Tierra Adentro

Llegó al deportivo con el marro al hombro. La maza metálica tenía el tamaño de una cabeza de bebé y el mango era largo y grueso como travesaño de cuna. Quienes lo vimos pensamos en otro berrinche cerca del desenlace, en otra locura idéntica a las que acostumbraba hacer, porque era un muchacho impulsivo que a las primeras de cambio podía gritar y soltar puñetazos, o abrazarte y llorar apoyado en tu pecho si equivocaba el enceste. Barreno era impredecible, voluble, se parecía al aire que en aquel entonces batía el polvo sobre las canchas de básquet del recién remodelado deportivo Plateros. Al descubrir el marro, presentimos que golpearía a alguno de nosotros por causas insignificantes, pero amargas y filosas para Barreno, y sólo para él porque su sentir alebrestado le daba malos consejos. Los amigos que no corrieron atemorizados hacia afuera del deportivo frenamos el bote del balón para mirarle a Barreno la cara aindiada, el ceño fruncido en una M y los labios húmedos después de repasar la lengua diez veces hasta limpiarse la espuma de la boca. Con zancadas firmes, la espalda recta, fue directo a la accesoria que habían construido en donde un año atrás estuvo la Tuerta, la cancha con un solo poste, tablero y aro a la que Barreno le había agarrado cariño antes de la remodelación, y en donde a manera de mausoleo existía ahora el consultorio para el tratamiento de lesiones deportivas del quiropráctico Julián Chávez. Barreno golpeó con el marro el local. El primer mazazo contra el hormigón se clavó en nuestros oídos idéntico a campanada repentina, y los chasquidos siguientes se amplificaron en el cielo limpio de la tarde. Salpicaron los primeros cascajos sobre sus tenis Fila y los chamorros metidos en los calcetines alzados hasta la rótula; empolvaron el short de color brillante y el pecho de la playera, cuyas mangas dejaban a la vista unos conejos de hombre, aunque era un muchacho de quince años, hijo de herrero que continuaba el oficio del papá. Barreno golpeó el muro una y otra vez. El primer fragmento de pared no tardó mucho en desprenderse y esto atrajo la atención de los guardias del deportivo, viejos conocidos de Barreno que lo habían surtido a toletazos la semana anterior cuando lo descubrieron subido en una escalera, martillando este mismo muro para clavar en él un aro de hierro. Ahora sí, los guardias harían papilla a Barreno. Lo presentimos.

Y es que esta historia comenzó un año atrás. Ese día en las puertas del Plateros colgaron avisos sobre la remodelación y el cierre al público durante doce meses. Por fin empastarían los campos de futbol, instalarían bancas donde sentarnos a esperar la reta de básquet, los mamados darían volteretas en el gimnasio al aire libre, y los niños de Mixcoac remojarían sus panzas en la primera alberca de la colonia. Pero mientras, debíamos esperar. Y a esa edad se esperaba poco. Los amigos nos quedamos afuera del Plateros con las manos asidas al enrejado y con un pie sobre el balón en el piso, sin mucha idea de qué hacer durante nuestras tardes sin deporte ni mástiles donde apoyar la espalda para hojear el Tele-Risa, como lo hacíamos en cada poste de aquellas canchas de tableros oxidados y pintura descostrada. Las revolvedoras de cemento, los martillos neumáticos, medio centenar de albañiles con palas y señoras con cestas de comida forradas de plástico azul llegaron a nuestro territorio, a nuestra casa, para transformarlo en un deportivo acorde con las exigencias de la colonia en desarrollo. Pero mientras, nos habían robado el basquetbol, tutela de nuestros días.

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Fue durante la primera versión del Plateros cuando conocimos a Barreno. Una tarde apareció con un balón Voit, duro y liso, similar a un guaje, que partía labios o quebraba narices si te golpeaba de lleno en la cara. Y, sin preguntarnos, organizó el partido en la Tuerta —«Un aro en cada extremo de la cancha son dos ojos; un aro nada más, y media cancha, ¡es la Tuerta!», cantábamos entonces—. Se hacía llamar Barreno porque taladraba a base de fuerza cualquier intentona defensiva. Muchos salimos botados a causa de un hombrazo o codazo suyo. Pero nadie se quejaba porque, a pesar de la rudeza, proteger el balón con el cuerpo está dentro de las reglas y es maña de cada quien sacarle ventaja. Poco a poco adquirió fama su tiro de media distancia que catapultaba el balón desde atrás, con los brazos a la altura de la nuca; certero pero vulnerable: podías bloquearlo si le caías por la espalda. No obstante, a pesar del moco, Barreno embestía con más potencia y llegaba sin esfuerzo bajo el tablero, empujando con las nalgas o el lomo mientras botaba el balón. Como una broca arremete contra el aplanado, nadie podía detenerlo. A veces ni dos contrincantes. Alguna vez nos contó que se apellidaba Barrientos y que provenía de una familia de herreros, debido a lo cual el apodo tomó más significado: Barreno podía relacionarse con la segueta, el yunque o la fragua del oficio… O tal vez no, pero entonces éramos unos chamacos y podíamos imaginarnos cuanto quisiéramos. Lo importante era el ingenio.

Barreno era un deportista leal. Apostado el refresco al veintiuno, pagaba chitón si perdía. Hubo ocasiones en las que si alguien andaba pobre para compensarle la apuesta, él invitaba. Sin embargo, esto no le achataba el temperamento. Muchas veces peleó hasta ensangrentarse la boca contra jugadores extranjeros, es decir, contra tipos que venían esporádicamente al deportivo o aparecían por ahí durante las vacaciones escolares: les jugaba rudo y ellos se calentaban. Otras tantas, se puso sentimental después de una reta perdida, porque las broncas en su casa lo traían finto: su papá era hidropésico, por tanto alcohol y carne roja, y sobrevivía con medio riñón. Barreno para entonces ya debía trabajar en el negocio, haciendo lo que le correspondía al hombre en vez de ir a la escuela, como nosotros. Si bien Barreno no era alto, nos contaba que su papá sí, que medía 1.90, que era güero, y que tenía la altura precisa para practicar encestes si el señor ahuecaba los brazos como aro, en torno al aire. Al menos así lo recordaba de niño. Esto nos hizo dudar de que fuera hijo de ese hombre —Barreno era prieto—, pero nadie quiso decírselo nunca porque su reacción podía ser alocada. Ningún sentimien¬to era claro a esa edad.

Jamás volvió a jugar en otra cancha. Desde que Barreno llegó al Plateros, le agarró cariño a la Tuerta e infinidad de atardece¬res lo encontramos sentado en el piso, con la pelota entre las piernas, a la sombra del tablero. Vámonos a otro lado, Barreno, le decíamos, pero se aferraba a jugar ahí. En ningún lugar le vi¬mos encestes tan vitales ni movimientos tan veloces como en la Tuerta. Quizá por el dominio o el temor que nos infundía, co¬menzamos a jugar donde él mandaba. Poco a poco nos acostum¬bramos al trastabillar de aquel aro que dificultaba los encestes y a los resbalones a causa del cemento liso. Convertimos ese espacio en otra casa dentro del Plateros. Digamos, en un cuarto dentro de la casa. Ahí por primera vez Fernando se fajó a Elena una tarde-noche cuando nos hacíamos pato; ahí Roy destapó su primera Viña Real y los demás le hicimos el fuchi, y yo le canté a Georgina una canción cuya letra hablaba del tipo frío y aburrido con quien se besuqueaba. Pero esto no viene a cuento.

Lo que pasó fue que el aro de la Tuerta desapareció. Según, lo habían segueteado durante la noche y había sido secuestrado dentro del saco de algún pepenador. A pesar de los rumores, existía la posibilidad de que se hubiera zafado solo. El Plateros para entonces necesitaba urgente mantenimiento: las instalaciones se caían a cascajos. Para remediar el mal, Barreno se ofreció a forjar otro aro. En su casa tenía la herramienta indispensable. No había necesidad, le dijimos, podíamos jugar en otra cancha mientras la administración del deportivo reponía el de la Tuerta —lo cual, la mayoría de las veces, no pasaba, pero nos tenía sin cuidado siempre y cuando hubiera alternativas—, y dimos por olvidado el hecho. Barreno no quedó muy convencido. Al día siguiente trajo un aro nuevo. Nuestro amigo estaba tan alegre como quien lleva pan a casa después cobrar su primer sueldo. Le ayudamos a atornillarlo provisionalmente, a la espera de que su familia le prestara la camioneta para traer la soldadora. Fue todo un show. A algunos nos tocó ser banquito; a otros, pasarle las tuercas y las pinzas. No sería mala idea poner un negocio de instalación de canchas de básquet, especuló esa tarde. Su deseo jamás se cumpliría porque, como ya vimos, los guardias estaban a punto de ablandarlo a toletazos.

El aro funcionó un tiempo hasta que la remodelación del deportivo fue inminente. Sin embargo, a pesar de la estricta veda, Barreno saltó la malla de seguridad el primer día de la obra y se puso a jugar con su pelota en nuestra vieja cancha. Le pedimos a gritos que saliera, pero nos ignoró. De la nada, aparecieron albañiles con sus marros al hombro. Uno de ellos traía un pliego extendido e indicó a los otros, con el dedo índice apuntando al horizonte, el sitio a construir. Luego apresó el papel bajo la axila y movió los brazos levantando los cuernos de una carretilla invisible. Mientras se organizaban para trabajar, Barreno hizo algunos tiros, pero cuando definieron qué parte le tocaba a cada quien, y trajeron una máquina enorme, mitad sierra, mitad taladro, sobre un remolque de llantas, le pidieron que se fuera porque no podía estar ahí durante la remodelada. Barreno se puso agresivo. Dio pasos de boxeador alrededor de ellos, incluso se quitó la playera y liberó sus músculos de niño. Tiró golpes volados. Escupió al piso. Se palmeó el pecho. Alcanzó a tumbarle el casco a un albañil que ingenuamente quiso agarrarlo del hombro para llevarlo a la salida. Terminaron por caerle encima tres o cuatro hombres y Barreno, chillando, abrazó el poste de la Tuerta y luchó por no soltarse ni cuando lo cargaron de las piernas y él, como si un ciclón quisiera arrebatarlo de la isla, del poco terruño sobreviviente, quedó suspendido del tubo con los dedos. El resultado fue obvio. Lo sacaron a rastras de la construcción y en minutos hicieron trizas el poste, el tablero, el aro. Fragmentos de metal inservible, de un caño mutilado, quedaron regados por el cemento a punto de ser remolido por la máquina del coche. Cavarían nuevos cimientos.

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Esto no paró aquí. A la mañana siguiente, Barreno trajo la camioneta cargada con varilla, láminas y kilos de alambre. Yo lo vi cuando me dirigía a la tienda. A punto de brincarse la malla, me explicó que su papá estaba en las últimas —apretó los puños; a la vez quiso chillar—, que lo habían mandado a comprar unas medicinas en la camioneta, y había aprovechado para cargar los fierros. Lo juró: reharía nuestra Tuerta. Traté de disuadirlo explicándole la poca importancia del esfuerzo. No podíamos aferrarnos a los escombros del pasado. El deporte seguiría siendo un papá consejero donde quiera que se hallara una cancha, para qué preocuparse. Barreno apretó el ceño y me mostró los incisivos. Como si le hubiera mentado la madre, me correteó para surtirme a golpes. Apenitas escapé.

Dicen que donde estuviera la Tuerta construyó un tablero pirata, que levantó un mástil maltrecho con segmentos ceñidos con alambre, y que cuando improvisaba el tablero, los albañiles lo reventaron a palazos. Pero no volvimos a verlo hasta este momento, un año después, cuando el consultorio de Julián Chávez estuvo en pie sobre la Tuerta, y las nuevas canchas resplandecían con los tableros blancos de sol. Los guardias corrieron hacia Barreno sujetándose el cinturón y los toletes como si hubieran salido deprisa del baño para aliviar esta otra emergencia. El guardia rechoncho cayó atolondrado al piso por el puñetazo a la mandíbula que Barreno le aplicó. El otro, el flaco, para evitar más sorpresas, se aventó a las piernas de nuestro amigo y después de ser trapeado algunos metros, idéntico a un niño malora arrepentido a los pies de su padre, al fin pudo someterlo. Esta vez Barreno se mudaría al tutelar de menores por daños a propiedad federal, amenazaron.

Porque a través de la ventana había visto a Barreno tundirle a la pared, Julián Chávez abrió la puerta del consultorio y salió contrariado. El quiropráctico medía casi dos metros y su espalda era un triángulo equilátero donde los hombros musculosos conformaban la parte más ancha, y la cintura estrecha remataba la figura. Las muchachas decían que además de triángulo, su cuerpo parecía un corazón de chocolate blanco porque Julián Chávez era güero. Ellas y nosotros nunca coincidíamos en nada. La imaginación se amolda a todos los gustos. Julián había sido nadador en juegos panamericanos pero se había retirado por una lesión en los dorsales, debida a la brazada de mariposa deficiente que desarrolló con el tiempo, culpa de la tutela de sus primeros y primerizos profesores. Supo lo que Barreno había hecho la semana anterior y estaba consternado por la tranquiza de los guardias y porque el coraje de nuestro amigo parecía inagotable. Mirado el show, después de tomarse el tiempo suficiente para frenar todo impulso querellante, masticar y escupir la preocupación, Julián Chávez exigió a los guardias que soltaran a Barreno. Tomó el marro del piso y lo aventó a unas yedras. Con un silbido nos pidió la pelota. A continuación empujó a Barreno por la espalda, hasta llevarlo a las canchas nuevas. Cuando presentimos que este reventaría al quiropráctico en una golpiza mayúscula, Julián Chávez se inclinó para mirar a los ojos a nuestro amigo, y le dijo:

—A partir de este momento, tú y yo jugamos en cualquier cancha. La Tuerta ya no existe. Sólo quedan éstas y nada más —extendió el brazo y con la punta del dedo índice señaló el horizonte de nuevos tableros—. ¿Estamos?
Y listo.
No hubo lágrimas. No hubo más espuma en la boca de Barreno. Quince minutos después, él, Julián Chávez, los guardias y nosotros disputábamos un torneo; los perdedores invitarían los jarritos de tamarindo.

 


Autores
es narrador. Becario del fonca en el periodo 2010-2011. Ha publicado en diversos medios impresos y electrónicos del país.
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