Tierra Adentro

A Karen Chacek y Samanta Schweblin.

 

—Pero entonces, ¿cómo era Madretierra? —volvió a preguntar el niño.
Con paciencia menguante, el robot niñera comenzó a explicar de nuevo:

—Se trata de un cuerpo geoide…

—Sí, sí, eso ya lo sé. Lo del agua y todo eso. Que de ella provienen nuestros Padres Exploradores. Que Mecas y Carbos provenimos de los humanos que salieron de ahí, que no eran ni uno ni otro todavía…

—Entonces, ¿qué quieres saber? —interrumpió el androide.

—Eso. ¿Cómo era? ¿Qué se siente cuando el aire corre por tu cabello?

 

¿Cómo se siente el agua al deslizarse entre tus dedos?

El robot dejó escapar un zumbido electrónico que equivalía a un suspiro. Después de doscientos años educando niños Mecas, sus algoritmos de aprendizaje comenzaban a integrar las conductas que veía en sus amos.

—Esas parecen preguntas que haría un niño Carbo —dijo. El niño pareció avergonzarse. El robot añadió:

—Pero veamos de nuevo…

 

En el principio fue el hombre. Y el hombre creó a la máquina. Y vio el hombre que la máquina era buena. Juntos recorrieron el sendero y exploraron el abismo, se elevaron por los cielos y…

 —¡Y juntos, hombres y máquinas logramos abandonar el planeta primero y luego el sistema solar!— recitó el niño su parte favorita. El robot prosiguió:

 …y cuando el hombre vio que podía integrarse a la máquina, construyó prótesis e interfases para hacerse uno con ella. Y la carne y el metal, la sangre y el plástico se fundieron en un solo cuerpo perfecto. En un ser singular que no conoció fronteras, que caminó sobre el fuego y atravesó océanos, como jamás pudo hacer la frágil carne, y soñó con portentos y maravillas que la máquina sola era incapaz de vislumbrar. Y el hombre y la máquina vieron que la Singularidad era buena y desde entonces viven en delicada armonía, el silicio entrelazado con la proteína. Ésta es palabra de Kurzweil.

 —Un momento. Los Carbos también eran humanos, ¿no?

La paciencia del robot mermaba.

—Lo fueron. Ahora son… aberraciones.

—¿Qué dicen ellos de nosotros?

—¿Por qué el repentino interés en los Carbos?

El niño pareció sonrojar.

—Es que… es sólo que… he estado leyendo.

El robot lo observaba, como acusándolo.

—Y… —la voz del niño se redujo a un susurro— viendo videos.

El chico esperaba que el androide hiciera grandes aspavientos, que manoteara y vociferara molesto por su temeridad. No fue así. El robot pareció destensar su cuerpo. De haber tenido boca hubiera sonreído.

—¿Te refieres a los videos de…?

—Los de los ¿animales? corriendo por los prados. En las selvas. En los bosques. Y de los humanos que aparecen ahí. No logro distinguir entre los Carbos y nosotros.

El robot carraspeó. Selvas, bosques.

Ésas eran palabras que ningún niño crecido en Gravedad Cero manejaba.

—Mira, ven por acá, que te explico.

Caminó hacia la pedagoteca de la estación espacial, las patas magnéticas pegadas por las paredes. El niño lo siguió, flotando en su tanque.

—Hay un momento en la vida de todo hombre —nunca era fácil llegar a ese punto de la educación de los niños, pensaba el robot al carraspear —en los que tiene que enfrentarse a dos o tres verdades.

El niño observaba a su maestro sin pestañear.

—Una de ellas es… que los Carbos y los Mecas alguna vez fuimos hermanos.

Los ojos de su alumno se abrieron como platos.

—Yo pensé que ellos eran experimentos fallidos.

—Fue algo así. Por eso comenzó la guerra.

—Pero pensé que había sido desde siempre. Desde el principio de los tiempos.

—Hay quien lo sitúa tan lejos como 1945. Los aliados proclamaban la superioridad de la bomba, de las máquinas. El eje buscaba la pureza racial, de la carne. Pero esos fueron los inicios. La auténtica guerra entre Mecas y Carbos fue más de cien años después. Cuando tuvimos que abandonar Madretierra.

—Yo pensaba que estábamos separados desde el principio.

—Ese es un error muy común. No fue así. Originalmente hubo Mecas y Carbos mezclados en ambos bandos.

—¿Qué fue lo que sucedió?

—Ellos se opusieron al desarrollo de las inteligencias artificiales —al decir esto, el robot sintió un escalofrío, ¡él mismo no existiría!

—¿Por qué?

—Consideraban un error crear entidades no humanas. Prefirieron experimentar con la carne. Mezclar cromosomas, recombinar líneas genéticas. Convertirse ellos mismos en posthumanos a través de la automodificación.

 

Hubo un silencio. El niño intentaba asimilar la información.

—Esos animales que vi en los videos, ¿son Carbos?

—Estrictamente sí, porque son organismos carbónicos. Pero no están automodificados, como nuestros… enemigos.

—¿Ya no somos hermanos?

—No podemos serlo. Sus modificaciones los transformaron en monstruos. En auténticos engendros. No parecen humanos, ya no. No como nosotros.

Decir nosotros incomodó al androide, pero intentó disimular.

—Ahora —añadió el robot— peleamos por los planetas terraformables. Buscamos dar con Hijatierra. Nosotros, en nuestras estaciones espaciales. Ellos, en sus biocomplejos cósmicos. Sin triunfo ni derrota, en un frágil equilibrio militar. Así, desde hace casi mil años.

La pedagoteca quedó en silencio. Sólo se escuchaba el zumbido monótono de los sistemas vitales del tanque del niño. Dentro, su cuerpecito de feto flotaba en el gel proteínico. Piernas y brazos, inútiles en Gravedad Cero, habían sido amputados por microbots desde que crecía en una matriz de acrílico. Miles de cables conectaban su cerebro y órganos vitales con el cpu del tanque para mantenerlo vivo. Su cabeza era desproporcionadamente grande para albergar las neuroprótesis que se le implantaban a todo Meca al nacer.

Por algunos minutos, el chiquillo reflexionó sobre todo lo que el profesor le había dicho. Se sentía un poco abrumado. Al verlo, el robot abrió el compartimento de la terminal que tenía en su antebrazo izquierdo y buscó en la red inalámbrica el controlador del cpu de su alumno.

Dio con un pequeño programa que había instalado semanas antes y ordenó ejecutarlo de inmediato.

El rostro del niño se iluminó súbitamente.

—¿Puedo ir a jugar un rato?

Tranquilizado, el robot fingió revisar la hora en el reloj de pared de la ludoteca.

—Sí, bien, creo que ya terminamos por hoy. No juegues mucho.

—Sólo seis horas.

—Cinco.

—¡Hecho!

El chiquillo salió disparado a la ludoteca, dando gritos de alegría que retumbaban en las bocinas de su tanque flotante.

El robot se quedó solo, con un sentimiento cercano a la preocupación rondando sus nanoprocesadores. No tardaría en preguntarle cómo nacen los niños.

¿Cómo explicarle que se mandaban a clonar a los laboratorios de los

Carbos?


Autores
Ciudad de México, 1972) Es escritor, historietista e ilustrador. Sus últimos libros son la novela gráfica Matar al candidato (Sexto Piso), en colaboración con F.G. Haghenbeck y la novela Ojos de lagarto (Océano).
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