Tierra Adentro

Ilustración por Julissa Montiel

Lo llamaban “El Rey del Monte”, y era un árbol legendario cuya historia era deslizada de boca en boca hasta parecer una aseveración de la geografía y no una historia para niños inquietos. Se encontraba, decían en los pueblos de alrededor, en el Monte Tzinac, escondido entre la floresta, alimentándose de los cadáveres de árboles caídos y animales muertos. Decían que era tan grande como el mismo monte, o incluso más, y que en las mañanas de otoño su copa sobresalía mucho más allá de la neblina, de las nubes más bajas. El árbol, por cierto, no estaba solo; cuando se hablaba del Rey del Monte también se solían mencionar a las brujas, a la Corte del Bosque, al Ensamble del Rostro Marrón. Había escuchado todas las historias; de niña me quedaba levantada en secreto a espiar las charlas de los mayores, deslizándome bajo la mesa, quedándome recogida en un escalón donde no me vieran tan fácilmente, tratando así de escuchar sobre los fantasmas del pueblo, de mi familia, de las aparecidas bajo las cruces señalando distintos caminos, los trenes que emergían de pronto en la estación y así como se hacían corpóreos volvían a desaparecer. A veces, por lo mismo, tenía pesadillas. Valía la pena. Por ello estaba segura de que nunca había escuchado de las Flores de Brujas, de la botánica convertida en cohorte regia. La primera vez que escuché hablar de las Aglaophotis, acerqué mis labios y mi lengua a los de una mujer, una mujer que, estaba segura, era una bruja.

Una vez entendí lo que eran estas flores, la necesidad imperiosa de encontrar al Rey del Monte se convirtió en un montón de briznas soltadas al viento. Sin embargo, yo me equivocaba. No era una competencia entre seres misteriosos escondidos en los bosques. Las aglaophotis tenían una relación muy estrecha con el Rey del Monte. El enorme árbol, aunque gigantesco, según las leyendas, no era más que una distracción para hallar lo verdaderamente importante, el secreto dentro de la penumbra: las flores negras utilizadas por las brujas. Pocos las conocían, pues pertenecen a un género oculto dentro de las tradiciones mistéricas de la región. Con ellas puedes invocar a los poderes de sombra, con ellas puedes hablar con los muertos.

En Santa Águeda las mujeres suelen hablar de la luna y de los hijos en el vientre, del color de la tierra y de la tonalidad de las uñas en invierno. Sus voces conforman una riada dulce o violenta que cubre los campos e inunda las iglesias, los templetes donde las fiestas y las demandas se levantan con las fechas ya signadas o con los eventos sin presagio. Mi madre es una de las mujeres vociferantes. Con ello no me refiero a que gaste saliva construyendo monumentos dedicados a la burla y el jolgorio infértil. Madre habla con la fuerza atronadora de una tormenta como otras mujeres son avalanchas y terremotos y rugidos de mil animales salvajes. Sin embargo, no escuchamos a las mujeres por su fuerza, sino por lo que trae el agua, el barro o el fuego. Lo que dicen nos llena y nos da consejo, aunque duela como el aguijón de una avispa tierna o el golpe dado por accidente contra el azadón. Madre no ve con buenos ojos las historias sobre el Rey del Monte, el Árbol Regente, ni mucho menos sobre sus compañeras botánicas. Ella no ha utilizado el nombre que le han dado las brujas, aglaophotis, sino la designación simple de “flores de hechicera”.

Me dijo que me mantuviera alejada, que no pronunciara en voz alta el nombre de esas flores ni de ese árbol. Su advertencia me dio risa, ¿qué tenía de malo hablar de una leyenda que todos los niños de Santa Águeda aprenden desde que están en el vientre? Una bofetada descentrando mi cabeza por toda respuesta. ¿Y por qué habrías de seguir el actuar de cada habitante de este pueblo guarecido por la floresta y las montañas? ¿Soy lo mismo que todos, una planta más, un hongo que repite el mismo patrón dentro del bosque? Soy un árbol, quise responderle, y entonces otra cachetada, ya sin centrarme la columna ni el cuello ni nada, sólo la confusión. Las mujeres de aquí no somos árboles. También tenemos un nombre secreto, no el mismo que el de las viejas oscuras, que el de las jóvenes desnudas bajo la luna. Miré por un momento a madre, sin poder resistirme, y ella vio el peligro de los rescoldos cayendo muy cerca de la hierba reseca. Si no tenía cuidado, el incendio podría consumirme, a mí, pero también a las demás, a Santa Águeda. Con la mirada baja y un suspiro de mi madre, escuché el nombre para nosotras, para las enemigas de las hijas de la oscuridad. A nosotras no nos importan los Reyes de los árboles, si no las Reinas de las Herbas.

La palabra conmigo varias noches: Herbas, hasta que quedara grabado debajo de mi lengua. Herbas, en las pupilas, en las puntas de los dedos, en el sexo y en el vello de las piernas. Herbas.

El Rey del Monte, el Rey de los Árboles, era un mito, nada más. La “verdadera”, que existía ahí dentro de la floresta, cerca del Tzinac, creciendo hasta los cielos, y aun así oculta a la vista de los profanos, es el árbol hembra extendiéndose como una enredadera sujeta por el viento y el polen arrastrado por él.

 

Madre de todos los horrores, te prometo volver a escuchar tu voz. He sido desterrada por el Trono de Santa Águeda, por el pueblo, por mi propia madre. Me he convertido en una hereje, aunque nadie lo sepa, aunque no me atreva a decírselo a nadie, ni a mis sueños. Debajo de la piel está marcado el símbolo del tridente, el viejo signo que designaba, siglos ha, a Santa Águeda, cuando el pueblo no tenía el nombre de ninguna santa, sino el de danzantes paganas que se arrastraban por la hierba durante la luna llena. El nombre original lo hemos perdido, quizá porque nosotros, quienes fundamos el pueblo, no vivíamos aquí cerca, sino que trajimos el estigma de la piel blanca y los dioses crucificados a cuestas.

Madre de todos los horrores, el nombre de la Santa Águeda, la santa crucificada y convertida en llamas, lo siento, pero es un símbolo de la oscuridad. Madre de todos los horrores, ¿a quién has querido engañar? Las mujeres en el pueblo hacen caso a las voces de sus abuelas, tías y madres. Obedecen y callan y aprenden los designios entretejidos de las tradiciones occidentales y éstas. ¿Cuál es la posición geográfica del pueblo, de la vieja Santa Águeda, con respecto al mundo? Al occidente se levantan los montes, el sagrado Monte Tzinac, donde por las noches vuelan enormes murciélagos buscando fruta y moscos y, de vez en cuando, lo aseguran los supersticiosos, sangre. No me extraña que sea así, el nombre elegido para el pueblo es el de una mujer martirizada, cubierta de sangre menstrual, la suya, y la de su piel lacerada, pero también la de sus amigas, con quienes, se decía, acudía al llamado nocturno del bosque y perseguía bajo la luna creciente la panza de una cabra o la silueta de un marrano para aparearse. El testimonio ha sido falseado a través de siglos de hagiografías y odio cerval convertido en consigna. Santa Águeda fue acusada de brujería, y la cubrieron con la sangre de sus compañeras, para después crucificarla y prenderla en llamas, que la hoguera de su carne fuera un ejemplo para el pueblo y una guía para las fuerzas celestiales.

¿A cuántas mujeres se les ha dado el “privilegio” de morir en la cruz? Mamá recuerda a Santa Librada, una santa que también debería ser nuestra protectora, pues su castigo se debió a su rechazo al casamiento, al sufrimiento a través de la vida obligada con un hombre. En el pueblo las mujeres no son obligadas a casarse con nadie. El vínculo que una pareja desee crear es sagrado, pero puede romperse, y la voz de la mujer no es la de una niña emberrinchada. Otra vez, la riada atronadora de nuestro pecho.

¿Alguna de las santas, de las compañeras de la santa, algún ángel, un poder superior, uno de los viejos dioses, tendría compasión de mí? La curiosidad sigue siendo uno de los males que nos adjudican a las de nuestro género. Tienen razón, el mundo es un despliegue de formas y tonalidades, sabores y aromas, y cómo una debería pararse ante la delicia y lo aborrecible. No deberían castigar a quienes se atreven a pisar con las plantas desnudas el sendero de la sombra.

 

Me descalcé y seguí el sendero oculto entre la maleza. Había tenido un sueño, no me parecía más que una curiosidad llena de figuras y colores, rostros de seres que jamás he visto y animales que pacían tranquilos en campos lilas bajo cielos escarlatas. El sueño, sin embargo, comenzó a repetirse. La constancia de sus figuras me hizo entender que no era una premonición sino un mandato. El bosque, siempre el bosque, iluminado por una luz morada proveniente de alguna luna escondida para mí. Me adentraba en él sin nadie que me siguiera, sin ropa que cubriera mi silueta. Los árboles eran enormes y delgados, algunos ni siquiera tenían hojas, así que me parecían más esqueletos, costillares, que miembros de un ejército vegetal. Sentía en la piel el llamado de un cántico antiguo. Mi sueño solía terminar conmigo encontrando un claro atiborrado de hongos, donde yo bailaba una música dulce hecha por flautas y tambores atemperados por la lejanía. La ilusión continuó esta vez, llevándome más profundamente dentro de la floresta. En algún punto supe que me encontraba en los montes cercanos al Tzinac. Había pensado en el Rey del Monte como una presencia diurna que se escondía cuando el sol mordía el horizonte. ¿Cómo sería su cuerpo inmenso en la oscuridad, rodeado por animales rastreros y mamíferos pequeños y aves de colores apagados? La sombra y la niebla, aunque no el frío. Sentí algo parecido a la melancolía. El bosque no era el que siempre veía en sueños ni tampoco el que rodea Santa Águeda, pero era mío, estaba destinado a mis pasos. Por eso la excitación en la punta de los dedos, el vello erizado y mis pies veloces.

La ensoñación comenzó a abrirse a un mundo tenebroso y sugestivo. Los espacios se abrían a mis manos y pies, extendiendo la neblina hacia otras regiones donde los hongos negros y rojos parecían respirar con gran regocijo. Ninguna luna, mas la luz violeta hacía que todo relumbrara en una sombra platinada y también de ese color tan cercano al rojo, el fuego nocturno del morado.

Otros cuerpos, femeninos como el mío, y de formas híbridas entre lo vegetal, lo animal y lo demoníaco. Sabía que había hallado el camino hacia el secreto. Lo que estaba frente a mí era un grupo de brujas, el aquelarre, la reunión de viejas locas, la danza macabra, las sabias de la noche. Me acerqué lo suficiente para escuchar la música de sus voces y pasos. Quería hablar, romper el ritmo, preguntar cualquier cosa, pero de mi boca no brotaron sino suspiros. No era con palabras como me comunicaría con ellas. Sería con música… y danza.

Una de las criaturas híbridas, entre lobo, cacto y fresno, con rostro de una mujer negra y ojos redondos y profundos, extendió su mano-rama hacia mí y yo la tomé entusiasmada, sabiendo que algo ocurriría cuando mis vellos respondieron a los suyos y la electricidad recorrió mi cuerpo hasta asentarse en el suelo. Me moví entonces junto con ella; así la escuché.

Brujas, viejas sabias, damas volantes, seguidoras todas ellas de Las Hermanas. ¿Quiénes son Las Hermanas? Son tres, me susurraron con sus pasos de baile, y pronto aparecerán aquí con nosotras. Ya casi es hora.

Las Hermanas, Las Hermanas, Las Hermanas. La claridad del día apenas repuntando en mis párpados me hizo emborronar las imágenes del sueño, pero antes de abrir los ojos vi a mis pies flores negras y de aspecto satinado brotando del suelo. Mis pies, más que otra cosa, percibieron la extrañeza de esos seres vegetales, de cuatro pétalos cada una, con pistilos amarillos o morados, y una forma como de capullo recién abierto. Antes de despertar por completo tuve dos certezas: los pétalos de aquellas flores negras podían alargarse y cobrar la forma que quisieran, y que Las Hermanas aquellas no eran otra cosa que Las Herbas de las que me había hablado mamá.

 

Para sentir a una bruja es necesario tener cerrados los ojos y abierto el pecho. El sueño no me pareció una coincidencia, una imagen suelta de mis ansias oníricas. Era un llamado, y como tal, respondí buscando con el olfato entre los matorrales, al pie de los árboles. Madre me pidió que no me alejara mucho porque ya llegaba octubre y me necesitaba para las labores tradicionales de Santa Águeda. Nunca he huido al trabajo, y las fiestas de otoño me encandilan la mirada, pero era necesario rastrear las pisadas de aquellos pies descalzos, el claro donde habían brotado aquellas flores nocturnas.

Dirigí mi mirada hacia los montes mientras buscaba en los registros de Santa Águeda, en la biblioteca del municipio, alguna alusión a las brujas, a hermanas acusadas de hechicería, a flores utilizadas para conjuros, incluso enfermedades extrañas que pudieran haber sido ligadas a la brujería. Raíz de tannis, mandrágora, amanita muscaria, estramonio, datura ferox, amapola. Pocas declaraciones, ninguna acusación. La brujería en Santa Águeda parecía estar más relacionada con las curanderas o con los chamanes. Debía existir, en esos pocos datos, alguna mención que me llevara hasta nuestras historias, al Rey del Monte, al origen de las leyendas. Una familia se mencionaba, quien fue acusada, hacia la mitad del siglo pasado, de cultivar plantas alucinógenas, “plantas impuras que brillan en la oscuridad”. La familia era una de las fundadoras de Santa Águeda, tanto que incluso varias mujeres de su rama han llevado el nombre de la santa crucificada.

Tenía que adentrarme en la floresta, lo sentía como un mandato en la sangre, pero necesitaba un poco más de información, saber qué buscaba, porque el bosque es profundo y el monte peligroso. Si no lograba saber un poco más sobre las flores de brujas o las herbas, o lo que fuera, encontraría un lecho de hongos, y nada más.

La casa de los Romero es una de las más antiguas, aún con paredes inmensas y vigas de manera sobresaliendo de los techos en dos aguas. La construcción solemne aún responde a las formas de la Colonia: un cuadro inmenso donde las habitaciones y bodegas y cocinas rodean el patio central adornado con una gran fuente y plantas y enredaderas creciendo al lado de arbustos y árboles frutales. Algunas veces había entrado a la casa de los Romero con motivo de alguna fiesta. Lo que más me gustaba del edificio era su puerta señorial de hojas enormes y sólidas, tachonadas con hierro y bronce. La puerta me hacía pensar en monasterios perdidos en montañas asiáticas, dispuestos a enfrentar la ira de una horda de los bárbaros. Y, sin embargo, una hoja siempre estaba abierta por las tardes, invitando a cualquiera que tuviera la más mínima relación con los Romero a saludarlos. No se necesitaba invitación, y yo, por supuesto, tampoco la tenía.

No sabía quién dirigirme, a qué Romero preguntar, ¿a los más jóvenes, a los ancianos? Sin embargo, no fue necesario urdir ninguna triquiñuela. Nada más atravesar el umbral de la casa, apareció Dalia, vestida de negro y violeta, con el cabello cepillado y reluciente cayendo como una cascada hasta su espalda baja, rozando sus nalgas con las puntas. No había hablado gran cosa con Dalia, ni habíamos sido compañeras ni nuestras familias tenían una relación especial, pero al verme sonrió y me tomó de las manos para preguntarme cómo me había ido, qué necesitaba. No éramos nosotras en ese momento, sino un fotograma de alguna película vieja perdida en el sótano de un cine decrépito. Tal vez ella sería Mina o Lucy, o una combinación de ambas, y yo apenas una intrusa queriendo preguntar por una flor que las brujas conocen bien y hacen crecer en medio de los bosques.

No hablé primero de la flor ni de mis sueños, sino del árbol. ¿Lo conoces?, le pregunté, sé que lo has visto, y no sólo en sueños: el Rey del Monte, el árbol cuyas ramas rozan las estrellas. ¿Dónde está, qué olor tiene? Dalia abrió la boca como para pronunciar un discurso o un rezo, pero en lugar de ello soltó una carcajada. Me impelió a contar más, a hacer más preguntas, a contarle todo lo que sucedía en mi cabeza. No sabía si se estaba burlando de mí, aunque así me pareció. No es el árbol a quien buscas, sino a lo que crece alrededor. Haces bien, me miró mientras hablaba, al creer en ellas, en sus sortilegios y sus danzas y su lengua. Hacen bajar serpientes de los cielos, y cuando uno quiere asir su cabeza, tocar sus escamas, se retraen hasta esconderse en las nubes. Ellas conocen todo lo que acontece en el cielo porque son capaces de alzarse, un pie sobre otro, a través de las ramas de los árboles, hasta danzar allá arriba, invocando tormentas y animales imposibles. Lo único a lo que temen es al tronar de la campana y a las trompetas bendecidas por siete curas.

Como pude, también sonreí y respondí el gesto, pero no sabía cómo empezar, atravesar las construcciones tan frágiles, aunque bellas, que Dalia colocaba frente a mí a modo de barrera.

No es en los cielos donde poso mi mirada. No soy oteadora, sino rastreadora. Sigo el aroma y el sonido de las patas en estampida, y haciéndolo hallé un ritmo que era más que simple música, tampoco era un accidente. Había en el tam-tam un llamado o una invocación. Y respondí a él. Entre sueños, claro, ¿pero no es en ese mundo donde se descubren las ciudades más espléndidas?, así que seguí el rastro hasta dar con ellas, mujeres y criaturas híbridas, animales y… flores. Flores que sólo crecen en ciertos lugares ocultos, donde ellas danzan y gritan y vuelan. Flores que brotan del suelo, de pétalos negros y pistilos amarillos o morados. Como ves, no es el árbol, el Rey, a quien busco, sino a sus hijas pequeñas en el bosque.

Dalia abrió entonces los brazos y me respondió que tenía razón, en todo, incluso al mencionar primero al Rey del Monte, pues es con él, a su sombra, muy cerca, donde yace una tierra especial, llena de nutrientes particulares. El Rey del Monte es un tejo, una especie autóctona, y sus raíces se extienden por el monte, tanto como sus ramas por las nubes. La combinación especial, única, permite que el golpeteo, la danza de las mujeres, compacte la tierra y permita el nacimiento de cierto tipo de planta. Las flores de la noche, de ellas hemos escuchado bastante en Santa Águeda y alrededores. Flores de Brujas, sí, pero Dalia conocía su nombre, con el que las invocan ciertas mujeres de ciertas zonas de la región. ¿Brujas? Sí, de cierta manera, aunque no estén acostumbradas al nombre, aunque sea peyorativo y los hombres les tengan miedo y huyan y toquen las campanas rompiendo la invocación, el rito. Las flores, me dijo Dalia, se llaman Aglaophotis, son hierbas que brotan en la noche, y cuyas flores son negras, aunque eso no les impide brillar en la oscuridad. Aglaophotis significa “luz brillante”, y son un faro, una cama, un alivio y medicina, un ingrediente poderoso, y el alimento para el vuelo. Dalia remojó sus labios con la lengua, como si hubiera quedado agotada después de revelar el secreto. Se acercó a mí y sin dejar de sonreír me besó. En su aliento percibí moras y menta, y también miel, de la que sorbí como si yo también estuviera sedienta. Lo estaba, desde muchos años antes, sólo que no lo sabía.

 

Aglaophotis, el nombre resuena en mi cabeza mientras convierto algo de ropa y víveres en un atado que coloco en una mochila amplia. Agua, una navaja y un cuchillo que me regaló mamá hace tiempo y que había pertenecido a mi abuela. No le pregunté nada, pero estaba segura de que le había servido como herramienta ritual.

Esa mañana el horizonte se levantaba como un incendio que estuviera consumiendo al mundo. Haría frío, por eso iba preparada por si mi corto viaje se transformaba en días perdida entre los montes. Dejé una carta en la cocina, en un lugar donde sabía que mamá la encontraría.

Me encaminé hacia los archivos de Santa Águeda. A esa hora no habría nadie, y botar el seguro con mi cuchillo no me costaría nada. Necesitaba un herbolario que había visto de pasada y que no creí que fuera a servirme hasta que escuché a Dalia hablar de las Flores de Brujas. Aglaophotis, la palabra seguía en mi lengua y en mi paladar como un bocado exquisito que no quisiera abandonar. Aun así, formaba con la saliva y la lengua y los dientes y la glotis los sonidos de aquella hierba bruja. Lo pronuncié en voz baja mientras entraba a los archivos municipales, como si los fonemas fueran un encantamiento para abrir puertas cerradas.

El sol aún no se levantaba del horizonte cuando abandoné Santa Águeda y pisé las veredas que me llevarían hasta el Monte Tzinac. Sabía que no encontraría al Rey del Monte hasta pasadas muchas horas, quizá hasta la noche, pero me esforcé en atisbar alguna señal del enorme árbol. La neblina se levantó tan rápido como el ataque de una serpiente, y el frío se atoró entre mis huesos. No quise ponerme algo demasiado voluminoso porque así corría el riesgo de sudar si mantenía ese paso, por lo que decidí apresurarme, casi correr para que mis músculos no sintieran las lamidas de la neblina helada.

No sé cuántas horas pasaron porque la neblina no se levantó del todo y el monte se hizo tan frondoso como para encerrarme entre capas de vegetación. No había silencio, por lo que estaba tranquila: las aves gorjeaban, piaban o soltaban un graznido de improviso mientras una rama caía o una liebre atravesaba el umbral. Otros animales siguieron mi camino: zorros y gatos monteses, alguna gallina salvaje, conejos y ardillas, un tlacuache y serpientes que no se dignaban a levantar sus cabezas para verme. El bosque, de cierta manera me intuía y aceptaba.

Me detuve hacia el mediodía para comer algo. Estaba cansada, pero necesitaba seguir. Mi visión no alcanzaba a atravesar los árboles, y apenas podía distinguir si eran nogales o sauces o pinos. El aroma de la madera, sin embargo, variaba con el ondular del viento. Es un bosque mixto, las coníferas dan paso a árboles frutales y otras especies que no deberían estar aquí, pero aun así se arremolinan, como si quisieran rendir tributo a una fuerza inmensa y ancestral: el fresno y el olmo, el ginkgo y el durazno, el limonar y la morera.

La humedad en el aire se pegaba a mi piel. El agua que llevaba no sería suficiente. Me levanté para seguir mi camino, pensando en reabastecerme de líquido cuando estuviera más cerca del Rey del Monte, o al menos en las lindes del Monte Tzinac.

No recuerdo demasiado del tiempo que me llevó alcanzar la región donde debía levantarse el Rey del Monte. La luz se transfiguraba con la oscuridad del bosque y la densidad de la neblina que no había dejado de acompañarme durante todo el trayecto. El cambio se produjo cuando de mis pies brotó un sonido como el de huesos reventados. Bajo las hojas rotas se ocultaba algo. De inmediato, una serie de aromas llegaron hasta mí, produciéndome imágenes de danzas, hogueras inmensas y árboles añejos recibiendo el sudor de cuerpos enfebrecidos. También, debajo del acre y el picor, emergieron las fragancias azuladas de las moras y frambuesas, de las manzanas ácidas y verdes, de las hojas húmedas y aromáticas escondidas en arbustos repletos de espinas. Las hierbas de las brujas y su danza. Los colores comenzaron a transformarse, y entonces me di cuenta de que todo el bosque había cambiado. Me quité los zapatos para percibir las sensaciones que se mezclaban con otros sentidos. Al tocar la tierra y la hierba húmeda, mis pies percibieron la fragancia del caldo a punto de hervor, el color de una tarde de invierno entre los árboles, el sonido de un árbol delgado al caer en un claro apenas habitado por hongos venenosos.

Debía estar intoxicándome, pensé, pero ya era demasiado tarde si esa era la causa de mis sentidos excitados. Alargué los brazos, con los dedos extendidos, y rocé un velo invisible. Estaba en el umbral que me permitiría ver la naturaleza verdadera del bosque. Allí habitaba el Monte Tzinac, su rey, y sus hijas. Así que di un paso y luego otro, para así poder respirar por primera vez.

Mamá era una mujer dura. No concebía que en el mundo existieran regalos, dones. Todo debía costar, todo debía doler. En parte siempre tuvo razón. Cuando me oyó hablar de las brujas de Santa Águeda, del Rey de los Árboles, Rey del Monte, y todas las demás “fantasías” que pululaban en el pueblo, no se rio de mí, sino que me compadeció. Iba a caminar por el sendero más estrecho, el más peligroso. Las espinas se pegarían a mis vestidos, las ramas me lacerarían las piernas una vez me hubiera despojado del pantalón y del abrigo. Y no había garantía de alcanzar el otro lado. Bien podría quedarme a medias, convertida en una planta más, en un hongo que surge sin estaciones que lo rijan.

Para compensar las dificultades, y sabiendo que rechazaría cada una de las prohibiciones que me impusiera, mamá me enseñó a usar el cuchillo y el azadón, los pies y los dedos en la tierra, las voces para hacer crecer a las plantas y la agilidad al momento de sacar el jugo y los frutos para curar el cuerpo, y a veces también el alma.

Desde niña había visto a mamá manipulando el cuchillo que ella aseguraba no era para uso ritual, sino para alcanzar las raíces más profundas, el tubérculo encallado en el corazón de otra hierba. Mamá era bruja sin que yo lo supiera, y sin que ella quisiera decírmelo. No hacía falta, sabía que en algún momento lo comprendería, cuando estuviera siguiendo mi sendero y los pies se me cansaran y los dedos rasgaran el velo de la última frontera.

Estando en las profundidades de la floresta, recordé a mamá despierta a media noche. Debían ser las dos o tres de la mañana, y ella parecía tan plácida como si lo que estuviera haciendo no fuera sino un ejercicio de relajación. Papá todavía estaba con nosotras, pero al abrir los ojos y percibir la mirada de mamá, supe que él estaba muy dormido. Papá nunca fue un hombre valiente ni independiente ni nada. Gastaba su fuerza caminando de un lado para el otro sin concentrarse, era una cabra loca. Lo bueno de sus andares erráticos y de su necesidad de atención era que cuando su rostro tocaba la almohada, caía en un sueño profundo del que no despertaba hasta la mañana siguiente.

Espié a mamá porque se fue hacia la cocina, tomó algunas macetas donde sus hierbas y algunos chiles crecían junto a la ventana, y hundió sus dedos en la tierra. Cuando los sacó no se limpió ni nada, sino que tomó el cuchillo del cajón, el cuchillo especial y se fue con él hasta la puerta; la atravesó mientras en mi cabeza sonaba un murmullo rítmico de una escala infinita, circular.

Me había levantado de la cama sin ponerme pantuflas ni nada que pudiera delatar mis pasos. Con cuidado seguí a mamá por su deambular en la casa, hasta que su andar la llevó hasta la puerta, de la que salió como una centella en medio del aire.

Abrí la puerta temiendo que el rechinar de la madera me delatara, mas ningún ruido me acompañó al atravesar el umbral. Seguí las huellas frescas, que iban casi en zigzag. Un animalito errante, como papá, pensé, y me inundó una alegría tan profunda como para habitar el planeta entero. Las huellas seguían y seguían y se adentraban en el bosque, no demasiado, hasta un claro inundado por los hongos, ninguno de ellos venenoso.

Detrás de un árbol nudoso vi a mamá agacharse en la tierra, colocarse en cuclillas y soltar un suspiro que terminó en un canto bajito que iba elevándose y luego volvía a su volumen inicial. ¿Mamá era también una bruja? No lo creía, no de ella, así que entendí que algo debía hacer con las plantas, pues clavó el cuchillo en medio del claro mientras su voz seguía con el cántico, y su otra mano parecía navegar con las ondas del aire. ¿No era eso, después de todo, el acto brujeril, la raíz de las viejas escondidas en toda hembra?

No es hembra, no es hierba, no es árbol. No hay ningún rey de los árboles, hija, lo que hay es la Reina de las Herbas.

En el suelo había algo, una raíz o un tubérculo. Costó sacarlo. Los movimientos de las muñecas de mamá parecían complicados. Círculos y cortes en zigzag, casi como formando letras en la tierra, escarbando muy profundo hasta que el cuchillo no fue más que una asta señalando el descubrimiento, y sus manos se enterraron para extraer un bulbo blanco y brillante. De aquel tubérculo con forma de capullo emergía un resplandor blanquecino y azulado que, sin embargo, parecía profundamente oscuro, una luz espectral y contradictoria. Los ojos, por alguna razón, comenzaron a lagrimearme. Mamá empezó a levantarse, y yo corrí ya sin preocuparme por el ruido o los movimientos o cualquier otra cosa que pudiera delatarme. Tan solo tuve cuidado de no mojar mis pies y limpiarlos antes de entrar a casa, tiritando y sintiendo en el pecho una alegría tan honda que me costaba dejarla adentro de mi pecho.

Cuando mamá se asomó por la puerta, ya había controlado mi respiración y trataba de parecer una niña sumida en un sueño profundo y tranquilo.

No supe qué hizo mamá con el bulbo. Busqué en las plantas, en las macetas, teniendo cuidado de no lastimar ninguna cactácea ni planta ni flor. Mis dedos aprendieron a deslizarse en la tierra húmeda o reseca, mas el bulbo me fue negado. Donde hubiera permanecido sería para mí un secreto.

No volví a pensar en ello, hasta mucho después, cuando comprendí a qué planta pertenecía esa raíz, y lo que significaba. Al momento de hallarme tan cerca del Tzinac y del Rey del Monte, pensé en lo que había hecho mamá tantos años atrás, aunque no lo comprendí del todo. Recordé los movimientos que había hecho, y segura, deslizando los dedos en el aire, atravesé aquel umbral para conocer a las mujeres de las que había hablado mamá, a las brujas, a las herbas.

 

El bosque estaba atiborrado de luces. Algunas luminiscencias pertenecían a millares de insectos que flotaban o volaban por doquier, sin que por ello nos molestaran. Otras eran farolas colgadas en los árboles, hasta quinqués de petróleo. No había oscuridad en aquel lugar, y por eso podía ver las diferencias entre los troncos, los animales que pasaban de improviso por los claros, las tonalidades de los hongos y de las hierbas creciendo junto a los árboles, y las formas de los pies y las piernas y las caderas y pechos y rostros y cabelleras de las mujeres que bailaban tan cerca de un monolito que al principio creí de piedra: un vestigio de otra época, un símbolo que Santa Águeda hubiera olvidado. Al acercarme me di cuenta de que no era piedra ni artificio alguno, el “material” de aquel monolito no era otro que la madera. Era un árbol. Entonces alcé la mirada y me estiré para encontrar la copa, las ramas que, según decían, nacían en el tronco, pero se extendían hasta las estrellas. Así debía ser, ¿cuántos de nosotros no habíamos escuchado esas canciones junto a la hoguera cuando éramos niños? El árbol cósmico, el Rey del Monte.

A algunas de las mujeres que bailaban nunca las había visto; otras me parecieron familiares; entre ellas encontré a vecinas a quienes podía llamar por su nombre: Brenda, Xóchitl, Alondra, Marta, Citlalli, Aya. Madres, hijas y hasta abuelas, revoloteando con el viento y con el ritmo de tambores y flautas y voces convertidas en una música tan rítmica como emocional, y por tiempos espectral. Ahí, dando giros sobre sí misma, hallé el cabello, el aroma y los labios de Dalia.

Cuando captó mi mirada sonrió y se me acercó para invitarme a bailar. Otra vez, el sueño. Aquí no valían las palabras, ya lo sabía, así que respondí a la invitación, y empecé a mover mis pies, tratando de adecuar mi ritmo interno con el de ella y las demás mujeres.

Debieron pasar horas de música y baile antes de que percibiera una vibración cada vez más intensa en el suelo. Las ondas penetraban en nosotras a través de nuestras plantas, y nos cimbraban hasta las caderas y los pechos. Había algo, algo vivo que respondía a nuestro ritmo, a la invocación junto al fuego en una noche convertida en aquelarre. Las herbas, las herbas. Flotaba sobre la vegetación, sintiendo cada vez más una fuerza y un jolgorio en mis extremidades y en mi boca. Algo nacía, no de nuestro vientre individual, sino del de todas, el que compartimos con la raíz misma del bosque, más profunda y antigua que Santa Águeda o la región o el país… tan vieja como el mundo.

Un resplandor llenó nuestros ojos, y aunque los cubriéramos con nuestras manos, la luz las traspasaba. Ningún velo o barrera podría con esa luz. Del suelo brotaban tubérculos que, supe, eran los centenares de flores, Flores de Brujas. Ante nosotras, nacían las Aglaophotis, hermosas princesas de la luz y de la oscuridad, emisarias de lo fantástico, de la imposibilidad. Los tallos y sus ramitas se extendieron por doquier, llenando los claros con sus presencias. Los bulbos brillaban, pero cuando las flores nacieron, lo que brotó fue pura negrura, satín oscuro acariciando nuestros dedos y pantorrillas. Hojas con forma de espadas y corazones y círculos y flechas. Flores negras extendiéndose hasta cubrir el monte y a su rey, y a nosotras, sus hijas, sus hijas de carne.

 

Todas nosotras tenemos una labor. La aceptamos. La ponemos sobre nuestras piernas y tarareamos las canciones de nuestras abuelas. Algunas, quienes así lo quieren, se las enseñan a sus hijas y nietas y bisnietas. Hay quienes preferimos seguir cantándole al bosque y a las hierbas.

Esa noche yací con Dalia. Me envolví con su perfume y sus pétalos. Le di tanto placer como para convertirla en una cascada y luego en un lago plácido extendiéndose por el valle. Sus ojos llameaban cuando miraba mis labios, cuando se posaban en mis lóbulos o sobre mi cabello. “Esta eres”, repetía una y otra vez, como si no pudiera creerlo. “Esta eres y aquí naces.” Aprendí de ella cantos e historias, formas y sapiencia sobre las plantas. Sus hermanas la habían instruido y ellas también tenían palabras y voces para mí. Dalia utilizó su cuerpo y sus besos, y con ella permanecí hasta la lección final de aquella noche, cuando todo parecía al fin aquietarse y dormir de nuevo con la salida del sol. La planta, la flor de brujas, Aglaophotis, la de luz brillante, crece solo bajo circunstancias especiales. La danza, además de la noche, los cuidados y los rezos, es necesaria. Y sólo brota con la danza de las mujeres que siguen la senda de las hierbas y del bosque. “Nos han llamado brujas durante toda la vida, pero nosotras tenemos otra forma de hacerlo: herbas, hijas de la yerba y de los árboles, hembras de la vegetación.”

Dalia también me reveló que el árbol que crece en el Tzinac no es macho, sino hembra. Es la Reina de las Herbas, nuestra madre erecta.

Después, continuó la lección.

Pienso en la madre y en Dalia, en Santa Águeda y en la danza, que se repitió otras tantas veces, al igual que mis encuentros esporádicos con Dalia. Abandoné Santa Águeda sin olvidar sus danzas, sus cantos, la magia. Salí del pueblo para estudiar y terminé encontrando a un hombre del que intenté embarazarme, no porque yo lo quisiera ni porque fuera una ilusión escondida tras los pliegues de mi ropa, sino porque así debía ser. Y luego sufrí el engaño, el abandono, porque él quería tener hijos y yo jamás podría dárselos. Todo eso lo sabía, y a pesar de todo lloré algunas noches. Mi vientre, sin embargo, tenía otro destino.

Mamá se quedó con el bulto, el tubérculo aquel que una noche vi cómo era extraído por sus manos. Era, sí, una Aglaophotis. Mamá la escondió en el jardín, junto a un árbol de durazno, donde yo jamás podría verlo, aunque estuviera destinado para mí. Cuando me fui de Santa Águeda ella me lo dio y no tuvo que explicarme más, pues Dalia ya me había dicho todo.

Las herbas estamos unidas a la tierra, pero también, como nuestra Madre, nos extendemos hacia el cielo, pretendiendo que con nuestros dedos extendidos podremos tocar las estrellas. Así ha llegado la noche, esta noche, en la que me muerdo los labios mientras espero a que la raíz de Aglaophotis se asiente en mi vientre después haberla colocado sobre mi ombligo. La absorción ha sido lenta e indolora. El cosquilleo, ese sí, es inevitable. Puedo ver en mis brazos y piernas cómo se mueven los pétalos oscuros que, sin embargo, brillan. La luz negra emerge de las puntas de mis dedos, y me siento como un manojo de nervios a punto de ser desatado. Eso es lo que hace la Flor de Brujas, pues absorbida en nuestros vientres, es capaz de darnos algo que nada más puede otorgarnos. Ella tiene la propiedad de elevarnos. ¿Qué sería de una bruja si no pudiera reclamar también los cielos y cantarle algunos versos a la luna creciente? La Aglaophotis ilumina mi interior. Es el momento, así que salgo de casa y miro el jardín que pronto ha de ser sembrado con estos retoños que yo misma haré nacer de la tierra. La hierba cosquillea en mis plantas cuando doy un paso, y luego otro. Las plantas de mis pies ya no reciben el frescor de la tierra, sino del aire. En mi vientre una convulsión, es una risa con forma de canto o voces que hablan del aire y de las nubes. Extiendo mis brazos hacia el cielo, y estoy segura de que, si me esfuerzo un poco, podré rozar el halo de la luna con mis dedos.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Secretaría de Cultura