Tierra Adentro

Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

En el último número de la revista Life hay varias páginas dedicadas a Octavio Paz y en una edición reciente de L’ Express, de París puede verse un largo artículo de Alain Jouffroy sobre el poeta mexicano. Octavio Paz resulta ahora el escritor de México más traducido y comentado en el mundo y acaba de dictar dos cursos de cuatro meses en la Universidad de Cornell en Nueva York, uno sobre poética y otro acerca de la literatura hispanoamericana.

Octavio Paz nació para la poesía hacia 1930, entre los arcos barrocos de la preparatoria y bajo los árboles de Mixcoac. México vivía entonces horas dramáticas; la Revolución detenida y traicionada, un aire de confusión en todos los ámbitos y su juventud, vencida con las malas artes en la contienda de 1929, desesperada y oprimida. Todas las voces superiores quedaron dispersas y disueltos los mejores propósitos. El mundo aparecía gris, con los ecos de la crisis norteamericana, el triunfo del fascismo en Italia, los vientos precursores de Hitler y las disputas de las grandes potencias.

La derrota del vasconcelismo había arrojado a un grupo de muchachos a las puertas del Generalito, junto a los grandes frescos de Orozco en el patio de la Preparatoria. Leían indistintamente los diálogos de Platón, las desventuras de Aliocha Ksramazov, las hazañas de Sachka Yegulev, las páginas de Spengler y los textos de Ortega y Gasset. Todo en desorden pero con afán ardiente. ¿Cuántas veces las voces de los jóvenes poetas españoles Alberti, García Lorca, Cernuda, Salinas cruzaron la tertulia?

Entre esos muchachos, uno de los de menor edad, estaba el adolescente Octavio Paz. Uno de ellos de familia calvinista, había entrado y salido del comunismo para convertirse en católico después de una larga crisis espiritual. Otro, y no el menos inteligente ni el menos sensible, salía de la prisión después de un homicidio desventurado que lo había de llevar después a la violencia y a una muerte misteriosa e ingrata. Un venezolano llegó escapado de los presidios de Juan Vicente Gómez. Escolásticos y marxistas, anarquistas buena parte de ellos, enamorados todos de la vida y coléricos contra la simulación y la perversidad habían sido tocados por el aceite vasconcelista y por las prédicas de la justicia social el lirismo era político y político era el amor y la poesía, la metafísica y el recuerdo impotente de un héroe, Germán de Campo, asesinado.

En las lecciones de historia de don Antonio Díaz fendía la revolución agraria con la misma pasión empleada después para exaltar a la República española. Después de las palabras de Octavio Paz en los largos debates, más allá de sus ojos desconcertados se advertían ya desde entonces una inquebrantable voluntad poética y una sed de inventar el mundo. Octavio no quería ser simplemente uno de tantos poetas sino un dueño verdadero de la poesía y no confiaba sólo a la razón su identidad con el mundo sino a todas las sensaciones, las emociones y los juicios posibles. Recargado en el barandal del último piso veía la luz e imaginaba todos los viajes y todos los retornos todos los encuentros y todas las fugas y para Octavio Paz el mundo aparecía desierto sin el hombre, sin el amor y sin la libertad, sin el tiempo, sin el deseo y sin la vigilia. Pero los hombres a veces parecían estatuas; los amantes, pájaros ciegos; y el tiempo se colmaba de ira y opresión. ¿Cuántas noches se deshizo el mundo en el agua negra del insomnio? ¿Cuántas mañanas amaneció con los elementos rotos y dispersos bajo la luz? La soledad de la conciencia diría después y la conciencia de la soledad.

Ahora Octavio Paz es quizá el poeta que más ha viajado por el mundo se le ha visto junto a las pirámides de Egipto y a las pagodas de la India, sobre las montañas de Afganistán o el puente de San Francisco California, entre las piedras de Oaxaca o las selvas de Ceilan, los templos de Tokio o las rishcas de Hong Kong y encima de los carros de segunda en los ferrocarriles de México o en el Museo del Hombre de París, frente al cráneo de Descartes o la grupa de la Venus hotentota. Pero su poesía no es geográfica sino histórica. Es un poeta de los cuatro espacios dentro de los tres tiempos. “A fines del siglo —dice Octavio Paz— Rubén Darío leía a Verlaine; pero Verlaine, poeta inferior al hispanoamericano, no leía a Darío. En cambio hoy comienza a leernos tanto a los poetas como a los novelistas”. ¿Es acaso superior Octavio Paz a Rubén Darío? La pregunta además de frívola es torpe. Entre la América Latina de Rubén Darío y la de Octavio Paz hay sólo medio siglo: pero la densidad histórica de esos diez lustros es muy grande: dos guerras mundiales, una guerra fría, la revolución socialista, elevación y caída del fascismo, el despertar y la insurgencia de los pueblos coloniales y semicoloniales, la rebelión de la juventud en todas partes. La América Latina de Rubén Darío era una comarca tropical indeterminada, el grupo de los pequeños países cálidos como se decía en Francia. La América Latina de Octavio Paz ya no está al margen de la historia universal, es por el contrario uno de sus protagonistas y rompe con vehemencia diques y puertas.

Pero si Octavio Paz no fuera uno de los grandes poetas de su lengua y de su tiempo no sería leído en inglés, en francés, en italiano, o en sueco y su voz no sería expresión significativa de la América Latina y de su época.

El amor y el paisaje, la soledad y la comunión, el odio y la muerte, la nostalgia y la injusticia, la alegría y lo inerte el agua la arena, la piedra, y la flor, y a lujuria y la teología, todo en el fluir instable del tiempo o dentro del presente puro, todo también bajo un rabioso anhelo de libertad forman la vasta enciclopedia poética de Octavio Paz. Una de las más ricas y luminosas y también ásperas coléricas y de todas las épocas y en lengua castellana.

Octavio Paz quería ser en 1930 y cuando publicó su cuaderno inicial Luna silvestre un dueño verdadero de la poesía. Ahora lo poesía se adueñó de él para siempre: imaginaba viajes y retornos encuentros y fugas. Ahora está en Nueva Delhi; mañana ¿dónde? Pero lleva consigo todas las espinas, las flores y los frutos de México. De aquellos muchachos, uno se suicidó, otro se hizo sacerdote, aquel es guerrillero, ése conspirador. Uno de sus más viejos amigos, oscuro cronista firma sus escritos inéditos para irritarlo o hacerlo sonreír, con ese seudónimo: Silvestre Luna.

 

“Bajo el signo de Octavio Paz”, Excélsior, 22 de junio de 1966.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(1911- 1974). Narrador y ensayista. Estudió derecho, filosofía e historia en la UNAM. Colaboró en Barandal, Claridad, Cuadernos Americanos, El Día, El Nacional, El Popular, Excélsior, Futuro y Romance, Partido, Revista Mexicana de Literatura, Siempre! y Taller. Premio de Periodismo 1929, otorgado por el Centro Libanés.
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