Tierra Adentro

Ilustración: Juanjo Güitrón.

Lo primero que leí de Cortázar fue Rayuela. Me costó un ego y la mitad del otro porque no podía admitir frente a la que me la prestó que no le estaba entendiendo nada y emprender mi deshonrosa retirada de su ámbito afectivo. Eso nunca. Así es que me esforcé como no lo he hecho con ninguna otra lectura y tuve que investigar quién era Mondrian y por qué Oliveira en sus discusiones lo oponía a Klee… (¿klee kleé?).

Esa experiencia de investigación, de introspección y de afectividad, me dejó transformado. Peor tantito: me dejó transformable. Y vulnerable. Porque me hizo entender que yo pensaba con palabras y que las palabras eran cosas que se podían tocar y que te rozaban; que te podían llenar la boca y hacerte desembocar en otros lados. Esa experiencia de lectura fue luego reforzada con la de Historias de cronopios y de famas y definió por fin mi vocación: la de las letras. Me hizo virar de carrera cuando ya estaba yo perfilado en la pole position de la economía y entonces me torcí hacia las letras, que más que una carrera es un paso lento y paseante. Estoy hablando de 1970.

Así como todos los lectores hombres de ese tiempo se ponían a buscar a la Maga sin hacer citas con ella y esperando encontrarla por azar, si no en el Pont des arts a lo mejor en el puente de Río Churubusco, los lectores de Historias de cronopios y de famas se autocalificaban de inmediato como cronopios. Es natural: nadie quiere ser Richelieu (excepto el arzobispo), sino D’Artagnan. Porque la simpatía hacia los personajes se ve y se siente. El propio Julio calificaba a sus amigos como cronopios, a Louis Armstrong como cronopio. Julito admitía sin pena: “Creo humildemente que los cronopios son también tontos, y que hay que dejarlos con sus absurdas aventuras entre flores y leones y cóndores” (en una carta de 1961 a Francisco Porrúa, su editor de Sudamericana). Porque el componente “menso” es parte de los cronopios, como el cursi, el sentimental y el distraído. Estoy bastantemente muy seguro de que ni Cortázar ni Aurora Bernárdez ni sus cuates sabían bien a bien qué eran los cronopios, y que de eso se trata. Porque la ambigüedad, la porosidad y la lateralidad son elementos tan integrantes de la poética de Cortázar como el hidrógeno y el oxígeno de la humedad del agua.

Lo que pasa es que en las dicotomías de aquella década, en los parados paradigmas cuando existía la lucha de clases, la lectura se fue, imperceptiblemente casi, a la oposición entre los cronopios (buenos) y los famas (malos). Fuera de paréntesis podría decirse que algo semejante pasa con el poema “Los amorosos” de (Jaime) Sabines: la mayoría de los lectores se identifica con los amorosos porque son bien locos, pero se le olvida, o sus lentes no leen, que a los amorosos “la muerte les fermenta detrás de los ojos” y que se ríen de los que creen “en el amor como en una lámpara de inagotable aceite”.

Hay que agregar que este libro cincuentenario se compone de un surtido: el “Manual de instrucciones”, las “Ocupaciones raras”, el “Material plástico” y las “Historias de cronopios y de famas”.

A mí, en lo personal, el texto que abre el libro, el que comienza “La tarea de ablandar el ladrillo todos los días”… me dejó periperplejo. Y así sigo. No hay velorio al que no vaya sin que recuerde “Conducta en los velorios”. Hasta en el mío voy a recordarlo. Hay que oír a Moisés Mendelewsky contarle a un auditorio el “Discurso del oso” y ver lo que provoca nada más para medirle el agua a las cañerías de la vigencia del texto.

Además: con Historias de cronopios y de famas Cortázar comenzó la resonancia pública de sus textos chiquitos y desclasificados.

Desde aquellas lecturas hasta las actuales los menos comentados han sido las esperanzas, porque cada quien guarda las suyas.

Secretaría de Cultura