Tierra Adentro

Ilustración por Mario Cano Domínguez

Mis primeros recuerdos son en español. Esto no debería ser extraño en un país donde la lengua franca es el español, donde las escuelas —urbanas y rurales— dan clases en español, donde los trámites oficiales se hacen en español, donde, históricamente, las lenguas indígenas han sido puestas en un estatus menor al español, donde se ha castigado y discriminado a los hablantes y a las lenguas originarias, donde muchas lenguas indígenas han sido exterminadas.

Después de la época colonial, se calculó que entre el sesenta y cinco y el setenta por ciento de la población total de México hablaba una lengua indígena y ahora, doscientos años más tarde, sólo el 6.5 por ciento lo hace.

Crecí entre campos de tomate, pepino y fresa, como crecen cientos de niños jornaleros migrantes que acompañan a sus padres, la mayoría indígenas del sur del país, en el trabajo agrícola que desde hace muchos años se realiza en la frontera norte. De ahí que, desde pequeña, escuchara varias lenguas que años más tarde reconocí como diidxazá, ayuuk, náhuatl. Hasta ese momento desconocía que mi madre era hablante de una segunda lengua —más bien, de una primera lengua—, el tu’un savi, la lengua de la lluvia, mejor conocida como lengua mixteca.

Los primeros recuerdos que tengo de mi mamá y el mixteco son de ella escondiéndose para hablar con sus compañeras de surco, en los campos de fresa. ¿Por qué mi madre se escondía para hablar la lengua con la que conoció el mundo, la lengua con la que descifró el canto de los pájaros y el de mis abuelas? ¿ Por qué sentía temor de decir:

Anayu ká’an tu’un savi,                     Mi corazón habla la lengua de la lluvia,

tu’un kunchee nikanchii,                 la lengua con la que miro el sol,

tu’un kúnú ñu’ú?                                  la lengua con la que tejo el mundo?

La respuesta estaba dada en la discriminación que por años ha lastimado a los pueblos indígenas y a los hablantes de una lengua originaria. Por ello, mi madre, mujer que fue monolingüe hasta los quince años, decidió que ninguno de nosotros se nombrara en la lengua ñuu savi. Decidió, de alguna forma, protegernos contra toda la violencia que ella vivió cuando era niña por no hablar español.

Las primeras veces que escuché que mi madre hablaba en un lenguaje distinto, en mixteco, al sentirse descubierta, cambiaba —en automático— al español. «Estás mal hija, escuchaste mal, yo estaba hablando bien», me decía, cuando yo le preguntaba por esa otra forma de hablar. De ahí vino mi primer referente: «yo estaba hablando bien». ¿Entonces hablar tu’un savi, me’phaa o hñähñu es hablar mal? ¿En qué momento nuestros pueblos creyeron que hablar su lengua era hablar mal? ¿En qué momento se definió quién hablaba bien y quién hablaba mal? En otras palabras, qué lengua era válida para expresarse y cuál no.

Cuando yo tenía ocho años, mi familia regresó a Oaxaca y ello significó, para mí, la posibilidad de entrar al mundo nasal, glotal y tonal del mixteco, un mundo donde el simbolismo del Ñuu Savi1 se podía respirar en la leche que mi bisabuela hervía todas las mañanas, en la palma que todas las mujeres de la casa tejen como forma de sustento y en la manera de pedir por la lluvia en tiempos de siembra.

Recuerdo una vez que mamá Natalia tejía bajo el yutu tikua, el «árbol naranja», le tomé una foto y, meses después, la mostré a varios compañeros de la secundaria. «Mi mamá Natalia está tejiendo palma bajo el árbol naranja», dije mientras mostraba la foto. «Bajo el árbol de naranjas, querrás decir», comentó una de las compañeras. «No, “bajo el árbol naranja”», respondí.

En menos de un minuto comprendí que al hablar en español era necesario poner la relación de dependencia que el mismo español presupone. Si tú dices «árbol naranja», la gente creerá que hablas mal, que algo falta. Así que el propio español te dice que digas «árbol de naranja», sin darse cuenta que desde la cosmovisión nuestra, la naranja será árbol y el árbol fue naranja alguna vez y pronto volverá a ser naranja para ser árbol nuevamente.

Se complementan, mas no hay una relación de dependencia. Lo anterior lo comento porque lenguaje es pensamiento, es estructuración del mundo. El lenguaje castellano condiciona, crea una dependencia del uno con el otro, sin concebir que en muchos de nuestros pueblos se nombra a los lugares-entidades, dándoles la importancia y valía a cada una, reconociendo que cada uno es un ser que integra al otro en una relación de igual a igual. Preguntando por el caso de otras lenguas como el me’phaa de la montaña alta de Guerrero o el muira del Amazonas de Colombia, me percato que muchas de nuestras lenguas originarias tienen el mismo caso. El español es una lengua que condiciona, que pone a uno por encima del otro para poder nombrar.

Cuando crecí, un poco más, comprendí que no sólo estaba aprehendiendo un sistema fonético y lingüístico distinto, sino que estaba aprendiendo todo un sistema de mundo y de vida, un sistema en el que mis abuelas agradecían todas las mañanas y decían: «Tatsavini patsanu nikanchii» —«Agradezco desde mi interior al abuelo sol»—, pues sabían que el mundo ñuu savi es un mundo en el que se comprende que nada está aislado, y así como agradeces cuando alguna persona te brinda algo, también es necesario agradecer al cielo, al sol, a la tierra, por lo que nos otorgan. Sin embargo, cuando vine a vivir a la gran ciudad, me di cuenta de que ese sistema de mundo y vida no era tan «válido» como el español, que había una línea que dividía al español y sus saberes, de las sesenta y ocho lenguas y más de trescientos sesenta y cuatro variantes y sus saberes, y que esa línea definía, a su vez, cuáles saberes eran válidos y cuáles no. Comprendí que lo que yo escribía en tu’un savi no tenía la misma posibilidad de publicación, por ejemplo, que lo que yo escribía en español.

Mi madre no concluyó su educación básica. «Si quieres ir al baño, pide permiso en español», decían sus maestros. Algunos de sus compañeros le traducían y explicaban la indicación del maestro: mi madre guardaba silencio y volvía a su banca. En otras ocasiones era golpeada por sus profesores por no hablar español. Dejó de ir a la escuela y comenzó a creer que hablar mixteco no era bueno. «La gente te maltrata por hablar mixteco», me dijo la primera vez que le pregunté por qué no me habló en mixteco desde que yo era un bebé.

Hablar dos lenguas es como tener dos cabezas. Es como tener dos mundos desde los cuales te nombras. Ahora, pienso un poco en la historia de mi padre, un hombre nacido en Veracruz, en una comunidad que piensa que ahí siempre han hablado español. Pienso que eso quizás es mucho más violento: que en algún lugar siempre se ha hablado español.

Lo que en realidad pasó en la comunidad de mi padre fue que una carretera, hace muchos años, hizo que la gente comenzara a hablar y a comerciar en español. Se dieron cuenta de que para vender y comprar, para trabajar en la construcción de la carretera, debían hablar español.

Cuentan que a algunas personas se les ponía ceniza o tierra en la boca cuando hablaban su lengua. A los niños no se les enseñó y los abuelos fueron muriendo. El pueblo entero olvidó que en algún momento hablaron una lengua indígena, y comenzaron a construir su historia a partir del paso de la carretera, comenzaron a pensar, a soñar y a hablar en español. Pienso que eso es más violento: olvidar tu historia y tu lengua.

De ahí la importancia de acercarse a las lenguas indígenas de nuestro país, de aprenderlas, de hablarlas, de escribirlas. Hablar una lengua indígena y escribirla es un acto de resistencia, una lucha por no morir, una batalla para que nuestra lengua y memoria siga caminando en este mundo.

Ilustración por Mario Cano Domínguez

Ilustración por Mario Cano Domínguez

  1. Así se autonombra el Pueblo de la Lluvia, el pueblo mixteco.

Autores
(Oaxaca, 1992) ganó el Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Centzontle 2017. Su trabajo ha sido publicado en Punto de partida, Tema y Variaciones de Literatura, La Jornada y Pliego 16, entre otros.

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México.
Secretaría de Cultura