Tierra Adentro

Ilustración por Mariana Martínez

IEl buscador no saca ningún resultado que me satisfaga. Intento de nuevo, ahora en inglés: “ghosts Siri voice activation”. Nada. O al menos, nada que me convenza. Vuelvo a intentar, esta vez abriéndole mi corazón a Google: “Can Siri detect ghosts?”. Reviso lentamente los resultados, descarto los anuncios de aplicaciones que dicen ser capaces de detectar fantasmas y entro a tres páginas que llaman mi atención: la web de una estación de radio estadounidense, una entrada en el sitio de una médium y un post publicado en r/Paranormal de Reddit. Encuentro testimonios de aparentes entidades fantasmales que intentan comunicarse con alguien usando la activación por voz de Siri. Leo con cansancio, las situaciones son las mismas: Siri se activó y dijo algo que los oyentes interpretaron como un mensaje del más allá, no había ruidos ambientales o algo que pudiera activar al asistente personal de Apple. En dos ocasiones los celulares responsables del mensaje sobrenatural se encontraban apagados.

Ninguno de los testimonios me convence, parecen prefabricados, pero aún así conservo los enlaces, dispuesta a revisarlos más tarde. Leo más resultados hasta el hartazgo, hasta que el tema me aburre y pienso en apagar la computadora, pero no dejo de sentirme ansiosa.

Miro la hora de reojo. Llevo en esto desde la una de la madrugada y ya son las cuatro. Reviso más blogs de médiums, veo videos en YouTube de cazadores de fantasmas amateur; intento encontrar la clave que me permita descifrar al mundo paranormal. Dan las seis de la mañana. Mis dudas sobre la existencia de un fantasma que me habla por medio de Siri permanecen, pero dos cosas se confirman: no hay una manera seria de aprender a ser un cazafantasmas en el siglo XXI y esta cuarentena terminó de freírme el cerebro.

 

Lo que pasó en cuarentena

Desde el momento en el que se instauró la Jornada Nacional de Sana Distancia, fatídico viernes 13, supe que la sobreviviría en las peores condiciones de salud mental posibles. Después de todo, mi terapeuta había suspendido las sesiones hasta próximo aviso (seguramente hasta aprender a usar Zoom) y nunca había habido un mejor momento para recaer en las antiguas prácticas de autodestrucción pasiva como este.

Los primeros días me negué a enfrentar que la cuarentena no significaba vacaciones: abandoné todas mis responsabilidades, desordené mis horarios y terminé desayunando palomitas. Después me negué a dormir o a comer algo más que avena, café, té y manzanas. Me aislé. Silencié mi celular y desactivé las notificaciones de todas las aplicaciones con mensajería instantánea. El mundo virtual me parecía demasiado ruidoso, demasiado demandante. Pensé en dedicarme a lo esencial: el trabajo, las salidas al súper y las necesidades de los gatos. Los cambios en la programación del radio fueron mis únicas variantes.

Mis semanas se pasaban en un tiempo unificado y prolongado, días y horas se confundían entre sí; el crepúsculo y el alba se habían fusionado y si descansé algo no fue más que cinco horas por semana. Bajé ocho kilos, tenía migrañas todo el tiempo y mis ojos parecían haberse secado por la lectura constante en pantallas o libros. Comencé a sentirme perseguida por algo que no podía terminar de descifrar, algo que me veía en las noches desde alguna esquina oscura, que creía descubrir con el rabillo del ojo solo para voltear y ver que había desaparecido; una sombra, un reflejo apenas, que veía en toda la casa sin alcanzar a descubrir por completo. Casi como una sensación de pesar que me rodeaba y señalaba desde los rincones menos iluminados, una entidad inescapable que me convertía en una prisionera en mi propia casa. Siempre vigilada, siempre perseguida. Fue ahí cuando empezó el contacto paranormal por medio de Siri.

Mi celular, aunque estuviese viendo la tele, escuchando música o leyendo, comenzó a activarse aleatoriamente. En la pantalla se iluminaban las palabras que Siri creía haber escuchado, entre ellas: “Muérete”, “cállate”, “aquí estoy”, “hola” y “silencio”.

La primera vez que sucedió, pensé en la posibilidad de que Siri hubiese escuchado algún ruido ambiental parecido quizás en tono o en cadencia al “Oye, Siri” necesario para activarla.

La segunda vez la televisión estaba prendida. La tercera se activó mientras dormía y terminó despertándome, creí que quizás yo había hablado entre sueños. Pero mientras los incidentes se acumulaban y mi temor a aquello que sentía que me vigilaba crecía, no pude evitar relacionar a Siri con ese ente vigilante, siempre al acecho, en la penumbra o en la claridad del día. Si antes no dormía por alguna necedad infantil, ahora no lograba conciliar el sueño por imaginarme que eso que me vigilaba, acechando en las tinieblas, podía comunicarse conmigo usando mi celular.

¿Creo en fantasmas?, ¿cuál era mi teoría sobre los espíritus?, ¿creo que las almas de las personas se quedan en este plano o creo en entes espirituales que no son gente, sino que emulan serlo? Me pregunté eso una y otra vez mientras intentaba poner en orden mi miedo a la oscuridad que sentía que me perseguía.

Durante las noches de insomnio voluntario, temía que la entidad se manifestase frente a mí de una forma corpórea e inequívocamente real, que me pusiera en la posición de aceptar que eso que sentía era real. Durante el día extrañaba la distracción que mi rutina anterior me habría concedido: los trayectos en transporte público, la oficina, las calles de la ciudad, todo se me hacía lejano, como si no hubiese sucedido y solo quedaran esos ojos indistinguibles que podía sentir sobre mí a todas horas.

Siempre he sido miedosa y lo sobrenatural me aterra porque me da miedo pensar en mi muerte o en que haya más en la vida que lo visible; un plano de existencia más en dónde fracasar. Al mismo tiempo, el que no exista nada más allá de mí, de lo palpable, de lo comprobable, es algo que mi mente jamás ha decidido aceptar. Hasta ahora siempre había pensado en lo sobrenatural como se piensa en los aliens: poco y vagamente. Después de todo, era poco probable que en toda mi vida algo sobrenatural fuera a posar su mirada en mí.

Aún así, los días pasaban y la fuerza de eso seguía creciendo. Su ojo, siempre atento y vigilante, me perseguía día y noche. Temía ir al baño, quedarme sola en un cuarto oscuro, y de noche, acostada en mi cama, casi podía sentir su respiración a mi lado. Pensé en exorcizarlo, pero como mis conocimientos sobre el contacto paranormal comenzaban y terminaban con la película El rito, recurrí a internet una vez más.

 

El fantasma de fantasmas

El internet de 2009 era mucho más transgresor, peligroso y lleno de rincones paranormales de lo que es ahora. Aún recuerdo el momento en el que la casualidad o las búsquedas ociosas me llevaron hasta un forum lleno de personas que decían ser vampiros reales.

Wiccanas, licántropos, cazadores de fantasmas y entidades paranormales parecían cruzar por igual aquella internet adolescente. El internet antiguo, hermosamente peligroso, completamente anónimo, lleno de posibilidades extrañas. La red de datos, siempre invisible, inalcanzable en lo físico, que nos recorre todo el tiempo y a la que accedemos con un simple aparatito. Foros, wikis, redes sociales, páginas de negocios, blogs. Todo impalpable, todo invisible. El internet fue el gran fantasma que contiene a todos los fantasmas.

Comencé mi expedición paranormal intentando reencontrarme con esa parte del internet que nos hace sentir que otros planos de existencia son posibles. Quería averiguar si esos planos encontraban un portal específicamente útil en mi celular, desde donde alguna entidad usaba ese punto de interconexión cuántica para decirme peladeces por medio de Siri.

Deseaba, primero que nada, creer en que lo que me perseguía era real. Después, saber si podía comunicarme con eso, más allá de Siri, y así convencerlo de que me dejara en paz.

En esas búsquedas de madrugada me sumergí en un agujero de información sobre aquellos que me parecía que tendrían las respuestas que buscaba: los cazadores de fantasmas profesionales.

 

Brevísimo recuento histórico de los cazadores de fantasmas

La historia de los cazadores de fantasmas es difícil de rastrear, pero podemos buscar entre los anales de la historia y retroceder hasta la corte de la reina Isabel I para encontrar al doctor John Dee, alquimista, mago, científico, espía y nigromante, quien, en un tiempo en el que no era extraño creer en lo sobrenatural, decidió comprobar la existencia de los espíritus, la validez de las ciencias ocultas y, entre otras cosas, encontrar la receta de la Piedra Filosofal.

Sus aventuras ocultistas junto con Edward Kelly, otro alquimista, mago y médium han sido inmortalizadas en un grabado donde se muestra a los dos hombres conjurar a un espíritu a mitad de la noche.

Asimismo, en sus memorias tituladas Verdadera y fiel relación de lo que sucedió durante años entre el doctor Dee y algunos espíritus el doctor narra la búsqueda por evidencia innegable de la existencia de lo paranormal. En el prefacio, después de asegurar al lector y al arzobispo de Canterbury que sus investigaciones no son para nada profanas o heréticas, habla de lo importante que es para él no usar en ningún momento la Biblia como prueba del mundo espiritual:

Si fuésemos a discutir el caso[de la existencia de los espíritus] basándonos en la Escritura, terminaríamos pronto, pues no hay ninguna controversia en este punto entre los hombres, o al menos entre los hombres que yo conozco, que este de los espíritus, brujas y apariciones cuando la Palabra de Dios hace de  juez. Pero supongo que tengo que lidiar que, aunque no niegan completamente la Palabra de Dios, difícilmente admiten cualquier cosa que se les figura contraria a la razón o, al menos, sostenida por evidencias. Es por esto que me abstendré de usar toda prueba y testimonio escrito en la Escritura y es mi deseo que el lector cristiano (quien de otra manera tendría justa razón en sentirse ofendido) comprenda las razones que guían mi proceder.[1]

 

El doctor Dee quiso que sus hallazgos complementaran y corroboraran los relatos de la escritura bíblica; aunque si encontró esa evidencia es un asunto realmente discutible. Hay quienes dudan de la veracidad de las memorias del doctor debido a que él mismo nunca llegó a contactar totalmente con un espíritu, sino que lo hizo usando a Edward Kelly como médium.

Aún así, es importante resaltar lo novedoso del proceder de Dee para acercarse al problema de lo espiritual. Es poco probable que cualquier otro estudioso de la época hubiese publicado un texto como este, que desde el inicio hace a un lado las creencias religiosas tomadas por verdades absolutas de la época.

La búsqueda del doctor al lado de Edward Kelly llegó en un momento histórico especial; Europa era constantemente asediada por oleadas de peste bubónica que dejaban miles de muertos a su paso. Las medidas impuestas por los gobiernos de la época parecían no causar ningún impacto en la enfermedad que invariablemente regresaba año tras año, sin importar la cantidad de rezos o cuarentenas que se impusieran.

Me pregunto si John Dee se habrá preguntado en algún momento, rodeado de peste y enfermedad, a dónde iban las almas de los que morían día a día; si algunas de sus sesiones con Kelly se habrán dado en una cuarentena como la que vivimos nosotros ahora; si su búsqueda espiritual le causaba algún consuelo en un momento en donde todo parecía lleno de caos y muerte.

El doctor, después de haber servido en la corte de la reina Isabel I, haber realizado exorcismos, buscado incansablemente la piedra filosofal y quizás haber entablado amenas conversaciones con espíritus y ángeles, falleció pobre y desconocido para el mundo que antes tanto lo había buscado, pocos años después de que dos de sus hijas y su esposa cedieran finalmente ante la peste. Con él falleció el primer intento de aunar el pensamiento científico al paranormal.

 

La revuelta insospechada de El origen de las especies

 

Tendremos que ir hasta la era victoriana para encontrar nuestra nueva ola de cazafantasmas surgidos gracias a la “crisis de la fe” de 1860, ocasionada por la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin.

Poco sabía Darwin al embarcarse en su viaje de cinco años en el HMS Beagle, lleno de unas náuseas que no lo abandonaron mientras estuvo en el barco, que su teoría de la especiación llegaría a poner en duda la veracidad de la Biblia, la existencia de Dios y de un panteón de criaturas cuya coexistencia con los humanos nunca antes se había cuestionado. Más difícil de predecir para el entonces joven naturalista  era que sus investigaciones desembocarían, como por arte de un efecto mariposa, en la creación de la primera sociedad científica para el estudio de lo sobrenatural.

La fe sobrevivió, desde luego, la religión siguió su camino. Pero algo distinto sucedió con el mundo paranormal; se refugió en la ciencia y así surgió la ola que arrastró a científicos y escépticos por igual: llegó el estudio del espiritismo de la mano del profesor Henry Sidgwick.

 

El auge del espiritismo y del hombre que decidió desenmascararlo

 

Una noche de marzo del año 1848 en Nueva York, las hermanas Maggie y Kate Fox descubrieron que podían comunicarse con el espíritu de un hombre asesinado cuyos restos se encontraban enterrados en el sótano de su casa. Era de noche y la familia Fox no había podido dormir debido a los inexplicables golpes que se escuchaban por toda la casa. Llamaron a sus vecinos, los Redfield para buscar su consejo; creían que la casa estaba embrujada.

Cuando Mary Redfield llegó en mitad de la noche a la residencia Fox, creyó que se trataba de una broma de sus vecinos. Rápidamente cambió de parecer al ver el estado en el que se encontraba la familia: las niñas se escondían bajo la cama aterradas; los padres estaban ojerosos y visiblemente cansados y los golpes no cesaban.

Fue Maggie Fox quien decidió intentar comunicarse con el espíritu que los atormentaba y en un momento histórico, condujo junto con Kate la primera sesión espiritista de la época. Le pidió al ánima diera 5 golpes si podía entenderla. Los golpes se escucharon de inmediato, 5 exactos y luego cesaron. Kate pidió que diera 15. El espíritu volvió a obedecer.

Pronto, las hermanas Fox se hicieron famosas presentándose ante audiencias cada vez más grandes para entregar mensajes de familiares fallecidos, reconfortar viudas y calmar el dolor de padres que habían perdido a sus hijos. Fueron llamadas “médiums”, es decir, el medio por el cual se comunican los espíritus. No pasó mucho tiempo para que surgieran otras personas capaces de ver, hablar y transmitir mensajes del mundo espiritual por medio de técnicas como la escritura automática o la posesión del cuerpo por la entidad espiritual.

Las hermanas Fox fueron el catalizador de una oleada de médiums y psíquicos que proclamaban poder conectarse con el más allá y traernos las buenas nuevas de nuestros seres amados desde otros planos existenciales.

Estos espiritistas, llamados así primero los médiums y después llegando a designar a los seguidores de todo un movimiento religioso, levitaban mesas, entraban en trance, conjuraban apariciones como tanto siglos atrás lo había hecho John Dee y más importante aún, eran, o parecían ser, la prueba de la existencia de una vida más allá de la muerte; de la inmortalidad del alma.

El espiritismo se esparció con fuerza por toda Europa, encantando a científicos, escépticos y creyentes por igual. Así fue como llegó a Francia donde Hippolyte Léon Denizard Rivail, después conocido como Allan Kardec, empezó a asistir a las sesiones espiritistas de un médium. Las sesiones inspiraron tanto a Rivail que creyó encontrar la verdad absoluta en el espiritismo y publicó el 18 de abril de 1857 El libro de los espíritus donde hablaba “sobre la inmortalidad del alma, la naturaleza de los Espíritus y sus relaciones con los hombres, las leyes morales, la vida presente, la vida futura y el porvenir de la humanidad. Según la enseñanza impartida por los Espíritus superiores, con ayuda de diversos médiums”.

El libro de los espíritus se agotó en pocos días y Rivail, ahora Kardec, impulsado por la popularidad de sus ideas, fundó en 1858 la Sociedad de Estudios Espiritistas de París. Ese lugar se convertiría en un bastión del espiritismo en los años venideros y albergaría, impulsaría e ilusionaría por igual a  los fieles seguidores de Kardec llegando a conformar la sede de una verdadera religión que sería abrazada por figuras como Rubén Darío, Ramón del Valle-Inclán o Francisco I. Madero.

Poco importó que unos años después de su salto a la fama Maggie Fox se presentara frente a un auditorio para confesar que todo había sido una mentira. El daño estaba hecho y el espiritismo se esparcía alimentado por las ideas de Kardec.

 

Cada día parecía surgir un nuevo médium, pero “la crisis de la fe” no pasaría de largo al espiritismo y una noche de diciembre de 1869, un hombre llamado Henry Sidgwick paseaba por los jardines de Cambridge con Frederic W. H. Myers. Myers le preguntó a Sidgwick por qué en la Biblia los fenómenos sobrenaturales sucedían tan seguido mientras que en la vida diaria pasaban tan poco. Seguramente, dijo Myers, si el mundo espiritual que se manifiesta en los tiempos bíblicos es verdadero, deben de suceder cosas similares en nuestros tiempos.

Sidgwick había crecido siguiendo los preceptos de la Iglesia Anglicana y era un creyente fiel, pero dudaba como lo hacían muchos otros, presas de una crisis causada por Darwin y el avance científico de la época, de la veracidad de las enseñanzas bíblicas.

Sin embargo, esa noche, movido por las dudas de su amigo que no hacían sino reflejar las suyas propias, Sidgwick decidió encontrar aquellos sucesos paranormales que seguramente probarían la veracidad bíblica.

Así fue como, aliándose con Edmund Gurney, Sidgwick y Myers emprendieron lo que se convertiría en el trabajo de sus vidas: la búsqueda de evidencia contundente para probar la existencia del mundo oculto. En su investigaciones desenmascararon a muchos médiums fraudulentos que, bajo la bandera del espiritismo, engañaban y vendían estafas como verdaderos encuentros sobrenaturales.

Mientras que el estudio de los médiums y el contacto espiritual que prometían en sus sesiones parecía solo traer decepciones y charlatanes a Sidgwick y Myers, Gurney fue encontrando pruebas de una posible transferencia de pensamiento entre paciente y terapeuta durante varias sesiones de hipnosis. Este descubrimiento sería el inicio de la extensiva investigación sobre la telepatía.

No pasó mucho tiempo antes de que los estudios científicos de Sidgwick, Myers y Gurney sobre lo paranormal se hicieran famosos en el mundo académico y en 1862 fundaron junto con el doctor W.F. Barrett, Arthur J. Balfour, quien después se convertiría en Primer Ministro de Inglaterra, Frank Podmore, Richard Hutton y Balfour Stewart la Society for Psychical Research (SPR)o Sociedad para la Investigación Psíquica con Sidgwick como presidente.

Los miembros de la SPR se caracterizaron en su mayoría por ser investigadores críticos que no dudaban en desenmascarar  charlatanes o visitar lugares embrujados para probar o desmentir la existencia de los fantasmas que los ocupaban, continuando sin saberlo una labor que había quedado truncada siglos atrás tras la muerte del doctor John Dee.

Las líneas de investigación propuestas e instauradas por Sidgwick y sus miembros incluían investigaciones respecto a la clarividencia, la telepatía, los trances hipnóticos, los lugares embrujados, las apariciones, los videntes y el espiritismo.

Aunque la mayor parte de las investigaciones no fueron concluyentes, en su labor como investigadores de lo paranormal hicieron grandes avances en determinar la importancia de la sugestión tanto como causa como cura de diversas enfermedades; incursionaron en el estudio de condiciones mentales anormales e hicieron grandes avances en el estudio del impacto de los mensajes subliminales en la mente.

Me pregunto qué pensarían los caballeros de la SPR si supieran que sus descendientes graban videos en YouTube intentando contactar con los espíritus en casas embrujadas.

 

La investigación paranormal continúa y seguramente no parará jamás. Ya sea en su modalidad amateur con investigadores youtubers o en un modo más sofisticado que nos recuerda a la SPR, que aún existe y continúa sacando investigaciones en su revista cuatrimestral, o como The Penn Ghost Project, un laboratorio de la Universidad de Pennsylvania que se dedica por completo a investigar fenómenos sobrenaturales. Lo oculto nos atrae inevitablemente y las maneras de estudiarlo solo se han perfeccionado con los años.

 

Inspirada por YouTube y la Sociedad para la Investigación Psíquica fundada por Sidgwick, me decidí a tomar la oportunidad que mi fantasma personal me ofrecía de convertirme en una investigadora de lo paranormal.

 

Cazafantasmas

Internet ofrece un gran espectro de información para aquellos investigadores amateur que como yo buscan iniciarse en el maravilloso mundo de la caza de fantasmas; desde la más científica que te pide que solo busques pruebas duras y uses aparatos tecnológicos con luces titilantes hasta la que raya en el espiritismo puro y duro donde se recomienda contactar a un médium, usar una ouija o incluso hacer un viaje astral para conversar con las entidades que te rodean.

Decidí honrar la memoria científica y protestante de Henry Sidgwick y no incursionar con métodos espiritistas en mi coqueteo con los espíritus. Hice a un lado a los médiums y las invocaciones ritualistas y me adentré en horas y horas de videos de YouTube, blogs, la web de la SPR y todo lo que pude hallar.

A pesar de mi decisión de honrar la memoria de los caballeros de la SPR, sentí que traicionaba la del doctor John Dee al descartar los métodos más esotéricos. Decidí revisar, al menos por curiosidad, algún método de nigromancia para contactar con las almas de los fallecidos.

 

Nigromante amateur

La idea era replicar el famoso grabado donde John Dee, junto con Edward Kelly, invoca a un espíritu en un cementerio, pero  lo impidió la falta de un grimorio o de conocimientos de lo que Édourard Brasey en su capítulo dedicado al estudio del doctor Dee y la nigromancia llama “un círculo con símbolos cabalísticos y fórmulas sagradas destinadas a invocar a la protección divina”. Decidí seguir otra receta nigromante directa del Dragón rojo, un grimorio de autor anónimo publicado en 1522 que asegura tener el secreto para “el arte de controlar los Espíritus Celestes, Aéreos, Terrestres e Infernales con el verdadero secreto de hablar con los muertos, ganar a la lotería y descubrir los tesoros”.

Imagen tomada de Wikipedia

Imagen tomada de Wikipedia

Me interesó particularmente la parte de ganar la lotería, pero las recetas del Dragón rojo mostraron ser imposibles de seguir debido en partes iguales a la pandemia en la cual estamos sumidos y a los ingredientes que requerían los rituales. Rápidamente deseché el grimorio al ser incapaz de encontrar “clavos del ataúd de un niño”, “un cabrito virgen”, “la bendición de un muchacho puro” y al negarme rotundamente a  hablar con el espíritu de un fallecido después de desenterrar su cadáver, sacarle las tibias y caminar “cinco mil novecientos pasos” al oeste la noche de Navidad.

Yo solo quería averiguar si lo que me hablaba usando Siri era un fantasma o no; dudaba que el espíritu del muerto que iba a desenterrar me lo pudiera decir y para encontrar al cabrito virgen debía aventurarme al único lugar que conocía que me ayudaría con una petición tan extravagante: el establo de mis tíos abuelos. Tristemente, su casa se encuentra a varias horas de camino en un pueblo profundamente afectado por el coronavirus. Nada que hacer.

Decidí regresar al camino de la ciencia y la razón y reemprender mi revisión de blogs, videos de YouTube y webs de sociedades científicas.

 

Cazafantasmas II

Encontré que algunos consejos se repetían entre los investigadores a los que pude tener acceso, estos son los más comunes:

  1. Primero hay que descartar cualquier explicación lógica, ambiental o mental que haya provocado la aparente manifestación de un factor sobrenatural.
  2. Si hay un testigo de la aparición o manifestación, es importante conducir, de ser posible, una evaluación psicológica.
  3. Normalmente nunca se trata de fantasmas, espíritus u otras entidades paranormales.
  4. Si el investigador ha descartado todo menos lo sobrenatural, debe de asumir muy al modo de Sherlock Holmes que una vez quitada toda razón lógica, lo ilógico debe ser la respuesta.
  5. El investigador debe conducirse de forma educada siempre con las entidades-objeto de estudio.
  6. Los fantasmas tienden a tornarse agresivos o poco comunicativos cuando no se les trata con respeto y cordialidad. También se aconseja hacerle varias visitas a la entidad para que se vaya acostumbrando a nuestra presencia.
  7. Las apariciones físicas consumen mucha energía, lo más probable es que la entidad se manifieste auditivamente. En ese caso, es indispensable que el investigador tenga una grabadora.
  8. También se recomienda el uso de medidores de campos electromagnéticos, medidores infrarrojos, detectores de movimiento y cajas de espíritus (aparatos que cambian de estación de radio cada segundo, se cree que los espíritus pueden usar la energía de la caja para hablar por medio del ruido provocado por el cambio de radiofrecuencias).

 

Emocionada, decidí comenzar reconociendo el estado de la manifestación que yo veía como sobrenatural. ¿Había alguna causa que no aludiese a lo paranormal? Quizás la voz captada por Siri podría explicarse como un ruido ambiental malentendido por la inteligencia artificial de Apple, pero Siri había escuchado al espíritu tanto con ruido de la televisión como en habitaciones silenciosas, así que no, no podía explicarse solo con causas ambientales.

¿Qué tal el estado mental del testigo, es decir, mi estado mental? Bueno, la pandemia, el insomnio y la falta de terapia no habían sido amables conmigo. Pero decidí ignorar ese paso, además, no podía echarle la culpa a alguna clase de alucinación sin sentir ganas de correr con mi terapeuta o someterme a una evaluación psiquiátrica.

Lo siguiente era ser amable con el espíritu, lo cual era difícil, ya que sus intentos de establecer contacto conmigo se habían dado con frases como “muérete”.

Pensé darle el beneficio de la duda. Si ese ente existía quizás se sentía abrumado como todos por la cuarentena. Quizás había decidido ser maleducado para alejarnos de casa y volver a la soledad que esta pandemia le había arrebatado.

Intenté compadecerme de él, pensar en cómo me sentiría yo si estuviese acostumbrada a una cierta cantidad de interacción al día solo para ver mi casa repentinamente inundada 24/7 por la gente que casi nunca la habitaba. Quizás el mundo espiritual había estado especialmente abarrotado los últimos días, con nuevos vecinos, nuevas almas que se sumaban a él. Me pregunté si mi fantasma extrañaba tanto como yo los momentos de soledad. Tal vez la causa de su conducta agresiva contra mí era simplemente el estrés que le provocaba mi presencia, tal vez nos contactábamos mutuamente como último recurso para no enfrentar la nueva realidad que nos amenazaba. Pensé en mi insomnio y en mi incapacidad de adaptarme bien a los cambios.

Pensé en mi soledad y en mi tristeza. Tal vez no éramos tan ajenos el uno del otro después de todo.

“Así que también tú puedes sentirte tan amontonado aquí como me siento yo, eh”, decidí decir al aire en un intento por crear alguna clase de conexión con la cosa que me vigilaba desde la oscuridad.

 

Por último, tras hacer un recuento del material que recomendaban tener para la caza de fantasmas y compararlo con el que tenía yo (una grabadora, una cámara y una linterna) busqué el precio de los equipos por internet. Quizás, después de todo, la investigación paranormal era mi futuro.

Los medidores de campos electromagnéticos, los medidores infrarrojos y las cajas de espíritus resultaron ser mucho más caros de lo que pensé y los baratos eran poco recomendados; sin contar con que los envíos se habían atrasado debido a la pandemia. Quizás si pedía uno ahora podría llegarme para agosto.

Recordé que la página de la SPR y algunos investigadores paranormales hacen hincapié en que aunque los medidores pueden ayudar a detectar la presencia de alguna entidad sobrenatural, la mayor parte de la evidencia se recopila con grabaciones de sonido. Decidí llevar a cabo mi primer experimento así.

 

El experimento

Se pone el interruptor de la lámpara a medio camino entre encendido y apagado. Se supone que si hay un fantasma, necesitará poquísima energía para responder a las preguntas que se le hacen y podrá prender la lámpara a voluntad. El investigador no debe olvidar grabar el audio y el video del experimento. Aunque el espíritu no entre en contacto con el investigador por medio de la linterna, quizás lo haga audiblemente por medio de murmullos y por eso la grabadora es esencial.

Se le explican amablemente a la entidad las reglas.

Voy a grabar nuestra conversación. Mantén apagada la linterna para no, enciende para sí, es fácil.

Aquí voy.

Hola. ¿Hay alguien ahí?

Nada.

Bueno. ¿Por qué me dices que me muera usando el Siri de mi celular?

Nada. Quizás demasiado confrontativo.

¿Cómo te llamas? Yo soy Isabel, aunque quizás ya lo sepas. Parece ser que vivimos juntos.

Nada. Ni Siri me hace caso.

¿Por qué insistes en seguirme?

Nada.

También me siento abrumada por esta pandemia. ¿Has vivido una pandemia así antes?

Sin respuesta.

 

Paré cuando fue evidente que el espíritu se negaba a hablarme y corrí a revisar la grabación. Nada. Ni un murmullo, un susurro o un golpe inexplicable.

Terminé ahí mi corta carrera de cazafantasmas. Si el fantasma no se dignaba a hablarme cuando lo buscaba, era obvio que quería mantener esta relación completamente unilateral.

El desaire que me causaba su silencio pudo más que el temor que antes me había causado. Decidí llamar a mi terapeuta.

Mientras que mi incursión en el mundo del estudio de lo paranormal no vale la pena ser llamada una incursión, resulta sorprendente recordar que hay personas que han dedicado su vida a probar o desmentir de una vez por todas la existencia de los fantasmas, los videntes y de todas aquellas criaturas cuya existencia pocos se atrevían a dudar hace unos siglos.

Quizás el pensamiento científico le quitó toda la emoción a un mundo que antes parecía plagado de misterios y encantos. Lleno de seres mágicos esperándonos a la vuelta de la esquina, viviendo con nosotros silenciosamente. Quizás solo queremos que vuelva ese encanto y la cuarentena es el momento perfecto para remistificar lo que nos rodea, ciertamente parece más fácil ocultarse entre leyendas, ocultistas y espíritus que enfrentar el cambio y la pérdida que vive nuestro mundo.

Quiero pensar en mi encuentro con el fantasma de Siri como algo así, como mi necesidad de regresarle al mundo un poco más de esa magia y misterio oculto que me parece más reconfortante que la distopía en la que vivimos.

Al menos los fantasmas nos son conocidos en su naturaleza desconocida, después de todo llevamos siglos creyendo en ellos y quizás den miedo, pero no tanto como un virus salido aparentemente de la nada.

Siri eventualmente paró su comunicación fantasmagórica y con ella volvieron las noches de descanso y los días de una alimentación adecuada. La vida en cuarentena siguió su cauce y encontré mi propio ritmo en medio del caos. No descubrí un fantasma, pero en la web de la Sociedad para la Investigación Psíquica me reencontré con ese internet primitivo que ya creía perdido hacía mucho tiempo.

El internet se volvió a llenar ante mis ojos de aquellas maravillas que nunca se habían ido, solo habían mutado. En los blogs de médiums de mascotas y videntes veganos creí reencontrar el espíritu de las hermanas Fox y del espiritismo victoriano; mientras que en aquellos videos de YouTube de cazadores de fantasmas se encontraba el de John Dee, Henry Sidgwick y un largo linaje de investigadores de lo paranormal. La búsqueda de una espiritualidad comprobable y la creencia en un espiritismo místico jamás se habían esfumado y se mostraban más reales que nunca habiendo trascendido la barrera de los años para llegar a asentarse en los rincones más extraños del internet.

Por último, esa red de comunicaciones, esa entidad invisible solo accesible por medio de nuestros aparatos tecnológicos: el internet, me pareció la cúspide de una interconectividad espiritual inaudita. Solo en un lugar así, invisible, intocable y solo alcanzable por medio de herramientas que en otros tiempos habrían sido tachadas de sobrenaturales podrían reunirse todas las religiones, todas las creencias y todas las ciencias del mundo.

Quizás nunca vea un fantasma ni sea capaz de comprobar su existencia. Probablemente mis interacciones con la entidad que me contactaba por medio de Siri fueron el producto de una mente cansada, presa de una paranoia promovida por la incertidumbre de la pandemia y el aislamiento. Sin embargo, una cosa permanece cierta, aún en la pandemia cientos de hombres y mujeres trabajan día a día para acercarse cada vez más a develar aquel mundo oculto, inalcanzable y enigmático que durante siglos ha fascinado a las mentes más brillantes.

 

Bibliografía:

 

 

 

[1] La traducción es mía: “Were we to argue the case by Scripture, the business would soon be at an end; there being no one controverted point among men, that I know of, that can receive a more ample, full, clear and speedy determination, than this business of spirits and witches, and apparitions may, if the word of God might be judge. But I will suppose that I have to do with such who though they do not altogether deny the Word of God, yet will not easily, however, admit of anything that they think contrary to reason, or at least not maintained by reasons. I shall therefore forbear all scripture proofs and testimonies in this particular, and desire the christian reader (who otherwise might justly take offense) to take notice upon what ground it is that I forbear.”


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Secretaría de Cultura