Tierra Adentro

Alacena

El blog de la Redacción de Tierra Adentro.

Ilustración realizada por Jal Reed

¿De qué hablamos cuando hablamos de hablar?

Qué onda, amix, primero que nada, buen@s días/tardes/noches, hoy vengo a echarte choro sobre los memes, pero primero, te presento al compa Witggestein, bueno, no te lo presento porque ya se murió pero te voy a platicar poquito de él. Pues resulta que este vato empezó siendo ingeniero, pero después se interesó por la filosofía, escribiendo el Tractatus lógico-philosophicus (si, suena medio mamador, no lo menciones en una peda para ligar, te lo digo por experiencia), donde dice, palabras más, palabras menos “El lenguaje solo sirve para representar lo real y se chingó”, pero después el men repensó las cosas y escribió sus Investigaciones Filosóficas, donde, de alguna manera se retracta y ahonda en lo que él llama “El lenguaje natural”.

 

 Aguanta, aguanta, ya casi terminamos este choro mareador y pasamos a los memes;

El lenguaje natural consiste en que no solo las palabras son comunicación (lenguaje lógico), pues hay muchos factores más allá de lo hablado para interactuar con lxs demás, por ejemplo, cuando platicas con alguien, el movimiento de su cuerpo, el aroma que produce, etc, te dan más información respecto a la conversación que mantienes con esa persona. Pero la comunicación no se da solo entre personas o seres vivos, el viento al chocar contigo también ejerce comunicación, te provoca algo. Por esto se podría decir que el lenguaje lógico s parte del lenguaje natural, que es, como el universo, prácticamente infinito (o eso dicen).

Ahora sí, a lo que veníamos

Sobres, ahora sí, memes, ya con esta introducción y tomando como referencia al Witgenstein, podemos deducir que una imagen es también una forma de lenguaje. El meme, como comúnmente lo conocemos, es una imagen que mezcla texto y palabra, como este:

 

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Y podríamos dejarlo hasta ahí, el meme es la fusión de palabra e imagen y sanseacabó, pero el hecho de que el meme haya permanecido durante todo este tiempo cambiando constantemente, nos indica que es una evolución de ambas que sigue evolucionando. En el siguiente meme hecho por el usuario de Instagram @autodidakta_____, podemos ver un breve resumen de las Eras Meméticas del Internet:

 

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¿Hacia dónde va el meme?

Otra evolución de la palabra e imagen que se ha visto agarrar su propio camino, es el cómic, que, de manera similar al meme, comenzó siendo visto como un mero entretenimiento pero fue transformándose hasta llegar a Novelas Gráficas y grandes obras como Watchmen, Daytripper, Maus, etc.  y, es que, si se puede usar para comunicar, puede usarse para hacer arte.

 

En 2015 se publicó “Zac’s Haunted House”, una novela hecha de puros GIFs, simón, como lo leíste, puras imágenes en movimiento contándote una historia de terror. Esto fue hace seis años y hoy día podemos ver memes cada vez más elaborados, llegando a rozar con la microficción, por ejemplo, retomando al compa de Instagram:

 

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Viendo esto, no me sorprendería que de aquí a unos cuantos años se establezca el meme como una corriente literaria (¿Memeratura?)  o artística (¿Memearte?, de tu arte a mi arte…), pero bueno, mientras cambiaré mi foto de perfil a un Bob Esponja Cholo.

Cámara, bandita.

 


Autores
Escribidor y poetoide. Autor de 6 libros en México y Argentina. Dos tres premios por ahí, el último de ellos, el Premio de Literatura de León 2021 en la categoría de poesía, con su poemario La llaga. Le dan miedo las avispas, mucho miedo, son del diablo.
Ilustración de Mariana Martínez.

Ilustración de Mariana Martínez.

Nos escondemos boca abajo detrás del árbol grande

y nos tapamos las orejas con las manos y abrimos la boca.

Se oye una explosión.

Agota Kristof

La habitación es espaciosa y las cortinas están cerradas. Los niños entran. Son dos. Es difícil verlos. La mujer viene detrás con la maleta, enciende la luz y pregunta:

¿Esto es todo lo que han traído?

Los niños asienten.

¿No hay otra maleta?

No, solo esta responde uno.

El otro dice:

Compartimos todo.

La mujer suspira, abre la maleta, echa un vistazo: calcetines, cepillos de dientes, camisetas. Lo suficiente para pasar varios días. Zapatos de piel, suéteres, la ropa hecha bola. Patines de cuero también. Pasados de moda. Y una cuerda para saltar. Al fondo alcanza a ver una fotografía enmarcada. De inmediato siente curiosidad. Extiende la mano para sacarla, pero uno de los chicos se lo impide:

¿Qué es esto? pregunta señalando las sábanas.

Son cohetes —responde ella. Y robots.

Pero los niños parecen no entender. La miran confundidos. Y la mujer se da cuenta: les ha hablado en un idioma que desconocen. Pronto olvidó que los niños hablan ruso. Está cansada. Le cuesta concentrarse. Cierra la maleta y toma aire.

¿Tienes hambre, Mikhail?, pregunta dirigiéndose a uno.

El otro responde:

Mikhail soy yo.

Y se señala con el dedo.

Él es Nikolái —continúa.

Ella gira la cabeza entre uno y otro. Concluye:

¿Tiene hambre alguno de los dos?

Los gemelos asienten.

El desayuno espera sobre la mesa. La mujer lo ha preparado para darles la bienvenida. Los niños se sientan uno frente a otro. Miran las frutas y el pan tostado. Las cucharas reposan brillantes junto a los frascos de yogurt. Todo en orden. Ella espera, por supuesto, que coman. Porque lucen pálidos. Y débiles. Nikolái estira la mano hacia el tenedor, pero Mikhail se levanta de la silla y se aproxima a él. Le arrebata el tenedor. Aparta el plato.

No comemos informa a la mujer—, no comemos.

Acerca los labios al oído del gemelo. Le habla muy despacio.

Nikolái asiente, abre bien los ojos, se deja convencer.

Queremos saber de dónde viene la fruta dice.

Del jardín de atrás responde la mujer, de mis árboles el durazno. Y lo demás del supermercado.

¿Y esto de dónde viene?

¿El yogurt? También del supermercado.

Nikolái olfatea el vasito.

Nos lo han prohibido sentencia, el yogurt y la leche.

No si es en pequeñas cantidades revira ella. Aquí no está contaminado

Compruébalo reta Mikhail, que ha vuelto a su silla y se mantiene erguido.

La mujer debe hacer entonces una demostración. Toma su yogurt y lo come. Dos grandes cucharadas.

¿Ven? Aquí está limpio.

Se lame los dedos.

Los niños la miran como se mira a un animal salvaje, o a un extraterrestre. Mezclan el miedo con la curiosidad.

Comeremos el pan tostado finaliza Mikhail en nombre de los dos.

Y luego, después de comer el yogurt y el pan:

Gracias por recibirnos aquí.

Felicidades, dice el instructivo, durante las próximas semanas usted alojará a uno o dos de los niños inscritos en nuestro programa de hospedaje. Agradecemos su interés y le damos algunas recomendaciones, a fin de que los niños se sientan como en su propia casa. Que respiren aire fresco, lee ella. Que tomen abundante sol. La piel de los niños es sensible y, si planea dar un paseo, le sugerimos aplicarles bloqueador solar. Le invitamos a que, durante la estancia, realice una visita al médico y otra al odontólogo, porque los niños vienen de familias que no pueden permitirse los cuidados más básicos. Al finalizar su estancia, serán devueltos por nuestro personal a sus países de origen. Si lo desea, haga un regalo sencillo entonces. Un buen ejemplo: las aspirinas, los medicamentos de venta libre. Otro ejemplo: el dinero en efectivo. Dólares americanos de preferencia. Si planea dar un incentivo económico, cosa los billetes al reverso de alguna prenda, para evitar pérdidas y para que los padres o abuelos puedan encontrarlos con facilidad. El instructivo dice también: no se desanime si durante los primeros días los niños no se adaptan al espacio de alojamiento. Les cuesta dar muestras de afecto, presentan cambios de humor, su silencio puede prolongarse.

Ella aparta el instructivo y mira las fotos anexas. Primero fotos individuales, acompañadas de información: Mikhail, 113 cm de estatura, 47 kilos de peso. Nikolái tiene la misma estatura, pero pesa un kilo más. Enseguida una foto de los dos. Los niños recién han cumplido los nueve y tienen el pelo del color de la paja. En la foto, Nikolái está un poco encorvado, pero Mikhail mira desafiante al objetivo. El fondo es la pared descascarada de una escuela, la lección de matemáticas sin borrar, las letras del alfabeto cirílico trazadas con tiza. Gemelos, se anotó al pie. La mujer pasa los dedos sobre el papel luminoso. Idénticos, lee en voz baja. Huérfanos, articula, a cargo de la abuela. Huérfanos, repite.

Y entonces se recrimina: ¿cómo se le ocurrió darles yogurt si es peligroso, si sus estómagos no están acostumbrados?

En la reunión previa, mientras esperaba su llegada, había escuchado las advertencias de otros padres anfitriones: el nuestro no quiso probar ni el queso, para ellos son comunes las prohibiciones; la mía era enfermiza y vomitaba cada noche por los nervios, decía que nunca se imaginó estar tan lejos de su casa; el mío, dijo un hombre, desconfiaba de los medicamentos que el doctor le había prescrito. Y cuéntanos, preguntaron después, ¿ya sabes a quién vas a hospedar? La mujer no respondió al principio, pero después dijo: dos hermanos, gemelos. ¿Cuándo llegan?, preguntó alguien. La próxima semana, respondió ella. Y esperó ansiosa.

Está en la cocina. Han pasado dos días desde su llegada. No puedo diferenciarlos, se dice. Acomoda las conservas. La mermelada primero, la cúrcuma y la pimienta después. Anota lo que es necesario comprar en el supermercado: pasta dental, lentejas, papel higiénico, algún juguete para los niños. Borra lo último. Nada de juguetes, piensa, pero, los necesitan tanto. Sus patines de madera lucen anticuados sobre la alfombra de la habitación. Camina a la ventana, se frota las manos, los mira explorar el jardín. Dice para sí:

Nikolái corre hacia el columpio. Mikhail se acuesta boca abajo y extiende las manos. ¿O es Mikhail el que corre y Nikolái quien se acuesta?

Sebastián los habría identificado de inmediato. Él es bueno para estas cosas, piensa ella, pero tenía que pilotear a Francia y dejarme cuando le dije que vendrían. Él había instalado el columpio con un neumático en la rama del árbol y le había deseado buena suerte. Ella había escuchado con los audífonos algunas lecciones de sus clases de ruso a distancia, innecesarias, por supuesto, había aprendido el idioma hacía mucho tiempo. Repitió entonces las sílabas: mo-lo-kó, leche, la palabra prohibida; s-tra-na, país, muy bien, se felicitaba; ras-to-ia-ni-ye, distancia, esa la he dicho mal. Vigila a los niños otra vez y en cuanto se percata de que no miran hacia la casa, corre a la habitación y realiza una segunda inspección del equipaje. Hurga en los bolsillos pequeños de las maletas, en los pantalones, introduce la mano al interior de los patines; algo personal habrán guardado, un papel, un pañuelo. No encuentra nada. Estos niños, concluye, no tienen secretos.

La mujer tiene una profunda necesidad de conocerlos. Sólo estarán dos semanas juntos. El sudor comienza a resbalarle por las sienes. La desconfianza se instala en su interior. Para calmarse desliza uno de los patines sobre el suelo. Lo hace trazar una curva sobre la alfombra. Lo que necesitas saber sobre ellos está en el jardín, pronuncia. Sí, está en el jardín. Y allá va. Cierra las cortinas y va a prisa, hacia el jardín trasero, lleno de árboles frutales, de huertos.

Toma un par de caramelos de un bote de la cocina tercer estante, junto al arrozy sale. Los niños lo sueltan todo con caramelos, piensa. Es preciso hacerse la pregunta: ¿qué necesitas saber de ellos?

¿Te gusta el columpio? grita desde la puerta.

S-ving, s-ving, esa palabra la había aprendido particularmente, porque el columpio había sido puesto ahí y así para ellos.

El niño baja del neúmatico, ¿quién es, Mikhail o Nikolái? Ni siquiera por la ropa podría diferenciarlos. Uno podría tener puestos los pantalones del otro, luego podrían cambiarse los suéteres cuando ella no viera, cuando se descuidara y diera la vuelta.

Sí, podrían jugar a los trucos.

Ella, sin embargo, tiene algo.

¿Caramelos?

Se ofrecen en sus manos. Como oro, brilla el papel metálico que los envuelve. Los niños se acercan rápidos, atraídos por el magnetismo del color.

¿Son caramelos de verdad? pregunta uno.

Desde luego.

Mueve los dedos, como la bruja embustera de los cuentos, para agitar el brillo.

Anda, Nikolái, toma los que quieras.

Así es tan fácil. Así sabrá rápido quién es quién por ahora.

Nikolái toma un dulce con la mano temblorosa. Una brisa de aire pasa y le agita el cabello.

Anda, toma más —anima ella.

Nikolái toma más. Tres o cuatro. Mikhail otros. Los reparten en cantidades iguales, pero cuando Nikolái desenvuelve uno, Mikhail vuelve a imponerse. Se acerca de nuevo al oído del hermano. Con que sí tienen secretos.

Ah, sí dice Nikolái asombrado. Son para el tesoro.

Oh, ¿están jugando al tesoro? Muy bien, que sean para el tesoro.

Y corren detrás del árbol. Con sus piernas ágiles, cortas, llegan ahí donde ella ya no puede ver y la posición de sus cuerpos indica que colocan los dulces en la tierra.

Hay que cambiar de estrategia, siempre cambiar de estrategia.

¡Creo que vamos a salir! Por las chamarras, anden, vamos.

Ella da un último vistazo al jardín. Detrás del árbol, le parece ver un brillo al que no puede acceder.

¿Qué quieren ser cuando crezcan?

Profesor de lengua dice Mikhail, seguro de sí.

¿Y tú?

Yo quiero… astronauta.

La mujer conduce a velocidad moderada. Los niños se mantienen firmes en el asiento trasero.

¿Hacia dónde queda el norte? pregunta el primero.

¿El norte? ¿Para qué quieres saber eso?

Los niños observan la ciudad por la ventanilla. Los árboles y puentes, las viejas casas.

No lo sé…

Quedan atrás letreros gigantes que anuncian productos, semáforos.

Es tan grande se asombra Nikolái. En el pueblo puedes ir de un lado a otro en un ratito. Y regresar.

Lo imagino.

Ella busca un lugar para estacionarse. Después toma el carrito del supermercado y se asegura de que los chicos vayan junto. Una ráfaga de aire acondicionado los recibe y las puertas eléctricas se deslizan. Mikhail las observa con curiosidad.

Había como estas en el aeropuerto.

Los niños entrecierran los ojos por la intensidad de la luz. Hay lámparas encima y debajo artículos etiquetados. Con el precio está ordenada la abundancia de frutas, envases. A ella le da placer ese orden. Pero algo ocurre pronto que lo interrumpe. En el pasillo de las cajas de cereal, las personas observan con curiosidad la imagen: una mujer que llena el carrito de las compras junto a dos niños idénticos, blancos como el queso, pálidos, con suéteres roídos, ojeras. Y los hombres cargan en hombros a sus críos. Las mujeres los alejan de los gemelos, los rodean con sus cochecitos, como si algo malo ocurriera con ellos o irradiaran una fuerza, un halo, un campo a su alrededor. Pero qué malo puede estar pasando, piensa ella, los van a asustar. Luego tiene que concentrarse en decir ko-rob-ka, caja, paquete, paket, caja, sí, shokolad, chocolate, cereal, zernovoy. Y darles a elegir. Ellos no entienden qué quiere ella. Mikhail señala con desinterés el cereal de chocolate, con los ojos bien abiertos. Lo mismo con las mermeladas, los sabores son muy extraños para ellos. Son exóticos. Preferimos la de la abuela, sí, expresan, la mermelada casera. Pero la abuela está tan lejos, habría que cruzar el océano para verla, vaya, cuánta desconsideración. Ella elige, piensa que ya hará una mermelada en casa con las frutas del jardín trasero y les gustará. No desconfiarán.

La abundancia marea. Había leído ella en las historias que hace años, cerca de donde venían los niños, todo crecía. Las patatas, las coles. Las vacas daban leche abundante. Las bayas se repartían entre los árboles y luego nadie podía comer nada. Nadie podía tomar nada porque todo estaba contaminado y tenía que ser inspeccionado por la máquina medidora de curios. Pero aquí está limpio, piensa, y los refrigeradores lo mantienen fresco. Nikolái extiende las manos frente a uno para sentir el aire gélido y recordar el invierno de casa, los pequeños tejados, un trenecito en la nieve.

Extrañamos a la abuela.

Ya tan pronto, la nostalgia de casa.

Lo sé consuela ella, pero pronto estarán de vuelta y podrán contarle historias, llevarle obsequios y…

Ahí están los juguetes. La mujer se alerta. Hay que tomar mejor la dirección de la carne o los artículos de higiene. Demasiado tarde. Los gemelos ya han corrido a ver autopistas, aviones miniatura.

Una vez Vladimir llevó uno de estos a la escuela, ¿te acuerdas?

Me acuerdo dice Nikolái y luego lo echó a volar en el bosque y se atoró en las ramas.

Ríen. Ella pasea la mirada entre las cajas y busca los patines. El tamaño adecuado, ¿cuál será? Su mano había entrado en los de ellos al realizar la inspección. Elige unos patines de color azul brillante, segura de que les gustarán. Levanta dos cajas. Se dispone a ponerlas en el carrito y entonces, Mikhail protesta. Algo ha hecho mal. Ha entrado en territorio indebido. Zona de exclusión.

Mikhail:

No queremos.

Nikolái:

No queremos. Nos gustan nuestros patines.

Los compartimos. Compartimos todo.

No hay más. Esa fue una derrota. Ella devuelve los paquetes al estante.

¿Volvemos a casa?

Sostiene firme el cochecito metálico, la electrifica.

Todo se basa en la habilidad de la observación. Con las horas, con los días, en momentos precisos, aprende a diferenciarlos. Un pequeño movimiento de los brazos, la forma de respirar, alguna inflexión de la voz. Nikolái es así y Mikhail de otra manera. No podrán confundirla esta vez. Desecha los carteles que quería colgarles al cuello, con sus nombres, como en los primeros días de clase. El color de su tez cambia conforme comen. Abundantes comidas y abundantes horas de sol, decía el instructivo. Pero por más que intente, algunos rincones de la casa permanecen oscuros. Los pasillos. Quién sabe qué podría haber por los pasillos. Por eso es necesario el orden. Y conforme pasa el tiempo, ellos se apropian de la casa. Hay lugares que a ella ya le parecen inaccesibles. El tesoro, ese rincón del jardín al que no se acerca, ¿qué se lo impide? En los jardines de la zona contaminada, lo sabía, lo había leído tantas veces, sobre la hierba, la radiación brillaba como los caramelos, azul, blanca, como un polvo. No puede cruzar más allá de los huertos de zanahoria y apenas puede acercarse al columpio, pero ellos se montan en él y con sus pequeñas manos acumulan objetos detrás del tronco: ¿qué habrán sustraído? ¿Qué cosas habrán averiguado ya de ella? Menos de lo que ella ha averiguado sobre ellos, desde luego. No han aceptado los patines, pero atiborran sus estómagos con pan de dulce y agua. Lo que ella necesita no es una historia, sino la historia. No saberla turba. Por eso se había ofrecido como anfitriona, para tener una particular, una suya.

¿De dónde habría venido la abuela? ¿Cuándo habían nacido estos niños y dónde y cómo? ¿Quién los había criado? ¿Quién recortaba sus cabellos? Es la tarde. Jueves. Mikhail escucha música con los audífonos puestos, echado sobre la alfombra. Nikolái utiliza crayones para trazar y rellenar huecos en los dibujos de un libro. Las páginas muestran seres mitológicos y ciudades inexistentes. Ella enciende todas las lámparas posibles. Hay que mantener el hogar iluminado para que algo no aceche. De dónde proviene ese miedo no sabe, pero el rostro de Nikolái se mira en exceso iluminado bajo la luz y sus ojos verdes se concentran en los colores de cera.

Este árbol se parece al que está en casa de la vecina dice.

O sobre un planisferio:

Nos enseñaron en la escuela que íbamos a viajar desde aquí hasta acá.

Una línea roja se aparece, trasatlántica. El programa para niños irradiados ha sido tan generoso en traérselos. Niños de las zonas contaminadas al continente americano. Y es cierto, sí. Han venido a parar aquí. A pasar sus vacaciones.

¿Y dónde está tu casa?

Oh, mi casa duda Nikolái.

¿Será que no quiere revelarlo o no sabe?

No lo sé.

¿No debería saberlo ella? El niño titubea.

Mikhail llama. Mikhail más alto.

El otro se retira despacio los audífonos.

¿Qué quieres?

¿Dónde está nuestra casa?

Ahora los codos pequeños se recargan sobre la mesa, sobre el mapa, encima del mundo.

No lo sé dice el otro. No tenemos casa.

¿Pero cómo no van a tener casa? El pueblo de la abuela, ¿dónde está?

La abuela tiene muchos pueblos revela Nikolái.

Los globos oculares de Mikhail se vuelven hacia el hermano con desaprobación, pero nada puede frenar la historia. La mujer contiene la respiración. Este es el momento.

La abuela se movió de un pueblo al otro, los soldados la movieron, cuando mamá era chica, sí, eso todos lo saben, la mitad de nuestro pueblo viene de otra parte.

Un pueblo trasplantado.

Todo el mundo sabe lo que ocurrió en nuestra casa apunta Mikhail.

La curiosidad se acrecienta. Necesita saberlo. Los dedos arrugan el pantalón, desesperados.

¿Podrías contarme más, Mikhail?

No quiero hablar de eso.

Pero Nikolái es el que habla.

Aquí con el dedo señalando el mapa. Nos lo han contado.

Ahí, ella, con la vista sobre el dedo, en la geografía fragmentada.

Hace años. Eran unas personas y luego la explosión.

Bajo la luz de la lámpara, las manos del niño se mueven para simular la catástrofe.

¡Boom! El reactor explotó, la gente tuvo que salir, nos dijo la abuela, los soldados se los llevaron.

Agitado, Nikolái traza líneas sobre el mapa. Cancela los países. Revela nuevas fronteras.

Explotó. Por eso no podemos tomar leche y no nos dejan ir al bosque. Dicen que nos enferma, ¿no sabías tú eso?

Otra línea se traza sobre la blancura del rostro. Es roja. Líquida. Sale de su nariz y va hasta los papeles sobre la mesa. La cabeza de Nikolái se vence. La sangre siempre interrumpe la historia. O la continúa.

Esto es lo que ella escucha pegada a la puerta.

¿Por qué le dijiste todo?

Es Mikhail.

Ella no debe saberlo.

Ella preguntó.

Es Nikolái. Ella preguntó, con su voz baja, aguda. ¿Qué están removiendo? Abren los cajones. Corren la puerta del armario, ¿qué buscan? Suelta el aire contenido entre dientes. No deben saber que husmea detrás de la puerta. Ahora tienes la historia, se dice, ¿qué mas quieres? ¿Exprimir la historia, quieres? No puedes tenerlos para siempre. Luego va de puntillas a la habitación, los calcetines tejidos contra el piso, a mirar las fotos. Ciento trece centímetros de estatura, abundantes cantidades de sol, pero ahora cómo, con la espalda recta contra la cabecera de la cama, ahora cómo si está oscuro. Luego va a la cocina y coloca al fuego frutas del jardín y una gran cantidad de azúcar para formar una pasta. Esta mermelada les gustará. Necesita tanto gustarles, su aprobación. Encuentra frascos de vidrio y los esteriliza a fuego alto, entre burbujas de agua hirviente. Después revuelve en el baño, entre las pastillas que se ocultan tras el espejo. Y ya se habrán dormido los niños. Ya no hablan entre ellos. No puedo, no puedo entrar, no puedo transgredir. Abre la puerta de todos modos y los mira dormir, pequeñas espigas de paja contra la almohada. Son míos, a mí me han dado dos. ¿Y dónde está la foto que había en su equipaje?, piensa mientras acomoda los suéteres. Revuelve de nuevo, entre las toallas del armario, con ansiedad, mientras los niños duermen y sueñan que toman un baño de espuma, que vuelven a su aldea de cuentos de hadas infectada por la radiación. Que no la escuchen. Slushat. Escuchar. Prohibido, zapreshcheno. Entre las cajas con los adornos navideños, encuentra la foto, al fondo del armario la escondieron. Se la ocultan. Extiende los brazos para obtenerla. Vaya, es mía ya. No aparecen ellos por ningún lado. Sólo dos mujeres y un hombre que sostiene un azadón y una pala. Una foto vieja, gastada en los bordes. ¿Quiénes son, los padres, los abuelos? No sabe. Regresa a su habitación, con la foto y los suéteres a cuestas, y cose dólares detrás, aspirinas, con lentitud y delicadeza. A su abuela le encantarán. Las verá desaparecer en un vaso de agua. Una mezcla química de la que ella tampoco desconfiará y así, entre costura y costura, se adormece. Apaga la luz de la habitación como puede, pero podría jurar que alguien vino a la ventana, que desde el jardín vino una lámpara enorme de luz amarilla. Que vio a Mikhail apuntándole con ella, vigilando su sueño. Que su intención era proyectar un enorme brillo en su cara.

La gran explosión.

Ahora a preparar la maleta. ¿Cómo fue que Mikhail tomó la lámpara de los estantes? Verifica, pero nada. La lámpara está en su sitio, tal como usualmente la coloca. Frota las ventanas de su habitación, acomoda sus cabellos en el reflejo. Hay alguien detrás.

¿Dónde está la foto?

Sin dar vuelta, sintiéndose descubierta, responde:

En el comedor, junto a los botes de mermelada.

Entonces acomoda todo lo que han traído. Un par de suéteres con obsequios cosidos al reverso, patines de hace treinta años, más ropa, poca, una cuerda, botes de mermelada casera y, entre la suavidad de los tejidos, una foto enmarcada en madera y el vidrio roto. Dos mujeres. Un hombre. Un azadón y una pala.

Vamos, Nikolái, apresúrate, despídete del jardín.

Ya viene dice Mikhail.

Toman la autopista.

Ojalá que puedas ser profesor de lengua suelta ella.

Yo también lo espero.

Y que puedas ir al espacio a ver cohetes, Nikolái.

Ya llegamos muy lejos, vinimos hasta acá responde, soplando un mechón de su pelo.

¿Tú qué piensas hacer ahora que nos vamos?

Frente a los mostradores del aeropuerto internacional, una decena de niños como ellos revolotea de un lado a otro mientras esperan el momento de entregar su equipaje. Pálidos aún, pero mejor nutridos. El programa para niños irradiados estará orgulloso. Algunos de ellos de cráneos anormales, algunos con una pierna más larga que la otra. Otros con familiares que desarrollan cánceres de tiroides para los que las aspirinas son inútiles. Las pantallas muestran las muchas posibilidades a las que se puede ir. Ella está frente a los gemelos, con los hombros vencidos. Ellos llevan puestos los mismos suéteres. Idénticos siempre.

Te voy a decir lo que quieres saber rompe el silencio Mikhail y levanta la voz gradualmente—. Lo que quieres saber es que nuestros padres nos dejaron cuando teníamos dos años. Se fueron a Rusia cuando éramos pequeños y no los hemos vuelto a ver.

La mujer contiene la respiración.

¿No es eso? inquiere el niño.

Yo también estoy sola, Mikhail.

La foto era nuestra.

Lo sé.

No tenías derecho.

Lo sé.

Sabe que ha costado admitirlo, que no volverán a verse.

Pero te perdonaremos.

Tenemos que entregar el equipaje —invita ella.

dice Mikhail y allá van.

Llévense algunos dulces dice la mujer mientras saca todos los que pudo meterse en el bolsillo. Anden, tomen, para el camino.

Se acercan a la fila.

Cuando fue nuestro cumpleaños dice Nikolái antes de formarse, la abuela nos compró dos barras de chocolate para repartirlas entre los compañeros de la clase.

Sí, y cada quien tomó un cuadrito agrega Mikhail: Vladimir tomó uno, Serguéi tomó otro y cantamos una canción.

Ahora ya lo sabes —dice Nikolái.

Los abrazos son cortos. Nadie quiere alargar la despedida. Se han borrado las fronteras entre los gemelos. Ya no puede identificarlos. Los ve alejarse hasta el control de seguridad, junto al resto de los niños y las trabajadoras sociales. Ya no sabe quién es quién, pero uno de ellos gira, brevemente, la cabeza.

¡No te olvides de ver el tesoro!

Mientras los ve desaparecer permanece quieta. Aprieta los puños. En su boca continúa el eco de la última palabra rusa que dirá: pa-ká, adiós.

Conduce a casa. Las llaves resbalan entre las manos. Corre hasta el jardín, detrás del árbol, donde brillaba. Los puños se hunden en la tierra. Hay un papel en el lugar del tesoro. Trazados a la prisa con crayones, en cirílico, una calle, un lugar, una invitación. Lo dejará ahí. Enterrado. Será su secreto. Muy pronto nada de esto parecerá real. Muy pronto quedará todo brillante en el subsuelo. Las semanas de radiación. Cuando supo ruso. Le parece escuchar risas detrás y jadea. Le da la impresión de que el columpio se mueve. Aunque sabe que ya se han ido, que no están más ahí, le es imposible. Pasa un buen rato, no se atreve a levantar la vista.


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.

Ilustración de Luis Ham

 

¿Qué pensaría Bolaño si viviera?
Quizás así deben comenzar todos los ensayos para escritores que ya no están. Quizás no todos los ensayos, pero sí los que se escriben en memoria de quienes vivían con un fuego en la lengua y cuyas palabras todavía resuenan. Y entonces acudimos a la relectura exhaustiva, esa en la que los enunciados de un libro abandonan la trama para volverse las profecías que usamos para responder nuestras propias preguntas. Es peligroso re-leer a Bolaño estos días. O no: quizás no es peligroso, solo es ocioso y hasta cierto punto incorrecto porque nos remite a la lectura primera, a esos libros que nos permitían olvidarnos del mundo real cuando estábamos a pocos y torpes pasos de los pañales y que engullíamos como el más tierno pan antes del sueño.

Lo cierto es que resulta al menos extraño cerrar el libro y ver en el picaporte de la puerta la colección de cubrecbocas, señal inequívoca de cómo ha cambiado todo. ¿Qué excusa había para quedarse en casa antes? Casi ninguna buena, casi todo se trataba de salir e ir tras el rastro de tal o cuál sombra, búsquedas por lo demás infructuosas, pero que constituían un modelo de vida mucho más similar al de los nómades que al de los multihabitacionales cubiertos de gel antibacterial y en ello estaba su mérito.

Ahora ya es otro tiempo y digo que es peligroso leer a Roberto, o a Arturito o a Archimboldi o a B, porque en cuanto se rompe el hechizo de la narración, en cuanto se cierra el libro por respeto a los ojos, cansados de transitar la avenida Guerrero a pie, en cuanto cerramos las páginas de esas amistades inventadas que toman el lugar de nuestros propios amigos ausentes, aislados, separados y distantes, cae sobre nuestros corazones marcados a tinta por la lectura y a sangre y sudor por la vida la realización de que ese mundo dista ya mucho del presente, atravesado por un abismo que no se sabe muy bien cómo cruzamos pero que no ofrece vuelta atrás.

Sería pura fantasía pensar que Bolaño escribía para nosotros. Es decir, sus novelas las podía (y puede) comprar (o robar) y leer cualquiera que tenga el recurso (o la valentía y destreza), y sus libros, inmiscuidos en un mundo del arte y literatura que no ha cambiado tanto en 30 años, parecen hablar sobre lo que conocemos y nos apasiona y nos mantiene despiertos en la noche. Pero, como apunta él mismo en el inolvidable Discurso de Caracas, sus novelas no son más que cartas de amor a su propia generación, su generación de muertos nacidos en los cincuenta y que quizás sabían de antemano que una sombra los seguía por las calles vacías del Centro y por eso decían o pensaban en vivir y siempre vivir y lanzárse nuevamente al camino y, una vez más, abandonarlo todo.

Por otra parte, cualquiera que se interese tardará poco en descubrir que Bolaño no era optimista sobre el rumbo de la literatura latinoamericana. Y cómo serlo, si en sus últimos días de hígado cansado estaba rodeado de una élite intelectual muy similar a la que él mismo interrumpía y ofendía en su juventud, si bien volcada hacia el mercado. Como lo pone Francisco Carrillo, “Para Bolaño, la literatura es un imperativo ético en torno al que gira una narrativa que obsesivamente se pregunta por las exigencias de su legítimo ejercicio, es decir, quién es el verdadero poeta, en qué consiste una escritura responsable o cómo producir una literatura que no participe de la industria editorial” (Excepción Bolaño, 11). No era el mundo ya en el que Paz formaba su gremio político-literario, pero sí el mundo en el que la escritura había sustituido a la vida; una vez más se podía vivir de las columnas semanales, de la venta y reventa del propio nombre auspiciado por casas editoriales, un mundo dentro del cuál quien desempeñaba la literatura con éxito (léase: vender) podía y hasta aspiraba a vivir de forma decente. En “Sevilla me mata”, discurso que el chileno dejó inconcluso y que pretendía ser leído en el I Encuentro de Escritores Latinoamericanos, organizado por Seix Barral meros días antes de su muerte, entre sarcástico y serio, Bolaño plantea:

¿Qué no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende.  […] ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre el miedo.

 

Por eso regreso a la pregunta inicial, porque Bolaño nunca conoció a la generación que venía detrasito, la generación nacida en la década que a él mismo le otorgo el prestigio y privilegio de ser un autor internacional con traducciones a idiomas desconocidos para la tierra madre. Bolaño nunca se enteró de esa generación que nació en la década de los noventa, ni mucho menos esa generación que venía naciendo un año o dos antes o el año de su propia muerte. Dos generaciones que a Roberto y a Arturo y al resto de la pandilla los conocieron ya en los huesos, en el mausoleo humilde al que se retira todo buen escritor antes de tiempo.

Me lo pregunto porque eran niñas y niños de preparatoria quienes se apresuraron en tomar Chile. Me lo pregunto porque Bolaño, que se interesaba por el tema, nunca vio cómo el movimiento feminista paralizó una y otra vez a la Ciudad de México exigiendo una respuesta ante la muerte que hasta el momento no llega.

Me lo pregunto porque a Bolaño nunca le tocó una cuarentena, y si bien creo que Belano se la hubiera saltado sin cubrebocas con tal de seguir el rastro del misterio y la aventura, Bolaño hubiera agradecido los días de encierro y habría escrito y leído sin tomar en cuenta el paso del tiempo. Y me interesa saber, como alguien que ha pasado la mayor parte de los últimos tres o cuatro meses haciendo lo que puedo desde el encierro, cómo reconciliar el ímpetu que aún queda en mí por salir y no regresar y buscar la aventura, con el reconocimiento de que la mayor forma de expresar admiración por la literatura es leyendo y escribiendo y que esa es una aventura en sí misma. Me tranquiliza saber que todavía hay cartoneras y autopublicaciones y espacios autogestivos (como Avión de Papel, los libros encuadernados a mano de Joana Medellín, y el espacio cultural independiente que es Pandeo, por nombrar algunos proyectos de entre muchos más). Pero la sensación general es de desgaste, de que la vida se nos va.

Si tengo alguna certeza, es que Bolaño sentía en el aire el cambio que el mercado y el dinero terminaron dando a nuestra vida, a la forma en que se hace política en nuestros países y que, lo comprobamos cada vez más, amenaza nuestra existencia. Lo que no me queda claro es si Bolaño era consciente de que, a pesar de todo, siempre hay jóvenes. Siempre estará la juventud que sueña con mil formas diferentes de militancia y pone el cuerpo y la vida en nombre de la aventura y la amistad y el amor y lo desconocido. Una juventud, diría Bolaño, idealista. Pero no lo diría en un mal sentido. Hay que ser idealistas para sobrevivir a la juventud, pero también al mundo actual.

Hoy, a escasos días del decimoséptimo aniversario de su muerte, inauguramos este dossier con el propósito de seguir generando ideas y conversaciones (como la que se dará este miércoles aquí) en torno a su obra. A lo largo de esta semana estaremos publicando textos que intenten abarcar el espíritu efusivo de Bolaño, pasando por las razones para no leerlo más de una vez hasta las razones para entregarse a la relectura frenética. Creemos que en la literatura de Roberto Bolaño existe el recordatorio de la fuerza que mueve a la juventud, el espíritu de la adolescencia que apuesta y pierde, y pierde pero vive. Es precisamente este espíritu desafortunado el que nos puede dar pistas para descifrar cómo sobrellevar todo lo que, inevitablement, debemos sobrellevar. En ese sentido, no ha habido otra época igual para leer a Roberto Bolaño.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

 

Tierra Adentro se queda en casa. Vía una de las muchas aplicaciones que emulan digitalmente una oficina, seguiremos revisando textos y programando publicaciones. También tomaremos las siguientes medidas:

1) Otorgaremos una prórroga a la fecha límite de entrega de la Convocatoria para publicar en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Recibiremos libros para el plan editorial de 2020 hasta el 30 de abril. Esperaremos con gusto leer sus propuestas, y confiamos en que esta ventana de tiempo otorgará a muchas más personas la oportunidad de participar.

2) A partir del próximo lunes 23 de marzo empezaremos a publicar 15 libros del plan editorial 2018 para descarga gratuita. Estos libros son ya piezas clave de la mejor literatura mexicana joven:

 

Principia, de Elisa Díaz Castelo

Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso, de Ana Fuente Montes de Oca

El vals de los monstruos, de Lola Ancira

Barranca, de Diana del Ángel

La castellane errante, de Pablo Piceno

Melancolía de los pupitres, de Jaime He

Nido de serpientes, de David Espinosa El Dee

Linde faz, de Aldo Rosales Velázquez

La noche sin nombre, de Hiram Ruvalcaba

Strauss quería pastel, de Adrián Chávez

Cosmos nocturno, de Gerardo Lima Molina

De las cenizas de la tierra, de Néstor Pinacho

Días de Jengibre, de Hugo Roca Joglar

El museo de las máscaras, de Sergio Pérez Torres

Fisuras o el leviatán en el cielo, de Juan Carlos Delgado

 

3) Por último queremos recordar que la convocatoria para publicar en la revista en línea sigue abierta, y estaremos recibiendo testimonios, cuentos, poemas, cómics, videoarte, crónicas o cualquier otro tipo de manifestación artística que tenga que ver con la transformación que la vida diaria ha tenido en estas últimas semanas.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

Ir simplemente hacia delante, sin cambiar el ritmo de nuestros pasos, no es una opción. No debió serlo nunca y sin embargo no nos hemos detenido a escuchar lo que se nos está gritando. Estamos matando mujeres. Estamos matando hombres. Estamos matando al planeta. Estamos caminando sin medir la diferencia, sin observar el efecto que tienen nuestras pisadas por donde pasan. 

Estamos alienados sin saberlo, y cualquier conocimiento que tengamos del (los) problema(s), en tanto no se manifieste en nuestras acciones, tendrá un nulo efecto sobre la realidad. ¿Sabemos detenernos? ¿Queremos detenernos? No soy ese tipo de hombre o Es gente mala contra gente buena son argumentos cortos que no alcanzan a medir la gravedad del asunto, el estado de la cuestión, cuando se trata de la masculinidad. 

Quebrar el cerco es difícil. Quedarse dentro y esperar que el cerco desaparezca, fácil, pero inútil. Quizá por eso sea tan común ver cómo le preguntamos a mujeres en redes sociales, ¿qué hacemos nosotros? en un intento “noble” de “ayudar”. ¿Cuántos le hemos hecho la misma pregunta a otro hombre?

Hacer. Qué hacer. Se pregunta casi como si hacer la pregunta fuera hacer algo. Preguntar algo en Twitter es más fácil (pero no por mucho) que comenzar a leer al respecto, hacerse una idea del panorama. Pero queremos respuestas simples, digeridas. Una recomendación de libros. Un hilo que nos diga qué hacer, cómo comportarse, qué hacer en caso de, o cómo actuar en respuesta a. Queremos un hilo que solucione las preguntas que no nos hemos tomado el tiempo de hacernos.

La realidad es que, para llegar a esas respuestas, hace falta tener conversaciones profundas y dolorosas, y abrirnos también a un tipo de sentimentalidad entre hombres que la masculinidad simplemente no puede aceptar. Podemos leer al respecto y evaluar nuestras acciones, pero en tanto no nos sepamos abrir a otros hombres sin escudarnos detrás del pacto patriarcal, difícilmente habrá un cambio.

Hoy estamos nosotros. Pero todos los días nos encontramos en espacios de hombres. No deberíamos tener que ir a círculos de hombres para poder hablar de cómo nos sentimos y para hacernos la pregunta con la que empieza todo: ¿Qué hacemos nosotros? 

Será la primera de muchas, muchísimas preguntas que seguirán, que nos corresponden enteramente y que requieren de honestidad, empatía y cariño al momento de responderlas.

Pero son preguntas que podemos hacer todos los días. En los espacios que hemos utilizado para contar chistes o para hablar del fútbol. En la mesa con los amigos un viernes. Sí, implica pláticas más complejas, menos divertidas, pláticas incómodas que posiblemente cambien cómo nos vemos y cómo vemos a nuestras amistades.

No están las cosas como para voltear la mirada cuando no se trate de algo que nos agrada. Hay mucho en este mundo que es desagradable, y mucho trabajo que no hemos hecho. Pero podemos hacerlo, si lo hacemos juntos, críticos pero con ternura. Así como nos dijeron que no deberían ser los hombres.

 

Una serie de alucinaciones provocan que se desmorone el mundo de Natanael. Cuando la enfermedad mental se asoma, los amigos, las parejas y la familia desaparecen. En este su primer libro, David Alfonso Estrada realiza una radiografía de la esquizofrenia como nunca se había visto en la literatura mexicana. Es un viaje infierno adentro que transcurre entre anexos, fugas de narcotraficantes y la miseria del mundo cultural. La pecera de Dios es un debut literario rarísimo y siempre sorprendente.

En este libro-teaser, realizado por el mismo David Alfonso Estrada, la imaginería visual de La pecera de Dios salta del libro para darnos una muestra de la imaginativa prosa que caracteriza la novela. Rituales, magia, profecías y mitos se vuelven realidad en esta extraña narración, ganadora del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2019.


 

 

 

Ilustración de Isela Xospa

Se acerca el Día Internacional de la Lengua Materna y en Tierra Adentro decidimos celebrarlo la semana entera. Del 17 al 21 de febrero podrán encontrar textos de autoras increíbles que tienen en común el compromiso con la vida de una lengua. Inauguramos la conmemoración con la escritora, traductora y actriz maya tsotsil Ruperta Bautista, quien participa con Yon’ton k’ak’al y otros poemas.

No podía faltar Sol Ceh Moo, ganadora del Premio de Literaturas Indígenas de América 2019, quien, a través de una entrevista, nos habla de su compromiso social como escritora, así como la lucha en contra de los prejuicios que envuelven la literatura indígena. El zapoteco, por su parte, aparece desde la experiencia personal de Biaani Garfias y la dinámica familiar en la que se instaura el conocimiento o desconocimiento de esta lengua en el ensayo ¿Y si nos quedamos sin alguien para hablar?.

Por supuesto nos interesa introducir voces jóvenes como la de Alejandra Lucas, quien participa con Tres poemas en lengua tutunakú, donde las transformaciones corporales son uno de los focos principales de sus metáforas.

Yásnaya Elena, lingüista mixe, en Mujeres indígenas y escritura, ensaya alrededor del acto de escritura como subversión, mientras problematiza, también, las implicaciones de una alfabetización no incluyente con respecto a las lenguas originarias.

Más adelante podrán encontrar un ensayo de Susana Bautista, Levantar la voz con la palabra, que aborda la relevancia de proyectos editoriales especializados en la publicación de mujeres escritoras en lengua originaria, tales como Pluralia y Originaria; además, hace un recuento de los esfuerzos editoriales e institucionales por visibilizar la escritura indígena. Al tiempo que Adriana López nos regala la belleza de la poesía en tseltal en Ants te ajk’ubal / La noche es una mujer.

Por último, cerramos esta celebración con Yavanel jbats’i k’op / El grito de mi lengua y otros poemas, de Angelina Suyul. El grito de su lengua, el tsotsil, es un grito metonímico de la gran diversidad lingüística mexicana. Es ese grito, a través de la poesía, del ensayo, de la escritura como forma de resistencia, el que esperamos que nos acompañe toda esta semana de celebración. Sabemos que para la supervivencia de las lenguas se necesitan muchos más esfuerzos continuos, así que es un grito que espera convocar más ecos.

No olvidemos reconectar con la celebración del año pasado, para que los nuevos lectores, o aquellos asiduos releer, puedan visitar la trayectoria histórica de Tierra Adentro en la celebración de la diversidad lingüística mexicana. Aquí pueden encontrar el número de la colección La Ceibita, titulado Lenguas de América (2016) (2016) y compilado por la académica Luz María Lepe Lira. Así como los textos Yuilal Mak abejk’ajon / Fui parto en mes Mak, de Adriana López, Bicéfalos, de Nadia López García y Cinco poemas de Judith Santropiero.

Antes de enviarlos por este camino de la riqueza lingüística, cabe dar un agradecimiento especial a Susana Bautista Cruz por su genuino interés y apoyo a la difusión de la obra de escritoras en lengua originaria, y en la elaboración de este especial.


Autores
Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo la beca de investigación Santander-UCSJ con el proyecto de tesis El ritual erótico de L. iluminada: análisis de Lumpérica de Diamela Eltit. Ha publicado en SinEmbargoMX y la revista Este país. Durante el 2019 fue parte del International Writing Program’s Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa.

Ilustrador
Isela Xospa
Originaria de la Alcaldía de Milpa Alta, es ilustradora, archivista y editora independiente de origen nahua. Ha trabajado para el Fondo de Cultura Económica como diseñadora gráfica, en el ILCE México como diseñadora editorial y en el David Bowie Archive como archivista. Actualmente dirige Ediciones XospaTronik (2014) proyecto que surge como una editorial autogestiva e independiente que aborda temas y personajes de Milpa Alta, región nahua del sur de la ciudad de México.

Latinoamérica arde, Chile despertó. Desde la semana pasada, miles de chilenxs se han movilizado en demostración de su descontento con la situación política de su país.

Lo que comenzó como protestas en contra del alza al precio del transporte público se ha vuelto una lucha con un trasfondo demasiado conocido para Latinoamérica: impunidad, corrupción a nivel estatal, desigualdad, neoliberalismo.

La postura de Sebastián Piñera, presidente chileno, de declararse en guerra contra el pueblo trae a la memoria un siglo XX desdentado: desde los años de la dictadura no se habían decretado toques de queda en Chile, ni se había visto la militarización de las calles.

Pero a diferencia de hace tantos años, el pueblo Chileno no tiene planes de dejarse someter. Piñera ha despertado muchos fantasmas, pero son más los fantasmas del pueblo que despiertan para luchar. 

En Tierra Adentro no nos queda más que solidarizarnos con el pueblo de Chile por medio de este artículo: aquí están las voces, las palabras y las imágenes de quienes se encuentran en las calles luchando por un cambio, a pesar de la militarización, a pesar de los toques de queda, a pesar del humo y los escombros.

Desde el haikú hasta el simple relato, desde los videos hasta las fotografías de “voguing” frente a militares, estos son los testimonios del desorden y de la resistencia chilena. 


Haikús y fotos de Franka Polari

 

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La luna mengua.‬

Lemebel yegua se recuerda.

Toque de queda‬.

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Polvo y mota,

Gas lacrimógeno:

Briza de Torreta.

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“!Uh! !Uh! Qué calor!”

“Qué guanaco qué calor”:

Santiago en flor.

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 Testimonio de Paola Chaparro

 

El alza en la tarifa del metro se constituyó en el factor detonante de un malestar que venía por décadas incubándose en la sociedad chilena.

El viernes 18 de octubre la población estudiantil, después de un par de días protestando bajo la consigna de #Evade, convocan a una protesta masiva en contra del aumento, a través de prácticas de evasión del pago.

Al querer abordar el metro a mediodía, me encuentro con la estación cerrada y resguardada por efectivos de las fuerzas especiales de carabineros. Empecé a caminar por un centro de Santiago en el que algo se estaba gestando.

Ante la provocación por el cierre del metro, la evasión se transformó en barricadas, quema de estaciones y, paulatinamente, en una instantánea desobediencia civil contra todo aquello que representa el capital.

La respuesta por parte del gobierno ha sido la criminalización de las protestas, mostrando una incapacidad para reconocer el descontento anidado y las razones por las cuales se ha generalizado el estallido de una población que a lo largo del país dice: ¡basta!

Al unísono se oyen consignas en contra de las prácticas neoliberales que diagraman nuestra cotidianidad, las cuales también confrontan a una clase política/empresariado indolente de la demanda social.

No hay centro, ni figuras, ni liderazgos que se apropien de esta manifestación. El descontento está diseminado, es inorgánico, pareciera que se están inaugurando modos en los que se expresa una politicidad horizontal.

La protesta se incrementa y la represión se recrudece, se ha declarado el estado de emergencia, el toque de queda y los militares ahora están en las calles.

Mientras tanto, el silencio de la noche se interrumpe con los cacerolazos, el descontento, los saqueos y el sonido de las bombas lacrimógenas.

Sin embargo, en esa noche interrumpida por el malestar no cesan de sonar las voces que exigen “el derecho de vivir en paz”.

 


Video y testimonio de Alexis Loiza


Testimonio de Paloma Loiza


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Ilustración de Luis Ham

La década de los ochentas forjó muchas de las bases sobre las cuáles se construiría la cultura LGBTQ+ del siglo XXI. Hasta cierto punto, el debate en torno a la homofobia se volvió mundial, imbuido por un contexto de miedo e ignorancia: la epidemia de SIDA marcó profunda y temporalmente la década (el primer diagnóstico clínico ocurrió en 1981), por la discriminación que generó, pero también por la solidaridad que hubo en respuesta.

A casi cuarenta años del comienzo de los 80s, el paisaje es diferente, pero familiar: si bien ciertos países, ciertas ciudades, ciertas formas de vida han avanzado significativamente las problemáticas a las que se enfrenta la comunidad, todavía queda mucho trabajo. Llámese Rusia, Uganda o Provincia Mexicana, la homofobia sigue viva, coleando y no tan escondida. 

En 1988, se instauró en Estados Unidos que el 11 de octubre se celebraría la “salida del armario”. La celebración se pensó como un recurso para combatir la homofobia: si lo personal es político (y lo es), el hecho de que yo viva una vida abiertamente como persona LGBT+ ya es luchar contra los prejuicios y contra la ignorancia. 

El armario, sin embargo, presenta problemas: estar en el clóset significa estar necesariamente en un espacio que no es el de todxs lxs demás. Es la Otredad, es la alienación conceptual. Más allá de  eso, el armario es dolor en diferentes grados.

En el espíritu de generar un espacio de discusión, Tierra Adentro realizó tres preguntas a cinco miembrxs de la comunidad LGBTQ: ¿a qué edad saliste del clóset?;¿cuál fue tu proceso?; y ¿qué piensas del clóset?

Si bien las respuestas que se presentan son variadas, una cosa queda clara: no hay una forma correcta o incorrecta para salir del armario, y todavía hace falta trabajo para evitar el dolor que rodea esta salida, este segundo parto. Pero no es nada que todxs juntxs no podamos hacer.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.


M:

¿A qué edad saliste del clóset?

Salí dos veces del clóset.

La primera como lesbiana a los 15 años, la segunda como hombre trans a los 18.

¿Cómo fue tu experiencia?

 

La primera sólo la hice con mi mamá, fue bastante cálida y comprensiva, me apoyó a descubrir si era realmente lo que sentía o solo era confusión. En ningún momento trató de “quitarmelo” o convencerme de lo contrario, sólo quería que yo estuviera seguro.

La segunda, fue mil veces más complicada, fui saliendo como hombre trans poco a poco, empezando por mis amigos y al final, con toda mi familia, TODA.

Afortunadamente ninguno de ellos tuvo una reacción negativa o despectiva hacia el tema. Fui muy afortunado al recibir apoyo incondicional de todos, el miedo de decirlo iba disminuyendo cada vez más hasta que al final junté la seguridad necesaria para decirle a mi familia. Todo fue más fácil al saber que tenía apoyo.

¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?

 

Creo que nadie debería salir del clóset, porque NO DEBERÍA EXISTIR ningún clóset. Nadie debería tener la necesidad de elegir un día especial para salir sin miedo y presentarse al mundo tal y como es. En ese caso nuestro clóset debería ser la vagina de nuestra madre.

Todos merecemos experimentar esa libertad de “ser” desde pequeños. Sin opresión, sin prejuicio, sin encasillarnos. Todos somos humanos y somos tan diversos como la misma naturaleza. ¿Por qué no celebrar esa diversidad humana así como lo hacemos con todas las especies de plantas o animales? Diversidad es igual a belleza.


L:

¿A qué edad saliste del clóset?

 

No sé bien a qué edad fue, pero iba en segundo de secundaria. Digamos que, más bien, me sacaron del clóset.  Otras bajaron la mirada. Si tengo que ponerlo en un número, diría a los 15 años.

¿Cómo fue tu experiencia?

Fue curioso. Antes de que yo asimilara cualquier realidad en mí –si es que alguien puede asimilar algo a esa edad– me sacaron “del clóset” justo después de cortarme el cabello. Una maestra empezó a platicar con mis amigas para que tomaran precaución, pues decía que yo era lesbiana. Luego me llevaron a la oficina del director porque las madres de familia (digo madres porque sólo aceptaban mujeres en esas juntas) comentaron que yo acosaba a sus hijas en el baño. Entre todas esas voces y gritos de niños a la hora del “recreo”, evidencié que en efecto me gustaban las mujeres. Y no es que me hayan empujado elles a conocerme, pero quizá sí empujaron la palabra, la duda. Y, en efecto, me gustaban las mujeres. Así que gracias.
Hablé con mi familia días después (mi mamá y mis dos hermanas), quería que lo supieran por mí. Mi hermana más grande, al decirle que no era lo “normal”, me dijo que eran sólo personas, que todo estaba bien. Me abrazó. Luego mi mamá bajó la mirada, me dijo que fuéramos con un psicólogo. Mi hermana pequeña se metió al baño a llorar, me dijeron que no tenía la edad para saber esas cosas.

¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?

 

Pienso que el clóset no sería necesario si las personas supieran aceptar a las demás. Por el momento, el clóset es en donde queda lo que a lxs demás les gustaría ver guardado siempre.


 

E:

¿A qué edad saliste del clóset?

 

No sé qué se considere “salir del clóset”. No sé si significa decirle a tus amigxs, a tus padres, o al mundo de Facebook, en el que hoy en día se comparte tanta información. Recuerdo que un día llegué a casa de la universidad y decidí que quería maquillarme y que finalmente me sentía lo suficientemente segurx para hacerlo. Antes de eso ya me había comenzado a replantear varias cosas.

¿Cómo fue tu experiencia?

 

Identificarme como no-binarix, o identificarme como bisexual siempre me hizo sentir como si fuera una salida a medias. Mis papás todavía no lo entienden del todo; me preguntaron si era gay, y creo que eso hubiera sido más fácil de aceptar. Pero he notado su apoyo, su intento por comprenderme, y aprecio muchísimo el hecho de que pueda tener ese tipo de conversaciones con ellxs, que para muchísimas personas ni siquiera es una opción.

¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?
Pienso que la cultura del “clóset” reafirma una supuesta “normalidad” que ni es normal ni es de todxs. Sólo se sale del clóset cuando no eres hetero, y creo que eso nos orilla a escondernos por mucho más tiempo. Es decir, nunca nadie dice “soy hetero”, sino que todo mundo asume que así es hasta que digas lo contrario. Y lo peor es que al final nos escondemos de nosotrxs mismxs. Al final es nuestra vida la que no disfrutamos por culpa de la imposición social del clóset.

Fotografía de Irving Cabello durante la marcha LGBTTTIAQ+ 2019


 

F:

¿A qué edad saliste del clóset?

 

Creo qué hay tres momentos que marcaron mi “salida”. El primero fue cuando tenía 13-14 y le dije a mis amigxs y un par de primxs. Iba en la prepa y tuve la fortuna de que  nunca me sentí rechazada por ningunx de ellxs. El segundo fue con mi mamá, ella me preguntó si “estaba confundida con mi sexualidad”. El tercero fue con mi papá. Un día me enteré de que le había dicho a toda mi familia que me gustaban las mujeres, aunque yo no sabía que él sabía. Fue un alivio la verdad.

Pero la verdad es que se siente como si nunca acabarás de salir del closet. A veces siento que vivo justificándome porque no estoy con un hombre.

¿Cómo fue tu experiencia?

 

Crecí en León y desde muy pequeña estaba consciente del estigma que cargaban las personas disidentes. Creo que tuve dos sentimientos muy fuertes por mucho tiempo, el primero era vergüenza, la sentía con mi familia, me sentía avergonzada de estar enamorada de alguien que yo pensaba ellxs nunca aceptarían.

El segundo era miedo, tenía miedo de ser atacada en la calle si caminaba de la mano con una mujer.

¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?

 

Es una mierda, nadie debería justificar, explicar o pedir perdón por quienes son o con quienes se relacionan sexoafectivamente.

 


V:

¿A qué edad saliste del clóset?

Fue un proceso paulatino, pero salí “tarde”. No tarde en comparación del resto de mi generación (tengo 37 años y el más afeminado de mi salón ya está casado con una mujer), pero sí respecto a las generaciones siguientes y respecto a mis expectativas sobre mí mismo.

Pero, dramas aparte, empecé a salir del clóset a los 19 años y a los 22 les dije a mis papás.

 

¿Cómo fue tu experiencia?

Tuve la enorme suerte de que mis amigos no fueran imbéciles, así que cuando les dije que era gay no les importó, y por supuesto ya lo sospechaban.

A mis papás la cosa no les hizo mucha gracia, y como son católicos de izquierda no quedaba claro qué debían hacer. Al final no hicieron mucho. Ahora conocen a mi novio y les cae muy bien, especialmente a mi papá.

 

¿Qué piensas del concepto cultural que tenemos del “clóset”?

En la sociedad del futuro que imagino todos saldríamos en algún momento del clóset: como homosexuales, lesbianas, heterosexuales, trans, etcétera. Es decir: no vislumbro un mundo donde no se tenga que salir del clóset porque a-nadie-le-importa, sino que vislumbro un mundo en el que todxs puedan expresar su (in)(no)diferencia. No muy distinto, en realidad, de los ritos a la vida adulta que tienen distintas sociedades no occidentales.

Eso sí: espero que en el futuro el clóset no sea, como ahora en muchos casos, un periodo de dolor e incomprensión.

Las sociedades no son mayonesas, la homogeneidad no se alcanza con la recirculación de las distintas identidades, sino que pasa todo lo contrario: somos heterogéneos en formación de otras identidades distintas.

Creo que el transhumanismo (y sus detractores) nos enfrentarán a nuevas identidades y nuevos clósets. Pero como decía la Nana Goya: esa, es otra historia.


Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Imagen tomada de pixabay
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