Tierra Adentro

Para cualquier corredor, llegar a la meta representa no sólo el fin de una carrera específica, sino un marcador en un proceso mucho más largo. En esta crónica, Carlos Atzin voltea a ver el pasado de su madre como maratonista en la década de los ochenta, mientras reflexiona sobre la maternidad, el apoyo a los deportes y el amor.

Mi mamá acaba de salir de cirugía. Son las 12:31 y la acaban de subir a la habitación 1231 del Hospital Ángeles-Metropolitano en la colonia Roma; la hora y el número de cuarto coinciden hermosamente. Les hablo de alguien que lleva acumulando números durante toda su vida. Los ha roto, los ha coleccionado, los ha vencido, los ha hecho coincidir. Es el mismo cuarto donde yo reposé después del quirófano hace unos meses. En la pared sigue la acuarela anónima que muestra una casa en medio del bosque con la leyenda: «the storm is over». Tanto mi madre como yo nos sometimos a los mismos procedimientos: rinoseptoplastia reconstructiva y cirugía endoscópica de senos paranasales. Operaciones que consisten en arreglar el tabique desviado y limpiar toda esa zona para liberar la respiración. Ella debió hacérsela desde hace años: respiraba sólo el 50% en comparación con cualquier otra persona. Una de sus fosas estuvo completamente tapada durante veinticinco años.

Una exmaratonista yace en una cama de hospital: alguien acostumbrada al movimiento casi perpetuo de las piernas está discapacitada hasta para hablar. Estas fosas que ahora están tapadas por dos popotes gemelos y sangre respiraron el aire de la victoria en Long Beach en el 85 y la niebla silenciosa de Hiroshima el mismo año. Estas fosas derrotaron el invierno del Nevado de Toluca durante las jornadas de entrenamientos y también sirvieron de apoyo para que fuera campeona nacional en campo traviesa.

Después de que sus sentidos se establecen en el mundo real vemos juntos el Polonia/Alemania de la Eurocopa 2016. Durante el juego, el narrador Antonio Rosique, surtidor de grandes datos deportivos, nombra una de las cualidades de los polacos: mandar entrenadores de disciplinas olímpicas a todo el mundo. En México, en la época de oro del atletismo nacional, hubo un polaco que tenía la misión de desarrollar a un grupo de atletas para competir en las Olimpiadas de México 68: Tadeusz Kempka. Llegó en 1966 y se le había otorgado un tiempo de treinta meses, pero lleva en tierra azteca más de cuarenta y ocho años. Invirtió la marca histórica de su pueblo: ahora fue él el invasor en tantos pulmones de atletas mexicanos. Al escuchar el nombre en voz de Rosique mi mamá abre los ojos y señala con el dedo:

—Ése fue mi entrenador en el 85 —me alcanza a decir con voz salida del quirófano.

Por esas puertas anchas por donde pasó su camilla, pasé yo también. La única diferencia es que su cuerpo rompió varias metas mientras que el mío nunca ha producido suficientes anticuerpos.

—Voy a regresar a correr, Carlos. Voy a regresar a correr —me dice.

Es el 14 de abril de 1959. El bullicio defeño color sepia de la época nos lleva a una antigua casa en la colonia Tacuba. La ciudad vive el momento alegre de la publicidad: todos los anuncios en clave de danzón prometen curaciones: medias, pomadas, jarabes, jabones, pastillas. Mi abuela, María de Jesús Pedraza Torres, tuvo a mi mamá en su cama sólo con un balde de agua caliente. «Es de la calle, tal vez por eso salió tan vaga», me contó. Ana, se llamaba la partera; y la futura maratonista se llamaría Rosario.

La primera vez que corrió fue del abuso. Tenía cinco años y acompañó a su hermano Javier a la matiné de la colonia. Veían Santo contra el estrangulador. Mientras proyectaban una escena en la que villano rodea el cuello de una mujer y la ahorca, los amigos de su hermano aprovechaban la oscuridad para intentar abusar de ella. Experta en circuitos desde niña, mi mamá corría del machismo sin nombres al machismo paterno. Desde que recuerda, su padre tomaba y mi abuela ha dado preferencia a sus hijos varones. Como una hiedra en el fondo de la casa, el machismo fue creciendo en las paredes y en su familia. Al poco tiempo se mudaron al departamento de la onírica colonia de Lomas de Sotelo. Siempre he querido creer que esa colonia la construyó Kafka en sus sueños: rodeado de sus edificios departamentales, en el centro de la colonia hay un parque y en el centro del parque hay unos juegos y en el centro de esos juegos hay una esfera metálica. Mi mamá patinaba y jugaba canicas, avión y encantados en esas calles laberínticas. Siempre ganaba. Su formación competitiva se iba construyendo a la par que su cuerpo y definió su visión de la existencia así: «la vida será un desafío o no será».

Otras carreras mínimas se dieron cuando iba por la leche y la carne, siempre conseguía los mejores jitomates y cebollas. Hija de un abogado militar y una contadora que trabajaban hasta tarde, tuvo que cocinar desde los once años. Preparaba, cocinaba y servía. Si no hubiese conocido el amor colectivo de anticiparse a la hora de la comida no hubiera llegado plena al espacio individual de los corredores. Alquimista culinaria, descubrí a través de ella que el sazón es una huella digital al igual que nuestros valores.

El problema para los que somos bromistas es que el límite llega cuando ya dijimos algo que hizo daño. Funcionamos como los peores enamorados, los que después del engaño piden disculpas. En el caso de mi abuelo no había ni disculpas ni bromas. Hubo noches larguísimas en las que después de vaciar botellas de Bacardí Añejo con sus amigos oficinistas y de haber jugado dominó, ofrecía una actitud monstruosa con mi abuela. Entre insultos y golpes, mi mamá vio una meta con la leyenda: «no me voy a casar con un hombre como mi papá». Una noche, cuando ya tenía dieciocho, llegó tarde y mi abuelo quiso utilizar el cinturón, el artefacto que impide que los pantalones se caigan pero que no evita la caída de la dignidad. Le agarró el cinturón y dijo: «Basta».

Se fue del departamento una semana. Mi abuela fue por ella a casa de su amiga. Cuando llegó por ella respondió condicionante:

—O le dices a tu esposo que le pare o yo me voy a ir de tu esposo.

Llegó al departamento y el silencio mutuo confirmaba la dicha: nunca más la volvió a tocar.

El ron fue durante años la bebida de los esclavos caribeños. De alguna forma, los alcohólicos son esclavos feroces de sus peores versiones o, tal vez, de su verdadera versión. Al igual que el padre de Octavio Paz en Pasado en claro, mi abuelo: «Del vómito a la sed, / atado al potro del alcohol, / […] iba y venía entre las llamas».

Siempre tuvo que ir al baño o a la zotehuela para cambiarse. Tal vez por eso quiso correr: para moverse sin dejar de ser ella. Comenzó sus primeros trotes cuando tenía diecinueve años. Llegó al deporte por culpa del cigarro. Empezó a fumar cuando entró al IPN, en Zacatenco, a estudiar Ingeniería Química. Un día, mientras iba en el vocho de unos amigos que corrían, prendió un cigarro. Fumaba para sentir la rebeldía más ingenua. Todos intentaron convencerla de que dejara de fumar y lograron que al otro día fuera a uno de los entrenamientos. La pista del poli era de tierra y grava. No sabe cómo les aguantó las vueltas si en cada esfuerzo sentía todos los desechos del tabaco húmedo en su organismo subiendo desde adentro. Al llegar al agotamiento que sigue después del esfuerzo y viendo la pista inhabitada, se dijo a sí misma: «correr no es huir, es enfrentar».

Empezó entrenando diario en Zacatenco para las pruebas de ochocientos y mil quinientos metros. «No recuerdo el nombre de mi primer entrenador pero recuerdo que tenía ojos verdes», me dice. ¿Las pruebas y los dones nos eligen? El desafío de existir consiste en ir descubriendo por qué hacemos las cosas y hasta qué punto nuestro cuerpo y nuestras ideas nos limitan. Mi mamá sabía que pesaba cuarenta y ocho kilos y que su cuerpo era incapaz de lograr algo trascendente como velocista. Para obtener la potencia y la explosión requeridas para pasar cien metros en menos de diez segundos se necesita un cuerpo abundante. Los velocistas son seres del aire y los fondistas pertenecen más al suelo, al camino que van formando en cada trote. La zancada para ambos es vital: imposible que un velocista tenga la zancada corta del maratonista. «Aguantas mucho», le dijo el entrenador de ojos verdes. La resistencia siempre ha sido facultad de muchas mujeres: soportar el dolor de tener un hijo les ha dado evolutivamente un umbral del dolor más amplio.

El primer año de la universidad entrenó con él y obtuvo la condición física necesaria para recorrer toda la unidad Zacatenco cuatro veces en un día. El circuito consiste en tres kilómetros. Aunque sus primeros tenis eran de mezclilla con base de plástico y el pie se encogía con cierto dolor, con ellos logró dejar el cigarro para siempre y se hizo partidaria de una condición que los corredores gozan: su esencia es más visible contra el viento. En ese primer año logró ir desde el IPN hasta las antenas en el Cerro del Chiquihuite y regresar (dieciocho kilómetros). Desde el monte que alberga toda la comunicación de tele y radio abierta del país confirmó que el suelo debe respetarse.

Para el segundo año estudiaba por las tardes y entrenaba en la mañana. La realización personal es cuestión de ir subiendo de nivel como en un videojuego y de evolucionar a la manera de un pokémon. Hay deportistas que funcionan cambiando de entrenador a cada rato y acumulando aptitudes y defectos de los que van dejando. Hay otros que prefieren el anhelo de estabilidad de los románticos: un solo entrenador para siempre. Aunque tuvo alrededor de cuatro entrenadores se hizo con el profesor Fernando Chávez Téllez. «Vi a Maricela Hurtado en una carrera en el Comité Olímpico y dije: quiero ser como ella. Después de la competencia me acerqué a su entrenador, el profesor Chávez, y me citó en el Sope en Chapultepec», recuerda. La aceptó y junto con otros corredores fundaron el Totocani: un grupo de atletismo que entrena ahí y que hasta la fecha y al mando del profesor sigue formando corredores de todo tipo. Ahí se hicieron corredores de la talla de Maricela Hurtado (dos veces ganadora de la Maratón Internacional de la Ciudad de México en 1984 y 1985, y medalla de plata en diez mil metros en los Juegos Centroamericanos de 1986) y Gerardo Alcalá (plata en los Juegos Panamericanos de Caracas en 1983 y también ganador de la misma maratón en 1984).

En esa época llegaba a las seis de la mañana en el Bosque de Chapultepec. Entrenaba en ayunas y tenía que correr en una hora doce kilómetros. «Quiero ser Rosario Ávalos: tengo que ser Rosario Ávalos», se decía. Para 1980, la UNAM era una élite en atletismo de pista y campo traviesa, mientras el IPN estaba más rezagado. En sus primeras competencias de ochocientos y mil quinientos, dos espaldas de la UNAM le hicieron saber que estaban ahí para nunca más verlas adelante. Las corredoras de la UNAM, Susana Herrera y Verónica Villaseñor, le ganaban siempre; para ella, al igual que Harold Abrahams en Carros de fuego, el segundo lugar confirmaba la inexistencia. La derrota logra en los necios un efecto que desafía la locura que significa predecir el futuro. «Era más sencillo de lo que parecía: ellas llevaban más kilómetros adentro», me cuenta. Desde hace mucho comprobé que la manía que tengo de hablar solo proviene de ella. Escucho sus monólogos en la cocina, en el jardín, en la tumba del perro, frente a la lavadora. Su voz apacigua las cosas: la voz de muchas madres apaciguan la realidad. Se repetía varias veces: «el próximo año les gano», para apaciguar su futuro.

Y entonces ocurrió una verdadera acción de alto rendimiento: enamorarse.

«La conocí en el laboratorio de química. Paradójicamente, yo era el que llegaba corriendo a las prácticas. Buscaba sentarme cerca de ella porque desde que la vi me llamó la atención su jovialidad (y obvio también sus piernas). Mi timidez la heredé de un hogar donde el silencio sólo se veía interrumpido cuando mi papá practicaba la guitarra. Vivíamos de su instrumento: le daba clases a un hijo de Díaz Ordaz y era concertista. Hijos de un huérfano de la Revolución, en mi familia sentíamos que el escándalo ya se había quedado ahí. Por esos años, Rosario estaba leyendo La náusea de Sartre y andaba con el profesor; yo salía con una de sus compañeras corredoras, Enna Guevara. Mis nervios crecían como la espuma de los experimentos cuando estaba cerca de ella. Yo estudiaba la entropía mientras Rosario se preguntaba por qué lo que va dejando el tiempo nos rebasa y hasta nos da asco. Coincidimos una noche en una fiesta por el centro. A mí me había plantado Enna porque, como no éramos algo formal, salió con otro. Estaba en un rincón, muy apagado, preguntándome qué había hecho mal y se acercó Rosario después de una linda batalla de miradas. No le ganaba al tiempo pero sí a mis ojos. «¿Qué tienes? ¿Qué pasó con Enna?», me preguntó. No usaba brassier y siempre traía la boca pintada. Yo sabía que había salido con muchos otros y que tantos más la deseaban. Al igual que ella, a mí también me conforman los retos. Ha sido el reto más grande de la química: ¿cómo hacer las reacciones adecuadas para que me ame? Después de platicar en la fiesta, me invitó un café. ¿Un café a las doce de la noche? Ja. Terminamos besándonos en el vocho que me prestaba mi hermana, detrás de unos tacos en Sotelo, su colonia. A partir de ahí las reacciones se consolidaron. Íbamos por helado después de clase, por malteadas. La iba a ver entrenar a la pista. Logré superar la meta que significaba la aceptación del suegro. No fue tan difícil: mi dedicación al estudio, mi formalidad y todo el respeto que hasta el día de hoy le tengo a mi esposa se notaban. ¿Sabes cómo nos hicimos novios? Le fui a comprar unas rosas, las puse en un matraz y pasé por ella el 11 de abril para ir a correr al Ocotal, el circuito boscoso en Cuajimalpa. Antes, el sendero por el que ahora corre la gente era verde y alfombrado con musgo. Las hojas vibraban, los troncos enfilados escondían reflejos y secretos. Cuando llego a ir todavía veo fantasmas del pasado. Esa vez llevé el vocho porque casi siempre nos íbamos en un camión viejísimo y rojo que salía de Tacubaya. Parecía que íbamos a una provincia lejana: de hecho ir a Cuajimalpa antes significaba ir a un sitio artesanal, pueblerino. Ahora vivimos a cinco minutos del bosque que pertenece a Slim. ¡Ya me acordé! Una vez fuimos y nos perdimos por ahí después de correr y cuando regresamos por nuestra ropa ya no estaba y nos dejaron en calzones. Aun así: entre los árboles y la niebla fundamos lo que hasta ahora somos. La última imagen que tenía en esa época antes de dormir era Rosario, Rosario corriendo en el bosque», cuenta Ricardo, mi papá.

Mi mamá corría para enfrentar al tiempo y escribía cartas para curarse de él. Durante el primer año de noviazgo le hizo llegar a mi papá muchas cartas. Titulaba sus notas. El ritmo de los golpes de la escritura queda como un trote sobre la página. Transcribo:

9 de agosto de 1980
Ricardo:
[Esta noche]
Yo pensé que la soledad
era mi vida.
Esta noche sólo soñé
que tú estabas conmigo.
Esta noche te sentí
y es porque te necesito.
Esta noche comprendí
que desnudos somos libres.
Esta noche alcancé algo increíble
al saber que te quiero,
que te necesito.
Tu cuerpo, todo tú significas
algo que nunca pensé sentir:
amor.
Esta noche mi mente
sólo repite tu nombre.
Esta noche te la brindo.
Esta noche es tuya: tómala.
Esta noche quisiera gritarle
a toda la humanidad:
«el saber que te quiero es vida».

1981. Termina la primera etapa del entrenador Chávez con la hazaña: en Zacatecas se hizo campeona nacional en campo traviesa, prueba que consiste en recorrer dos mil metros. Una ruta donde la naturaleza es más rival: la ondulación y las elevaciones del suelo y la maleza irregular resultan factores oprimentes. Sólo alguien que vivía en un departamento tan pequeño podía ser la primera a campo abierto. Entrenó durante meses intensos enla altura y la espesura de los bosques: en el Ocotal, en el Monte de las Cruces y en el Nevado de Toluca. El aire frío era analgésico para los bronquios, que son árboles del cuerpo; fortaleció sus tobillos hundiéndolos en las aguas de las lagunas; amplió su zancada al saltar troncos partidos por los rayos y su respiración se afinó haciendo el amor en las noches del volcán. Mi abuela dice que mi mamá es de la calle pero a mí me parece que es del bosque. Los recorridos eran tan pesados que muchas veces vomitaba del esfuerzo. Tenía que correr al día veinticinco kilómetros. El apoyo también se dio desde su alimentación, pues estaba prohibido el cerdo, las grasas y el refresco. Al igual que Antoine Roquentin de la novela de Sartre, a los corredores les importa de más el problema de la existencia frente al tiempo: «Así es el tiempo, el tiempo desnudo; viene lentamente a la existencia, se hace esperar y cuando llega, uno siente asco porque cae en la cuenta de que hacía mucho que estaba allí», escribe en su diario el protagonista de La náusea. La resaca de soledad de Antoine contra la resaca de kilómetros de mi mamá.

Para este año, en otra carrera vio al grupo que entrenaba el checoslovaco Josef Odložil (plata en mil quinientos en las Olimpiadas de Tokyo 65, récord del mundo [5’01] en 1965). Junto con Enna Guevara y Ricardo Cuéllar formaron un grupo de altísimos esfuerzos. Entrenaban en el Instituto Nacional del Deporte que tenía sede en el Antiguo Colegio Militar, por el metro Popotla. Es el antecedente directo de la CONADE (Comisión Nacional del Deporte). El instituto lo fundó Luis Echeverría para que se hiciera cargo especialmente de fomentar el deporte y promover el mejoramiento físico a la par de elaborar la programación deportiva nacional. Fue el segundo intento integral para crear atletas olímpicos —el primero fue el INJUVE (Instituto Nacional de la Juventud Mexicana) creado por Miguel Alemán.

«Al inicio, Odložil no quería entrenarme. Decía que no tenía el nivel y que aunque me hiciera la prueba no la iba a lograr», recuerda. La prueba consistía en ochocientos metros (dar dos vueltas a la pista) a todo lo que da el cuerpo y acabar en menos de tres minutos. Tenía que ser velocista en esta ocasión para que la meta de ser fondista no se alejara más. Cuando terminó la prueba vomitando a un lado de la pista, Odložil dijo: «No está mal. Ven el lunes».

Cayó en el suelo para confirmar el método del checoslovaco: «Aquí entrenamos hasta caer».

Para ese entonces tenía que acumular alrededor de ciento veinticinco kilómetros por semana. Seguían yendo al Ocotal: el origen del amor de mis padres y el camino irregular hacia las medallas. En cada pasada se escuchaba una voz checoslovaca: «¡Es a cuatro minutos el kilómetro!». Un atleta de la nación de Kundera contradecía la levedad del ser con resistencia. Los corredores de fin de semana logramos terminar el primer circuito de cuatro kilómetros en unos veinticinco minutos. Ella lo acababa en quince y lo hacía cuatro veces. Acumulaba kilómetros y dolor pero no lograba llegar en primero todavía. En La Carrera de los Barrios llegó en noveno y en una salida a Xalapa llegó en tercero, en mil quinientos metros. Ahí no terminaba la tempestad: hacia 1981 el gobierno decidió eliminar el programa para crear otro y Odložil regresó a Checoslovaquia. La administración nacional ha consistido siempre en un ciclo burocrático de creaciones institucionales para que funcionen como hechos presidenciales. Se crearon cuatro nuevas instituciones más antes de la actual CONADE. Aunque Odložil se haya casado en la catedral del Zócalo con la hermosa y multicampeona gimnasta Vcˇra Cˇáslavská no pudo juntar a mi mamá con la victoria.

Y así regresó con el profesor Chávez.

Mi mamá, al igual que Flash, siempre supo por quién corría y por eso ganó el primer maratón que corrió. Fue en 1984 en la Ciudad México. El premio era un boleto directo a la Maratón de Nueva York. Pero hubo una corredora que rompió el listón de la meta antes: Florentina Calimbres. Tanto ella como yo creemos firmemente que la tecnología no le resta picardía a ningún deporte y sólo aumenta la posibilidad de la trampa. Aunque la mala jugada de meterse por el kilómetro veinticinco estaba hecha por Calimbres y las autoridades decidieron descalificarla, no pudo conocer la calle donde mataron a John Lennon. Como era una carrera con patrocinios no quisieron inmiscuirse en malentendidos y decidieron no dar el viaje. Con 3:07:33 terminaba los cuarenta y dos mil ciento noventa y cinco metros emulando el recorrido olímpico del 68: Zócalo – Insurgentes Norte – Indios Verdes – Insurgentes – Polanco – Reforma – Condesa – World Trade Center – Insurgentes Sur – Estadio Olímpico Universitario.

En El Universal, el lunes 20 de agosto de 1984, la noticia salió así: «”No la vimos al inicio, ni durante la carrera; no entiendo cómo nos ganó”, exclamó toda sorprendida Rosario Ávalos cuando se le dijo que era segunda y que la primera que había llegado era Florentina Calimbres. Enseguida se dio a conocer el reporte de los jueces, donde se descalificaba a Florentina y se daba a como triunfadora a Rosario, quien ganó el boleto al maratón neoyorquino de octubre próximo.»

Juan Villoro dice que los delanteros brasileños sonríen ante la tempestad cuando fallan un gol como si el destino se los estuviera debiendo. La victoria no llegaba formalmente: mi mamá había anotado pero en el marcador no apareció el gol y seguía sonriendo. Ronaldo, Rivaldo, Romario, Ronaldinho: Rosario. La R de la resistencia juega del lado de los que sonríen y han acumulado las fallas que nadie celebra. Sería 1985 el año más prolífico y enriquecedor de su carrera. Después de cinco carreras en las que llegaba en segundo o en tercero y de haber ganado una media maratón de renombre (la de Ixtapa Zihuatanejo) tuvo que ser en el mar helado de Long Beach donde se consolidara su primer lugar en una maratón con un tiempo de 2:44:59. La primera maratón celebrada en la orilla californiana la ganó una mexicana. Y ahora sí: kilómetros adentro, la corredora acumuló distancia para curarse del tiempo. A diferencia de los cocineros, que son los que comen al último, esa vez llegó en primero.

«Como era febrero, el clima se portó bien: nos mandó nubes y aire templado. La gente estaba eufórica, con globos de colores y matracas. Creo que en las bocinas habían puesto a Mozart y así me concentré más en mis desplantes. Luego vi a Ricardo entre la gente y me avisó como por el kilómetro veinticinco que ya iba hasta adelante. Ni me di cuenta cuando me quedé sola. Mantener la primera posición en una maratón es complicadísimo. Rodolfo Gómez en las Olimpiadas de Moscú no pudo hacerlo y es Rodolfo Gómez. Él mismo me contó una vez: «los científicos aseguran que el hombre sólo puede correr con el cuerpo hasta 35 kilómetros y el resto se corren desde la mente o de eso que llaman el alma». Romper ese listón fue romper mi propio récord y por fin entender lo que se siente ganar. Tuve que aguantar el dolor que nace, crece y te oprime desde el centro del cuerpo. El abdomen se pone tieso, las piernas se empiezan a envarar. Sientes que te secas y los calambres acechan mientras el tiempo es un león a tus espaldas. Se requiere de una mentalidad que ayude a zafar la presión y el dolor y las ganas de orinar. Muchos corredores se orinan en su propia marcha pero yo nunca pude: además se mojan los tenis y pesan más. Todo fue gracias a mis entrenamientos con el profe Chávez: me hidraté con electrolitos días antes, dormí bien, comí bien, estaba con la persona que amo. Amar también es cuestión de entrenamiento. Por eso creo en los dones: de alguna forma el don es algo que uno construye en los entrenamientos. No sólo en el atletismo sino en todo aquello que uno quiera hacer. Entrenar es construir tu don», cuenta mi mamá.

Por haber ganado esa maratón y haber roto su propia marca, fue seleccionada nacional. Ella, junto con Maricela Hurtado y María del Carmen Cárdenas, eran las mejores maratonistas del país en 1985 y por ello fueron enviadas al Mundial de Maratón en Hiroshima. Desde el avión veían las montañas blancas: la irregularidad de un presagio. Al llegar a Tokio tomaron el tren bala a Hiroshima: la resistencia mexicana estaba albergada en la velocidad japonesa. Al otro día de la llegada fueron al Memorial de la Paz. El cielo estaba nublado como se nubló la mañana en Pearl Harbor cuando los zeros nipones despertaron al gigante. El silencio y la niebla han gobernado la zona desde que de un solo tajo el hongo diluyó sus voces y el resplandor morado volatizó todos sus cuerpos.

Todo resultaba para ella una preparación para los Juegos Olímpicos en Seúl 1988. Antes de la carrera olvidaron un factor clave: la hidratación. Durante la competición lucharon contra la humedad: el vapor se elevaba de nuevo en Hiroshima. Fue desastroso para las tres: Maricarmen llegó en la posición 63, Maricela en la 66 y mi mamá en 70. Era tal la densidad en el ambiente que al final de la carrera todas las maratonistas caían abatidas. En el pasto quedaba un mosaico de ciento dieciséis corredoras acostadas en la hierba. Es la única zona del mundo junto con Nagasaki donde correr es morir: el suelo atómico absorbe en cada paso toda la vida que fue arrebatada por el B-29. Competir en calles post-radioactivas va más allá del alto rendimiento: es encarar la ignominia y el horror, el aire que fue empresa de la muerte.

Para agosto llegó casada a la universiada de nuevo en Japón, esta vez en Kobe. Participaron tres mil doscientos treinta y siete atletas y por México fueron cuarenta. Por primera y única vez dormía en la villa olímpica universitaria. Al ser la única de las maratonistas con una carrera universitaria, tuvo el pase para competir por México. Fue en la pista de tartán, en la prueba de los diez mil, y llegó en penúltimo lugar. «Las distracciones eran más potentes: tenía que trabajar. En lugar de entrenar y entrenar y dedicarle todo el tiempo a mi preparación tenía que trabajar. Una beca. Una beca hubiera estado excelente pero en toda mi carrera nunca tuve una. Los de pantalón largo siempre están pensando en sus intereses mientras los atletas tienen que trabajar en lugar de entrenar. En la universiada nosotros mismos mandamos a hacer nuestros uniformes. La respuesta era la misma: «no hay presupuesto». Los americanos o los alemanes pasan toda la temporada dedicándose sólo a su entrenamiento. Un atleta a nivel olímpico requiere más de ocho años de preparación. ¿Qué iba a lograr si no entrené y descansé como debe de ser para el alto rendimiento?».

Su necedad logró que ganara los diez mil con un tiempo de 37:00 en la Escuela Superior de Educación Física, donde se disputaron los selectivos para los Juegos Panamericanos en República Dominicana. Pero la tempestad es puntual: no la llevaron porque «dudamos que puedas hacer un buen tiempo allá», le dijeron los directivos de la federación. Mientras a Japón los directivos llevaron a sus esposas e hijos a los mejores hoteles, los atletas iban sin entrenador porque «no hay presupuesto». Las réplicas del temblor que devastó la ciudad llegaron a mi mamá antes de que ocurriera: al no ver su nombre en la lista de los que irían, el corazón empezó a agrietarse a pesar de estar muy bien ejercitado. Su preparación para ser una atleta olímpica estaba a dos años de concluir. Necia, afortunadamente, siguió entrenando. Estuvo unos meses con el polaco Tadeusz Kempka, que le ha dado a México nueve marcas mundiales. En febrero del año siguiente al temblor, corredores de todo el mundo se unieron y organizaron una carrera internacional para recaudar fondos. Ese día llegó en cuarto porque sintió una náusea distinta, un pellizco abajito del estómago que se amplió al cruzar la meta: llevaba cuatro meses de embarazo de mi hermano mayor. «Si tú no hubieras llegado hubiera ido a Seúl y nada de esto habría pasado», le dijo una vez que se enojaron.

La vida de mi mamá cambió al subirse a dos vochos. Uno lo llevó a ganar una maratón en otro país y el otro le trajo tres hijos y treinta y un años de matrimonio. Aunque después de la llegada de mis hermanos y yo el listón de la meta ya no aparecía, nunca dejó de alzar los brazos: cuando se casó, cuando nos tuvo, cuando hizo su primer rollo de carne, cuando salió mi abuela de terapia intensiva, cuando salí de cirugía. Ahora que salimos de la suya hace lo mismo. Si bien los corredores parece que siempre están huyendo de algo, ella dejó en claro que no huía: enfrentaba.


Autores
(Toluca, 1991) estudió Comunicación Social y escribe crónica. Fue becario en el área de poesía de la Fundación para las Letras Mexicanas
Secretaría de Cultura