Tierra Adentro
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Revista Tierra Adentro núm. 106

La muerte
Octubre-noviembre de 2000
80 pp.
 

“Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estudios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte, a su vez, no era un fin en sí; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha.”

Lo anterior fue escrito por el gran poeta y ensayista Octavio Paz en El laberinto de la soledad, libro del cual estamos celebrando este año su primer siglo. A decir del autor, en las concepciones de los antiguos mexicanos sobre la vida y la muerte reside una buena parte de nuestra idiosincrasia, y advierte que, a la luz de la cosmovisión, la muerte ilumina la vida, ya que sin aquélla careciera de sentido, tampoco lo tendría la vida. “De ahí que si nos morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata”.

Medio siglo después, Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo especialista en el tema y autor de los libros Muerte al filo de obsidiana y Vida y muerte en el Templo Mayor, al reflexionar al respecto, señala: “Ante lo inexorable, ante lo que no se puede evitar, como es la muerte, el hombre trata de trascender de alguna forma, por eso inventa en todas las religiones una explicación para lo que acontece después de la vida, se niega a morir, le aterra la muerte_; entonces crea una serie de artilugios para poder trascender. Crea infiernos, cielos y todos esos lugares a donde se puede ir después de morir”.

El sincretismo religioso de los mexicanos ha generado una conciencia muy particular respecto del fin de la vida, un culto especial a la muerte que se refleja en calaveras, ofrendas, rituales y fiestas para que, como dijera Paul Westheim en su libro La calavera, el día de difuntos no sólo sea de llanto sino también de “la más desenfrenada alegría de vivir”.

En las presentes páginas de Tierra Adentro una serie de creadores y especialistas abordan el tema de la muerte desde su particular visión, ya sea través de textos reflexivos o de materiales de creación donde sobresale la emotividad. De este modo se ofrece a los lectores un acercamiento a este elemento de nuestra identidad cultural que, al iniciar el mes de noviembre, se manifiesta con toda su religiosidad y su paganismo.

Complementan este número las páginas dedicadas al pintor oaxaqueño Francisco Toledo, de quien este año celebramos su sesenta aniversario en la plenitud de su gran talento artístico y en el más alto nivel del reconocimiento nacional e internacional.

En la realización de este número agradecemos las facilidades y el apoyo brindados por el Museo del Templo Mayor, el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y el Centro Nacional de las Artes.

Secretaría de Cultura