Tierra Adentro

Ilustración de Laura Velázquez

Mi olfato le anticipa al resto de los sentidos la experiencia que se viene: el aire huele a sudor fermentado, caliente y denso como un temazcal de hormonas. Tener cuerpo se vuelve difícil en lugares como este. Cuesta caminar, inhalar la atmósfera. Sólo se puede mirar el piso y rogarle misericordia a la fortuna. Subo la escalera. Respiro. Me arrepiento de hacerlo. Aquí estoy: el segundo piso de la Frikiplaza de Guadalajara.

Los locales no son muy diferentes a los de la planta baja. Sus anaqueles están atiborrados de aparatejos chinos que se venden como si fueran coreanos o japoneses, de audífonos parpadeantes con orejeras de gatito, de guantes con los dedos cortados y de otras aberraciones textiles que también debieron morir junto con la década pasada.

Doblo pasillos sin encontrarle un patrón a los productos ofertados. Aturdido por los colores chillones de los posters que me observan, choco con adolescentes que ya portaban cubrebocas desde antes de que las medidas sanitarias lo precisaran. De las mochilas y los suéteres les penden tantos pines como los que haría falta para honrar la trayectoria de un coronel norcoreano.

Temo a las represalias de pedir orientación. Una pregunta bastará para que cualquiera de los otros compradores me responda con una diatriba condescendiente acerca de mis gustos o mi poca familiaridad con la plaza de locales. Y yo sólo quiero el Uzumaki de Junji Ito.

Distingo en uno de los puestos a una hilera de lomos de diferentes mangas. El surtido es lo suficientemente rico como para darme esperanzas de encontrar una edición decente. Pregunto lo que me compete. El tipo que atiende me dice que irá a buscar en unas cajas del fondo, que por allá tenía un recopilatorio de todos los volúmenes del manga. Estoy a punto de agradecerle cuando arriba un par de adolescentes, tan grasientos como incómodos. Le preguntan al dueño si ya llegó lo que encargaron. Él les dice que sí, que en un momento se los trae.

Cada uno de los chicos huele a una variación distinta del azufre. Se quitan el aburrimiento y la caspa a fuerza de rascarse sus gorritos. Deciden hablarse entre sí.

─Yo ya te dije, güey: Ruka es mejor que Chizuru.

─No seas mamón, Ruka tiene dieciséis.

─En Japón eso es legal, ¿no?

─No sé.

─Bueno, como sea, mi waifu es mejor que la tuya. En Kokuhaku to Kanojo queda bien claro que Kazuya necesita olvidarse de Chizuru para ser feliz. ¿Y qué lo va a ayudar a lograrlo? Pues las oppais de Ruka, cómo chingados no. Además, si te fijas en…

Escucho el intercambio con una pena ajena de la que me había desacostumbrado. Desde mi orilla me pregunto cuánto amor paterno deberá faltarte para terminar hablando así.

 

 

II

Fui otaku en un tiempo en el que estaba penado serlo. El par de chicos que me acompañan en la espera desconocen que hace unos años era pecado mortal que te gustara el anime más allá de Dragon Ball y Naruto. Bien por ellos.

Recuerdo que la primera década del milenio estaba por apagarse y los profesores de Educación Cívica todavía nos encargaban exponer sobre tribus urbanas. Era bochornoso reconocerse como grupo dentro de una cartulina llena de fotitos impresas. Algunos de mis excompañeros, en sus pesadillas, aún son perseguidos por las pulseras con estoperoles y los flecos embarrados de gel. Quiero decir que cada quien eligió un gusto del cual avergonzarse en el futuro.

 

 

 

III

 

El anime, como ciertos estupefacientes, es una válvula de presión: evita más de un estallido interno en mucha gente. Siendo joven, alienado por tu torpeza social, encuentras un consuelo metafísico en la voz aguda de las colegialas y en las historias cómicas de los slice of life.

Hace tiempo se puso de moda hablar de relaciones parasociales. Columnistas y presentadores de televisión enuncian lo mucho que les preocupa el fenómeno de las multitudes que intiman psicológicamente con artistas famosos que nunca llegarán a tratar. Se habla de niñas que defienden a cantantes coreanos en internet cada que alguien los agravia o de gays blancos de clase media que se refieren a Taylor Swift como si fuera su amiga desde la primaria. Pero se omite siempre a los otakus.

La gente ignora que el niño que lleva su bandita de Naruto a la escuela no hace otra cosa durante el día más que esperar la hora de salida para regresar a casa. Ahí, en la comodidad de su habitación, lo esperan los capítulos de su serie favorita en turno. Así gasta las tardes conviviendo más sinceramente con un montón de trazos bidimensionales que con sus compañeros de salón.

Lo cierto es que los chicos son los que más sufren por las diferencias irreconciliables entre el mundo ficticio de las animaciones que consumen y el mundo material que habitan. Les cuesta entender que la vida real no está poblada por niñas de ojos hermosos que se desenvuelven con la timidez mística de una ninfa o con el arrebato amazónico de una guerrera. Sus expectativas insatisfechas sólo llegan a paliarse con la llegada de la adultez, cuya resignación todo lo cubre.

El anime es un reflejo fiel de la ineptitud sexual japonesa, enraizada en las dinámicas deshumanizantes de la vida escolar y laboral. Pocos países tienen una tasa de suicido tan alta y un desinterés tan marcado por la perpetración de la especie. Al año, su gobierno destina 2,000 millones de yenes en programas que buscan estimular la natalidad.

Incapaces de relacionarse amorosamente con otra persona, muchos japoneses se ven obligados a depender de las recomendaciones del algoritmo de una inteligencia artificial. Otros, que aún se esfuerzan en valerse de herramientas puramente humanas, se limitan a alquilar una pareja ocasional para evitar sentirse solos.

Por eso el anime es un medio compensatorio: en él se hidratan los desiertos eróticos del japonés. Ahí no hay relaciones incómodas interrumpidas por la sobrecarga de trabajo y la falta de sueño: sólo hay roces accidentales, mujeres con poca ropa y muchas curvas, amores breves y descomplicados.

Es entendible, pues, que los adolescentes de todo el planeta se obsesionen con el anime. Los temas escolares y fantasiosos consienten a las regiones del cerebro más necesitadas de afecto. Adoptar a una waifu (o un husbando, dependiendo del sexo del personaje) alimenta fantasías emocionales que no pueden ser llenadas con la simple carga erótica de la pornografía.

Pero la vida no es tan sencilla. El corazón no vive de besitos en los pasillos de la escuela ni de rostros sonrojados por el efecto de una declaración amorosa. Los dolores del día a día no encuentran consuelo en la sonrisa de una chica con falda plisada y cabello multicolor.

Uno se vuelve adulto cuando se da cuenta de que no desearía tener una relación verdadera con un personaje de anime.

 

IV

 

─…pues sí, pero Kanna tiene por lo menos un siglo de edad, así que te la pelas.

─Ajá, pero en años de dragón eso es como cursar tercero de primaria. O sea, no hay modo de que…

El encargado del local tiene el buen gusto de interrumpirlos. Carga consigo lo que le pedimos. Me entrega la totalidad de Uzumaki en pasta dura, a precio de rebaja. Lo besaría si no le tuviera miedo al herpes y a las caries.

Mi felicidad casi me alcanza para ignorar a la de los chicos. Desembolsan un par de billetes a cambio de una almohada para cada uno. Las fundas tienen impresa la imagen de una colegiala.

Los tres nos retiramos, satisfechos a nuestra manera.

Bajo las escaleras, uno de ellos besa a su esposa, quizá como preludio de algo peor.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Estudia Ingeniería en Sistemas Biológicos en la Universidad de Guadalajara y trabaja como asesor académico en la Dirección de Ciencias Exactas y Habilidades Mentales de la Secretaría de Educación Jalisco. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento) y “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo). Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Secretaría de Cultura