Tierra Adentro

Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Si me caí, es porque estaba caminando. Y caminar vale la pena, aunque te caigas.

Eduardo Galeano

Con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos; hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.

Julio Cortázar

Hay cosas, que las personas damos por hecho, sin detenernos, un momento a pensar. Por ejemplo: ¿Por qué y cómo hablamos, vemos, oímos, tocamos? Es algo que damos por entendido por el simple hecho de ser personas. Pintores, escultores, músicos, poetas, lo han tratado de expresar según lo perciben y ninguna manera es idéntica a la otra.

Todos contamos con el mismo equipo para que nuestro cuerpo funcione de manera “correcta”. Pero ¿qué hacer cuando esto no es así? Si partimos de la primicia de que todos somos diferentes, deberíamos estar “acostumbrados”; pero, por qué cuesta tanto aceptarlo. Todos dicen: “Se diferente, no hagas lo mismo que los demás”. Pero cuando la diferencia se para frente a ellos no saben qué hacer.

Me preguntan: ¿Por qué caminas así? Me gustaría responderles leyéndoles estos versos “Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento mi condena visible […] en los que Olga Orozco, logro descifrar mi corazón pero poco se sabe de la metáfora y me verían aún más extraño aunque no logro entender el porqué. Como si hubiera una sola forma de caminar, que  no me fue enseñada o dada por la vida, quizá, porque nací bajo el zodiaco incorrecto, o yo que sé  (siempre tratando de encontrar explicación a lo indescifrable).

Un pie después del otro,-; flexione rodilla mientras lo hace, y no sé olvide que es: talón, punta, espalda derecha cual soldado en formación. Repita esos pasos las veces que sean necesarias. Ojalá fuera tan mecánico, automático. Como lo pronuncian.

Pero ¿qué hacer cuando tu cerebro no envía el mensaje correcto a tu cuerpo?

Ya perdí la cuenta de las veces que he escuchado aquella pregunta a propósito de mi andar. Porque al parecer no es de este mundo  — ¿Pero cuál si? —  la respuesta ha cambiado con el tiempo pero siempre viene a mi la misma idea: (¿Por qué la gente hace esa clase de preguntas?) Y esbozo una sonrisa, —No puedo ir explicando a cada uno mi realidad, ¿O acaso le preguntan al chavo que viene sentado en el autobús por qué usó playera azul y no negra? No sé supone que las personas deben “amar a su prójimo como a sí mismo “y por ende ser buenas ante la “enfermedad” Ya lo dice el poeta neoyorquino Gregory Nunizo  “He conocido a las extrañas enfermeras de la bondad, las he visto besar a los enfermos y cuidar ancianos, dar caramelos a los locos.” […]¿Entonces por qué lo hacemos?  Imagine que aparte del bolso, el bastón y mi cuerpo  (que ya es bastante) cargara  con un letrero que diga: “La respuesta a la pregunta que seguramente te haces es: Tengo secuelas de parálisis cerebral espástica, continua tu camino.” Pero no soy un diagnóstico médico, y si me tomara el tiempo de explicarlo seguro nos llevaría muchos cafés y kleenex de por medio, —; así que te lo ahorraré y diré —que mi cuerpo tomó decisiones sin consultarme y aventó una descarga de energía a toda velocidad, la cual se esparció por cada extremidad; pero el hemisferio derecho le pareció más atractivo y decidió quedarse — unos minutos más para salir corriendo y luego dejar un desastre –

Desde entonces otras personas y yo hemos tratado de arreglar esa especie de teléfono descompuesto anatómico, pues mi cerebro dice una cosa y mi cuerpo hace otra, con una variedad de resultados que son erróneos. Me convertí en un experimento neuromotor que busca perfeccionar el movimiento y todo los quehaceres que con esto conlleva y lograr la perfección. Soy el resultado de ensayo y error. Mi cuerpo creció disparejo, asimétrico, tratando de encontrar la manera de sentirse cómodo. El miedo lo paralizó y se puso rígido; mi ojo decidió mirar hacia otro lado, mi mano tomó una forma extraña y los pies, cuando quisieron caminar, lo hicieron en punta como una bailarina de ballet.

Se dice que los humanos, al contrario de los animales, nacemos con la propensión a caminar pero no con la capacidad de hacerlo. Debemos aprender mediante la experiencia a moldear los extraordinarios circuitos que son los que nos permiten caminar durante toda la vida. ¿Y si esos circuitos se dañan? El andar, un acto que parece sencillo, se vuelve en una osadía, ojalá sólo fuera cuestión de ir a la tienda de materiales eléctricos y decir: “Me da unos cables para hemisferio derecho para función motora”; pero no somos un coche que puede ir con el eléctrico y listo, no existen refacciones para nuestros cables, y la capacidad correcta para caminar me fue negada.

Cundo intenté caminar, según recuerdo, no entendía por qué el pie no podía estar abajo. Con el tiempo entendí que mi punta era un nuevo talón para mí. Pasaba más tiempo en el piso que mirando hacia el cielo, el pavimento ya conocía el mapa de mis manos; aquello que sólo debía durar en promedio 18 meses en mi ha tomado toda la vida.

¿Cómo se aprende a caminar “bien”? Aprendemos dando miles de pasos y sufriendo miles de caídas por día en nuestra etapa de entrenamiento. En mi caso fueron más caídas, temblores y disonancias. Entonces sabes que algo no funciona bien, y que tu cerebro no consigue ser uno con tu cuerpo y esas instrucciones dichas de mil maneras no logran que tus eslabones musculares sigan una cadena para un buen movimiento y no seas un pony recién nacido explorando el mundo.

El primer arreglo en la búsqueda de la caminada perfecta vino cuando tendría como 4 años. Sería estirar esos tendones, nada que un buen cirujano y su bisturí no pudieran hacer. Parece tarea fácil: abro, jalo, estiro y cierro; coloco unos yesos para resguardar ese tendón de Aquiles, y después de tres incisiones y no recuerdo cuántas puntadas surgirían las primeras cicatrices hechas por otras manos en la búsqueda de arreglar algo que esta “descompuesto”, y también sería entonces la primera vez que mi cuerpo olvidaría lo poco que había aprendido del arte de caminar. Apenas pisé el suelo después de quitarle aquellos yesos, le tuve que recordar a mi cadera, pierna y pie lo que se suponía sabían hacer.

Mientras los niños ya jugaban pelota a toda velocidad, yo le enseñaba a mis piernas sus primeros pasos, recorría hospitales y centro de rehabilitación, y con mi corta edad trataba de entender que le tenía que dar instrucciones a mi cuerpo de las que ni yo misma conocía su significado; en tanto, otra persona lo manipulaba y yo sólo escuchaba el rechinido de mi cuerpo, que no se parecía al de una puerta, ni al de los niños derrapándose con sus tenis nuevos; ese rechinido que venía acompañado de un dolor que pocas veces se convertía en llanto.

Siempre decían: “Intenta pararte, tú puedes”. Y unos momentos parecía que sí,  pero después mi cuerpo decía no.

Cuando estaba a punto de rendirme pensaba en las palabras de mi padre: “Eres una princesa domadora de dragones, y si puedes con un dragón, puedes con tu cuerpo”. Pasaba mucho tiempo entre consultas y rehabilitación, así que nos hicimos amigas del señor de los tamales y la señora de las gorditas. Mamá se volvió experta en cargar su casa en una maleta. Y volveríamos a nuestro hogar con una nueva rutina de ejercicios en busca de convertirme en una sensei del caminar. Mientras las demás niñas traían patines atados a sus tenis yo tenía unas mangueras atadas con un cinturón de cuero y metal que me hacían sentir que traía una especie de armadura que me daba el súper poder de caminar. Era inevitable atraer miradas.

Desde ese momento supe que era “diferente”, parecía la atracción del camión que nos traía de vuelta a casa después de que esta heroína se hacía más fuerte. Mamá solo decía: -“Es que las niñas heroínas no se ven a diario, por eso te ven con mucha atención y asombro”.

Caminar era un ensayo lleno de errores que todos notaban y era un constante: “Baja esa mano, apoya ese pie, dobla la rodilla”. Y yo solo le decía a mi cuerpo: “Obedece, por favor”. Parece que nunca he sido buena en eso de dar y seguir instrucciones. Nunca entendió qué era apoyar correctamente un pie, aunque inventara otros lenguajes, eso solo servía para nombrar los dolores que causaba una plantilla después de una larga caminata errónea, el dolor que provoca el viento frío de invierno y el andar descoordinado de mi cuerpo, ardores etcétera.

De niña siempre traté de entender las preguntas de los demás y pretendía explicar todo eso que no podía hacer y mi apariencia. Y los niños son crueles, ni siquiera sabían mi nombre,  para ellos era: “La enfermita”, “la chuequita”,  “la coja”, “la extraterrestre”, y un sinfín de nombres menos el mío.

Según cálculos de un médico japonés de nombre Yoshiro Hatano, para gozar de buena salud hay que caminar en promedio diez mil pasos al día, es decir, entre siete u ocho kilómetros cada vez. Pero, cómo alcanzarlos cuando el cuerpo se niega, se desconecta de tu cerebro y aun así debes salir a la calle. Y entonces te das cuenta de que ni tú ni tu cuerpo encajan en ningún sitio porque el tiempo de tus pies es otro. Intentas ganarle la carrera a un semáforo en rojo con ayuda del bastón y miras la indiferencia de los otros pies, que en ocasiones parecen burlarse porque los tuyos no funcionan a la velocidad de lo cotidiano e intentan dominar el arte de caminar.

Dicen que si quieres convertirte en experto debes practicar todos los días, pero qué sucede cuando lo haces unas cinco horas diarias en promedio y ni así lo logras, y en la búsqueda de “arreglar” algo descompuesto lo rompes más, fracturas tus huesos (una vez con propósitos médicos, porque descubren que tus piernas no se entendieron y una creció más que otra: entonces fija metales para sostener lo roto y después todo estará bien); y ahora, aceptar la sensación de saberse rota, el metal saliendo de tu carne, huesos fisurados, y otra vez a tomar lecciones de aprender a caminar, pero ahora con un fijador externo.

Empecemos de nuevo: talón, flexión, punta, pero ahora agregue calambres, ardores, cual si estuviera ocurriendo un incendio, muletas, cáscaras de fruta que la gente deja caer, basura, fugas de agua, banquetas agrietadas y miradas  de compasión. ¡Tengo parálisis cerebral! No estoy “malita”, no me castigó Dios, ni a mí ni a mis padres; llamemos las cosas como son, dejémonos de eufemismos y pongámosle nombre a las cosas, que para eso los tienen.

Soy una mujer que tiene un trastorno muscular de la postura y el movimiento porque mi cerebro decidió hacer su voluntad y se desdijo del lado derecho de mi cuerpo, y en este intento de comunicación correcta lo he hecho cliente frecuente de los hospitales, las fracturas, el dolor y las terapias físicas.

Y aún soy una aprendiz en el arte de caminar, porque resulta que hay tantas formas de caminar como personas en el mundo.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Licenciada en Creación Literaria (UACM) Escritora por convicción, promotora cultural y literaria por vocación, conferencista y defensora de los derechos de las personas con Discapacidad por placer. Ha colaborado en revistas digitales como Bitácora de vuelos, Blanco Móvil, Poesía de Morras. Newsletter Yo también. Co Organizadora del evento “Los amorosos callan”del CCH Vallejo (UNAM), entre otros.
Secretaría de Cultura