Tierra Adentro

El joven Paz

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En un país y un tiempo que a muchos les parecen, hoy, sencillamente prehistóricos, José Joaquín Blanco señaló en Crónica de la poesía mexicana (libro de prosa rápida, siempre perentoria, no siempre atinada, cuya primera edición apareció en 1977) que José Emilio Pacheco había recorrido un camino comparable al que Pacheco mismo, en La poesía mexicana del siglo XIX, había observado en Amado Nervo.
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El Arte siempre ha sido la revolución, en dimensiones mágicas, de una realidad histórica.
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Parece locura preguntar, ahora, en plena guerra: ¿para qué se pelea? Cuando alguien hace una pregunta de esta naturaleza la gente se escandaliza.
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Camarada cordial: abandona un momento tu plácida muerte y abrázate a los brazos que quisieran tenerte y no te tendrán más.
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Sabemos muy poco, o más bien, casi nada, acerca de Adrián Osorio, el condiscípulo de Octavio Paz en la Escuela Nacional Preparatoria que en el cuarto número de Barandal (noviembre de 1931) publicó una única fotografía: una suerte de naturaleza muerta hecha con una veintena de piezas de pan salado típicos de nuestro país (“huesitos”, “rejas”, rosquillas…), probablemente contenidas en un canasto.
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En el último número de la revista Life hay varias páginas dedicadas a Octavio Paz y en una edición reciente de L’ Express, de París puede verse un largo artículo de Alain Jouffroy sobre el poeta mexicano.
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Debo, primero que todo, al iniciar esta conferencia, pedir anticipadamente al auditorio perdón por una grave falta de urbanidad que a lo largo de toda ella voy repetidamente a cometer y que estoy cometiendo ya desde la primera palabra.
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Mapa de cómo escuchar Aranjuez mientras se descubre el Nuevo Mundo a Octavio Paz con la devoción de sus hijos literarios   Epopeya del beso   Por tu manera de no poder besarme beberías el Concierto de Aranjuez en un borde medieval del Guadalquivir: pelea Rodrigo por mirar el olor de la sombra bajo tu libertad de nombrar: Atlántico: puerto: un chopo de agua: se hizo a la mar un loco caballero y flotamos en una música de Jacques Brel: en el cine dos amantes querían besarse e invadir Sevilla por el soplo anochecido de un instrumento árabe: serían la sede de los juglares tus labios: embestir jabalíes o pasar el desierto con la memoria de octosílabo: roer un mismo verso: Santiago de Compostela 1126: la penumbra de cada hombre transcurre siempre hace casi mil años: querrán besarse por última vez con ese alejandrino que se parte en un teatro cuando se persigna Inés: lluvia del trópico: el Quijote llueve sobre la locura de mudarnos sin la Mancha a otros mundos: de Nuestro dios el rezo será diseñado para un muro gótico a través de la carta que Alfonso el sabio escribió con los suaves músculos de Dido: ya pasaron ocho siglos y no se sabe nada de este querer besarnos: es un abismo que alimenta la vista constelada en un castillo desde tu mano con la mía: decimos saberlo porque en realidad nunca partiste en la audacia de árboles que contagió a Christoforus el genovés: un chopo de agua: parte un bosque muerto a ese mundo: la tierra al fin es redonda: redondos tus ojos son el recuerdo de la manera en que se vuelve el otoño: un chopo de agua: extrañarás mi piel de agua por el brillo del caparazón de la madre que deja la playa para que otros hijos den brillo a la luna: la nueva luna salió de la arena estelar que se ve en la Tierra de Fuego: alguien escribe sobre un mercado o Tianguis: un chopo de agua: te conmueve un hombre de armas que llora antes del fin de la ciudad: al pie del árbol siguen haciendo calles y cafés al aire libre: una vitrola grabó un reflejo Barroco del Guadalquivir: me gusta esperarte en la Plaza más antigua de cada ciudad que visito: bajo la apología del tiempo: no sé qué será de mi cuerpo si escuchas.
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Nacida en París en 1926 de padre chino y madre francesa, Monique Fong fue discípula de André Breton durante los años del segundo surrealismo.
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