Tierra Adentro

Amme se volvió hacia la olla y comenzó a batir con fuerza su contenido. La pócima estaba casi lista, pero si no agregaba el último ingrediente habría desperdiciado toda una noche de trabajo. Mas no lograba encontrar la cuchara que necesitaba. Había buscado sobre el candelabro de cristal astillado que colgaba del suelo, bajo el refrigerador que se hallaba de cabeza en el rincón más alejado de la habitación. Sin embargo no la veía por ninguna parte. Buscó desesperadamente entre los numerosos pliegues de su falda, mojándose las manos con el agua salada de la tela azul, revolviendo la superficie con olas que se extendieron hasta el dobladillo y salpicaron sus pies.

Barrió el techo con la escoba que había pertenecido a su tía abuela tercera. Levantó nubarrones de polvo de estrella que iluminaron el aire tranquilo del lugar antes de asentarse de nuevo en el lienzo color ébano, creando constelaciones a su alrededor. La casita se encontraba de cabeza en el cruce de todos los caminos, ahí donde nacía la magia. Las manos nudosas de la anciana azuzaron su rubia cabellera; mientras rebuscaba, se encontró con un puñado de diamantes, un cepillo de dientes sin cerdas y el esqueleto de un ratoncillo que se había perdido en el bosque de su cabello. Dejó caer todo, cambiando algunas estrellas de lugar con el impacto.

Arrancó de un tirón el cajón de los cubiertos del mueble a su lado; sostuvo en alto cada una de las cucharas, todas tenían un peso y tamaño similar, y emanaban la misma sensación: desconfianza, no podía recordar en qué las había usado antes. ¿Cómo podía dejar un paso tan importante en la preparación de su pócima a una cuchara que no conocía? No se trataba de favoritismo, simplemente era que estaba acostumbrada a usar esa cuchara. Cerró el cajón y suspiró, apretándose el puente de la nariz y dejándose caer en el sillón que tenía más próximo. Debía concentrarse.

A sus espaldas oyó el crepitar de las llamas mientras la olla hervía al compás del fuego azul. Si algo le había enseñado su madre, lo único que le había enseñado antes de salir por la ventana y no volver, era que la receta se seguía al pie de la letra: el más ligero de los cambios podía provocar que su hogar brincara hasta una de las lunas.

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—¡La encontré! —gritó Atir, tenía el cabello castaño tan alborotado como el de la anciana. Aún no se había establecido en su rostro ninguna arruga y sus manos eran pequeñas y delicadas en comparación con las torpezas de las que eran capaces. Vestía una falda que soltaba un leve aroma a hierba recién cortada cada que se movía.

Su voz rebotó de un muro a otro hasta que se estampó contra la cara de Amme, quien intentó alejarse, echando el sillón de espaldas y salpicando todo a su alrededor con agua salada de su vestido; luchó por recuperar el equilibrio pero, sin importar cuánto trató, el sillón terminó en el techo.

La voz de Atir era cristalina, tenía un dejo de inocencia y encanto que casi rayaba en la ignorancia. Amme respiró profundamente, tratando de no perder la paciencia. Lanzó su cabeza hacia atrás para verla correr en su dirección con el rostro encendido con una sonrisa. Estaba cubierta de pies a cabeza por un hollín espeso, Amme se preguntó si se había lanzado dentro de la chimenea para buscar. Atir sostenía entre sus manos una cuchara que lanzaba destellos cada vez que la movía.

—Esa no es —sentenció Amme cruzándose de brazos.

—Pero si son de la misma medida, ¿qué más da si está hecha de estaño, oro o pelo de unicornio?

—El pelo de unicornio es para tenedores, no para cucharas, niña tonta. Además, la receta indica claramente que necesitamos una cucharita de plata llena de telas de araña. He usado esa cuchara desde antes de que tú pusieras un pie aquí. —Su abuela le contó que aquel cubierto había sido forjado con luz de luna y enfriada con lágrimas de sirena, incluso cuando a Amme le había parecido un utensilio común.

—¡No es para tanto, Amme!

—No me levantes la voz. —dijo la anciana mientras se ponía de pie de un salto; agitando las aguas de su falda el impacto apagó varias constelaciones —Aquí solo eres una aprendiz, si no eres capaz de confiar en tu maestra, confía al menos en tus instrumentos. ¿Qué vas a saber de magia si no entiendes de fe o respeto?

Se dirigió a la olla llena hasta el tope con un líquido azul. A pesar de estar al fuego desde antes de que saliera el sol, soltaba bocanadas frías y el metal estaba bordado por un encaje de hielo. Atir se rascó la nuca un tanto preocupada. No existía en ningún reino bruja más poderosa y voluble que Amme, había viajado desde tan lejos para estudiar magia con ella y no estaba en sus planes irse a ningún lado. Además el Espejo no se abría para todos, la anciana se lo había dicho: “Atir, eres especial”. Atir estaba segura de ello y estaba dispuesta a demostrarlo. Se sacudió el vestido y el hollín cayó en espirales formando nubes de tormenta que salieron por la ventana, arrastradas por el viento.

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—¿Por qué nunca aceptas que tengo razón? —se quejó Atir tirando de la manga de Amme para que le prestara atención— aquella vez que me mandaste al Otro Lado

—¡Pudiste hacernos volar hasta una de las lunas! Entiende, no te saldrás con la tuya siempre, si te pones creativa, nos matas. No solo a nosotras. Tenemos la tarea de cuidar el centro de toda la magia. Gracias a lo que hacemos hay caminos amarillos, carrozas de calabaza, arpas de oro y barcos voladores. ¡No puedes ir cambiando las recetas! ¡Todo se hace al pie de la letra!

Cada incursión de Atir al Otro Lado habían sido casos especiales, búsquedas un tanto desesperadas para encontrar algo con lo cual engañar a las pociones y conjuros, huecos legales, como los solía llamar Atir. Situaciones que Amme muy honestamente habría preferido evitar, como aquella vez que se quedaron sin conejitos de polvo y Atir corrió a casa a buscar un par debajo de la cama de su madre, no eran verdaderos conejitos de polvo pero habían funcionado. Amme seguía sorprendida de que, hasta el momento, todos los cambios habían resultado bien.

Miró la poción. Atir caminó hasta colocarse a su lado y blandió la cucharilla dorada frente a sus ojos, Amme soltó una sarta de palabras en un volumen tan bajo que a Atir le resultó imposible descifrar.

Amme le arrebató el artilugio y tomó el recipiente de telarañas. Las manos le temblaban más de lo normal cuando la llenó hasta el tope y dejó caer su contenido en la poción. El líquido frío cambió a un color púrpura, tal como debía ocurrir. Continuó su hervor helado mientras Amme tomaba la cuchara de madera y mezclaba el contenido para que quedara bien integrado, no podía creer que la mocosa tuviera razón.

Atir dio una vuelta sobre sí misma y el olor a primavera escapó de su falda. Amme dejó su trabajo y se acercó a ella con el afán de agradecerle de la manera más grosera posible cuando, a sus espaldas, la olla comenzó a sacudirse con violencia. El metal se cuarteó. Ambas mujeres pegaron un brinco y corrieron a resguardarse mientras el líquido se contraía para después explotar.

Un brillo oscuro emanó de cada fisura en la pared, cada ventana y cada rendija, llenando la profundidad del bosque con un ruido sordo y un fulgor ensombrecido. Cuando el humo se dispersó, solo quedaban los restos de una choza a medio derribar.

Amme estaba tendida en el techo. Su falda azul se había convertido en un páramo seco donde un barco naufragado se asomaba entre la arena, y un montón de corales brillaban con apariencia húmeda en la distancia. Se volvió con el ceño fruncido a ver a Atir, quien se había refugiado detrás de una mesa y tenía parte del pelo carbonizado. Atir comenzó a balbucear en su defensa, cuando, desde el suelo, le cayó una pequeña cuchara plateada. La miró con expresión confundida y después se la mostró a la anciana.

—¡La encontré!

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