Tierra Adentro

Imagen extraida de Flickr.

Rompe rompe rompe […]
Are you ready?

“Rompe”, Daddy Yankee

En esta casa (ignoro si en las demás) cada miembro de la familia tiene un cajón que sirve para contener lo que en los otros no tiene cabida; cajón de sastre, me parece que le llaman, aunque desconozco si el sastre en verdad tiene tal desorden y disparidad en sus pertenencias. Este cajón, limbo en el que cada objeto aguarda pacientemente su sentencia, contiene, en mi caso, todos los papeles que pudieran servir algún día y los objetos a los que todavía no puedo llamar “basura”, aunque tampoco los use con frecuencia.

Hace unas semanas, me di cuenta de que este cajón ya no aguantaba un objeto más y era necesario escombrarlo. Si algo me han enseñado las mudanzas es que los objetos se desnudan en su carácter de útil o inútil bajo la lupa del movimiento: a los pocos minutos de iniciado el proceso, el bote de basura ya estaba lleno de trozos de recibos de pago, baucheres de depósito, documentos anacrónicos, instructivos y propaganda de dentistas y cabinas XXX. En mi cama por otra parte, reposaban diversos objetos apilados en grupos (para el cajón de la papelería, para donar, para vender). Entonces me encontré con la fotografía de una expareja. Ya no me era útil, como no lo fue nunca estrictamente hablando, pero había que crear espacio en el cajón, despejarlo, limpiarlo. Sin embargo, supe que estaba ante algo distinto, no frente a los papeles que yacían en el bote y que, al ser destruidos, nunca presentaron un recuerdo mayor al de las largas filas en los bancos o los “vuelva mañana porque se cayó el sistema”, el “pase usted a la consulta gratis” o “media hora por 40 pesos”. Al momento de llegar a la fotografía, no pude decidir si romperla o rescatarla. Opté entonces por dejarla a un lado y continuar.

Después de unos minutos más de destruir propaganda e instructivos para electrodomésticos que ya ni siquiera tengo (y que, además, a la usanza mexicana, ni siquiera leí antes de usar el aparato en cuestión), me di cuenta de que efectivamente deseaba deshacerme de la fotografía, pero no debía romperla. Me di cuenta también de que esa era la palabra clave: romperla. Tenía claro que deseaba deshacerme de ella, pero una fotografía en pedazos en la basura da más que pensar que una fotografía completa en la basura. Había que deshacerse de ella, no romperla. La asimetría es violencia, pura vena, sentimiento al rojo vivo. En los programas sobre policías e investigadores saben cuándo hubo un ataque por el estado de las cosas: una camisa rasgada, una tabla astillada, un vidrio hecho pedazos: todo eso es muestra de salvajismo, de descontrol. Los buenos investigadores siempre hurgan en la basura y seguramente se alarmarían si vieran un retrato roto, no desechado, porque podría indicar cierta rispidez entre el dueño de los desechos y la persona en la fotografía; un papel donde hay un rostro es, inequívocamente, un símbolo. Y como no sé si alguien hurga en mi basura, decidí postergar, otra vez, el asunto del retrato.

Como el proceso de limpiar el cajón suele ser largo (hay que diferenciar lo que puede ser útil y lo que no, si habrá algún uso para el cargador de la vieja computadora, comprobar el contenido de cada CD sin rotular) fui a la cocina por algo de comer. Tomé con las manos, específicamente con el índice y el pulgar, un trozo del pan que mamá había horneado. Ella, al darse cuenta de lo que había hecho, me dijo, palabras más, palabras menos, que siquiera usara un cuchillo o un tenedor porque qué clase de puerco agarra la comida así, luego hizo hincapié en lo mal que se ve el tomar los alimentos con las manos. Después de un par de alusiones más a la naturaleza porcina del acto, me di cuenta de que la distancia, el uso de un objeto para interactuar con algo, denota educación, mesura y tiento: no es lo mismo comer con las manos que con una cuchara. Entonces descubrí lo que debía hacer: cortar la fotografía, lo que dotaría de cierto carácter burocrático al acto, porque romper lleva una carga, significa algo, pero no así el desechar; es el objeto intermedio lo que nos salva, nos civiliza. Nadie recoge un animal muerto con las manos (higiene aparte): se le aleja, se le reubica, con una pala o un palo: la distancia nos permite no involucrarnos. La propina se deja en la mesa, no en la mano del mesero; la limosna en la iglesia se coloca en la charola para diferenciarla de la limosna para los mendigos.

De vuelta al cuarto con un trozo de pan en la boca y otro en la mano, me di cuenta de que la cuestión recaía en la limpieza del corte, la precisión de los tajos, la lejanía con el objeto. Antaño, en los días de la inquisición, se sabía qué verdugo era profesional y cuál no por la pulcritud del cercenamiento. Cuando a base de estirones en el potro se lograba cortar profesionalmente algún miembro, el experto se separaba del principiante. Más que arrancar, desmontaba: no había rencor en ese acto, era un trabajo. Si por el contrario, uno realiza un corte animal, de bordes imperfectos, hay un sentimiento. Es la simetría, la limpieza y precisión la que nos separa de los animales o en todo caso de nuestro lado más visceral. Lo mismo con las territorialidades: la división de parcelas, de terrenos, se lleva a cabo en líneas rectas y precisas hasta donde es posible. Sólo el hombre marca fronteras perfectamente geométricas de forma consciente: la naturaleza no sabe nada de eso, no hay playas rectas ni barrancos de corte pulcro a menos que sean producto del azar. Un pan incompleto, con orillas inexactas, por ejemplo, es una pieza que nadie más desea. Nadie que se respete, aseguraba Novo, comerá delante de la gente una sobra de bolillo como se come una rebanada de pan. La rebanada es permitida por civilizada, porque ahí medió el objeto, la pulcritud del acero, la frialdad del cuchillo.

Al continuar escombrando hallé, al fondo del cajón, una memoria USB en perfecto estado. El reacomodo nos lleva a veces a (re)encontrar objetos cuyo valor ignorábamos al momento de arrojarlos ahí; en el mejor de los casos, se puede encontrar un billete en algún pantalón viejo o un saco que no hemos usado en años. Cuando era niño escuché la anécdota de un hombre que guardaba los billetes cuyo número de serie coincidiera con su fecha de cumpleaños. Años después, al destapar la alcancía, se dio cuenta de dos cosas:

1. El dinero que había reunido alcanzaba para un carro nuevecito, quizá hasta con asientos de piel.

2. Ese dinero ya no era útil, porque esos billetes habían salido de circulación tiempo atrás y ahora sólo eran papel.

Ignoro si el hombre rompió los billetes, de puro coraje, o simplemente los desechó (en partes o completos) pero seguramente se cuestionó qué debía hacer con ellos. En 2017, La casa de la moneda, en Argentina, adquirió una máquina que serviría, única y exclusivamente, para destruir los billetes viejos de cien pesos. Quien estuvo ahí debió experimentar algo único: ver cómo se va a la nada una enorme cantidad de dinero que ya no tenía valor alguno: entonces, mejor dicho, ya no era dinero, ya no significaba moneda; ahora sólo era papel y significaba otra cosa. Me di cuenta de que ahí radicaba la clave: se le había quitado el valor al papel antes de desecharlo (¿le había quitado yo todo valor a la fotografía?). No rompieron nada: se deshicieron de algo a través de la frialdad y pulcritud de un objeto. El rostro de Julio Argentino Roca no valía más que el de la exmujer ya olvidada y romperlo no era nada, no se perdía dinero como, por ejemplo, lo significaría ahora romper el rostro de Evita Perón: cien pesos argentinos. La diferencia entre el iconoclasta y el hombre afecto a la limpieza es la significación de lo que se está destrozando.

Volvamos al retrato. Debía deshacerme de él, pero no había tijeras a la mano, y cortarlo con cuchillo se me antojaba más salvaje y significativo que hacerlo con las manos (quizá hasta parecería un trabajo de brujería). Quise arrojarlo al baño, pero anfibio como es el retrato, podría flotar en el retrete. Era necesario cortarlo, dividirlo, desmontarlo, quitarle su carácter personal a través de la lejanía que sólo la geometría, la limpieza o el objeto pueden brindar. Pero esto era indudablemente complicado porque ahí en el papel había un rostro, salvoconducto del pasado y del olvido. Ese problema no se hubiera presentado si la fotografía fuera solo un archivo a eliminar (cosa que hice con las numerosas fotografías, ninguna de exparejas, que hallé en la USB) algo a desmontar pixel por pixel y arrojarlo a la nada desde la nada misma del disco duro, pero el papel no permite esas comodidades. Además, en el caso de las fotografías digitales, entre la mano que borra (no rompe) esa fotografía, y la imagen misma, está ya la barrera de la pantalla, del teclado, del mouse: en fin, una serie de trincheras para no recibir de golpe el disparo del olvido. Ahora lo sé y lo sostengo: las generaciones habituadas a la imagen digital no saben romper fotografías.

El problema es la cercanía que se tiene con la imagen en el papel, porque la fotografía es puente al recuerdo, es el papel donde anotamos cuánto le depositamos a cierta relación o persona. Por ejemplo, el fotógrafo, no el profesional, sino el que tiene tras la puerta una eterna camisa blanca que figura en más de cien pasaportes, el que tiene un peine mantecoso en el estudio, el que te dice ponte derecho y no parpadees, debe deshacerse de fotografías de todo tipo y por montones, pero para él no hay rostros ahí, mucho menos familiares, solo material desperdiciado del que nunca regresó por sus fotografías: negativos a los que ya no le sacará provecho. Además, ellos poseen una guillotina que corta y cercena, pero no rompe. Es la distancia la que lo salva: no son sus manos las que destruyen. El fotógrafo del pueblo donde crecí, por ejemplo, constantemente estaba cortando fotografías por la mitad, aquellas que ya no le servían. Nunca lo vi realizar su labor con las manos, por lo que no me parecía un acto simbólico, era más bien burocrático, contrastando, por ejemplo, con alguien que rompe, en un ataque de furia, el retrato de la persona amada o que amó y los fragmentos llueven a sus pies.

Romper no es desechar; es destruir. He ahí la diferencia. Romper con alguien denota mayor rispidez que terminar con alguien, que decidir separarse civilizada y simétricamente: separarse. Romperse una pierna, romper un acuerdo, romper una promesa. En lo tocante a las relaciones personales, digamos que alguien civilizado corta por lo sano, no rompe una relación. Pongámoslo en papel: quien entienda la diferencia entre cortar un trozo de papel de baño, y que se le rompa el papel de baño, lo sabe todo.

La fotografía, al término de la jornada de limpieza, regresó al cajón y ahí sigue, al menos hasta una nueva revisión, cuando el espacio comience a faltar. Dicen que si algo no está roto, no lo arregles, y yo les creo. Y agregaría: si aún no está roto, no lo rompas.

 

Secretaría de Cultura