Tierra Adentro

Ilustración de Julissa Montiel

Para Sofía

Ninguna sensación comparable a despojarnos de la ropa y disfrutar la comodidad de la holgada, casi maternal, piyama. Aun en el encierro, se siente como un llegar a casa. Si la corbata es símbolo del trabajo y el gorro frigio de la libertad, la piyama lo es de la flojera. Una piyama cabal no tiene pretensiones: apenas quiso ser contorno humano; el cuerpo en su expresión mínima, sin labrar ninguna curva, sin adornar ningún vértice. Es casi un boceto de ropa. Parece fabricada con la misma pereza que nos contagia su uso. Uno la viste para decir váyanse todos, no estoy disponible. Tiene algo de huida. Fatigados del mundo exterior lleno de ruido, facturas, pendientes, sonrisas falsas, nos libramos de ese peso y regresamos, tan pronto nos hemos enfundado en nuestra piyama, a un paraíso mínimo.

¿Cómo pudo la humanidad vivir sin ella hasta entrado el siglo XVII? Los griegos y romanos dormían con su ropa de día: se entregaban al profundo sueño después de tan sólo quitarse el cinturón. Aunque una acción mínima, probablemente la habrán disfrutado con un gozo similar al nuestro: ése que lanza los zapatos al vacío, desabrocha un asfixiante brasier, libera el abdomen de las buenas maneras a las que nos incitan las camisas. No obstante a ello, me resulta difícil concebir que una sola vestimenta funcionara para la vida pública y la vida de cama. Del ágora a la alcoba, del mercado a las cobijas. Para mí, la mayor felicidad que nos otorga la piyama es darle la espalda al mundo para amodorrarnos en su secreto. ¿Habrán dormido mejor o peor los seres humanos de la antigüedad? Aunque nosotros hemos hiperdesarrollado una tecnología del confort, quizá la brega de una vida acostumbrada al intenso trabajo físico les proporcionaba un descanso rotundo. Me pregunto llena de curiosidad si el sueño de Cervantes, Hildegard von Bingen o Sócrates habrá sido más sabroso que el nuestro.

Por su propio nombre quizá resulte fácil intuir que debemos el uso de la piyama a Oriente. Algunos dicen que fue creada en la India, otros afirman que su expansión se debió al Imperio Otomano. Debido a las condiciones climáticas, servía para calentar el cuerpo por la noche. Al extenderse su uso en otras regiones, primero se le consideró una prenda de lujo destinada a las clases altas. Después las prendas íntimas, de casa, se asociaron al mundo intelectual. Conservamos, por ejemplo, una bonita pintura de Isaac Newton retratado por James Thornhill. El físico viste un cómodo banyan: una especie de bata muy amplia similar al kimono, que permitía relajar el cuerpo. Años después el erudito Benjamin Rush afirmó que la ropa holgada mejoraba las facultades de la mente, por ello los estudiosos solían retratarse con batas en sus bibliotecas. Y reprochaba que, en aras de mantener ese vigor mental, los intelectuales regresaban a mezclarse con el mundo con un desaliño despreciable. Siempre han existido detractores de los fodongos.

La piyama como prenda de lencería tuvo que esperar hasta el término de la Segunda Guerra Mundial cuando la moda dejó de ser utilitaria. Se apropió del erotismo que implica su condición de umbral: da la bienvenida al espacio íntimo, invita a cruzar la línea que separa del exterior. Quizá porque además de cínica soy amante de las telas pachoncitas, reconozco que este paso de modernización me parece un despropósito. ¿Preocuparnos por nuestra apariencia también a la hora de dormir? ¿Para qué obstaculizar ese otro descanso, el de los ojos, las miradas y ser para los demás? Hace poco supe de un hombre que acude a sus citas románticas con una pequeña bolsa donde guarda su piyama, en caso de necesitarla. A diferencia de él, me divierte pensar que la piyama es, antes que nada, una disposición por dormir cómodamente; se materializa en camisas prestadas, ropa interior o, incluso, desnudez.

El tránsito entre la intimidad y la vulnerabilidad es mínimo. Por eso en los sismos, pandemias y otras catástrofes, las piyamas que no querían ser vistas evidencian nuestra incertidumbre. Recuerdo haber leído hace unos años una crónica de Juan Villoro sobre el terremoto de 2010 en Chile. Relataba que había asistido a un encuentro de literatura con varios escritores y, tras compartir la mesa en presentaciones y comidas, todos se retiraron a sus cuartos. El sacudido de la tierra los sorprendió por la madrugada con una magnitud de 8.8 grados. A las tres y media de la mañana, todos aquellos que horas antes habían hecho gala de vanidad, se reconocieron temblorosos, agobiados y vistiendo, ya no trajes ni gafetes, sino la piyama desvalida que poco alcanza a cubrir de nuestro pudor en esos momentos.

¿Qué dice de nosotros la piyama que elegimos para dormir? Las hay calientitas y calenturientas; hay quienes exponen su desvergüenza portando obras maestras de la moda matapasiones; otros tratan de conservar su elegancia ataviándose con seda. Toda piyama es óptima mientras no se convierta en obligación. En la enfermedad, después un tiempo, puede pesar como una losa. Vestirla durante muchos días la dota de un humor desagradable, un calor obsceno, casi húmedo, que sofoca. Necesitamos deshacernos de ella, desterrarla junto a nuestros malestares.

Una imagen similar suscitan las piyamas que se han convertido en el uniforme oficial de los desempleados. O aquellas en las que nos refugiamos cuando la tristeza nos invade por completo. Más que un escudo que nos protege del dolor, manifiestan la firme determinación de dejar de intentar. Ante el desconsuelo, salir a buscar, ¿qué? Resulta atroz reconocer que nada está exento de convertirse en su oponente. Todo es frágil. El confort nos ahoga si se hace ley, un sitio del que no hay escape. Mas no tenemos otra alternativa: habrá que disfrutar, cuando aún nos es posible, de esa sensación de regresar a casa, respirar la intimidad y dejar de lado el estridente mundo; pues si la vida se alarga lo suficiente, la vejez, me temo, será nuestra maestra al enseñarnos que todo paraíso se anula cuando se vuelve permanente.

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Secretaría de Cultura