Tierra Adentro

Jorge Luis Borges en su oficina. Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 1973. Extraída de Flickr.

 

 

Prólogo primero

Borges cambió para siempre la forma en que escribimos y leemos. Y sin embargo, Borges nunca escribió un texto de más de diez páginas. Borges leía microscópicamente, de forma miope, y sus textos son el resultado de un proceso de condensación conceptual. De los libros que iba leyendo, se robaba frases que luego insertaba en sus textos para resignificarlas. Con las citas y su erudición, pero también con su oído y la oralidad de la gauchesca construyó una forma literaria única. A falta de un mejor término, Borges se adhiere a lo que él llama “literatura fantástica”. En 1940, con uno de sus mejores textos, “Tlön Uqbar, Orbis Tertius”, incluido en la Antología de la literatura fantástica en 1940, el autor argentino revoluciona el género o, más bien, inventa una nueva forma de escribir y de leer: la ficción especulativa o literatura conceptual.

La ficción especula no sobre la realidad, sino sobre sus efectos en la realidad. Lejos del debate de si un texto es verdadero o falso, las ficciones borgeanas operan de forma autónoma y se elaboran en la brecha entre la erudición enciclopédica y las fórmulas de los géneros populares que se repiten. Borges expande los espacios de acumulación de lo que ya existe y así, con sus objetos textuales microscópicos llenos de paradojas, irrumpe en la literatura universal como nunca nadie lo había hecho.

 

Prólogo del origen verdadero

Todo origen se construye como una teoría, hipótesis o conjetura. La teoría del origen de una amistad es donde surge un proyecto literario. Geraldine y yo somos Macedonio y Borges. Ella cuenta anécdotas y en una conversación puede elaborar las ideas más complejas de la manera más sucinta posible, con un ejemplo que lo deja todo clarísimo. Yo no hablo mucho pero absorbo lo dicho para después elaborarlo de forma escrita. A ella le cuesta mucho escribir, lo hace a cuentagotas. Yo escribo con facilidad, lleno cuadernos enteros. Pero mis mejores ideas surgen en conversación con ella y vienen de sus intuiciones que después yo plagio para continuarlas, darles otro aliento y espacio. Este mismo texto está plagado de falsificaciones y fabricaciones.

 

Prólogo del origen falso

En su prólogo a Macedonio Fernández, publicado en 1961, Borges cuenta que Macedonio Fernández, su viejo amigo, no le daba valor a la palabra escrita y que cuando se mudaba de casa no se llevaba sus manuscritos, sino que los iba dejando en los armarios. También cuenta anécdotas sobre su mentor, “un hombre mágico”, sobre sus dichos y hasta sobre los alfajores viejos que guardaba debajo de su cama. Geraldine dice que la biografía imposible de Macedonio es la anécdota por excelencia. Tras la muerte de Macedonio, sus amigos, entre los cuales estaba Borges, propagan el mito del autor que intentó insertar ficciones en la realidad. Borges es un maestro de la trama y con pocas palabras logra capturar los gestos fundamentales, acaso ficticios, de la vida de su amigo. En adelante, lo que escribe Borges es la condensación perfecta de los gestos macedonianos en forma de una “biografía de la eternidad”. Borges encausa a Macedonio y su acto fundacional: no se trata de que la ficción imite o refleje a la realidad, como querían los buenos realistas o los vendedores de espejos, sino de insertar la ficción en la realidad y ver cómo actúa y dónde la buscamos. Vivimos en un universo plagado de ficciones y eso es lo que Borges y Macedonio nos hacen ver. La ficción no es ni verdadera ni falsa y esa doble refutación es su forma de operar.

 

Prólogo del precursor

Borges admite que admira tanto a Macedonio que lo imita y lo plagia en su propia obra. Y, en efecto, muchas de las maniobras literarias que luego Borges perfecciona son absolutamente macedonianas. Macedonio Fernández fue un escritor conceptual radical que publicó poco en vida, aunque su obra fue muy vasta. Su proyecto más famoso es el de las novelas gemelas, Adriana Buenos Aires (Última novela mala) y Museo de la Novela de la Eterna (Primera novela buena). Con su usual sentido del humor, Macedonio dice haber escrito estas novelas de manera simultánea: “escribía por día una página de cada, y no sabía tal página a cuál correspondía; nada me auxiliaba porque la numeración era la misma, la calidad de papel y tinta, igual la calidad de ideas”. Aunque le añadió el epíteto de mala a su última novela y de buena a la primera, su idea es que juntas funcionan como un programa pedagógico.

Macedonio usa su última novela mala como un ejemplo que denuncia la decepción de ciertas prácticas de representación y propone en su primer novela la inserción del arte en la realidad. Adriana Buenos Aires, epítome de la novela realista, nos muestra un mal ejemplo de cómo el lector se puede perder en la trama de la novela y le presta toda su atención a asuntos triviales, romanticos y efímeros. Para Macedonio, la “continuidad de mentira es la dignidad del Arte de la novela”. En contraste, Museo de la Novela de la Eterna es una obra maestra de cómo escribir una novela sin novela que constantemente se interrumpe y nunca llega a comenzar y que busca una “conmoción total de la conciencia”. Es una novela compuesta casi enteramente de prólogos y una sección de la “novela” en donde no sucede nada y se pospone la acción.

De Macedonio, Borges toma su manera única de insertar formas de pensar dentro de la trama, su sintaxis oral y en ocasiones anticuada, y la manera en que reiteradamente juega con su metafísica en contraste con la ficción. Toma también a Macedonio mismo y a su mito como parte fundacional de su obra, su precursor, para transformar su carácter memorable en anécdotas. Dice Borges: “Para mostrar a Macedonio no he hallado mejor medio que las anécdotas, pero éstas, cuando son memorables, tienen la desventaja de convertir a su protagonista en un ente mecánico, que infinitamente repite el mismo epigrama, ahora clásico, o tiene la misma salida. Otra cosa fueron los dichos de Macedonio, imprevisiblemente agregados a la realidad y enriqueciéndola y asombrándola.”

 

Prólogo de la amistad

Tuvimos momentos difíciles en la amistad, pero pese a todo continuó. Lo que escribo es testamento de ello. Tengo un documento lleno de “cosas que dice Geraldine”. Entre otras, hay aforismos metafísicos o simples anécdotas como estas: “buscando un efecto de lo que ya no es causa” (20 de Octubre, 2013) o “pero en Guate conoció a este hombre, con el que se casó, que era más que pobre y pues todo lo demás fue solo tristeza”. Preservo su oralidad y genio en estas notas para capturar la anécdota en mi entramado. Soy su Borges, capturando su vida y propagando rumores acerca de su persona y sus dichos, que enriquecen y asombran a la realidad.

 

Prólogo del novelista que no fue

En Respiración artificial, Ricardo Piglia declara de forma provocadora que Borges clausura el siglo XIX y Roberto Arlt inaugura el siglo XX. En “Borges novelista”, Juan José Saer juega con el hecho de que Borges jamás escribió una novela y muchas veces declaró no tener ningún complejo de inferioridad ni vergüenza por no haberlo hecho. Es posible que, para Borges, Macedonio Fernández clausuró el género de la novela con su proyecto de las novelas gemelas. En la obra de Borges se condensa de forma muy precisa la teoría de la narración macedoniana: un rechazo del aconcecimiento, de la causalidad natural y de la inteligilibilidad histórica. El ensayo de Saer concluye de forma contundente en ese sentido: “Si las novelas del siglo XX no son novelescas, y si Borges no ha escrito novelas, es porque Borges piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”.

 

Prólogo al nacimiento

Jorge Luis Borges nació un 24 de Agosto de 1899. Y sin embargo, me es difícil imaginarlo como un recién nacido. Borges siempre es viejo, siempre está en blanco y negro; habla de forma pausada y buscando con calma las palabras que se le escapan. Borges nació con la Enciclopedia Británica en sus anaqueles y con el habla del Río de la Plata en el aire. La erudición, que necesita tiempo, es la sintaxis de Borges, su forma de narrar: conecta los elementos dispersos de las series o listas que trama en sus historias o ensayos. Y sin embargo, todo texto de Borges nos deja la sensación de que hay algo más allá de lo dicho, más allá del tiempo y la identidad, quizás la mera felicidad: “El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad” (Jorge Luis Borges, “El hilo de la fábula”).

 

Prólogo del lector

Borges plagió a Macedonio y con ello inventó una nueva forma de escribir y, sobre todo, de leer. El nacimiento de Borges se celebra en la Argentina como el día del lector y es que, antes que nada, Borges fue un lector agudísimo, microscópico, obsesivo. Los cuentos de Ficciones y El Aleph son insuperables y cambiaron radicalmente la forma en que leemos y escirbimos en América Latina. Si Macedonio conceptualizó al “lector salteado”, que entra y sale de la obra a su antojo, Borges conceptualizó a un “lector comprometido con el pensamiento” que va por la trama y se deja sorprender por la cadencia y sigue buscando el hilo perdido que solo encontrará en un acto de fe.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Secretaría de Cultura