Tierra Adentro

Fotografías de Tatiana Carolina Candelario Galicia

Un maratón es una prueba de resistencia que conjuga la fuerza física con la mental. Llegar a la meta es imposible si falla una o la otra. Tatiana Carolina da cuenta de su experiencia en el Maratón de Chicago, uno de los más importantes del mundo, y de lo que implica compartir la ruta con atletas de clase mundial.

EL MARATÓN DE CHICAGO

Amanece. Es domingo 12 de octubre de 2014. En Chicago, a las seis de la mañana, la temperatura está cerca de los 5ºC. Me vis­to, desayuno un plátano con pan y Nutella y salgo rumbo al Mi­llenium Park, a la calle donde se encuentra mi corral de salida, asignado de acuerdo a los resultados clasificatorios de los partici­pantes. Corredores de todas partes del mundo invaden el parque, la emoción da forma a sus rostros. Unos caminan, otros trotan, varios se frotan las manos en espera del disparo. La adrenalina se concentra detrás de la línea de salida. El Maratón de Chica­go forma parte de los World Marathon Majors, la competencia que agrupa a los maratones más grandes y mejor organizados del mundo: Nueva York, Boston, Berlín, Chicago, Londres y, desde el 2013, Tokio. Chicago, “la ciudad del viento”, resulta atractiva para los corredores por el terreno plano que cubre casi la totalidad de la ciudad, lo que permite muy buenas posibilidades de romper marcas personales.

A las 7:30:01 inicia la edición número 37 del Maratón de Chi­cago. Miles de corredores, zancada a zancada, comienzan a gol­pear el pavimento. A la cabeza del pelotón van los atletas de elite. No los veo, me toca ir atrás. Mi corazón se acelera una vez que dan el disparo de salida, presagiando el esfuerzo que le espera. Y como dice el proverbio, doy el primer paso para empezar mi via­je de mil millas, luego el siguiente. Uno, dos, tres, uno, dos, tres, uno, dos, tres. Comienza la danza en el aire: las piernas, los bra­zos, cada músculo del cuerpo en movimiento. Recuerdo Nacidos para correr, el libro de Christopher McDougall, y a los rarámuris que han sabido cómo el hombre ha ido “perfeccionando el arte de combinar nuestro aliento, nuestra mente y nuestros músculos en un fluido movimiento de autopropulsión”.

EL FLUIDO MOVIMIENTO DE AUTOPROPULSIÓN

El otoño invade la ciudad. Las hojas de los árboles son ocres, na­ranjas o rojas. Por momentos olvido que estoy corriendo. Cuando veo la señal que marca la primera milla, miro mi reloj para ver el paso y ajustarlo si fuera necesario. Voy al ritmo planeado: 5’05” por kilómetro (8’10” por milla). Sólo puedo sentir el cuerpo moverse: “Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en me­dio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos esporádicos”, dice Murakami. Sigo corriendo, concentrada en el movimiento hasta que algo en el camino atrae mi atención y entonces vuelvo a pensar. Correr para mí es un ir y venir. Salir y entrar de mí misma. Construyo un puente con mi respiración entre el exterior y mi interior. Entro en meditación, in­variablemente, después de andar o correr tanto: “Intenta meditar mientras caminas. Limítate a andar mirando al suelo y sin mirar a los lados, y abandónate mientras el suelo desfila a tus pies”, es­cribió Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma.

Estoy agitada. Mi respiración es profunda y mi corazón late rápidamente. Trato de inhalar la mayor cantidad de oxígeno po­sible. Los músculos me duelen. Nunca antes había sentido un dolor similar en las piernas, en cada uno de los huesos, ligamen­tos, nervios y tendones que componen el cuerpo. Es como un ardor; por un momento creo que estoy hecha de fuego y aire. Soy combustible. Zancada a zancada, el dolor se va haciendo más in­tenso. Pero no puedo detenerme, tengo que seguir corriendo. Al contrario: debo aumentar la velocidad, no dejar que mi sombra me alcance. Huyo de mí misma, de mis temores y anhelos. Es­capando de allá es que logro llegar aquí. Correr es también una forma de automedicarse.

Voy en el kilómetro 35, distancia que produce estragos en el cuerpo. Es momento de que la mente entre en acción, de que or­dene a mis piernas que no paren, que aprieten el paso durante los últimos siete kilómetros (4’45” por kilómetro). El cuerpo ya hizo la mayor parte, ahora falta lo más difícil: el final.

El sol ha salido. Y con un clima ideal, cuarenta mil corredores, más de dieciocho mil mujeres, cruzaron la línea de meta ubicada en Grant Park. Un lugar amplio y arbolado, en donde los organi­zadores del maratón prepararon una fiesta al esfuerzo. Celebré con un shot de proteína y hielo en las piernas. Siento la alegría de quitarme los tenis.

TRAS BAMBALINAS

La organización fue precisa: cerca de doce mil voluntarios estu­vieron a cargo del abastecimiento, de la limpieza y de la logís­tica. Es sorprendente ver cómo las autoridades, los habitantes de la ciudad y los corredores lograron un evento de esa magni­tud, la realización de un evento deportivo de gran escala en el que participaron el gobierno local y la Asociación Internacio­nal de Federaciones de Atletismo (IAAF, por sus siglas en inglés). Algo deberíamos aprender en México.

Aunque el favorito en esta edición 2014 era el atleta etíope de treinta y dos años Kenenisa Bekele, ganador en abril de ese mismo año en el maratón de París con un tiempo de 2:05:04, el primero en llegar a la meta fue Eliud Kipchoge, de Kenia. En la rama femenil la ganadora fue Rita Jeptoo, también de Kenia, quien refrendó su título al romper la cinta en 2:24:35. Por mi parte, durante el reco­rrido me concentré en llevar el paso que planeé semanas atrás. Al momento de correr un maratón no hay magia, sólo entrenamien­to. La estrategia es la parte más importante para correr y terminar bien un maratón. Logré una meta que no me había propuesto al inicio. Chicago es mi primer maratón y no sabía a qué me enfren­taría. Pero a medida que fueron avanzando los entrenamientos, clasificar para el maratón de Boston se convirtió en mi segundo objetivo: cruzar la meta en 3:27:00.

El maratón de Boston es un reto para cualquier corredor. El recorrido es difícil, y para participar es necesario cumplir con un tiempo de acuerdo con la edad. Este maratón es el evento deportivo de mayor tradición: se realiza desde 1897. Boston se vuelve el objeto del deseo de cualquier maratonista. Es una forma de decir que uno es un corredor experimentado. Pensé que no lo lograría. Faltaba una semana para el Maratón de Chicago y, entre tanta emoción y nervios, hice una pausa para evaluar en dónde estaba con respecto a mi punto de partida. Reflexioné, recorrí cada uno de los dolores en mi cuerpo, cada muestra de cansan­cio para llegar a la simple conclusión de que estaba agotada. “El agotamiento es un nudo”, dice Élmer Mendoza. Todos pasamos por un momento de crisis durante el entrenamiento; el mío llegó un sábado en la cima del Nevado de Toluca, después de subir corriendo hasta “las cadenas”, justo donde comienza un camino que lleva hacia las lagunas del Sol y de la Luna. Entonces le dije a mis piernas que debían correr. Dos, tres, máximo cinco pasos continuos y paraba. Pensé que quizá tenía bajo el nivel de azúcar en la sangre, así que comí una bolsita de miel, pero no logré re­cuperarme. Seguía caminando.

No había nadie delante de mí y tampoco detrás. Estábamos mi cansancio, el viento y yo. Comenzó una lucha entre mi cuerpo y mi voluntad. Mi mente quería correr, mi cuerpo no. Avanzo. Co­rro. Camino. Vuelvo a correr y vuelvo a caminar. Veo el reloj. Me desespero. Pienso en las lagunas; regresar del Nevado de Toluca sin verlas es como no haber ido. Después de analizar lo que viví, me dediqué a mejorar mi alimentación y a dormir lo más posi­ble. Aunque el trabajo y el entrenamiento deja poco, muy poco tiempo para el descanso.

ENTRE EL RETO, LA MODA Y LA SUPERVIVENCI

Esperé muchos años para correr mi primer maratón, llevo más de diez años corriendo de forma constante, pero quería ser más fuerte física y mentalmente. Nunca estuvo en mi horizonte cru­zar la línea en más de cuatro horas, aunque para mucha gente el tiempo para llegar a la meta no es importante. Lo trascendente es terminarlo, razón que explica el vertiginoso aumento de personas que se inscriben a algún maratón.

Juan Luis Barrios, atleta mexicano que participó en los 5000 metros en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, medallista de oro en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, señala que la mayoría de la gente en México primero se inscribe a una carrera de cinco o diez kilómetros (incluso hasta veintiuno) y después, dado su pésimo resultado, decide entrenar. La enorme diferencia con los atletas de elite —además de sus cualidades físicas, su bio­tipo y su genética— básicamente radica en que los corredores de alto rendimiento entrenan horas durante meses, antes de presen­tarse a una competencia. La mayoría de ellos tiene alta tolerancia al dolor y a la intensidad de los entrenamientos.

El deseo de los corredores de alto rendimiento es ascender a lo más alto de la elite mundial. Benjamín Paredes, corredor origi­nario de Ecatepec, Estado de México, corría para ganar. Después de diferentes pruebas, Paredes se dio cuenta de que aquella en la que destacaba era el maratón. A partir de ese momento comenzó a repetirse que podía competir con los mejores a nivel nacional e internacional. Durante sus entrenamientos sólo pensaba en su objetivo (lograr una marca, un lugar o calificar para participar en los Centroamericanos, Panamericanos, Mundiales u Olímpicos). Se fijaba una meta y corría tras ella.

Pese a haber iniciado tarde su vida atlética —comenzó a correr cuando tenía veintiséis años; antes se había dedicado al ciclismo y al duatlón—, Paredes se convirtió en uno de los mejores mara­tonistas. Ganó el segundo lugar en el maratón de Nueva York de 1994, con un tiempo de 2:11:23 (el primer lugar, en un histórico y emotivo cierre, se lo llevó el también mexicano Germán Silva, con 2:11:21). Ese mismo año logró su mejor marca en Rotterdam cruzando la meta en 2:10:40, un año después fue el primer lugar en los Juegos Panamericanos en Mar de la Plata, Argentina. Lo­gró la octava posición en el maratón de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996 y cuatro años después volvió a participar en las Olimpiadas de Sidney. Durante su vida deportiva, Paredes corrió más de treinta maratones.

Benjamín Paredes tenía claro por qué estaba en la línea de sa­lida. Una vez iniciada la competencia, iba pensando en el tiem­po que esperaba lograr. Para él primero estaba la parte técnica: analizaba a sus rivales. Después venía la parte emocional, en la que involucraba a la gente que quiere, su motivación para correr. Por último pensaba en el premio, la medalla, etcétera. Uno de sus consejos es acudir a pensamientos positivos para salir de los mo­mentos difíciles; pensar en cómo se vencieron ciertos obstáculos en el pasado, en los entrenamientos, en el esfuerzo constante que te ha llevado hasta ahí se vuelve fundamental.

La vida de Benjamín Paredes giraba en torno a los entrenamien­tos. Se levantaba a las cinco de la mañana y una hora después estaba ejercitándose, luego realizaba actividades como natación y ciclismo. Desayunaba y dormía (la siesta es importante para la recuperación y el buen desempeño de un atleta). Alrededor de las tres de la tarde hacía su segundo entrenamiento del día. Volvía a realizar ejercicios de fuerza y elasticidad. Se bañaba, comía y sa­lía a distraerse un poco. Regresaba a casa para cenar muy ligero y dormir. En su bitácora de entrenamiento registraba entre 180 y 190 kilómetros a la semana. Él afirma que el requisito para ser corredor de larga distancia es la tolerancia al dolor. El dolor no debe hacerte parar porque no habrá otra oportunidad. No hay otro momento igual. Cuando Benjamín corría sólo pensaba en ganar. Se propuso ser uno de los mejores atletas y figurar dentro de la historia del atletismo en México. Y así lo hizo.

“El ritmo se lleva en las piernas”, dice Sergio Pedraza, atleta de alto rendimiento de treinta y tres años, quien creció en el seno de una familia otomí dedicada a la producción de pulque en San Andrés Ixmiquilpan, Hidalgo. Pedraza tuvo una infancia y ado­lescencia caracterizadas por el trabajo arduo del campo. Diario sacaban aguamiel de cincuenta magueyes. En la frente, sujetado por el mecapal, llevaba un pesado cántaro de barro para deposi­tar ahí el aguamiel que extraía con el acocote. Después de dejar el líquido en un barril, tenía que caminar cinco kilómetros para llegar a otra milpa y sacar el aguamiel de treinta magueyes más. Hasta el día de hoy sus padres siguen realizando y viviendo de esta actividad. Por las tardes se dedicaba al pastoreo. Entre risas recuerda cómo las cabras se echaban a correr y tenía que ir tras ellas entre caminos pedregosos. El paisaje era árido. La flora de su pueblo se compone de matorrales inermes y espinosos, mague­yes, cimarrones, nopales, garambullos y cactáceas como órganos y viejitos. La adolescencia de Sergio lo preparó física y mental­mente para ser un maratonista destacado. Logró el cuarto lugar en el Maratón de la Ciudad de México en 2013.

El 25 de agosto de 2014 se llevó a cabo la edición número XXXI del Maratón de la Ciudad de México. La salida fue frente al Hemi­ciclo a Juárez, junto a la Alameda Central, y la meta en el Estadio Olímpico Universitario; el objetivo era revivir la mayor parte de la Ruta Olímpica que se llevó a cabo en 1968. Sergio Pedraza fue el mejor corredor mexicano, detuvo el cronómetro en 2:20:23. Liliana Cruz fue la mejor corredora mexicana, con un tiempo de 2:43:40. El primer lugar fue para el peruano Raúl Pacheco con un tiempo de 2:16:56 y su compatriota Gladys Tejeda se llevó el primer lugar de la rama femenil con 2:37:34.

Sergio Pedraza se graduó de ingeniero electricista en el IPN. Se especializó en el diseño y manufacturas de máquinas eléctricas y aparatos electrodomésticos. Y aunque su profesión le entusiasma, eligió el atletismo. Correr es su vida y su pasión. Es lo que lo hace feliz. Por eso, renunciar a reuniones familiares, fiestas, salidas con amigos, un empleo fijo, no es un sacrificio.

Sergio sabe que ningún entrenamiento es igual a otro porque cada día uno se siente diferente. Como Benjamín Paredes y la mayoría de los atletas de alto rendimiento, lleva una bitácora de entrenamiento en la que anota la distancia, los tiempos, la velocidad, y cómo se sintió física, mental y emocionalmente con el fin de aprender o corregir. Sergio prepara cada noche su mente y su ropa de acuerdo al entrenamiento que va a realizar al día siguiente —la elección de los tenis depende especialmente de la distancia y terreno—. Se levanta temprano, hace un trote ligero de veinte minutos, realiza ejercicios de elasticidad y arrancones de cien metros. Lo más difícil es la rutina de intensidad, aprender a dominar la velocidad de acuerdo con la capacidad física. El entrenamiento consiste justamente en soportar ese esfuerzo.

Trabajar en el campo del amanecer al ocaso le dio la fuerza fí­sica y le enseñó a valorar la comida, la salud y, especialmente, el tiempo. Sabe que la vida no es fácil para todos y que cada uno lleva a cuestas su propia historia. Actualmente vive en la CONADE, en donde tiene acceso a los alimentos y al servicio médico. También recibe apoyo de las fuerzas armadas; después de su buen desem­peño en el Maratón de la Ciudad de México en el 2013, ingresó a la Secretaría de Marina.

Sergio Pedraza experimenta un enorme gozo durante el en­trenamiento de distancia. Mientras recorre los caminos canta, observa y escucha. Siempre está atento a los sonidos de las aves y del viento. Puede correr desde mil quinientos metros hasta un maratón porque, dice, lo que le gusta es el movimiento. Siempre está, como todo en este mundo, en constante movimiento. “Tengo hambre de triunfar”, dice Sergio; lleva en su memoria el paisaje de San Andrés Ixmiquilpan y el recuerdo del sol en un día de ex­tenuante trabajo.

EMULANDO LA HAZAÑA DE FILÍPIDES, O ¿QUÉ SE NECE­SITA PARA CORRER UN MARATÓN?

El atleta debe tener cuidado de no excederse en los entrenamien­tos para evitar una lesión o un agotamiento crónico. Hay distintas pruebas para saber si el rendimiento del atleta es el óptimo (por ejemplo, las pruebas sanguíneas a través de un lactómetro, que mide el ácido láctico que se produce con el esfuerzo físico. En México estos análisis no se hacen muy a menudo).

El entrenamiento de resistencia o de distancia se hace sobre todo en la montaña. Se trabajan frecuencias cardiacas de medias a bajas con el fin de adaptarse a la altura y generar resistencia, siem­pre bajo la supervisión del entrenador. El esfuerzo es mayor en altura: se lleva más oxígeno a las células. Muchos entrenadores envían a sus atletas a pasar al menos dos semanas a la montaña. En México, las concentraciones de atletas suelen hacerse en el Nevado de Toluca. La adaptación del cuerpo a la altura se realiza de inmediato: los niveles de eritropoyetina, hormona encargada de estimular la producción de glóbulos rojos, alcanza su pico máximo después de las veinticuatro horas de haber llegado a la altitud. Estudios en atletas de elite demuestran que los niveles de hemoglobina, proteína en los glóbulos rojos que transporta el oxígeno, puede incrementar 1% a la semana cuando están en la montaña.

En los entrenamientos de pista se trabaja especialmente la ve­locidad; debido al esfuerzo realizado, hace falta el aire, llevas el cuerpo a tope y por lo tanto hay menos oxígeno en el cerebro. En­tonces dejas de pensar. El cuerpo actúa por intuición. Por eso es importante programarse desde un día antes, mandar información a tu cuerpo sobre cómo debe correr. La mente juega un papel muy importante para el entrenamiento; el cuerpo ejecuta la orden que le da la mente. Se deben emplear técnicas de visualización y tener apoyo de la psicología del deporte. Algunos atletas, sobre todo en países como Alemania, Estados Unidos y España, suelen tener un entrenamiento más integral y utilizan, por ejemplo, la cámara hi­perbárica para la oxigenación, pruebas médicas y científicas más completas, así como un seguimiento por parte de un especialista en medicina del deporte.

Para un corredor también es importante contar con un masa­jista y, de ser posible, con un psicólogo que lo ayude a vencer sus limitaciones o miedos y llevarlo a lograr sus objetivos. También debe cuidar muchísimo sus descansos. El deporte, generalmente, te ayuda a tener buenos hábitos. Además es un gran antidepresi­vo: “Si uno no encuentra las respuestas a sus problemas después de correr durante cuatro horas, es que no va a encontrarlas”, dice McDougall.

En la décima semana de entrenamiento aprendí a escuchar mi cuerpo después de que me desesperé en mi último entrenamiento en el Nevado de Toluca. Tuve que detenerme para llorar al sen­tirme tan agotada, lloré de cansancio. Es normal. Por eso no hay que creer que la mente puede sola. Se dice que el maratón es más mental que físico y no: es, sobre todo, físico.

Si pudiera resumir en una palabra la experiencia del maratón, sería “fuerza”. El maratón requiere una gran fortaleza física y men­tal, es necesario hacerlas comulgar. Las dos son indispensables para lograr el objetivo que cada persona se haya propuesto. Eso es lo complicado.

LOS ÚLTIMOS CIENTO NOVENTA Y CINCO METROS

¿Qué hay después de horas y horas dedicadas a correr, robadas al trabajo, al sueño, a la familia y a la pareja? ¿Me convertí en atleta? ¿Gané un premio? No. Ni siquiera puedo decir que me convertí en mejor persona, pero durante esas horas fui feliz. Pude disfrutar del agua al bañarme y la hora de comida; supe que un plátano a las seis de la mañana puede ser la diferencia entre correr bien y no; supe a qué huele la tierra mojada en una mañana fría, supe lo que se siente cuando las piernas ya no dan más, cuando el corazón late con fuerza; supe lo que es llorar porque no puedes seguir; lo que es querer ser ligero como el viento; lo que es correr más rápido 400 metros o agarrar un paso constante y pausado para los 32 kilómetros; supe que a nadie le importan los tiempos; supe de dolores nunca antes experimentados pero también de alegrías por un amanecer a las seis y media de la mañana en un lugar muy lejos de tu hogar. Cuando crucé la meta sentí un dolor como nunca antes había sentido, inexplicable, igual que la satis­facción de ver el objetivo cumplido.

Después del maratón empieza el día cero, el reloj comienza a andar. Un nuevo proyecto, una nueva meta. Correr, espero, siem­pre formará parte de mi vida. Correr es lo que enriquece mis días. Gumbrecht reflexiona sobre lo distinta que es la vida académica, sedentaria en exceso y contraria a la actividad física: “Al mismo tiempo, es verdad que hace mucho que me siento un poco me­lancólico respecto del tono exclusivamente cerebral de la vida académica e intelectual que llevo. ¿Será que miro a los atletas —y amo admirarlos— en el sentido del más famoso concepto de amor que viene de ‘El simposio’ de Platón?”.

Y después de cruzar la meta del maratón cierro una página. Comienzo otra. Y lo que suena trillado no lo es. Y lo que creía que era deja de ser. Y lo que ahora brilla mañana ya no. Porque así es la vida: cambio, movimiento, transición. Somos nómadas de nacimiento. Descubro que no se trataba sólo de cómo correr, sino de cómo vivir.

 

 


Autores
(Distrito Federal, 1978) es historiadora y doctoranda en El Colegio de México. Actualmente se especializa en los procesos de urbanización e industrialización en la Ciudad de México en el siglo xx.
Secretaría de Cultura