naciones del mundo; tantos y tan variados como sólo se podrían encontrar en los sanitarios de las Naciones Unidas. El caballo taconeó las patas delanteras y de los costados le creció un par de alas blancas y poderosas. Pacífico se inclinó y abrazó al pegaso del cuello; luego miró hacia el horizonte y le pateó el costillar con todas sus fuerzas. El animal comenzó a galopar batiendo las alas mientras todos aplaudían, y justo antes de llegar al borde del despeñadero, en el momento exacto en que se impulsarían al vuelo para planear por toda la Sierra Nalga Occidental, Pacífico se despertó tan tieso como para izar una bandera.

En cuanto abrió los ojos, lo primero que hizo fue ir a la recepción para buscar el apellido Vallejo entre los de ingreso de la noche anterior. Enseguida fue al cubículo de Benito, mas no estaba ahí. Lo halló media hora después, sentado en una mesa de la cafetería, conversando con un empleado de la cocina. Pacífico se acercó con reservas. Las axilas le olían a dos días de trabajos forzados. Benito lo vio y levantó la mano en señal de alto. Se despidió del cocinero y luego le preguntó a Pacífico qué quería. “Por el turno de ayer: en vez de darme el día libre, ponme las guardias de la semana en intensiva”, le dijo. Benito lo inquirió con una mirada cómplice, pero no comentó nada. Así que anduvimos de vuelta hasta el cubículo de Benito, donde revisó los roles e hizo un par de ajustes en una de sus listas. Antes de irnos, oí que agregó: “Conste, González, quedamos a mano”.

*

Odio terapia intensiva. Nunca pasa nada ahí. Si me lo preguntaran, diría que ti es igual de interesante que un funeral transmitido por radio. Es la aburridísima antesala de una muerte sin chiste. Ningún insulto de último aliento, ninguna confesión estremecedora, nada. Todos están callados, a la espera de que la muerte corte el hilo.

Hacia allá fuimos. En la sala de ti había seis camas y sólo tres de ellas estaban ocupadas. En la del fondo a la derecha, la que mantenía las cortinas cerradas, estaba Vallejo. Pacífico se fajó la camisola y fue hasta ahí, ansioso por mirarlo de nuevo. Al descorrer la tela lo primero que vio no fue a su némesis, sino a una señora gruesa, sentada sobre una silla que había junto a la cama, sujetando la mano de Vallejo mientras murmuraba algo que leía de un pequeño libro. Su pierna se sacudía de forma repetitiva, con las maneras de un conejo nervioso. Cuando nos vio, cerró el libro, detuvo la pierna y saludó a Pacífico. Enseguida preguntó, casi exigiendo, a qué hora iban a trasladar a su hijo a un cuarto privado. Pacífico le contestó que no sabía. “El hospital está casi lleno y podría tardar mucho en desocuparse uno individual”, añadió. Ella hizo un puchero, regresó la mirada al libro y siguió con sus rezos como si estuviera a solas.

La hoja médica colgaba al pie de la cama. Vallejo había sido inducido en coma por una hernia cerebral. Se esperaba que se desinflamara en los próximos días. De un lado tenía rasurado el cráneo, y donde estuvo el boquete le habían puesto una placa de metal. Dos gasas blancas la cubrían, sostenidas por una venda enrollada en la cabeza. Por debajo de ésta aún se veían los mechones brillantes cayéndole hasta los hombros. Así, de perfil, se asemejaba a un hermoso Cristo de Iztapalapa.

Pacífico revisó los signos vitales bajo la inquietante mirada de la señora. Al terminar, dirigiéndose a ella, le afirmó que todo estaba en orden. Dudó un poco, pero decidió presentarse: le dijo que él sería su enfermero en turno; que Vallejo y él eran viejos conocidos, pues habían cursado juntos la escuela; que no, amigos cercanos no fueron, más bien compañeros; que sí, se encontraba muy delicado, aunque estable, y confiaba en una pronta recuperación; que, por supuesto, él estaría al pendiente de sus cuidados, y que no había nada que agradecer. La mujer se levantó de la silla, nos abrazó y se puso a chillar como sólo pueden los que no tienen a nadie más con quién hacerlo.

No nos extrañó que ningún otro familiar merodeara la cama de Vallejo, que ni un sólo amigo fuese a visitarlo. Por algo le habían partido la cabeza. Por algo había llegado solo en la ambulancia.

A lo largo de ese día, Pacífico hizo varias rondas por ti y, para su pesar, en todas ellas encontró a la señora gruesa, inamovible, al pie de la cama: un cancerbero leyendo la Biblia. Cada que lo veía entrar le agradecía sus atenciones y le hacía preguntas incómodas sobre el pasado compartido con su hijo. Pacífico no soportó por mucho tiempo más. En la última visita se acercó a ella y le sugirió, casi obligándola, irse a descansar algunas horas. Él la relevaría, él se haría cargo, le dijo, a lo que la mujer respondió asintiendo y besándole el dorso de las manos como si fuera el mismo papa. La acompañó hasta la salida e insistió en pagarle el taxi, que a lo lejos desapareció en el primer semáforo. Pacífico se dio la vuelta y permaneció unos segundos mirando la fachada del hospital: los cristales sucios, la luz de las farolas legañosas, el nombre y logotipo fabricado en acrílico verde. Llevábamos más de cuarenta y ocho horas sin dormir, pero Pacífico levantó los brazos para estirarse, se palmeó la barriga y echó a andar hacia la puerta con la misma energía que tenía al comenzar las guardias.

*

En lo más profundo de las madrugadas, ti parecía una colmena abandonada. Pacífico se cercioró de que el pasillo estuviese despejado y de puntitas entró en la sala. No vio a ningún residente, a ningún enfermero, pero de todas maneras se sintió con la obligación de revisar cada rincón del cuarto. Una vez que lo hizo, se encaminó con tranquilidad a la cama número 5 y corrió la cortina azul como si fuera una capa de invisibilidad. Vallejo estaba ido, con el aspecto de un boxeador noqueado. Tenía la mandíbula vencida y un tubo plástico le salía por la boca. Incluso así le pareció muy atractivo. El pecho se le inflaba con cadencia, casi al compás de los bipidos intermitentes que emitía el monitor al que estaba conectado. Pacífico se detuvo al pie de la cama. Levantó la sábana y descubrió el pie derecho. ¡Qué emocionado estaba! Con la yema del índice trazó una recta desde el empeine hasta la rodilla, saludando a todos los vellos que había en el recorrido. Fantaseó con la idea de que, así como a él, a Vallejo también le bullera la próstata con sólo esos treinta centímetros de roce. Se imaginó que compartían una química que los mantendría unidos de manera covalente por los siglos de los siglos y, amén de esto, no habría ninguna fuerza en el universo capaz de separarlos en los próximos minutos. Retomó el viaje y con el dedo subió el monte de la rótula. Dibujó dos o tres círculos en ella, derrapándose por la piel antes de dar vuelta en u y regresar por la tibia hasta la altura del talón. Quería disfrutarlo sin prisas, cocinarlo a fuego lento. Sintió unas ganas de arrancarse la pijama azul; treparse desnudo encima de Vallejo, su némesis de antaño, y quedarse dormido hasta que saliera el sol, el cual jamás entraba ahí, pero se contuvo en el papel de amante imposible. En lugar de eso, tomó uno de sus dedos (me refiero a los dedos de Vallejo), el gordo del pie derecho, para ser exacto. Lo acarició suavemente. La uña se sentía dura, lisa y fría como un trozo de cerámica. Se agachó un poco, bajó su cabeza y se lo metió en la boca. Sabía a mineral, a agua de mar sin sal. Yo sé que es una estupidez, sin embargo eso fue lo que pensó. Siguió succionando, absorto, con el miembro dentro de su boca. Bebé y chupón en absoluta armonía. Un minuto. Dos minutos. Y de un instante a otro se agitó a tal grado que desde los huevos le subió un apetito incontrolable de avanzar por los muslos hasta hundir la cabeza en la entrepierna del muchacho, de chupar con el mismo ahínco con el que se sorbe un grumo atascado en un popote; pero de nuevo se detuvo. Era demasiado pronto: tenía toda la noche para comérselo. Siguió enfocado en el dedo gordo, dándole vuelta y vuelta con la lengua. Cerró los ojos y lo mamó tan fuerte que cientos de vasitos capilares estallaron al unísono. Yo comencé a aburrirme, por lo que, al igual que tantas otras veces, sólo lo dejé haciendo lo suyo. Así estuvimos durante varios minutos. Luego le dio un calambre, se incorporó, cambió de posición y continuó.

*

Deduzco que el gorgoteo de la bomba de infusión junto con el bufido de los ventiladores pulmonares y esa cumbia que una enfermera había sintonizado a lo lejos se apelmazaron en un sonsonete que me mantuvo aletargado. Por eso no escuché absolutamente nada hasta el momento en que las argollas metálicas de la cortina tintinearon al desplazarse por el tubo riel y se oyó la voz de Luis Ernesto o la interrogante de Luis Ernesto o el grito formulado como pregunta de Luis Ernesto. No estoy seguro de si fue un “Pacífico… ¿qué chingados?” o un “¿qué verga haces, cabrón?” Con lo que haya dicho, Pacífico se irguió de un chicotazo, intentando fingir que no pasaba nada, pero un cable de baba se colgó entre la verga y la boca, para reventarse después y pringar la sábana. Todo pasó tan rápido que en esta parte se me pierden algunos detalles. Creo que Luis Ernesto volvió a gruñir la misma pregunta o una parecida. Supongo, también, que Pacífico improvisó una respuesta que no tuvo ningún sentido. De lo que no tengo duda es de que la letra de la cumbia que se oía al fondo hablaba de un corazón que no daba “ton ton” y unos pasos sin “son son”.

No estoy intentando justificar a Pacífico, sólo me queda claro que un perro acorralado no tiene otra opción más que atacar; por eso se abalanzó contra su jefe y nos fuimos al suelo. Pacífico cayó sobre él y sus ciento veinte kilos fueron suficientes para inmovilizarlo. Con una mano le apretó el cuello y con la otra le tapó la boca. ¿Pensar? No hubo tiempo de hacerlo. Lo único que él deseaba era que su testigo dejara de gritar. Quería detenerlo, intentar alguna otra mentira para explicarle la situación. A pesar de que le dijo “cállate, cabrón”, de que le dijo “shhhhh”, Luis Ernesto siguió gritando cuanto pudo. Si no fuera porque los pacientes estaban semimuertos, se habrían despertado furiosos y nos habrían amenazado con arrojarnos sus bolsas de meados.

Forcejearon unos segundos más. Pacífico comenzó a darle puñetazos torpes en la boca del estómago. Hasta ese momento yo nunca había escuchado a Pacífico golpear a nadie, jamás había disfrutado ese pof, pof de su puño contra la carne blanda, y me sentí tan feliz de estar vivo. Creí que estaba a punto de ganar la pelea, cuando de la nada Luis Ernesto lanzó un fuerte palmazo que aterrizó en la oreja de Pacífico. Aturdido, perdió el equilibrio y nos tambaleamos hasta chocar con un pequeño anaquel de rueditas que desperdigó un sinfín de utensilios metálicos. Luis Ernesto rodó y se puso de pie. Nos lanzó una patada al costillar que nos sacudió todos los tejidos. Preparó una segunda y la enterró de lleno, quebrando en el acto dos de las costillas flotantes de Pacífico. Sentí un trozo de hueso afilado que se me encajó en un costado. Después, una patada y otra más; las astillas óseas perforando la carne; los tosidos de dolor, la falta de aire; sangre por la boca, demasiada sangre, y más patadas. Y así hasta que por fin llegaron tres enfermeros y contuvieron a Luis Ernesto.

Enseguida entró un doctor al que nunca había escuchado, pidió orden y espacio para que Pacífico pudiera recuperarse e hinchar los pulmones, y, al ver que no lo lograba, comenzaron a atendernos.

*

A la mañana siguiente un pájaro piaba de alegría más allá de la ventana, como si la vida fuera un milagro y sintiera la necesidad de hacérnoslo saber.

Benito entró al cuarto donde reposábamos y se sentó en un banco. “González, sin rodeos: lo que hiciste es muy grave, muy, muy grave, y te tienes que ir de aquí —dijo al cabo de un rato, apoyándose en el borde de la camilla donde Pacífico y yo descansábamos—. De suerte que nadie más te vio, pendejo; que los pacientes estaban jetones. Imagínate que un familiar te hubiera cachado… la bronca en que metes al hospital.” Pacífico ya no estaba sedado, sin embargo prefirió no responder. Yo seguí escuchando. “Se habló con Luis Ernesto. No va a decir nada. Tampoco presentará cargos con la condición de que, palabras suyas, ‘te vayas a la chingada’.” Luego nos extendió una tabla con un formulario y una pluma; ya sabíamos lo que era. Pacífico firmó las tres copias de la renuncia y sólo entonces, en un tono parecido a la compasión, Benito agregó: “Hay algo más, Pacífico. Cuando te atendieron, hallaron algo que no está bien. Tienes una bola en la panza. Un tumor. Al parecer es benigno, pero debes ir con un doctor a que te la revisen. Con uno que no trabaje en este hospital”.

Fue todo lo que dijo. Después se levantó y se marchó sin despedirse, y ésa fue la última vez que lo oí.

*

Quince días más tarde, el malparido doctor Alcocer me bautizó con nombre y medidas. Citó a madre y a Pacífico en su consultorio particular y los invitó a tomar asiento. Por alguna razón se escuchaba emocionado. Comenzó diciendo que, de acuerdo con los resultados de la tomografía que se le había practicado a Pacífico, soy un teratoma de veintiún centímetros de largo y tengo forma de haba. Mucho gusto. Si hablo, es porque tengo cuatro dientes marrones, y, si oigo así de bien, es gracias a que el tejido cartilaginoso se me aglutinó para formar una oreja por completo. Tengo, además, una maraña de pelo y varias cápsulas de grasa. Eso dijo el doctor Alcocer: que estoy compuesto de tejidos heterogéneos y de células germinales; pedazos del humano que nunca fui. Cuando madre escuchó eso, emitió un quejidito que denotaba asco y sorpresa, aunque de inmediato pareció aliviada, como si le hubieran revelado ese algo de lo que ella sospechó durante mucho tiempo; como si por fin alguien le confirmara que en su hijo había algo malo que estuvo presente desde siempre, pero que ahora, con los avances médicos, era fácil extirparlo.

El doctor abrió su agenda y propuso una fecha para la cirugía, Pacífico volteó a ver a madre y madre volteó a ver a Pacífico. Ambos asintieron. A nadie le importó mi opinión.

El día de mi independencia, a Pacífico le deslizaron un bisturí por la barriga. Yo hinqué los cuatro dientes lo más que pude, enganchándome a sus entrañas con la última fibra de mis tejidos; cuando menos se las iba a poner difícil. Tras veinte minutos de forcejeo, supe que había perdido la batalla en cuanto percibí aquel foco de luz halógena que me encandiló por completo. El infeliz del doctor Alcocer me apresó entre sus guantes sanguinolentos y, por más que traté de resbalármele al cabrón, me alzó como un trofeo para botarme luego en la bandeja de metal que una enfermera le ofreció. “¡Qué cosa más repugnante!”, dijo ella, al tiempo que me metía en este frasco y comenzaba a llenarlo con cuatro litros de formol. ¡Bah! Que se mire la maldita cara.

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