Tierra Adentro

 

Though this be madness, yet there is method in it

No hace mucho leí un titular del periódico El Universal que rezaba “Millennials, dispuestos a pagar altos costos por vivir en zonas céntricas”. “Millennials” es el nombre que un coro de mercadólogos y filósofos pop han decidido darle a la generación de gente nacida, más o menos, entre los inicios de la década de 1980 y el 2000. Por supuesto, es una etiqueta que busca homogeneizar un grupo de personas que no está exento de las desigualdades transversales al paso de los años, e invisibilizar a las clases sociales que no encajan en el concepto como grupo de consumo, pero que también ha sido objeto de reapropiación por parte de los etiquetados con fines de denuncia social. No obstante, el consenso parece ser todavía uno: se trata de una generación defectuosa de origen; arruinada por la comodidad de la tecnología y la relativa bonanza económica de sus padres, la cual ellos, por su parte, son incapaces de igualar, a causa (se asume) de su ineptitud para ajustarse a la vida; de una locura aún sin clasificar que los lleva a pagar altos costos por vivir en zonas céntricas, o a viajar en vez de comprarse una casa, o a preferir una y otra vez lo efímero a lo perdurable, la inestabilidad a los cimientos. Corrijo: que nos lleva. La fecha arbitraria de mi nacimiento me coloca dentro del radar de disparo de los opinadores; no soy un modelo de emancipación: vi las Torres Gemelas de Manhattan caer cuando estaba en la secundaria, mi humanidad en estado larvario tuvo como ruido de fondo la época de oro de Walt Disney. Cumplí cinco años, por ejemplo, cuando se estrenó en cines El rey león.

 

Neither a borrower nor a lender be

La historia es conocida: Mufasa, el león rey de la sabana africana, es traicionado por su hermano Scar, quien lo asesina arrojándolo a una estampida de ñus, usurpa el trono y exilia al príncipe Simba, apenas un cachorro. Simba crece en el exilio, donde vive con una suricata y un jabalí; mas un día debe volver para enfrentarse a su tío, quien gobierna un reino empobrecido en complicidad con una manada de hienas, para derrocarlo y tomar su lugar como legítimo rey.

Hace poco volví a esta historia, esta vez en su versión teatral, consecuencia de un reciente proyecto de reciclaje narcisista emprendido por Disney. No pude, veintitrés años y numerosas dioptrías después, obviar algo de lo que tenía conocimiento, pero en lo cual no pensaba: El rey león es en realidad la historia de Hamlet, ópera magna de William Shakespeare. Que se sepa, esta influencia isabelina nunca ha sido reconocida por Disney, sin embargo es evidente; por lo demás, advertir la intertextualidad —¿el plagio, el cover?— resulta extemporáneo: la película fue hecha para el niño que fui más que para el adulto que soy.

Como sea, en la relectura de Hamlet, me fue imposible eludir la cascada de equivalencias: Mufasa es el rey de Dinamarca que, tras su muerte a traición, se aparece en forma de espectro; Simba no es sino el príncipe Hamlet; Scar es la versión felina del tío Claudio (no por nada, desde su estreno en Broadway la obra requiere para el papel del desaliñado león de melena negra a un actor con experiencia en teatro shakespeariano).

La historia se desenvuelve en paralelismos: el tío se sienta en el trono mientras el heredero huye: al exilio literal, en el caso de Simba, y al exilio metafórico, el del pasmo y la indecisión, en el caso de Hamlet; hacia el final de la historia, ambos príncipes enfrentan al usurpador, aunque el desenlace se bifurca en favor de esa histeria colectiva que busca suministrar a la infancia la mayor cantidad posible de finales felices: Simba derrota a Scar en la batalla climática y sube triunfante a la Roca del Rey, mientras que Hamlet muere tras consumar la venganza. En el primer caso, se produjo una secuela —cuya trama, para aderezar la paranoia, contiene reminiscencias de Romeo y Julieta—; en el segundo, el silencio.

T.S. Eliot dijo en un arrebato de abstracción que el mundo moderno podía dividirse entre la influencia de Dante y la influencia de Shakespeare. Se entiende que ni Walt Disney ni nuestros cinco años estaban listos para una versión animada de los nueve círculos del Infierno.

 

Intermedio

En la universidad tuve un maestro de francés al que se le desbordaba la materia: quién sabe si padecía episodios de altruismo pedagógico o si poseía tantos conocimientos que necesitaba desalojar en voz alta su cerebro para hospedar otros nuevos; el caso es que, de las cinco sesiones que el programa le asignaba a la semana, ocupaba siempre la última para enseñar saberes alternativos —así fue como aprendí, por ejemplo, algunos balbuceos en latín—. Por aquel entonces, yo no había leído a Shakespeare; quizá lo había leído a manera de menú de comida extranjera, asiéndome de las dos o tres palabras que se entienden para deducir el sentido general y, sobre todo, buscando ilustraciones. Uno de los temas de esa asignatura fantasma de los viernes era la historia antigua de Francia, que iba más o menos así:

En los tiempos en que Julio César mostraba inclinación por ir, ver y vencer, las Galias se habían convertido ya en una provincia romana. En la región de Auvernia lideraba el noble Celtilo, un dechado de virtudes, quien tenía a su vez un hermano, Gobanición, que significa “herrero” en galo, por lo que no sabemos si era éste su nombre o su apodo. Lo que sí sabemos, decía el profesor de francés, es que una gran cicatriz le surcaba el rostro, lo cual muy probablemente tuvo algún efecto triste e inmerecido en la formación de su carácter. Era dato conocido que Celtilo no simpatizaba con César, mientras que Gobanición era prorromano; el primero estaba desventajosamente bien educado, mas no así su hermano, quien atizó una conspiración entre los aristócratas para acusarlo de traición, arguyendo que planeaba restablecer la soberanía de Auvernia. A Celtilo lo quemaron vivo; Gobanición se ganó el favor del César.

No obstante, antes de arder, a Celtilo le había dado tiempo de dejar un hijo, Vercingétorix[1], a quien Gobanición, por supuesto, exilió. Éste se refugió en los bosques con los carnutos, otro pueblo galo liderado por el sacerdote druida Gutuater, quien lo educó y lo formó como el guerrero que más tarde reuniría a las tribus galas antirromanas en una alianza de resistencia, en cuyo jefe se convirtió.

Con ayuda de sus dos aliados y mejores amigos a la vanguardia, Vercingétorix venció a los romanos que habían entrado a Carnutes y despejó el camino hacia la ciudad. Ahí combatió a su tío y más tarde al propio Julio César; en ambas ocasiones, sin embargo, fue derrotado. El emperador le perdonó la vida y lo conservó encarcelado en Roma durante siete años hasta que quizá se aburrió de la certeza de su existencia y lo mandó estrangular. Su premio de consolación fue llegar a ostentar, con los siglos, el título de primer líder de Francia y algunas esculturas ecuestres espolvoreadas por aquel país.

Como puede adivinarse, la historia está llena de coincidencias que no pasaron inadvertidas para aquel maestro, quien no creyó necesario marco teórico ni evidencia bibliográfica alguna para alfabetizarnos en la seguridad de que El rey león y Hamlet no son sino meras diluciones en dos aguas diversas de la conquista de las Galias.

 

This above all: to thine own self be true

Es una casualidad, sin duda, pero una casualidad insurrecta, con pretensiones de fantasía, que Simba haya sido héroe de nuestras infancias. Las de mi generación, quiero decir. La irresolución de Hamlet convertido en león toma fuerza para venir a encarnarse en la generación que vio su historia en el cine, en 1994.

Al millennial se le acusa de vivir una adolescencia extendida. Ahora bien, Shakespeare nunca se ocupa de mencionar la edad del príncipe Hamlet, sin embargo tradicionalmente lo interpretan actores treintones o cuasitreintones. Es sólo el inicio de la coincidencia. Desde el comienzo de la obra advertimos que entre él y otros personajes adultos media un vacío generacional, que, aunque tiene sentido, da la impresión de no ser del todo natural; nadie parece querer considerarlo un adulto, sino más bien un adolescente tardío, un hombre en la ancianidad de la adolescencia: no está listo para reinar.

En paralelo, el exilio de Simba se convierte poco a poco en la postergación voluntaria de sus obligaciones. No se hallan tan lejos de la imagen acústica del millennial, un timorato engreído que se asume rescatador del mundo mas no abandona la casa paterna, hordas de humanos sobreeducados pero incapaces de integrarse al mundo real. Profetas involuntarios fueron aquellos romanos que vencieron a Vercingétorix y que acuñaron la palabra “adolescens” para referirse, no a los adolescentes (un concepto posterior a Shakespeare), sino a las personas menores de treinta años. Vivimos, como Hamlet, una adolescencia prolongada, en su caso por el ninguneo deliberado de su tío y su comportamiento que a los otros conviene mantener en el espectro de lo infantil, y en el nuestro por un sistema económico que impide la emancipación. Porque eso es, y no otra cosa, lo que delinea las, para algunos inexplicables, características del millennial. Resulta muy cómodo y muy tranquilizador diagnosticar un problema de actitud generacional antes que aceptar que existe un problema social y de desigualdad económica que afecta a gente de todas las edades, pero que se normalizó para recibirnos. El Hamlet contemporáneo estudió más que su tío, sin embargo a cambio de su trabajo tiene un poder adquisitivo considerablemente menor que el suyo; no sorprende que dude a la hora de tomar su lugar.

 

Otra coincidencia, no sé qué tan al margen.

Mientras Simba, en El rey león, pasa su juventud en el exilio, hay un personaje que, por el contrario, vive en carne propia la decadencia del reino. Se trata de Nala, una leona a la cual Simba conoce desde la infancia. Es ella quien, años después, sacará a Simba del limbo y lo orillará a enfrentar su destino.

El fotógrafo norteamericano Gregory Crewdson realizó en 2008 una serie de imágenes que llamó Beneath the Roses; la colección incluye una fotografía titulada llanamente “Ophelia”, a su vez una reinterpretación de la homónima del pintor John Everett Millais, quizá la más famosa ilustración de la muerte de la pretendiente no correspondida de Hamlet: en un trance casi alucinógeno de despreocupación (más bien un limbo de demencia, cruzado el umbral del sufrimiento), Ofelia cae de la rama rota de un árbol y flota, indiferente, en la superficie del agua, hasta que el peso de sus ropas se la traga y la ahoga. A diferencia de la pintura de Millais, el montaje de Crewdson no muestra un escenario de maleza, sino una típica casa suburbana inundada, en medio de la cual yace el cuerpo de una mujer: el personaje ha sido transplantado del semisuicidio a la destrucción, y, en vez de que la causa de muerte sea el desdén de Hamlet, lo es el contexto de lo que vemos en la foto: una aterradora normalidad.

La desolación capturada por Crewdson nos es más familiar que el delirio de la Ofelia shakespeariana, como quizá lo sería para Nala bajo el gobierno gangrenoso de Scar. La Ofelia contemporánea, la millennial, es víctima y testigo de una cotidianidad hostil. En el musical de Broadway, antes de abandonar el reino en busca de ayuda, Nala lo dice mejor:

Shadowland
The leaves have fallen
This shadowed land
This was our home
The river’s dry
The ground has broken
So I must go.

Si el usurpador Claudio le preguntara por nosotros, en lugar de por Hamlet, la reina Gertrudis contestaría de nuevo que nos hemos vuelto locos, nos hemos vuelto locas, “como el mar y el viento cuando rivalizan por ver cuál es el más poderoso”.

Locura: gastar hasta setenta por ciento del propio sueldo en rentas, comer demasiado fuera de casa, negarse a tener descendencia en la misma medida que las generaciones anteriores, huir de un empleo en vez de eternizarse en él con un horario fijo, priorizar lo inmediato a la estabilidad. Los hijos del milenio parecen contestar como Simba y sus amigos Timón y Pumba: “hakuna matata”, esa filosofía de la indiferencia a la que podría adscribirse Hamlet cuando les confiesa a Rosencrantz y Guildenstern que su demencia no es sino un disfraz, una distancia autoimpuesta respecto a los demás; El Universal utiliza el adjetivo “dispuestos” donde debería decir “obligados” por la precarización y la centralización del trabajo, por el transporte público dejado a su suerte en favor de la industria automotriz; porque la inestabilidad no la prefiere, sino que se la han impuesto; porque no es que no quiera tener hijos, sino que apenas le alcanza para sí mismo. Por eso se hace el loco; por eso elige postergar la hora de subir a la Roca del Rey y enfrentar a Scar, a Claudio, a Gobanición y a Julio César, todos ellos vástagos mimados de épocas menos hostiles; por eso va y se compra un latte de cincuenta pesos: para que todos lo llamen demente; para que nadie advierta que en el fondo algo está podrido en Dinamarca, en la sabana, en el mundo contemporáneo.

Si la generación que nos precedió —la de los ídolos suicidas, la de la rebeldía doméstica— encuentra el avatar de su adolescencia en las de Romeo y Julieta, las huestes millennials son Hamlet y Ofelia, no sin un poco de pesar.

 

Hakuna matata

En una escena emblemática de El rey león, bajo la cúpula estelar sin nubes, Mufasa, padre de Simba, le explica a su cachorro que “los grandes reyes del pasado nos miran desde las estrellas”. Veo la escena por enésima vez, y ahora no sé si se refiere a una manada de felinos ancestrales o a los reyes de Dinamarca —los asesinos, los usurpadores, los herederos—, a los reyes de una Francia que aún no tenía ese nombre —los conquistadores a los que veintisiete puñaladas impidieron coronarse, los traidores, los derrotados— o a otros reyes cuya existencia nadie registró pero que participan de este loop de las historias que se repiten a sí mismas a lo largo de los siglos como si la novedad fuera una rémora evolutiva que más vale sacudirse. Simba aprende, para luego ir a desaprender en la vida —su amigo Timón le explicará que las estrellas no son sino “luciérnagas que se quedaron pegadas en esa cosa negra de allá arriba”—. En nuestras cabezas galopa una y otra vez el coro de la canción, “sin preocuparse es como hay que vivir”, como recordándole a Hamlet que, si ya todo está podrido, cualquier preocupación es un lujo y una necedad.

 


 

[1]  Tampoco de él sabemos si tenía otro nombre, puesto que Vercingétorix es en realidad la combinación de diversas partículas en lengua gala o celta, a saber: uer- (gran), kinguéto (guerrero), y -rix (rey), lo que podría traducirse, un poco al vuelo, como “el gran rey guerrero”.

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