Tierra Adentro

La policía israelí frente a los desmanes en Lod, 11 de mayo de 2021. foto tomada por Policía Israelí, Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0

Es difícil escribir sobre el horror y la muerte. Es más difícil cuando han transcurrido más de setenta años que la gente escribe sobre esto y todo permanece casi igual. El conflicto entre el Estado de Israel y la nación palestina sigue cobrando la vida de civiles, niños y mujeres, en su gran mayoría palestinos, debido a que es una pieza compleja en el tablero internacional. Mantener vivo el conflicto es el pretexto que decenas de países (Estados Unidos, miembros de la Unión Europea, Israel, Rusia, Egipto, Arabia Saudita, Irán y un largo etcétera) esgrimen para mantener políticas exteriores que poco o nada tienen que ver con lograr acuerdos que puedan llevar a una paz duradera.

El conflicto entre Israel y Palestina es ante todo la derrota de la diplomacia y el derecho internacional. Es el fracaso de la Organización de las Naciones Unidas como modelo de protección de los más débiles. Desde los acuerdos Sykes-Picot (1916), la Declaración Balfour (1917) y la Resolución 181 de la Asamblea de las Naciones Unidas (1947) que proponía dividir el Mandato de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe-palestino, con un área, que incluía Jerusalén y Belén bajo control internacional, el territorio palestino ha sido fragmentado sin contar siquiera con la opinión de ningún palestino.

La Resolución 181 le otorgaba a la población judía, que era aproximadamente el 33%, más de la mitad del territorio incluyendo las tierras con mayor acceso al agua, mientras que la población árabe-palestina que era el 67% se quedaba solo con el 45%. A pesar de que la partición muestra una evidente parcialidad de la comunidad internacional a favor de Israel, los principales errores fueron otros. Primero, no establecer la continuidad del territorio de ambos Estados, uno estaba incrustado en el otro, lo que dejaba abiertas disputas eternas por los límites de cada uno de ellos. Esto fue un error garrafal o estuvo planeado para mantener una conflagración abierta y donde finalmente predominaría un solo Estado. El segundo error grave fue que la resolución 181 no contemplaba disposiciones para ejecutar el Plan, para ponerlo en práctica, lo que también predisponía a las partes al conflicto.

Y el conflicto llegó apenas medio año después. Ante la inoperancia e inmovilidad consciente o no de la ONU, Israel proclamó su independencia el 14 de mayo de 1948, lo que provocó que en menos de 24 horas comenzara una guerra entre Israel y el bloque de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak, que se oponían a la resolución de los dos Estados en territorio palestino.

Israel fue el gran triunfador de la guerra que se libró durante más de un año ya que no solo defendió su Independencia y los territorios designados por la ONU sino que los aumentó con la anexión de la planicie costera, Galilea y todo el desierto del Néguev, lo que llevó a tener casi el 78% de lo que era el Mandato Palestino. A pesar de la derrota, Jordania se hizo del control de Judea y Samaria (Cisjordania) y Egipto de la Franja de Gaza. Todo mundo saco algún beneficio de esta guerra, menos el pueblo palestino.

Los años subsecuentes han estado marcados por guerras que buscan ampliar o limitar la expansión de Israel: la Guerra por el Canal de Suez (1956), La Guerra de los Seis Días (1967), La Guerra de Yom Kippur (1973), etc. Mientras, adentro de las fronteras de Israel, ha habido un sistemático proceso de “limpieza étnica” que comenzó con la expulsión de 720,000 palestinos-árabes, como lo ha denunciado y documentado el historiador israelí Ilan Pappé.

Los palestinos han mantenido una historia de lucha y resistencia por la defensa de territorios ocupados, a veces muy mediática pero con pocos resultados concretos. El conflicto vigente entre Israel y Palestina se resume en lo que fue la primer Intifada (1987-1993) cuando en batallas callejeras palestinos arrojaban piedras a miembros de las Fuerzas de Defensa de Israel que respondían con artillería pesada, dando como resultado más de 4000 palestinos y 127 israelíes asesinados. Y aunque todas las muertes son lamentables, es notorio la desproporción que hay entre los ataques y las respuestas, así como los muertos de cada lado, algo que subsiste en cada enfrentamiento hasta la actualidad.

Esta primer Intifada se detuvo debido a los Acuerdos de Oslo firmados en Washington (1993) que, aunque bastante moderados, parecían ser el primer paso en décadas hacia la construcción de compromisos políticos entre Israel, la Organización para la Liberación Palestina (OLP) y una parte de la comunidad internacional para que pudiera abrirse paso a una paz duradera.

Esta es la última vez que hubo posibilidad de comenzar un proceso real de paz. Los atentados del 11 de septiembre de 2001; la guerra que Israel llevó a cabo contra Líbano en 2006; las eternas diferencias entre Estados Unidos, Israel e Irán; o la decisión de Donald Trump de reconocer Jerusalén como capital de Israel, solo han agregado gasolina al fuego. Un fuego que parece arder de forma perenne y en cuyo horizonte cercano no se vislumbran cuestiones positivas ya que cada vez las facciones son representadas por líderes más extremistas como Hamás del lado palestino y Benjamín Netanyahu, Primer Ministro israelí y líder del partido de extrema derecha Likud.

Lo único que queda claro es que así como en los enfrentamientos entre Israel y Hamás de 2009, 2012 y 2014, en estos de 2021, casi la totalidad de los asesinatos son de civiles palestinos, entre ellos grandes porcentajes de mujeres y niños. Israel por su parte no puede argumentar una Defensa Activa como lo hacía el grupo terrorista Irgún en los años treinta. Mucha agua ha corrido debajo del puente y las circunstancias de los judíos y de Israel no son las mismas a las de hace una centuria, y la Defensa activa tiene más familiaridad con la Guerra Preventiva de George W. Bush en Medio Oriente. Reino Unido, Francia, Egipto, Jordania, Siria, Líbano, Irán, Arabia Saudita y principalmente el respaldo irrestricto de Estados Unidos a Israel en todas sus transgresiones, son corresponsables de la catástrofe actual.

La ONU ha demostrado una incapacidad tal que su desprestigio actual es irreparable. La comunidad internacional necesita una reestructuración completa del regulador porque hoy en día poco importa la Asamblea General de la ONU, ya que el verdadero poder reside en el Consejo de Seguridad y en el derecho de veto, una herencia de la Segunda Guerra Mundial que no corresponde al orden mundial presente.

Pero quizás, lo más importante es alejarnos de los fanatismos. La historia no solo es en blanco y negro, y estar contra la política de guerra o de limpieza étnica que lleva a cabo Israel desde hace muchos años no es símbolo de antisemitismo o antijudaísmo. Ahí está el caso del historiador israelí Shlomo Sand, hijo de sobrevivientes polacos del Holocausto y combatiente en la Guerra de los Seis Días. Sand expone en La invención del pueblo judío (2008) y La invención de la tierra de Israel (2012), los mitos construidos por el sionismo desde su fundación, y que siguen repitiéndose hasta el día de hoy como la principal justificación de la creación del Estado de Israel en el territorio de la Palestina histórica.

Lo deseable en este punto es que se respete la Resolución 181 de la ONU donde haya dos Estados y Jerusalén resida bajo un mandato internacional. ¿Es el conflicto palestino-israelí ya irresoluble? El triunfo del mito sobre la historia y de los extremistas sobre los líderes pragmáticos no augura nada bueno en el horizonte próximo.

Sand es bastante pesimista sobre esto y apenas en 2018 declaraba “No creo que la población más racista del mundo occidental, los israelíes, puedan proponer un Estado. Y no creo tampoco en la solución de los dos Estados. ¿Cuál es la solución? No hay, por el momento. El mito de la tierra es más fuerte que cualquier cosa aquí”.

Secretaría de Cultura