Tierra Adentro

Alacena

El blog de la Redacción de Tierra Adentro.

Ilustración realizada por Mildreth Reyes

 

Si debes robar, roba un poquito, y deja lo demás para la nación

–Joseph Mobutu

 

Hoy, 7 de septiembre, se cumplen 25 años de la muerte de Joseph-Désiré Mobutu, dictador de la República Democrática del Congo de 1965 a 1997, figura arquetípica de todos los males político-estatales que aquejaron a dicho país, a muchos otros en el continente africano y en el mundo. Sin embargo, la muerte del dictador no significó el fin de la tiranía, nuestra época todavía experimenta algunos resabios de las cleptocracias hereditarias dentro y fuera de África.

De inicio, me gustaría aclarar algunos conceptos esenciales para comprender cómo un aliado indispensable a la causa independentista se transformó en el principal colaborador de las antiguas potencias explotadoras del país y logró mantenerse en el poder hasta el final de la Guerra Fría. De manera complementaria y como parte de las reflexiones finales, quisiera establecer algunas características estatales que formaron al Congo de Mobutu y a muchos otros Estados de la región, y si existe alguna alternativa para evitar desenlaces negativos debido a gobiernos tan detestables.

Mobutu en la Independencia del Congo (1960-1965)

El 30 de junio de 1960, Patrice Lumumba y Joseph Kasavubu, fueron elegidos libremente por los ciudadanos como Primer Ministro y Presidente de la República Democrática del Congo. Este suceso provocó un torbellino de independencias que dieron origen a más del 50% de los países actuales en el continente durante la década de 1960.

Desafortunadamente, en el caso del Congo y de muchos otros países africanos, el aparato estatal precedente consistía en un gobierno de corte paternal, autoritario y altamente represivo1, diseñado para responder a las necesidades del mejor postor, ya que su infraestructura estaba enfocada en extraer los recursos naturales del país para satisfacer a otros cruzando el mar. Además de ser un estado cobijado y dependiente de la antigua metrópoli en términos económicos y políticos. Entre todo este desorden, Lumumba y Kasavubu concebían nuevas propuestas de construcción y desarrollo político y, como resultado, tuvieron un difícil primer año de independencia nacional. Ambas figuras estaban polarizadas, el Primer Ministo se inclinaba hacia la URSS y la ideología socialista2 y frente a la postura del Presidente, más alineada con el bloque capitalista, las autoridades ex coloniales Belgas y el propio Mobutu no interferirían en el asesinato y la posterior desaparición del cuerpo de Lumumba en ácido.3

Por si fuera poco, entre 1960 y 1963, las autoridades Belgas apoyaron la escisión armada del Estado de Katanga, ubicado en el sureste del país con yacimientos minerales importantes. Ante un panorama tan desolador, Mobutu, en calidad de Jefe del ejército nacional congoleño, ya había intervenido a principios de 1960 para destrabar la lucha entre Lumumba y Kasavubu. Poco después decidió tomar acción definitiva para encauzar el destino nacional hacia un nuevo rumbo.

Es así que en noviembre de 1965, ante una nueva disputa política entre Kasavubu, y el nuevo Primer Ministro Moisés Tshombe, y respaldado por el gobierno de Estados Unidos4, Mobutu decidió ejecutar un segundo golpe de Estado para asumir la presidencia y eliminar la figura del Primer Ministro para 1966.

El Congo de Mobutu: 1965-1997

Ya al mando, Mobutu prometió reducir las demandas político-étnicas que se habían presentado en el país desde su independencia; sin embargo, conforme pasaron los meses, las verdaderas prioridades gubernamentales fueron esclareciéndose. Una de ellas sería la centralización total del poder en la investidura presidencial y el desarrollo intensivo de aparatos estatales represivos como el ejército y la policía secreta, los cuales serían las herramientas predilectas del dictador para acallar y eliminar cualquier tipo de disidencia política.

En términos institucionales, todos los organismos civiles y judiciales fueron empleados para el enriquecimiento ilícito e irrestricto de Mobutu y sus directivos. Una parte de esos recursos fue utilizada para sobornar a posibles opositores y mantener de su lado a la élite política nacional.5

Curiosamente, dentro de esta recentralización, sí hubo cierto interés por formalizar e institucionalizar al Estado, aunque el verdadero propósito fuera el control. Entre 1967 y 1974 se crearon nuevas constituciones donde se oficializaron los poderes omnímodos del ejecutivo y se dio el patrimonio exclusivo del Estado al partido del Movimiento Popular de la Revolución (Mouvement Populaire de la Révolution – MPR).

En una de sus múltiples estrategias para ganar el apoyo popular, Mobutu decidió lanzar la “política de Autenticidad”, la cual buscaba abolir el tribalismo y regionalismo mediante el fomento del nacionalismo, aunque solo fue una de las fachadas para el saqueo y robo del país, al igual que las numerosas construcciones que se llevarían a cabo a favor de la “modernización y el desarrollo nacional.6

Bajo la “política de Autenticidad” se reformó la identidad del país, empezando por el nombre de los lugares y de los ciudadanos. Así fue como el Congo fue llamado Zaire hasta 1997. No obstante, el efecto más destructivo de aquella política no se realizaría sino hasta principios de la década de 1970. En el ímpetu de la radicalización del movimiento de autenticidad, Mobutu nacionalizó sectores clave de la economía como la agricultura y la minería, y dejó fuera a los aliados anteriores y a los dueños coloniales. Esto, aunado a la caída del precio del cobre en 1974 (principal producto de exportación nacional) y al aumento del precio del petróleo durante el final de la década destruyeron por completo la economía del Congo.7 Desde ese año, el país tuvo que someterse a los dictados del FMI y el BM para reestructurar su economía a cambio de préstamos y “ayuda para el desarrollo” que, lejos de mejorar las condiciones políticas y económicas nacionales, sumirían al Congo en un estado de eterna crisis, inflación y pobreza.

Entre los distintos periplos con las políticas externas, Mobutu siempre estuvo orientado a satisfacer los intereses de Estados Unidos dentro del continente africano. Aunque, sin que él lo supiera, esto significó la ruina de su régimen. Tres eventos marcarían el principio del fin de su gobierno:

1) la Guerra de Independencia (1961-1974) y 2) la Guerra Civil en Angola (1975-2002). En ambas, el gobierno de Kinshasa apoyó a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) frente al bando victorioso del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA). En 1989, el MPLA contaba con la retirada total de todas las fuerzas extranjeras en su territorio, y aisló el régimen de Mobutu que era considerado como “mal visto” durante el fin de la Guerra Fría.

3) la Guerra Civil de Rwanda (1990-1994), a pesar de que hubo un intento local y externo de asirse de aliados valiosos, para Mobutu esto representó el último clavo en su ataúd político. Incluso habiendo cobijado a refugiados hutus durante el ominoso genocidio, Mobutu apoyó al bando rwandés que perdió la guerra civil. Ante este resultado, el líder del Frente Patriótico Nacional y posterior presidente de Rwanda, Paul Kagame, contaba con un ejército compuesto de múltiples nacionalidades que había ganado una guerra civil. Frente a él, el ejercito congoleño se encontraba debilitado gracias a la crisis económica que perseguía a la nación desde 1975. Una guerra con Rwanda hubiera sido imposible de ganar.

Y así, en el transcurso de un par de meses, el régimen de Mobutu dejaría el mundo igual que como había llegado: bajo un golpe militar liderado por un antiguo opositor, Laurent-Desiré Kabila, apoyado por el mismo gobierno de Rwanda, quién, en el futuro, volvería a intervenir militarmente entre 1998 y 2003 para derrocar infructuosamente, a Joseph Kabila, hijo y sucesor presidencial de la renombrada República Democrática del Congo.

Conclusión: El Congo después de Mobutu

Más de 30 años de un regímenes cleptocráticos y corruptos como lo fue el de Mobutu, y otros tantos de la dinastía Kabila han hecho poco por institucionalizar a este Estado africano. Durante décadas y décadas, el Congo ni siquiera a alcanzado un grado de solidez que pueda dotar de seguridad física a sus ciudadanos.

Este caso, como el de muchos otros estados africanos, forma parte de un interesante texto publicado Jefrey Herbst sobre las ventajas y desventajas de dichas conformaciones políticas en el continente. Las presentaré de manera general para cerrar con algunas propuestas y consolidar una reflexión sobre la condición del continente africano.

En su libro States and Power in Africa: Comparative Lessons in Authority and Control, Herbst establece que los Estados solamente pueden ser viables si son capaces de controlar el territorio definido por sus fronteras por medio de su propia autoridad8 e instituciones coercitivas y de defensa cuyo principal objetivo es la seguridad de la población. Esto se ve afectado por factores geográficos (extensión territorial) y económicos que principalmente impiden la expansión efectiva de control y autoridad en todo el territorio, y también gracias a la manipulación efectiva de las fronteras, determinadas por los poderes coloniales, para generar legitimidad en la población.9

Y ante la euforia de la independencia nacional durante la segunda mitad del S. XX10, conceptos como la extensión del territorio nacional no fueron cuestionados ni en términos políticos, sociales, ni culturales, por lo cual muchos Estados africanos actuales contienen un sin fin de etnias y grupos que no responden a construcciones principalmente europeas como la nación, componente indisoluble del Estado Moderno.

A partir de esta problemática, es indispensable para cualquier proyecto de reforma institucional estatal, la seria consideración de la relación entre recursos y extensión geográfica en el presente y a futuro para poder crear un Estado que se mantenga en el tiempo, sirva a sus ciudadanos, y se desligue de nociones no propias como la nación homogénea en términos sociales que, como hemos visto en el caso del Congo, genera más divisiones que cohesiones.

Por lo tanto, es a partir de cuestiones tan fundamentales como el tipo de territorio, población y gobierno, elementos esenciales del Estado Moderno, que África debe de empezar a constituir su propio camino en la elaboración de un sistema de gobierno que no replique los modelos heredados de Europa, que eran utilizado para el control y explotación su territorio.

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
Poster de la pelicula The Wall (1982)

Poster de la pelicula The Wall (1982)

Pink Floyd’s The Wall o cómo tirar el muro

The child has grown

the dream is gone

El 23 de mayo de 1982, The Wall, una película basada en el álbum homónimo de Pink Floyd, dirigida por Alan Parker y escrita por Roger Waters, fue presentada por primera vez en el Festival de Cannes. En The Wall, Pink, un rockstar acomplejado, se enfrenta con sus traumas de vida: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, su educación en un sistema conservador y homologador, al fracaso de un matrimonio y otras relaciones sociales, una psicosis que lo lleva a pensarse a sí mismo como un líder fascista con serias reminiscencias del nazismo. Todo ello a través de escenas que mezclan la realidad del personaje con su imaginación.

En esa fusión está una de las mejores aportaciones que tenga esta película: las geniales animaciones de Gerald Scarfe, caracterizadas por el estiramiento de los dibujos y la exageración de las expresiones. En la película hay muchas, pero una que recuerdo especialmente sucede durante el segmento musicalizado por Goodbye Blue Sky: vemos una paloma transformarse en lo que parece un halcón que recorre y oscurece la ciudad; la bandera de Reino Unido a la que se le caen las franjas blancas y azules para transformarse en una cruz roja que sangra; sombras de esqueletos que se difuminan hasta parecer cruces blancas.

 

 

Pero las ilustraciones hacen muy poco para quien la observa por primera vez. The Wall es difícil y abrumadora, eso por no decir que la película no se entiende mucho. El presente, pasado y futuro se empalman entre sí hasta formar una ambigua línea temporal. A pesar de ello, es posible distinguir una clara relación entre el protagonista, su padre y la guerra, cuyo fondo —uno se entera después, no gracias a la película— tiene que ver con que Roger Waters también perdió a su padre en ella. Hay, además, una crítica hacia el vacío que genera la fama y hacia las relaciones sociales carentes de significado (que, ladrillo por ladrillo, terminan por construir un muro que poco a poco nos va aislando del resto).

The Wall primero fue disco, película, concierto, disco sobre el concierto del disco y ópera. Todos fueron intentos de Roger Waters por crear una obra maestra infalible, que trascendiera, que reclamara y el eco de los gritos se quedara en el aire como quedó, durante mucho tiempo, el eco de los bombardeos en Inglaterra.

Roger Waters no pudo saber cuántos ecos quedaron luego de The Wall, pero doce años después del estreno de su aspirante a obra maestra, el 4 de octubre de 1994, un joven fanático de Pink Floyd, se convirtió en padre por primera vez.

 

*

Crecí entre dos mundos: las baladas románticas de Luis Miguel y Alejandro Sanz y los discos enteros de Pink Floyd y Led Zeppelin. En estos dos mundos, representados por mi madre y mi padre, existían abismos que crecían conforme mis padres se hacían mayores. Si la vida que construyeron juntos era una hoja en blanco, a veces eran un mismo punto; otras —quizá la mayoría de las veces—, dos líneas divergentes. Pero aunque los gustos musicales de cada uno eran el precipicio que menos importaba, a pesar de la inminente separación y de su caída al hoyo negro que resulta el desprecio, esos gustos fueron lo único que se quedó en mí como un souvenir.

 

 

En la escuela, mientras mis compañeras se organizaban para ensayar una nueva coreografía, yo contaba cómo mi papá me había enseñado a cantar Comfortably Numb, en parte para aprender a hablar inglés, en parte para que supiera la existencia de una banda británica llamada Pink Floyd. Debí haber tenido 14 o 15 años y, con todo lo que implica, me sentía una adolescente que enfrentaba el mundo como viniera: para todo tenía una respuesta, el volumen de mi voz se alzó (para ya no volver a decibeles bajos), en mi boca se dibujaron miles de comebacks una vez que aprendí a decir groserías.

 

*

Más de una vez me he preguntado por la vida de mi papá anterior a aquel 4 de octubre, lo que quiso ser y lo que abandonó: un ingeniero mecánico que dejó a medias la carrera que estaba cursando para convertirse en papá, más que por deseo, por obligación.

Once años antes, cuando él tenía diez, The Wall llegó a su casa gracias a que el mayor de sus hermanos también quiso enseñarle a hablar inglés y a que supiera, también de una buena vez, la existencia de una banda británica llamada Pink Floyd. La película, que tuvo que llegar en VHS o en beta, no fue una revelación ni un acontecimiento genial: la sensación de haber visto algo extraño se quedó impregnada en mi padre, quien creció con esa influencia como si lo fuera persiguiendo. No sería sino hasta sus años de preparatoria que, por fin, adquirió el gusto propio por la banda así que volvió a ver la película para confirmar que, en efecto, todavía quedaba mucho por comprender, por ver, por escuchar.

 

 

Antes de que mi existencia figurara en el plano, Ricardo, el menor de sus hermanos, había visto ya cómo un hijo o una hija transformaba la vida en todas sus dimensiones y por eso no estoy segura de que, cabalmente, hubiera pensado en ser padre. En sus años adolescentes se la vivía fuera de casa, entre reuniones de medianoche con sus amigos y los discos de Pink Floyd, Deep Purple, Led Zeppelin o U2. Ricardo soñaba con perder tanto tiempo pudiera, con una vida propia sin suscribirse a un trabajo de oficina de nueve a siete; soñaba con viajes a Londres, Nueva York, quizá hasta Rusia.

Pero un día, mientras Ricardo ponía un cassette de The Dark Side of the Moon y se arreglaba para pasar la tarde en la casa de su amigo Jimmy, llegó un mensaje: tengo algo que decirte. Las reuniones, los amigos, los discos, la libertad de no ir a una oficina, los viajes por venir se terminaron de pronto cuando supo que su novia estaba embarazada y tuvo que hacer lo que se le pidió: dejar la escuela, casarse, buscar un trabajo cualquiera, ganar dinero, establecerse en un departamento diminuto, hacer un hogar, ser un padre de familia hasta donde pudo.

A su vez, el suyo también se había convertido en padre, diez veces, por obligación.

Como Pink en The Wall, Ricardo era un rebelde que se jactaba de ir contra toda autoridad. No acataba hora de entrada ni de salida, su escenario era la calle, los sitios en donde tanto se divirtió. Se negaba a ser un ladrillo hasta que a Ricardo, mi papá, se le construyó un muro llamado paternidad con el que tuvo que convivir mientras ladrillo por ladrillo iba borrando todo lo que él quería ver, ser y hacer.

Con los años, nos educó a mí y a mi hermano menor, con la consciencia de romper el sistema, quebrar lo que nos habían enseñado en la escuela si no servía para pensar críticamente. Tal vez así, él podría recuperar parte de la juventud que le fue arrebatada por una bebé que empezaba a conocer el mundo que le rodeaba.

 

 

Tal vez esa fue la verdadera rebeldía de mi padre: criar a su hija y a su hijo para que no fueran otro ladrillo en el muro.

 

*

En su momento, las críticas de la película fueron bastante duras, pues The Wall no es un filme espectacular. “El señor Parker ha aportado mucha energía a este proyecto y se ve que ha hecho todo lo posible para lograr ofrecer una experiencia abrumadora. Sin embargo, no todos los espectadores desean ‘abrumarse’ de este modo”, decía una crítica en The New York Times. Otra, en The Washington Post, argumentaba que “El mayor error de Parker es no ser capaz de reconocer que la mera presentación expresionista y solemne de la temática de ‘The Wall’ no logrará magnificar su inherente falta de sustancia dramática”.

Yo, que no soy crítica de cine, lo sé. The Wall es una película que trata de abarcar tanto que termina por fallar irremediablemente en la manera de proyectarse como obra maestra. La sobreexposición de símbolos e imágenes dicen tanto que no dicen nada de verdad. Aún así, la película tiene un gran acierto generacional: la relación entre un hijo y un padre se encuentra con la relación entre otro padre y su hija para hablar de un mundo incomprensible que se va deshaciendo frente a nuestros ojos.

 

*

La primera vez que mi papá me enseñó The Wall, una noche en la que decidió estrenar el nuevo sistema de sonido que había comprado en Liverpool luego de años de ahorro, no entendí un carajo.

 

 

No se lo dije nunca, tenía que crecer para saber qué era lo que trataba de enseñar realmente: el movimiento contracultural, la protesta en contra de la guerra (que no existía de forma explícita), de las estructuras sociales que perpetuaban la desigualdad que mi padre conocía bien desde pequeño y la maldad neoliberal que acechaba desde entonces.

Aquella primera vez que la vimos juntos lo único que entendía era que algo estaba empezando a formarse, en mí y en él, desde hace mucho tiempo.

 

*

Imaginar un mundo nuevo junto a una bebé, enseñarle a inventar palabras para nombrar todo lo que no existe, suena a uno de los argumentos más convincentes cuando uno se plantea la idea de ser madre o ser padre. Pero no solo es imaginar cómo cambia el mundo propio, sino observar a lo largo de los años cómo ese bebé tiene sus propias ideas sobre un futuro que, a lo mejor, no es como lo habíamos pensado.

Tal vez mi padre, con una juventud concluida de repente por un embarazo no deseado ni planeado, con un matrimonio que no prosperó, con una bebé en sus brazos atenta a las palabras que inventaríamos juntos, con Pink Floyd, Deep Purple, Led Zeppelin y todas las canciones que me cantó, nunca se preocupó por el qué dirán de nosotros —padre inexperto, hija indómita—, sino por el qué nos diríamos el uno a la otra cuando lográramos inventar, como en The Wall, un mundo que sea solo nuestro.


Autores
(Ciudad de México, 1994), Estudió Relaciones Internacionales en la UNAM. Es lectora y editora en Dharma Books + Publishing, y ensayista.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, día en el que nos felicitan porque creen que celebramos ser lindas y amorosas; nos regalan flores y “cosas de mujeres”, incluso nos invitan a comer porque es nuestro día. Sin embargo, en los últimos años el 8M lo han resignificado las morras que denuncian la violencia patriarcal y machista, que construyen y se enuncian, sean o no feministas, sea o no desde el feminismo. Este año el equipo de redacción de la revista Tierra Adentro invitó a las autoras e ilustradoras a compartir sus opiniones respecto a el estado en que se encuentra la lucha feminista y sobre las dificultades que se han hecho evidentes en el contexto de la pandemia, también aprovechamos para preguntarles cómo ha sido su relación con el movimiento feminista. Acá te las compartimos:

 

LAURA VELÁZQUEZ

¿Cómo ha sido tu relación con el movimiento feminista?

Mi relación con este movimiento ha sido un poco lejano, sin embargo algunas amistades, o en ocasiones el trabajo, me han acercado a conocer más de él.

¿Cómo consideras que se encuentra la lucha feminista después de la pandemia y qué problemáticas crees que se hicieron más evidentes en este contexto?

A mi percepción en los primeros meses de la pandemia quizá fue un golpe duro para este movimiento porque estaba en un momento clave, estaba muy presente en el panorama actual. La pandemia cuando llego por supuesto ocupo la mente de todos, sin embargo a lo largo de los días o en unos pocos meses volvió a resaltar y entonces el movimiento siguió de otra forma, como grupos de ayuda, y apoyo entre mujeres. Me parece que una de las problemáticas que se hizo más evidente fue la violencia doméstica, por ejemplo, es  la silenciosa que parece que no existe pero claro que está y bastaba solo con permanecer en sus hogares.


 

ZEL CABRERA

Mujer de palabras

Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.

Pero sí de palabras,

muchas, contradictorias, ay, insignificantes,

Rosario Castellanos

Hace mucho que supe que no era una mujer de acción. Que si tenía que dar mi cuerpo por una causa, no daría la gran cosa. Aunque toda mi vida me he ejercitado, el tiempo que le he dedicado a mi cuerpo ha sido más bien para rehabilitarlo y resarcir mis carencias y no para fortalecerlo tal cual.

Es por eso que nunca he ido a una marcha feminista y probablemente jamás iré. No por un asunto de falta de militancia más bien por falta de un cuerpo que me permita ir y plantarme ante la propuesta de hacer presión a través de una barricada o simplemente correr ante un repliegue. Me aterra no ser tan rápida como el resto y terminar aplastada por la multitud.

Y sé que eso no me hace menos feminista, aunque hubiera otras mujeres que me cuestionaran por eso.

La pandemia hizo difícil la concentración de grandes multitudes por cuestiones de salud y orilló a los diferentes movimientos a buscar alternativas para protestar y alzar la voz por la igualdad y las garantías necesarias para ser mujer y vivir sin miedo. Para mí eso era necesario desde antes del covid y el confinamiento, pero se volvió vital después de. Ya no solo por incluir a las mujeres con discapacidades y/o con divergencias funcionales sino por un asunto de conservar la vida y estar a salvo, y también conservar los principios y la rabia.

Y encontré esas alternativas en las palabras, en su fuerza y en el poder que creo que tienen. Fundé una editorial en la que las palabras de las mujeres sonaran y valieran lo justo. En el que darle espacio a las mujeres y a sus voces no era una moda, ni una postura para quedar bien en redes sociales, menos una cuota sino una justicia. Y desde hace dos años trabajo desde ahí, y de los frutos puedo hablar: dos antologías de poetas jóvenes totalmente gratis para su descarga y un festival internacional de escritoras que celebró hace unos días su segunda edición y participaron más de 100 mujeres de manera virtual y presencial. Además de más de una treintena de actividades en el que visibilizar el trabajo de las mujeres es uno de nuestros objetivos, no solamente de aquellas con las que tengo relaciones de cariño y de amistad o en cuyas estéticas me reconozco, sino que he intentado llevarlo mucho más allá.

Mi manera de resistir es a través de las palabras, no solo de las propias sino también de las ajenas, de las raras, de las periféricas, de las del centro.

Y aunque siga habiendo quien crea que las palabras se las lleva el viento, yo creo que si estamos juntas, nuestras palabras suenan más fuerte.

Soy una mujer de palabras, ahí está mi fuerza.


 

JULISSA MONTIEL

Conocí el movimiento feminista hasta la universidad, amaba ver a mis compañeras alistarse para marchar con carteles, paliacates y las mochilas bien montadas sobre la espalda. 

La escuela de diseño está como a 15 minutos del zócalo, por lo que siempre me tocaba escuchar un poco de ruido, presenciar un poco de movimiento. Por mi parte, nunca me alisté para ir a marchar (debo confesar), nunca he estado en el frente, luchando y gritando por aquellas hermanas que han sufrido injusticias y que la están pasando mal gracias a la desigualdad de género, sin embargo, me gusta pensar que a diario lucho desde mi trinchera, defendiendo y exigiendo mis derechos al igual que ellas. 

Desde que papá murió, mi casa se ha convertido en casa de mujeres fuertes y capaces que a diario demuestran que no es necesario tener una figura masculina para reparar la casa, para sentirnos seguras y para sustentar nuestros gastos. El carácter de mi madre me ha hecho fuerte para defender mis ideales, mis convicciones y mis derechos como mujer.

Y es que pienso que todo movimiento comienza desde nuestras casas, desde nuestras vidas y las vidas que apoyamos e inspiramos (nuestrxs amigxs, compañerxs de trabajo, vecinxs y nuestra propia familia) haciendo la diferencia de adentro hacia afuera. No me he colgado paliacates ni he alistado los carteles, pero a diario me cuelgo encima valentía, carácter y fuerza para demostrar y demostrarme que también soy capaz de cuidarme, de amarme, de respetarme y que no espero menos de los hombres y mujeres que me rodean. Me los cuelgo para hacer valer mis derechos de elección, para sentirme segura y disfrutar mi cuerpo. 

Creo que el inicio de la pandemia nos regaló la oportunidad de resolver esos pequeños detalles que existen dentro de nuestro mismo núcleo familiar, cuando tenemos micromachismos que a veces ni siquiera nosotrxs notamos. Re educarnos y cambiar nuestras acciones y pensamientos para después salir al mundo y gritarlos, contagiarlos y exigir el cambio y la re educación del país en donde habitamos, trabajamos y nos desarrollamos.


 

CHRISTINA SOTO VAN DER PLAS

Hoy estoy mujer. Me gustaría decirlo en presente y sin poner en juego la dimensión imaginaria de lo que es imaginarse como una mujer. Porque no se trata, en mi caso, de una ontología, no quiero jugar con el verbo ser, sino con el verbo estar. No es la radicalidad del sexo, sino de una representación, una inclusión de mi humanidad en uno de los cuerpos posibles que viene cargado con ciertas expectativas y desventajas. A veces se me olvida que estoy mujer, hasta que alguien me lo recuerda. Como cuando me preguntan acerca de mi relación con el movimiento feminista. ¿Para qué mentirles? es una no-relación. No hay relación. No me incluyo ni me excluyo. No soy feminista. No me siento culpable por no ser feminista en los términos que se me han impuesto para serlo. No es por falta de interés o por no compartir ciertas consignas, sino porque creo que los movimientos son mejores cuando se escapan de la identidad y de las demandas de la producción y se acercan más a la comunidad, a un estar-en común, mucho más cercano a una experiencia compartida que está localizada que a una definición abstracta del ser. Nancy decía que “El capital niega la comunidad porque coloca la identidad y la generalidad de la producción y de los productos antes que ella”. Desde mi trinchera, pienso que la primera resistencia es ante la ubicua lógica del capital. Para poder comenzar a estar juntas como mujeres, formando una comunidad que no se defina ya por las demasiadas identidades, los demasiados pronombres, las excesivas heridas narcisistas, la victimización incesante.

Si algo ha dejado en claro la pandemia es que somos átomas cada vez más aisladas, gracias a la lógica del capital, precisamente en los momentos en los que nos necesitamos más. Enfermas, aisladas, frente a las pantallas, vulnerables. Al mismo tiempo, este aislamiento ha dejado en claro que nuestras conexiones y vínculos son mucho más profundos e indestructibles que lo que quisieran quienes nos ven como un segmento del mercado, un problema a resolver, un género que incluir, una voz que acallar. ¿Cómo dejarnos estar mujeres y estar en común? Estar con, sin obligarnos a un tener que ser.

Bajo las cobijas, rendida, cuando ya no me queda ni una pizca de energía para seguir luchando y quisiera no levantarme cuando sale la luz. O con un traje y una corbata que hace que mis pechos parezcan aún más grandes, exponiendo teorías literarias complejas, impostando la voz, para ver si me toman en serio, frente a la audiencia. Da igual. Estoy mujer hoy, aquí, por ahora, junto con ustedes.


 

SOFÍA MORFIN JEAN

Este 8M quería escribir un texto lindo sobre ser mujer, sobre las cosas que me unen a las mujeres que han nutrido mi vida desde que nací. Este día es uno de emociones intensas, de escuchar historias terribles y enardecernos juntas por madres que buscan, por niñas embarazadas y agresores impunes, por una indiferencia sistémica. Hoy en la lucha es importante darnos amor para encontrar las fuerzas. Por eso quise escribir algo bello a lo que poder aferrarme para no sentir que este marzo me quedo sin aire.

Ser mujer es más que nuestra biología (hermosa, por cierto) y considero que también es mucho más que nuestra histórica disparidad social, aunque muchos de los comportamientos que nos hemos reapropiado tengan su origen en estas mismas injusticias.

Para mí es claro que una mujer puede ser de cualquier forma: fuerte y frágil, heroica y cobarde, tierna y cruel, chistosa, amargada, machista, atractiva y grotesca, una estúpida, una genia. A la hora de generalizar, que es el mal trago necesario para describir algo mayor a uno mismo, supongo que cada persona encontraría similitudes particulares para describir a las mujeres que le rodean, yo aquí pretendo homenajear a las mías. Claramente los adjetivos enlistados no sirven para una tarea así, porque lo que somos cambia por segundo y porque si todas mis conocidas fueran, por decir algo, extraordinarias o fuertes, viviría yo en una caricatura. Creo que el punto de encuentro está en las formas, que se adaptan y se heredan, de relacionarnos con el exterior. De las maneras particulares en que permeamos nuestro universo íntimo y personal hacia lo y los que nos rodean.

Nuestra comunicación, como una de nuestras formas que los hombres no entienden, se intenta denigrar bajo el título despectivo de chisme, de palabrerías sin consecuencia y a las que, de paso, siempre se puede poner en duda. Yo veo el chismorreo entre viejas como un método de comunicación superior, por su desnudez y porque basa su credibilidad en el valor intrínseco de quien lo comunica. Se asume la calidad de la información transmitida porque se conocen las intenciones y el corazón de quien lo dice. Las que hemos estado ahí, en un grupo íntimo de amigas o parientas, en lo que Alice Munro llama el mundo de las mujeres, sabemos por qué creen que estamos locas, si nos entendemos con miradas y sabemos cuándo algo va mal. Es la comprensión latente, la apertura, la confianza a veces automática y la absolución de antemano, porque también es un espacio dónde nos permitimos ser ruines, despellejarnos unas a otras para después seguirnos amando. Dinámica que, con sus sutilezas y malos momentos, yo nunca he visto representada en cine o televisión sin ridiculizaciones o inverosimilitudes.

Esto me hace pensar en otra constante: la percepción aguda que desarrolla una intuición que a veces parece sobrenatural. Hay algo de brujería en nosotras, en las madres que simplemente saben o en las amigas que es imposible engañar con una sonrisa acartonada. Esta es una particularidad largamente asociada a las mujeres y que creo tiene su raíz en la opresión misma, porque los sentidos se nos agudizaron para reconocer el peligro. Es un sentido arácnido al que todavía hay que echar mano para protegernos en situaciones de riesgo, o por desgracia en la vida diaria, pero que tiene también una cara generosa porque magnifica la empatía y facilita la comunicación con la gente vulnerable, y una cara práctica, porque nos ayuda a ir un paso adelante.

La última, polémica como las anteriores, es la pasión que reconozco en mis amigas, primas, tías y abuelas. En mi mamá ni se diga. Y esto, la enorme pasión que rige nuestras vidas, también nos lo han querido quitar de mil formas en el pasado: amarrándonos al matrimonio, negándonos los libros y los números, condenando a muerte nuestro adulterio, arrancándonos a nuestros hijos de las manos. Y sigue cada una persiguiendo con terquedad un deseo, un impulso vital que escapa la lógica. Ignorando de paso los ejemplos preventivos que intentaron imponernos novelistas milenarios con Anna Karenina o Madam Bovary, dibujándolas como mujeres frívolas y tontas, única posibilidad de la pasión femenina que se somete en exclusiva a la adoración de un hombre, o a la búsqueda de su pareja ideal. Cómo si no supiéramos que no existe. Igual buscamos, entusiastas. Y qué lindo es.

La pasión tiene tantas expresiones como mujeres existen. Con pasión Simone Weil sirvió a los pobres y Tina Modotti a la revolución, Joan Mitchell pintó hasta el agotamiento. Con apasionada furia, obvio descrita como neurosis por sus críticos, Sylvia Plath escribió los poemas más honestos de su siglo sobre la condición de la mujer. Con pasión unas cuidan de sus padres hasta enterrarlos y otras se enloquecen por sus hijos. Anaïs Nin pensaba que la pasión es la naturaleza definitoria de la mujer y dio rienda suelta a la suya intentando encapsular íntegro cada momento y cada emoción en sus diarios, en la que considero la pasión más femenina de todas: la vida misma con sus detalles y minucias. Se entregó, en palabras de Henry Miller a “un culto primitivo de la vida, a una adoración total.”

La ideología moderna cada vez admite menos la pasión como un modo válido de operar y con argumentos pedagógicos de peso, celebrando el balance y la moderación, clasificando de tóxico, obsesivo o codependiente todo aquello que desborda un razonamiento más bien masculino. Por eso se les escama la piel cuando ven tirados los monumentos en las calles, no saben que la pasión de muchas ahora está en revertirlo todo, en empezar de cero, y nada va a detenernos.

Este 8M quería escribir un texto lindo sobre ser mujer y cuando estaba terminándolo leí la noticia de los violadores de Palermo y lloré y quise quemar lo escrito. Me llené de una rabia, vieja conocida, que me asusta por su fiereza. Hoy añadimos a esta joven a los motivos para gritar y sigo sin explicarme ¿cómo se puede habitar un dolor que no nos pertenece? Cada 8M me acuerdo de que ya aprendimos cómo.


 

MARIANA MARTÍNEZ

La palabra “feminismo” me acompañó durante la mayor parte de mi vida, pero era solo eso, una palabra. No entendía el significado, no sabía ni me interesaba saber qué representaba; cuando las feministas se hacían presentes de cualquier manera, las observaba y me limitaba a juzgar. Me es difícil identificar el momento exacto en el que sentí interés por el movimiento, solo sé que a partir de ese interés, ya no hubo vuelta atrás.

Tenía sed, sed de responder todos mis “por qué”, sed de entendimiento, empatía, pero principalmente sed de furia. Me descubrí a mí misma buscando preguntas que me hacían rabiar, sentir coraje e impotencia porque ese era mi motor. La furia apagaba el miedo, la furia apagaba la conformidad, me impedía ignorar las “comodidades” con las que había crecido. Mientras más respuestas obtenía, más intensa era mi furia por cambiar las cosas.

Mi relación con el movimiento feminista se siente largo a pesar de haber iniciado hace pocos años, pero sé que con el feminismo descubrí la intensidad de mis propias emociones. Descubrí una empatía que jamás había experimentado, descubrí la paciencia, el amor a mis compañeras; con cada pérdida, con cada muestra de violencia hacia nosotras, llegué a sentir la tristeza más profunda, incluso una resignación desesperante.

Ser parte, considerarme parte, también me ha permitido descubrir mi propia fuerza. Ahora sé que no tengo miedo, sé que estoy dispuesta a poner mi cuerpo, mente y espíritu para defender a cualquier mujer que lo necesite, sin importar si la conozco o no. Esta red de apoyo que hemos construido se siente como un hogar, transmite paz y calma porque todas sabemos qué nos toca, contra qué nos enfrentamos, todas y cada una trabaja en sí misma para darnos la existencia que siempre hemos merecido.

Desde mi perspectiva, el movimiento se ha visto obligado a evolucionar de un modo que nadie se imaginó. Antes observábamos a nuestro entorno y podíamos identificar los signos de peligro con, por decirlo de algún modo, mayor facilidad. Ahora, salvar una vida requiere el doble de nuestra atención. Implica agudizar sentidos por si llegamos a escuchar golpes en la casa vecina, por si vemos que la violencia económica o psicológica de alguna ha aumentado. Es un momento peligroso para nosotras, las condiciones de los últimos años nos han hecho sentir mayor desesperación por rescatar a aquellas que sufren un infierno a puertas cerradas.

Es importante para nosotras encontrar el modo de ofrecer la mejor ayuda posible, acompañando, haciendo llamadas o visitas sorpresa, escuchando, denunciando. Muchas cosas de la vida cotidiana han cambiado, se han detenido, pero la violencia y la opresión siguen ahí, eso jamás descansará.


 

MARICARMEN ZAPATERO

Abrasar

El feminismo es un abrazo que me cobija en la incertidumbre de vivir en un país en el que ser mujer se siente como una amenaza y en dónde el miedo se vuelve parte de lo cotidiano.

Es la firmeza para señalar lo injusto y nombrar a todas las que nos faltan, un espacio que me llena de furia para gritar con brío y sentirme escuchada, que me da la fuerza para pelear por mis derechos y por los de todas las mujeres.

De bailar, cantar y celebrar nuestra libertad para seguir peleando, buscando, quemándolo todo. Es el sosiego entre la lucha, pero sobre todo es un espacio para acompañar y ser acompañada.


 

MARIANA GONZÁLEZ

I

F E M I N I S T A

es una palabra que me intimida y que pocas / nulas veces uso para identificarme. Siento que me faltan tantas cosas por trabajar y tantas conductas que tengo que desaprender que me sentiría una impostora si la usara como apellido.

Peeero, también siento que ha sido gracias a las pláticas de horas que he tenido con A. y con L.; gracias a que en mi primera marcha a la que acudí vi a M. gritar con tanta fuerza, gracias a la complicidad y acompañamiento implícito que se siente con lxs demxs; y en gran parte porque mi familia materna es un matriarcado en el que 3 generaciones hemos aprendido a querernos y a admirarnos y darnos fuerza entre nosotrxs, que me parece hasta cierto punto natural y necesario hacer lo que se pueda desde mi trinchera para denunciar y exigir lo que nos correspondería por el simple hecho de estar aquí.

Hacerlo por las que seguimos presentes, por las que injustamente ya no están y por las que vienen.

II

Mi primer marcha feminista fue unos días antes de que todo explotara. Luego todo fue encierro y pausa.

Sin embargo, siento que eso ayudó un poco a que, por lo menos en redes sociales, se hablara más de temas sumamente necesarios y muchas veces invisibilizados y, más aún, a que todxs nos enfocáramos en ellos sin pretexto. Todo era encierro pero, una vez más, aprendimos a adaptarnos. Lives, posteos y demás recursos digitales fueron herramientas súper útiles para seguir apoyándonos unxs a otrxs desde la distancia, para no sentirnos solxs.

Sé que suena muy romántico todo y, probablemente si yo me escuchara diría: ¡ay por favor!, pero el hecho de ver o leer que otrxs están pasando o sienten lo mismo que tú, hace que no te sientas como unx locx (que bueno, tal parece que nosotrxs siempre hemos sido eso: unxs locxs).

III

Uish. Creo que ya se ha hablado mucho del tema porque todos los casos de desigualdad, más allá del género, se hicieron muy evidentes.

Por una parte, desde el día 1 se encrudeció la violencia dentro del hogar. Las víctimas tenían que convivir con sus agresores 24/7 sin tener ninguna salida aparente. Y ya llevamos 2 años así. Es una situación preocupante y que nos llena de impotencia a todxs.

Y por otro lado, un asunto que me llena de enojo, la verdad, es que después de añísimos de avances científicos, luego de añísimos de estar pidiendo que se nos considere y se nos haga parte de, resulta que las vacunas fueron, una vez más, hechas para personas no menstruantes. Me refiero a que los efectos secundarios en las personas que sangramos fueron, una vez más, ignorados. Obviamente, es preferible ponerse la vacuna y salvar tu vida; obviamente entiendo que la investigación y producción de las vacunas fueron hechas en situación de emergencia por toda la crisis sanitaria, pero me parece absurdo que no se le haya pasado por la cabeza a nadie pensar en los posibles efectos, muchas veces alarmantes, que podían tener las dosis en las personas menstruantes.

Creo que no hay ejemplo más claro de que, como siempre, éste siempre ha sido y sigue siendo un mundo de hombres y que aún queda mucho por luchar.

IV

Tits Up.


 

ISABEL DEL VALLE

¿Cómo ha sido tu relación con el movimiento feminista?

Empecé a adentrarme en el feminismo en la universidad, gracias a una clase llamada “Problemas del México actual” que impartía Alicia Hopkins Moreno (quien publicó hace unos años en Tierra Adentro un análisis excelente de Teoría King Kong). En esas sesiones, Alicia nos llevó a repensar las problemáticas de nuestro país y el papel de las luchas sociales en ellas. Las causas sociales, las violencias que vivimos en México y la desigualdad siempre han sido asuntos cercanos a mi corazón, pero realmente nunca había pensado en el feminismo y en mi posición específica como mujer frente a las problemáticas que cientos de otras mujeres viven en este país.

Claro que sabía de nuestras desigualdades, del machismo, de la violencia sexual y había sido víctima, tristemente como todas, de acoso en el transporte público, la calle e incluso en la escuela. Todo eso me dolía, pero era un dolor callado que no encontraba aún su cauce. Pensaba que todo eso era algo que se tenía que vivir por haber nacido mujer y mexicana. Qué tonto, ya sé. El feminismo me abrió los ojos. Fue para mí ver por primera vez que no solo no estaba sola, sino que muchas mujeres querían cambiar la forma en la que vivimos. Que muchas mujeres también se indignaban, se dolían y sentían rabia por las muertas, las desaparecidas y todas las personas que no han logrado alcanzar su potencial por el hecho de haber nacido mujeres. De ahí fue un camino lleno de lecturas, aprendizaje y también desaprendizaje. 

¿Cómo consideras que se encuentra la lucha feminista después de la pandemia y qué problemáticas crees que se hicieron más evidentes en este contexto?

Creo que está más viva que nunca. Claro que ha sido difícil no podernos juntar como antes o tener duda de si salir o no a marchar por temor al contagio. Pero como todo, la lucha se ha adaptado, quizás ahora ha sido una lucha menos ruidosa, más tranquila, pero igual de potente y filosa.

Por otro lado, ese no poder salir tanto, no poder juntarse tanto ha alienado a muchas personas y mediáticamente puede dar la idea de que ya no hay movimiento feminista. Ese es el problema que he visto entre las personas que no están inmersas en esto. Pareciera que si no gritan, entonces las colectivas ya no existen. Y no falta el comentario de, ¿y dónde están las feministas en esto? Pues igual que todo el mundo, en casa, repensando la lucha, encontrando maneras de estar cerca estando lejos. Intentando influir en las personas con las que nos quedamos encerradas. Luchando, más que nunca, desde nuestras propias trincheras. 

Gracias a esto, al menos en mi caso, tejí redes de apoyo más estrechas con mis amigas y juntas empezamos a sanar desde la escucha, la ternura radical. Siempre me ha enojado la gente que dice que las luchas son solo individuales, que mientras uno cambie ya cambia al mundo. 

Las luchas son primero individuales, claro que sí, pero cuando uno cambia tiene que influir en los demás y quizás eso es lo que ha permitido la pandemia. Influir de forma más cercana, más estrecha. Tejiendo redes y acompañándonos entre todas porque muchas se han quedado encerradas con sus agresores y en esos casos, un oído atento, alguien que te ama y está dispuesta a abrir su casa puede hacer toda la diferencia.


 

XÓCHITL OLIVERA

YO EXISTIENDO

El feminismo nos atraviesa la vida en dos unidades de medida esenciales: tiempo y dolor. Es un proceso largo, retador y que constantemente nos confronta con todo lo que creemos verdadero. Nos obliga a abrir los ojos al tiempo que damos la espalda a todo aquello que ya no nutre, que hiere o que coarta. Nos cuesta vínculos, espacios, decisiones y cambios drásticos. De cierta forma se trata de matar a la que fuimos en un momento: de reconocer que ya no podemos esa que tolera chistes, que se queda callada por agradar, que resiste a costa de todo, que no pone límites o no se va de los lugares donde no puede existir para sí misma. Las muertes siempre duelen. Pero en algún punto nos marca un parteaguas, un nuevo lugar en dónde comenzar, y nos conduce hacia dentro de nosotras, a un centro en el que nos encontramos con todas las demás. Así renacemos en el derecho de existir en lugares que antes no sentíamos nuestros, entre otras como nosotras, más despiertas, más conscientes, más acompañadas y, por lo tanto, mucho más fuertes.

No me asumí feminista antes de abandonar la vida que tuve, entre un montón de hombres que, después de mucho trabajo, lágrimas silenciosas y resistencia, me validaban y me dejaban existir entre ellos pero no como ellos. Sin embargo, el proceso para hacerlo comenzó ahí, cuando me di cuenta de que por más que me esforzara y superara sus pruebas en realidad yo no era como ellos, pero igual me esmeraba en parecerlo porque quería sentir que merecía un lugar en su mundo, en el que debía equilibrar mis habilidades de manipulación hacia mis subordinados, el respeto, mesura y autocontrol hacia mis jefes, la cantidad de veces que sonreía o me reía en un turno para que me creyeran motivada y no coqueta y que no se notara que, por comodidad, había dejado de usar brasier y bajo el uniforme andaba igual que ellos. No me alcanzan los dedos de las manos para contar las veces que, en plena crisis de operación de algún proceso, en tanto mis decisiones o indicaciones eran cuestionadas sin falta, alguien se me acercó al oído y me dijo: “Se nota que tienes frío, ¿eh?”. Me había acostumbrado a esta y otras actitudes, y siempre respondía a la ligera: güey, tú también y nadie te dice nada. Ahora me asquea pensar que siempre me lo decían mecánicos, operadores, electricistas, trabajadores sindicalizados al menos quince años mayores que yo. Me asquea reconocer que en ese momento no me quejé y lo dejé pasar, porque haberme indignado hubiera sido no aguantar vara, no poder pagar el precio por tener un lugar entre ellos, en donde ninguna como yo entraba con facilidad.

Las crisis son expansiones de consciencia en potencia. Una crisis me obligó a cambiar de vida. De un día para otro le dije a mi jefe inmediato: me voy en cuanto elijas a quien va a tomar mi lugar. Nadie pensó que mi renuncia fuera lógica, y lo que me quedó de tiempo en la empresa consistió en un interminable desfile por un montón de oficinas; entrevistas con personal de relaciones industriales, de producción, del sindicato, porque quizá pensaban que la siguiente persona que me preguntara indagaría lo suficiente para determinar la causa verdadera y precisa de mi decisión. Mi gerente fue quien más se acercó cuando, en una entrevista, con la cara bañada en las lágrimas que me había aguantado por años, dije: ya no puedo, de verdad ya no puedo con tener que estar escondiendo todo lo que me hace mujer, con tener que andar como robot, como si nada me afectara, como si no menstruara, como si no me molestaran los comentarios sobre mi personalidad, mi ropa o la forma de mi cuerpo. Él se detuvo un momento más: “Pero tengo entendido que toda tu vida profesional has estado en ambientes así”. Y en ese momento, conforme formulaba mi respuesta, por fin entendí la única razón de todo aquello: sí, pero el hecho de que las cosas sean de una manera no significa que así tengan que ser siempre. Tuve miedo. Y en muchas formas me sentí vencida, porque fui yo quien tuvo que abandonar la seguridad de un pago quincenal, un bono de utilidades y un aguinaldo. Yo sola y no ellos, que eran quienes habían tomado mi tiempo, el poco conocimiento que se me reconoció, mi entusiasmo, ímpetu y empeño para hacer las cosas que me correspondían. Pero entre más despojada de todo eso me asumía, me daba cuenta de que quedaba dentro de mí un espacio cada vez mayor. Un espacio que me sentía capaz de llenar a través de la reconstrucción de mí misma, lo que quería y lo que podría hacer en adelante.

Claro que no contaba con que al año siguiente el mundo empezaría a colapsar. Con que los ahorros se terminarían y cada vez sería más difícil ganar dinero. A riesgo de romantizar mi propio proceso dentro del feminismo, la pandemia se me presentó como un reto económico y al mismo tiempo como una enorme oportunidad en la virtualidad. Una sola recomendación que hizo Lola Ancira de mí, de mi trabajo, me abrió tantas puertas que aún me siguen llevando a las personas correctas, a los espacios donde soy bienvenida, en los que no tengo que reprimirme o achicarme para existir. Porque una vez que asumí el dolor y lo acepté como medio para una transformación, me atreví a mirar con ojos nuevos: a buscarme entre mis compañeras, a encontrarme en sus inquietudes y experiencias de vida, a narrarme en colectivo. A entender la escritura como mi forma de conectar con ellas que no son otras, sino yo misma existiendo en otras realidades.


Autores
Egresada de la Licenciatura de Diseño Gráfico con especialidad en Arte y Representación, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Amante del arte, la ilustración, el diseño y la naturaleza, proactiva, enfocada al detalle, interesada en la experimentación y la búsqueda de formas creativas de comunicación. Vocación por el dibujo especialmente en las técnicas tradicionales, la lectura infantil, y las actividades físicas.
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.

Ilustración realizada por Jal Reed

¿De qué hablamos cuando hablamos de hablar?

Qué onda, amix, primero que nada, buen@s días/tardes/noches, hoy vengo a echarte choro sobre los memes, pero primero, te presento al compa Witggestein, bueno, no te lo presento porque ya se murió pero te voy a platicar poquito de él. Pues resulta que este vato empezó siendo ingeniero, pero después se interesó por la filosofía, escribiendo el Tractatus lógico-philosophicus (si, suena medio mamador, no lo menciones en una peda para ligar, te lo digo por experiencia), donde dice, palabras más, palabras menos “El lenguaje solo sirve para representar lo real y se chingó”, pero después el men repensó las cosas y escribió sus Investigaciones Filosóficas, donde, de alguna manera se retracta y ahonda en lo que él llama “El lenguaje natural”.

 

 Aguanta, aguanta, ya casi terminamos este choro mareador y pasamos a los memes;

El lenguaje natural consiste en que no solo las palabras son comunicación (lenguaje lógico), pues hay muchos factores más allá de lo hablado para interactuar con lxs demás, por ejemplo, cuando platicas con alguien, el movimiento de su cuerpo, el aroma que produce, etc, te dan más información respecto a la conversación que mantienes con esa persona. Pero la comunicación no se da solo entre personas o seres vivos, el viento al chocar contigo también ejerce comunicación, te provoca algo. Por esto se podría decir que el lenguaje lógico s parte del lenguaje natural, que es, como el universo, prácticamente infinito (o eso dicen).

Ahora sí, a lo que veníamos

Sobres, ahora sí, memes, ya con esta introducción y tomando como referencia al Witgenstein, podemos deducir que una imagen es también una forma de lenguaje. El meme, como comúnmente lo conocemos, es una imagen que mezcla texto y palabra, como este:

 

Picture2

Y podríamos dejarlo hasta ahí, el meme es la fusión de palabra e imagen y sanseacabó, pero el hecho de que el meme haya permanecido durante todo este tiempo cambiando constantemente, nos indica que es una evolución de ambas que sigue evolucionando. En el siguiente meme hecho por el usuario de Instagram @autodidakta_____, podemos ver un breve resumen de las Eras Meméticas del Internet:

 

Picture3

 

¿Hacia dónde va el meme?

Otra evolución de la palabra e imagen que se ha visto agarrar su propio camino, es el cómic, que, de manera similar al meme, comenzó siendo visto como un mero entretenimiento pero fue transformándose hasta llegar a Novelas Gráficas y grandes obras como Watchmen, Daytripper, Maus, etc.  y, es que, si se puede usar para comunicar, puede usarse para hacer arte.

 

En 2015 se publicó “Zac’s Haunted House”, una novela hecha de puros GIFs, simón, como lo leíste, puras imágenes en movimiento contándote una historia de terror. Esto fue hace seis años y hoy día podemos ver memes cada vez más elaborados, llegando a rozar con la microficción, por ejemplo, retomando al compa de Instagram:

 

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Viendo esto, no me sorprendería que de aquí a unos cuantos años se establezca el meme como una corriente literaria (¿Memeratura?)  o artística (¿Memearte?, de tu arte a mi arte…), pero bueno, mientras cambiaré mi foto de perfil a un Bob Esponja Cholo.

Cámara, bandita.

 


Autores
Escribidor y poetoide. Autor de 6 libros en México y Argentina. Dos tres premios por ahí, el último de ellos, el Premio de Literatura de León 2021 en la categoría de poesía, con su poemario La llaga. Le dan miedo las avispas, mucho miedo, son del diablo.
Ilustración de Mariana Martínez.

Ilustración de Mariana Martínez.

Nos escondemos boca abajo detrás del árbol grande

y nos tapamos las orejas con las manos y abrimos la boca.

Se oye una explosión.

Agota Kristof

La habitación es espaciosa y las cortinas están cerradas. Los niños entran. Son dos. Es difícil verlos. La mujer viene detrás con la maleta, enciende la luz y pregunta:

¿Esto es todo lo que han traído?

Los niños asienten.

¿No hay otra maleta?

No, solo esta responde uno.

El otro dice:

Compartimos todo.

La mujer suspira, abre la maleta, echa un vistazo: calcetines, cepillos de dientes, camisetas. Lo suficiente para pasar varios días. Zapatos de piel, suéteres, la ropa hecha bola. Patines de cuero también. Pasados de moda. Y una cuerda para saltar. Al fondo alcanza a ver una fotografía enmarcada. De inmediato siente curiosidad. Extiende la mano para sacarla, pero uno de los chicos se lo impide:

¿Qué es esto? pregunta señalando las sábanas.

Son cohetes —responde ella. Y robots.

Pero los niños parecen no entender. La miran confundidos. Y la mujer se da cuenta: les ha hablado en un idioma que desconocen. Pronto olvidó que los niños hablan ruso. Está cansada. Le cuesta concentrarse. Cierra la maleta y toma aire.

¿Tienes hambre, Mikhail?, pregunta dirigiéndose a uno.

El otro responde:

Mikhail soy yo.

Y se señala con el dedo.

Él es Nikolái —continúa.

Ella gira la cabeza entre uno y otro. Concluye:

¿Tiene hambre alguno de los dos?

Los gemelos asienten.

El desayuno espera sobre la mesa. La mujer lo ha preparado para darles la bienvenida. Los niños se sientan uno frente a otro. Miran las frutas y el pan tostado. Las cucharas reposan brillantes junto a los frascos de yogurt. Todo en orden. Ella espera, por supuesto, que coman. Porque lucen pálidos. Y débiles. Nikolái estira la mano hacia el tenedor, pero Mikhail se levanta de la silla y se aproxima a él. Le arrebata el tenedor. Aparta el plato.

No comemos informa a la mujer—, no comemos.

Acerca los labios al oído del gemelo. Le habla muy despacio.

Nikolái asiente, abre bien los ojos, se deja convencer.

Queremos saber de dónde viene la fruta dice.

Del jardín de atrás responde la mujer, de mis árboles el durazno. Y lo demás del supermercado.

¿Y esto de dónde viene?

¿El yogurt? También del supermercado.

Nikolái olfatea el vasito.

Nos lo han prohibido sentencia, el yogurt y la leche.

No si es en pequeñas cantidades revira ella. Aquí no está contaminado

Compruébalo reta Mikhail, que ha vuelto a su silla y se mantiene erguido.

La mujer debe hacer entonces una demostración. Toma su yogurt y lo come. Dos grandes cucharadas.

¿Ven? Aquí está limpio.

Se lame los dedos.

Los niños la miran como se mira a un animal salvaje, o a un extraterrestre. Mezclan el miedo con la curiosidad.

Comeremos el pan tostado finaliza Mikhail en nombre de los dos.

Y luego, después de comer el yogurt y el pan:

Gracias por recibirnos aquí.

Felicidades, dice el instructivo, durante las próximas semanas usted alojará a uno o dos de los niños inscritos en nuestro programa de hospedaje. Agradecemos su interés y le damos algunas recomendaciones, a fin de que los niños se sientan como en su propia casa. Que respiren aire fresco, lee ella. Que tomen abundante sol. La piel de los niños es sensible y, si planea dar un paseo, le sugerimos aplicarles bloqueador solar. Le invitamos a que, durante la estancia, realice una visita al médico y otra al odontólogo, porque los niños vienen de familias que no pueden permitirse los cuidados más básicos. Al finalizar su estancia, serán devueltos por nuestro personal a sus países de origen. Si lo desea, haga un regalo sencillo entonces. Un buen ejemplo: las aspirinas, los medicamentos de venta libre. Otro ejemplo: el dinero en efectivo. Dólares americanos de preferencia. Si planea dar un incentivo económico, cosa los billetes al reverso de alguna prenda, para evitar pérdidas y para que los padres o abuelos puedan encontrarlos con facilidad. El instructivo dice también: no se desanime si durante los primeros días los niños no se adaptan al espacio de alojamiento. Les cuesta dar muestras de afecto, presentan cambios de humor, su silencio puede prolongarse.

Ella aparta el instructivo y mira las fotos anexas. Primero fotos individuales, acompañadas de información: Mikhail, 113 cm de estatura, 47 kilos de peso. Nikolái tiene la misma estatura, pero pesa un kilo más. Enseguida una foto de los dos. Los niños recién han cumplido los nueve y tienen el pelo del color de la paja. En la foto, Nikolái está un poco encorvado, pero Mikhail mira desafiante al objetivo. El fondo es la pared descascarada de una escuela, la lección de matemáticas sin borrar, las letras del alfabeto cirílico trazadas con tiza. Gemelos, se anotó al pie. La mujer pasa los dedos sobre el papel luminoso. Idénticos, lee en voz baja. Huérfanos, articula, a cargo de la abuela. Huérfanos, repite.

Y entonces se recrimina: ¿cómo se le ocurrió darles yogurt si es peligroso, si sus estómagos no están acostumbrados?

En la reunión previa, mientras esperaba su llegada, había escuchado las advertencias de otros padres anfitriones: el nuestro no quiso probar ni el queso, para ellos son comunes las prohibiciones; la mía era enfermiza y vomitaba cada noche por los nervios, decía que nunca se imaginó estar tan lejos de su casa; el mío, dijo un hombre, desconfiaba de los medicamentos que el doctor le había prescrito. Y cuéntanos, preguntaron después, ¿ya sabes a quién vas a hospedar? La mujer no respondió al principio, pero después dijo: dos hermanos, gemelos. ¿Cuándo llegan?, preguntó alguien. La próxima semana, respondió ella. Y esperó ansiosa.

Está en la cocina. Han pasado dos días desde su llegada. No puedo diferenciarlos, se dice. Acomoda las conservas. La mermelada primero, la cúrcuma y la pimienta después. Anota lo que es necesario comprar en el supermercado: pasta dental, lentejas, papel higiénico, algún juguete para los niños. Borra lo último. Nada de juguetes, piensa, pero, los necesitan tanto. Sus patines de madera lucen anticuados sobre la alfombra de la habitación. Camina a la ventana, se frota las manos, los mira explorar el jardín. Dice para sí:

Nikolái corre hacia el columpio. Mikhail se acuesta boca abajo y extiende las manos. ¿O es Mikhail el que corre y Nikolái quien se acuesta?

Sebastián los habría identificado de inmediato. Él es bueno para estas cosas, piensa ella, pero tenía que pilotear a Francia y dejarme cuando le dije que vendrían. Él había instalado el columpio con un neumático en la rama del árbol y le había deseado buena suerte. Ella había escuchado con los audífonos algunas lecciones de sus clases de ruso a distancia, innecesarias, por supuesto, había aprendido el idioma hacía mucho tiempo. Repitió entonces las sílabas: mo-lo-kó, leche, la palabra prohibida; s-tra-na, país, muy bien, se felicitaba; ras-to-ia-ni-ye, distancia, esa la he dicho mal. Vigila a los niños otra vez y en cuanto se percata de que no miran hacia la casa, corre a la habitación y realiza una segunda inspección del equipaje. Hurga en los bolsillos pequeños de las maletas, en los pantalones, introduce la mano al interior de los patines; algo personal habrán guardado, un papel, un pañuelo. No encuentra nada. Estos niños, concluye, no tienen secretos.

La mujer tiene una profunda necesidad de conocerlos. Sólo estarán dos semanas juntos. El sudor comienza a resbalarle por las sienes. La desconfianza se instala en su interior. Para calmarse desliza uno de los patines sobre el suelo. Lo hace trazar una curva sobre la alfombra. Lo que necesitas saber sobre ellos está en el jardín, pronuncia. Sí, está en el jardín. Y allá va. Cierra las cortinas y va a prisa, hacia el jardín trasero, lleno de árboles frutales, de huertos.

Toma un par de caramelos de un bote de la cocina tercer estante, junto al arrozy sale. Los niños lo sueltan todo con caramelos, piensa. Es preciso hacerse la pregunta: ¿qué necesitas saber de ellos?

¿Te gusta el columpio? grita desde la puerta.

S-ving, s-ving, esa palabra la había aprendido particularmente, porque el columpio había sido puesto ahí y así para ellos.

El niño baja del neúmatico, ¿quién es, Mikhail o Nikolái? Ni siquiera por la ropa podría diferenciarlos. Uno podría tener puestos los pantalones del otro, luego podrían cambiarse los suéteres cuando ella no viera, cuando se descuidara y diera la vuelta.

Sí, podrían jugar a los trucos.

Ella, sin embargo, tiene algo.

¿Caramelos?

Se ofrecen en sus manos. Como oro, brilla el papel metálico que los envuelve. Los niños se acercan rápidos, atraídos por el magnetismo del color.

¿Son caramelos de verdad? pregunta uno.

Desde luego.

Mueve los dedos, como la bruja embustera de los cuentos, para agitar el brillo.

Anda, Nikolái, toma los que quieras.

Así es tan fácil. Así sabrá rápido quién es quién por ahora.

Nikolái toma un dulce con la mano temblorosa. Una brisa de aire pasa y le agita el cabello.

Anda, toma más —anima ella.

Nikolái toma más. Tres o cuatro. Mikhail otros. Los reparten en cantidades iguales, pero cuando Nikolái desenvuelve uno, Mikhail vuelve a imponerse. Se acerca de nuevo al oído del hermano. Con que sí tienen secretos.

Ah, sí dice Nikolái asombrado. Son para el tesoro.

Oh, ¿están jugando al tesoro? Muy bien, que sean para el tesoro.

Y corren detrás del árbol. Con sus piernas ágiles, cortas, llegan ahí donde ella ya no puede ver y la posición de sus cuerpos indica que colocan los dulces en la tierra.

Hay que cambiar de estrategia, siempre cambiar de estrategia.

¡Creo que vamos a salir! Por las chamarras, anden, vamos.

Ella da un último vistazo al jardín. Detrás del árbol, le parece ver un brillo al que no puede acceder.

¿Qué quieren ser cuando crezcan?

Profesor de lengua dice Mikhail, seguro de sí.

¿Y tú?

Yo quiero… astronauta.

La mujer conduce a velocidad moderada. Los niños se mantienen firmes en el asiento trasero.

¿Hacia dónde queda el norte? pregunta el primero.

¿El norte? ¿Para qué quieres saber eso?

Los niños observan la ciudad por la ventanilla. Los árboles y puentes, las viejas casas.

No lo sé…

Quedan atrás letreros gigantes que anuncian productos, semáforos.

Es tan grande se asombra Nikolái. En el pueblo puedes ir de un lado a otro en un ratito. Y regresar.

Lo imagino.

Ella busca un lugar para estacionarse. Después toma el carrito del supermercado y se asegura de que los chicos vayan junto. Una ráfaga de aire acondicionado los recibe y las puertas eléctricas se deslizan. Mikhail las observa con curiosidad.

Había como estas en el aeropuerto.

Los niños entrecierran los ojos por la intensidad de la luz. Hay lámparas encima y debajo artículos etiquetados. Con el precio está ordenada la abundancia de frutas, envases. A ella le da placer ese orden. Pero algo ocurre pronto que lo interrumpe. En el pasillo de las cajas de cereal, las personas observan con curiosidad la imagen: una mujer que llena el carrito de las compras junto a dos niños idénticos, blancos como el queso, pálidos, con suéteres roídos, ojeras. Y los hombres cargan en hombros a sus críos. Las mujeres los alejan de los gemelos, los rodean con sus cochecitos, como si algo malo ocurriera con ellos o irradiaran una fuerza, un halo, un campo a su alrededor. Pero qué malo puede estar pasando, piensa ella, los van a asustar. Luego tiene que concentrarse en decir ko-rob-ka, caja, paquete, paket, caja, sí, shokolad, chocolate, cereal, zernovoy. Y darles a elegir. Ellos no entienden qué quiere ella. Mikhail señala con desinterés el cereal de chocolate, con los ojos bien abiertos. Lo mismo con las mermeladas, los sabores son muy extraños para ellos. Son exóticos. Preferimos la de la abuela, sí, expresan, la mermelada casera. Pero la abuela está tan lejos, habría que cruzar el océano para verla, vaya, cuánta desconsideración. Ella elige, piensa que ya hará una mermelada en casa con las frutas del jardín trasero y les gustará. No desconfiarán.

La abundancia marea. Había leído ella en las historias que hace años, cerca de donde venían los niños, todo crecía. Las patatas, las coles. Las vacas daban leche abundante. Las bayas se repartían entre los árboles y luego nadie podía comer nada. Nadie podía tomar nada porque todo estaba contaminado y tenía que ser inspeccionado por la máquina medidora de curios. Pero aquí está limpio, piensa, y los refrigeradores lo mantienen fresco. Nikolái extiende las manos frente a uno para sentir el aire gélido y recordar el invierno de casa, los pequeños tejados, un trenecito en la nieve.

Extrañamos a la abuela.

Ya tan pronto, la nostalgia de casa.

Lo sé consuela ella, pero pronto estarán de vuelta y podrán contarle historias, llevarle obsequios y…

Ahí están los juguetes. La mujer se alerta. Hay que tomar mejor la dirección de la carne o los artículos de higiene. Demasiado tarde. Los gemelos ya han corrido a ver autopistas, aviones miniatura.

Una vez Vladimir llevó uno de estos a la escuela, ¿te acuerdas?

Me acuerdo dice Nikolái y luego lo echó a volar en el bosque y se atoró en las ramas.

Ríen. Ella pasea la mirada entre las cajas y busca los patines. El tamaño adecuado, ¿cuál será? Su mano había entrado en los de ellos al realizar la inspección. Elige unos patines de color azul brillante, segura de que les gustarán. Levanta dos cajas. Se dispone a ponerlas en el carrito y entonces, Mikhail protesta. Algo ha hecho mal. Ha entrado en territorio indebido. Zona de exclusión.

Mikhail:

No queremos.

Nikolái:

No queremos. Nos gustan nuestros patines.

Los compartimos. Compartimos todo.

No hay más. Esa fue una derrota. Ella devuelve los paquetes al estante.

¿Volvemos a casa?

Sostiene firme el cochecito metálico, la electrifica.

Todo se basa en la habilidad de la observación. Con las horas, con los días, en momentos precisos, aprende a diferenciarlos. Un pequeño movimiento de los brazos, la forma de respirar, alguna inflexión de la voz. Nikolái es así y Mikhail de otra manera. No podrán confundirla esta vez. Desecha los carteles que quería colgarles al cuello, con sus nombres, como en los primeros días de clase. El color de su tez cambia conforme comen. Abundantes comidas y abundantes horas de sol, decía el instructivo. Pero por más que intente, algunos rincones de la casa permanecen oscuros. Los pasillos. Quién sabe qué podría haber por los pasillos. Por eso es necesario el orden. Y conforme pasa el tiempo, ellos se apropian de la casa. Hay lugares que a ella ya le parecen inaccesibles. El tesoro, ese rincón del jardín al que no se acerca, ¿qué se lo impide? En los jardines de la zona contaminada, lo sabía, lo había leído tantas veces, sobre la hierba, la radiación brillaba como los caramelos, azul, blanca, como un polvo. No puede cruzar más allá de los huertos de zanahoria y apenas puede acercarse al columpio, pero ellos se montan en él y con sus pequeñas manos acumulan objetos detrás del tronco: ¿qué habrán sustraído? ¿Qué cosas habrán averiguado ya de ella? Menos de lo que ella ha averiguado sobre ellos, desde luego. No han aceptado los patines, pero atiborran sus estómagos con pan de dulce y agua. Lo que ella necesita no es una historia, sino la historia. No saberla turba. Por eso se había ofrecido como anfitriona, para tener una particular, una suya.

¿De dónde habría venido la abuela? ¿Cuándo habían nacido estos niños y dónde y cómo? ¿Quién los había criado? ¿Quién recortaba sus cabellos? Es la tarde. Jueves. Mikhail escucha música con los audífonos puestos, echado sobre la alfombra. Nikolái utiliza crayones para trazar y rellenar huecos en los dibujos de un libro. Las páginas muestran seres mitológicos y ciudades inexistentes. Ella enciende todas las lámparas posibles. Hay que mantener el hogar iluminado para que algo no aceche. De dónde proviene ese miedo no sabe, pero el rostro de Nikolái se mira en exceso iluminado bajo la luz y sus ojos verdes se concentran en los colores de cera.

Este árbol se parece al que está en casa de la vecina dice.

O sobre un planisferio:

Nos enseñaron en la escuela que íbamos a viajar desde aquí hasta acá.

Una línea roja se aparece, trasatlántica. El programa para niños irradiados ha sido tan generoso en traérselos. Niños de las zonas contaminadas al continente americano. Y es cierto, sí. Han venido a parar aquí. A pasar sus vacaciones.

¿Y dónde está tu casa?

Oh, mi casa duda Nikolái.

¿Será que no quiere revelarlo o no sabe?

No lo sé.

¿No debería saberlo ella? El niño titubea.

Mikhail llama. Mikhail más alto.

El otro se retira despacio los audífonos.

¿Qué quieres?

¿Dónde está nuestra casa?

Ahora los codos pequeños se recargan sobre la mesa, sobre el mapa, encima del mundo.

No lo sé dice el otro. No tenemos casa.

¿Pero cómo no van a tener casa? El pueblo de la abuela, ¿dónde está?

La abuela tiene muchos pueblos revela Nikolái.

Los globos oculares de Mikhail se vuelven hacia el hermano con desaprobación, pero nada puede frenar la historia. La mujer contiene la respiración. Este es el momento.

La abuela se movió de un pueblo al otro, los soldados la movieron, cuando mamá era chica, sí, eso todos lo saben, la mitad de nuestro pueblo viene de otra parte.

Un pueblo trasplantado.

Todo el mundo sabe lo que ocurrió en nuestra casa apunta Mikhail.

La curiosidad se acrecienta. Necesita saberlo. Los dedos arrugan el pantalón, desesperados.

¿Podrías contarme más, Mikhail?

No quiero hablar de eso.

Pero Nikolái es el que habla.

Aquí con el dedo señalando el mapa. Nos lo han contado.

Ahí, ella, con la vista sobre el dedo, en la geografía fragmentada.

Hace años. Eran unas personas y luego la explosión.

Bajo la luz de la lámpara, las manos del niño se mueven para simular la catástrofe.

¡Boom! El reactor explotó, la gente tuvo que salir, nos dijo la abuela, los soldados se los llevaron.

Agitado, Nikolái traza líneas sobre el mapa. Cancela los países. Revela nuevas fronteras.

Explotó. Por eso no podemos tomar leche y no nos dejan ir al bosque. Dicen que nos enferma, ¿no sabías tú eso?

Otra línea se traza sobre la blancura del rostro. Es roja. Líquida. Sale de su nariz y va hasta los papeles sobre la mesa. La cabeza de Nikolái se vence. La sangre siempre interrumpe la historia. O la continúa.

Esto es lo que ella escucha pegada a la puerta.

¿Por qué le dijiste todo?

Es Mikhail.

Ella no debe saberlo.

Ella preguntó.

Es Nikolái. Ella preguntó, con su voz baja, aguda. ¿Qué están removiendo? Abren los cajones. Corren la puerta del armario, ¿qué buscan? Suelta el aire contenido entre dientes. No deben saber que husmea detrás de la puerta. Ahora tienes la historia, se dice, ¿qué mas quieres? ¿Exprimir la historia, quieres? No puedes tenerlos para siempre. Luego va de puntillas a la habitación, los calcetines tejidos contra el piso, a mirar las fotos. Ciento trece centímetros de estatura, abundantes cantidades de sol, pero ahora cómo, con la espalda recta contra la cabecera de la cama, ahora cómo si está oscuro. Luego va a la cocina y coloca al fuego frutas del jardín y una gran cantidad de azúcar para formar una pasta. Esta mermelada les gustará. Necesita tanto gustarles, su aprobación. Encuentra frascos de vidrio y los esteriliza a fuego alto, entre burbujas de agua hirviente. Después revuelve en el baño, entre las pastillas que se ocultan tras el espejo. Y ya se habrán dormido los niños. Ya no hablan entre ellos. No puedo, no puedo entrar, no puedo transgredir. Abre la puerta de todos modos y los mira dormir, pequeñas espigas de paja contra la almohada. Son míos, a mí me han dado dos. ¿Y dónde está la foto que había en su equipaje?, piensa mientras acomoda los suéteres. Revuelve de nuevo, entre las toallas del armario, con ansiedad, mientras los niños duermen y sueñan que toman un baño de espuma, que vuelven a su aldea de cuentos de hadas infectada por la radiación. Que no la escuchen. Slushat. Escuchar. Prohibido, zapreshcheno. Entre las cajas con los adornos navideños, encuentra la foto, al fondo del armario la escondieron. Se la ocultan. Extiende los brazos para obtenerla. Vaya, es mía ya. No aparecen ellos por ningún lado. Sólo dos mujeres y un hombre que sostiene un azadón y una pala. Una foto vieja, gastada en los bordes. ¿Quiénes son, los padres, los abuelos? No sabe. Regresa a su habitación, con la foto y los suéteres a cuestas, y cose dólares detrás, aspirinas, con lentitud y delicadeza. A su abuela le encantarán. Las verá desaparecer en un vaso de agua. Una mezcla química de la que ella tampoco desconfiará y así, entre costura y costura, se adormece. Apaga la luz de la habitación como puede, pero podría jurar que alguien vino a la ventana, que desde el jardín vino una lámpara enorme de luz amarilla. Que vio a Mikhail apuntándole con ella, vigilando su sueño. Que su intención era proyectar un enorme brillo en su cara.

La gran explosión.

Ahora a preparar la maleta. ¿Cómo fue que Mikhail tomó la lámpara de los estantes? Verifica, pero nada. La lámpara está en su sitio, tal como usualmente la coloca. Frota las ventanas de su habitación, acomoda sus cabellos en el reflejo. Hay alguien detrás.

¿Dónde está la foto?

Sin dar vuelta, sintiéndose descubierta, responde:

En el comedor, junto a los botes de mermelada.

Entonces acomoda todo lo que han traído. Un par de suéteres con obsequios cosidos al reverso, patines de hace treinta años, más ropa, poca, una cuerda, botes de mermelada casera y, entre la suavidad de los tejidos, una foto enmarcada en madera y el vidrio roto. Dos mujeres. Un hombre. Un azadón y una pala.

Vamos, Nikolái, apresúrate, despídete del jardín.

Ya viene dice Mikhail.

Toman la autopista.

Ojalá que puedas ser profesor de lengua suelta ella.

Yo también lo espero.

Y que puedas ir al espacio a ver cohetes, Nikolái.

Ya llegamos muy lejos, vinimos hasta acá responde, soplando un mechón de su pelo.

¿Tú qué piensas hacer ahora que nos vamos?

Frente a los mostradores del aeropuerto internacional, una decena de niños como ellos revolotea de un lado a otro mientras esperan el momento de entregar su equipaje. Pálidos aún, pero mejor nutridos. El programa para niños irradiados estará orgulloso. Algunos de ellos de cráneos anormales, algunos con una pierna más larga que la otra. Otros con familiares que desarrollan cánceres de tiroides para los que las aspirinas son inútiles. Las pantallas muestran las muchas posibilidades a las que se puede ir. Ella está frente a los gemelos, con los hombros vencidos. Ellos llevan puestos los mismos suéteres. Idénticos siempre.

Te voy a decir lo que quieres saber rompe el silencio Mikhail y levanta la voz gradualmente—. Lo que quieres saber es que nuestros padres nos dejaron cuando teníamos dos años. Se fueron a Rusia cuando éramos pequeños y no los hemos vuelto a ver.

La mujer contiene la respiración.

¿No es eso? inquiere el niño.

Yo también estoy sola, Mikhail.

La foto era nuestra.

Lo sé.

No tenías derecho.

Lo sé.

Sabe que ha costado admitirlo, que no volverán a verse.

Pero te perdonaremos.

Tenemos que entregar el equipaje —invita ella.

dice Mikhail y allá van.

Llévense algunos dulces dice la mujer mientras saca todos los que pudo meterse en el bolsillo. Anden, tomen, para el camino.

Se acercan a la fila.

Cuando fue nuestro cumpleaños dice Nikolái antes de formarse, la abuela nos compró dos barras de chocolate para repartirlas entre los compañeros de la clase.

Sí, y cada quien tomó un cuadrito agrega Mikhail: Vladimir tomó uno, Serguéi tomó otro y cantamos una canción.

Ahora ya lo sabes —dice Nikolái.

Los abrazos son cortos. Nadie quiere alargar la despedida. Se han borrado las fronteras entre los gemelos. Ya no puede identificarlos. Los ve alejarse hasta el control de seguridad, junto al resto de los niños y las trabajadoras sociales. Ya no sabe quién es quién, pero uno de ellos gira, brevemente, la cabeza.

¡No te olvides de ver el tesoro!

Mientras los ve desaparecer permanece quieta. Aprieta los puños. En su boca continúa el eco de la última palabra rusa que dirá: pa-ká, adiós.

Conduce a casa. Las llaves resbalan entre las manos. Corre hasta el jardín, detrás del árbol, donde brillaba. Los puños se hunden en la tierra. Hay un papel en el lugar del tesoro. Trazados a la prisa con crayones, en cirílico, una calle, un lugar, una invitación. Lo dejará ahí. Enterrado. Será su secreto. Muy pronto nada de esto parecerá real. Muy pronto quedará todo brillante en el subsuelo. Las semanas de radiación. Cuando supo ruso. Le parece escuchar risas detrás y jadea. Le da la impresión de que el columpio se mueve. Aunque sabe que ya se han ido, que no están más ahí, le es imposible. Pasa un buen rato, no se atreve a levantar la vista.


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.

Ilustración de Luis Ham

 

¿Qué pensaría Bolaño si viviera?
Quizás así deben comenzar todos los ensayos para escritores que ya no están. Quizás no todos los ensayos, pero sí los que se escriben en memoria de quienes vivían con un fuego en la lengua y cuyas palabras todavía resuenan. Y entonces acudimos a la relectura exhaustiva, esa en la que los enunciados de un libro abandonan la trama para volverse las profecías que usamos para responder nuestras propias preguntas. Es peligroso re-leer a Bolaño estos días. O no: quizás no es peligroso, solo es ocioso y hasta cierto punto incorrecto porque nos remite a la lectura primera, a esos libros que nos permitían olvidarnos del mundo real cuando estábamos a pocos y torpes pasos de los pañales y que engullíamos como el más tierno pan antes del sueño.

Lo cierto es que resulta al menos extraño cerrar el libro y ver en el picaporte de la puerta la colección de cubrecbocas, señal inequívoca de cómo ha cambiado todo. ¿Qué excusa había para quedarse en casa antes? Casi ninguna buena, casi todo se trataba de salir e ir tras el rastro de tal o cuál sombra, búsquedas por lo demás infructuosas, pero que constituían un modelo de vida mucho más similar al de los nómades que al de los multihabitacionales cubiertos de gel antibacterial y en ello estaba su mérito.

Ahora ya es otro tiempo y digo que es peligroso leer a Roberto, o a Arturito o a Archimboldi o a B, porque en cuanto se rompe el hechizo de la narración, en cuanto se cierra el libro por respeto a los ojos, cansados de transitar la avenida Guerrero a pie, en cuanto cerramos las páginas de esas amistades inventadas que toman el lugar de nuestros propios amigos ausentes, aislados, separados y distantes, cae sobre nuestros corazones marcados a tinta por la lectura y a sangre y sudor por la vida la realización de que ese mundo dista ya mucho del presente, atravesado por un abismo que no se sabe muy bien cómo cruzamos pero que no ofrece vuelta atrás.

Sería pura fantasía pensar que Bolaño escribía para nosotros. Es decir, sus novelas las podía (y puede) comprar (o robar) y leer cualquiera que tenga el recurso (o la valentía y destreza), y sus libros, inmiscuidos en un mundo del arte y literatura que no ha cambiado tanto en 30 años, parecen hablar sobre lo que conocemos y nos apasiona y nos mantiene despiertos en la noche. Pero, como apunta él mismo en el inolvidable Discurso de Caracas, sus novelas no son más que cartas de amor a su propia generación, su generación de muertos nacidos en los cincuenta y que quizás sabían de antemano que una sombra los seguía por las calles vacías del Centro y por eso decían o pensaban en vivir y siempre vivir y lanzárse nuevamente al camino y, una vez más, abandonarlo todo.

Por otra parte, cualquiera que se interese tardará poco en descubrir que Bolaño no era optimista sobre el rumbo de la literatura latinoamericana. Y cómo serlo, si en sus últimos días de hígado cansado estaba rodeado de una élite intelectual muy similar a la que él mismo interrumpía y ofendía en su juventud, si bien volcada hacia el mercado. Como lo pone Francisco Carrillo, “Para Bolaño, la literatura es un imperativo ético en torno al que gira una narrativa que obsesivamente se pregunta por las exigencias de su legítimo ejercicio, es decir, quién es el verdadero poeta, en qué consiste una escritura responsable o cómo producir una literatura que no participe de la industria editorial” (Excepción Bolaño, 11). No era el mundo ya en el que Paz formaba su gremio político-literario, pero sí el mundo en el que la escritura había sustituido a la vida; una vez más se podía vivir de las columnas semanales, de la venta y reventa del propio nombre auspiciado por casas editoriales, un mundo dentro del cuál quien desempeñaba la literatura con éxito (léase: vender) podía y hasta aspiraba a vivir de forma decente. En “Sevilla me mata”, discurso que el chileno dejó inconcluso y que pretendía ser leído en el I Encuentro de Escritores Latinoamericanos, organizado por Seix Barral meros días antes de su muerte, entre sarcástico y serio, Bolaño plantea:

¿Qué no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende.  […] ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre el miedo.

 

Por eso regreso a la pregunta inicial, porque Bolaño nunca conoció a la generación que venía detrasito, la generación nacida en la década que a él mismo le otorgo el prestigio y privilegio de ser un autor internacional con traducciones a idiomas desconocidos para la tierra madre. Bolaño nunca se enteró de esa generación que nació en la década de los noventa, ni mucho menos esa generación que venía naciendo un año o dos antes o el año de su propia muerte. Dos generaciones que a Roberto y a Arturo y al resto de la pandilla los conocieron ya en los huesos, en el mausoleo humilde al que se retira todo buen escritor antes de tiempo.

Me lo pregunto porque eran niñas y niños de preparatoria quienes se apresuraron en tomar Chile. Me lo pregunto porque Bolaño, que se interesaba por el tema, nunca vio cómo el movimiento feminista paralizó una y otra vez a la Ciudad de México exigiendo una respuesta ante la muerte que hasta el momento no llega.

Me lo pregunto porque a Bolaño nunca le tocó una cuarentena, y si bien creo que Belano se la hubiera saltado sin cubrebocas con tal de seguir el rastro del misterio y la aventura, Bolaño hubiera agradecido los días de encierro y habría escrito y leído sin tomar en cuenta el paso del tiempo. Y me interesa saber, como alguien que ha pasado la mayor parte de los últimos tres o cuatro meses haciendo lo que puedo desde el encierro, cómo reconciliar el ímpetu que aún queda en mí por salir y no regresar y buscar la aventura, con el reconocimiento de que la mayor forma de expresar admiración por la literatura es leyendo y escribiendo y que esa es una aventura en sí misma. Me tranquiliza saber que todavía hay cartoneras y autopublicaciones y espacios autogestivos (como Avión de Papel, los libros encuadernados a mano de Joana Medellín, y el espacio cultural independiente que es Pandeo, por nombrar algunos proyectos de entre muchos más). Pero la sensación general es de desgaste, de que la vida se nos va.

Si tengo alguna certeza, es que Bolaño sentía en el aire el cambio que el mercado y el dinero terminaron dando a nuestra vida, a la forma en que se hace política en nuestros países y que, lo comprobamos cada vez más, amenaza nuestra existencia. Lo que no me queda claro es si Bolaño era consciente de que, a pesar de todo, siempre hay jóvenes. Siempre estará la juventud que sueña con mil formas diferentes de militancia y pone el cuerpo y la vida en nombre de la aventura y la amistad y el amor y lo desconocido. Una juventud, diría Bolaño, idealista. Pero no lo diría en un mal sentido. Hay que ser idealistas para sobrevivir a la juventud, pero también al mundo actual.

Hoy, a escasos días del decimoséptimo aniversario de su muerte, inauguramos este dossier con el propósito de seguir generando ideas y conversaciones (como la que se dará este miércoles aquí) en torno a su obra. A lo largo de esta semana estaremos publicando textos que intenten abarcar el espíritu efusivo de Bolaño, pasando por las razones para no leerlo más de una vez hasta las razones para entregarse a la relectura frenética. Creemos que en la literatura de Roberto Bolaño existe el recordatorio de la fuerza que mueve a la juventud, el espíritu de la adolescencia que apuesta y pierde, y pierde pero vive. Es precisamente este espíritu desafortunado el que nos puede dar pistas para descifrar cómo sobrellevar todo lo que, inevitablement, debemos sobrellevar. En ese sentido, no ha habido otra época igual para leer a Roberto Bolaño.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

 

Tierra Adentro se queda en casa. Vía una de las muchas aplicaciones que emulan digitalmente una oficina, seguiremos revisando textos y programando publicaciones. También tomaremos las siguientes medidas:

1) Otorgaremos una prórroga a la fecha límite de entrega de la Convocatoria para publicar en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Recibiremos libros para el plan editorial de 2020 hasta el 30 de abril. Esperaremos con gusto leer sus propuestas, y confiamos en que esta ventana de tiempo otorgará a muchas más personas la oportunidad de participar.

2) A partir del próximo lunes 23 de marzo empezaremos a publicar 15 libros del plan editorial 2018 para descarga gratuita. Estos libros son ya piezas clave de la mejor literatura mexicana joven:

 

Principia, de Elisa Díaz Castelo

Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso, de Ana Fuente Montes de Oca

El vals de los monstruos, de Lola Ancira

Barranca, de Diana del Ángel

La castellane errante, de Pablo Piceno

Melancolía de los pupitres, de Jaime He

Nido de serpientes, de David Espinosa El Dee

Linde faz, de Aldo Rosales Velázquez

La noche sin nombre, de Hiram Ruvalcaba

Strauss quería pastel, de Adrián Chávez

Cosmos nocturno, de Gerardo Lima Molina

De las cenizas de la tierra, de Néstor Pinacho

Días de Jengibre, de Hugo Roca Joglar

El museo de las máscaras, de Sergio Pérez Torres

Fisuras o el leviatán en el cielo, de Juan Carlos Delgado

 

3) Por último queremos recordar que la convocatoria para publicar en la revista en línea sigue abierta, y estaremos recibiendo testimonios, cuentos, poemas, cómics, videoarte, crónicas o cualquier otro tipo de manifestación artística que tenga que ver con la transformación que la vida diaria ha tenido en estas últimas semanas.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

 

Ir simplemente hacia delante, sin cambiar el ritmo de nuestros pasos, no es una opción. No debió serlo nunca y sin embargo no nos hemos detenido a escuchar lo que se nos está gritando. Estamos matando mujeres. Estamos matando hombres. Estamos matando al planeta. Estamos caminando sin medir la diferencia, sin observar el efecto que tienen nuestras pisadas por donde pasan. 

Estamos alienados sin saberlo, y cualquier conocimiento que tengamos del (los) problema(s), en tanto no se manifieste en nuestras acciones, tendrá un nulo efecto sobre la realidad. ¿Sabemos detenernos? ¿Queremos detenernos? No soy ese tipo de hombre o Es gente mala contra gente buena son argumentos cortos que no alcanzan a medir la gravedad del asunto, el estado de la cuestión, cuando se trata de la masculinidad. 

Quebrar el cerco es difícil. Quedarse dentro y esperar que el cerco desaparezca, fácil, pero inútil. Quizá por eso sea tan común ver cómo le preguntamos a mujeres en redes sociales, ¿qué hacemos nosotros? en un intento “noble” de “ayudar”. ¿Cuántos le hemos hecho la misma pregunta a otro hombre?

Hacer. Qué hacer. Se pregunta casi como si hacer la pregunta fuera hacer algo. Preguntar algo en Twitter es más fácil (pero no por mucho) que comenzar a leer al respecto, hacerse una idea del panorama. Pero queremos respuestas simples, digeridas. Una recomendación de libros. Un hilo que nos diga qué hacer, cómo comportarse, qué hacer en caso de, o cómo actuar en respuesta a. Queremos un hilo que solucione las preguntas que no nos hemos tomado el tiempo de hacernos.

La realidad es que, para llegar a esas respuestas, hace falta tener conversaciones profundas y dolorosas, y abrirnos también a un tipo de sentimentalidad entre hombres que la masculinidad simplemente no puede aceptar. Podemos leer al respecto y evaluar nuestras acciones, pero en tanto no nos sepamos abrir a otros hombres sin escudarnos detrás del pacto patriarcal, difícilmente habrá un cambio.

Hoy estamos nosotros. Pero todos los días nos encontramos en espacios de hombres. No deberíamos tener que ir a círculos de hombres para poder hablar de cómo nos sentimos y para hacernos la pregunta con la que empieza todo: ¿Qué hacemos nosotros? 

Será la primera de muchas, muchísimas preguntas que seguirán, que nos corresponden enteramente y que requieren de honestidad, empatía y cariño al momento de responderlas.

Pero son preguntas que podemos hacer todos los días. En los espacios que hemos utilizado para contar chistes o para hablar del fútbol. En la mesa con los amigos un viernes. Sí, implica pláticas más complejas, menos divertidas, pláticas incómodas que posiblemente cambien cómo nos vemos y cómo vemos a nuestras amistades.

No están las cosas como para voltear la mirada cuando no se trate de algo que nos agrada. Hay mucho en este mundo que es desagradable, y mucho trabajo que no hemos hecho. Pero podemos hacerlo, si lo hacemos juntos, críticos pero con ternura. Así como nos dijeron que no deberían ser los hombres.

 

Secretaría de Cultura