Tierra Adentro

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

Aquí puedes leer la primera parte.

La nueva vida de los jóvenes haitianos en la frontera

4.
profesional no tiene país

 

Muchos consideran que los haitianos que se encuentran en Tijuana llegaron como ilegales. Pero el estatus migratorio de Wisly Desir es distinto. Tiene treinta y siete años y entró a Baja California el 29 de septiembre de 2016. Vino a la ciudad a cursar una maestría en Estudios Globales en la UABC. En su búsqueda por ampliar su conocimiento en comercio exterior, movilidad poblacional y aduanas, Wisly confiesa que no buscaba vivir en Tijuana. Aplicó solicitud de ingreso a más de diez universidades alrededor del mundo y la de UABC le abrió las puertas. Aunque es un viajero académico (antes había estudiado en República Dominicana y en vacaciones del calendario escolar radica en Brasil), no sabía mucho de nuestra cultura, solo que el español es la lengua que se usa y que Tijuana es la frontera (con sus 3185 kilómetros, entre mar, montañas y desierto) más transitada del mundo.

Wisly llegó en avión con una visa de estudiante y una carta invitación de la universidad bajo el brazo. Este 2019 es becario del Conacyt, se dedica a la investigación casi de tiempo completo, al profesorado y ayuda a organizaciones civiles a procurar asesoría a migrantes de cualquier nacionalidad.

—Es un trabajo arduo, complicado —dice Wisly en la entrevista que le hago por WhatsApp—, como los intereses de muchos migrantes son distintos, incluso no todos hablan el mismo idioma ni vienen de los mismos países, nuestra ayuda es variada, desde la asesoría legal de cómo obtener un permiso para estar temporalmente en México o una visa humanitaria para vivir, u orientarlos en todos los sentidos si su deseo es cruzar a Estados Unidos.

Wisly también es parte del grupo de diálogo de Espacio Migrante y ayuda a los que desean retomar sus estudios con capacitaciones para entrar a la UABC, el CUT, o alguna otra escuela privada. Colabora en la búsqueda de empresas maquiladoras que no tengan problema con emplear a los migrantes y ayudarles a regularizar su documentación.

Tras su regreso a Tijuana, Wisly se reúne con sus compañeros de la mesa de trabajo en donde darán las clases y asesoría legal a migrantes. Fotografía por Flor Cervantes

Tras su regreso a Tijuana, Wisly se reúne con sus compañeros de la mesa de trabajo en donde darán las clases y asesoría legal a migrantes. Fotografía por Flor Cervantes

—Lo bueno es que ahora existen más organizaciones civiles interesadas y coordinadas entre sí, como Visión de los Migrantes y Organización de la Defensa para los Migrantes o la comunidad cristiana Embajadores de Cristo, donde se está construyendo Little Haiti.

Desde Brasil, mientras Wisly baña a su hijo, me explica cómo ve la migración de los haitianos a Tijuana.

—Cada viajero puede responder esto de manera personal y diferente. Cada quien tiene su objetivo al haberse salido de su país. Yo no he vivido la misma experiencia que ellos, ni viajé la misma trayectoria, de modo que no pasé lo que ellos pasaron. Yo también tengo la curiosidad de saber su experiencia. Sé que ha sido duro.

Cada periodo de vacaciones, Wisly regresa a Brasil para ver a su familia, así como viajaba a Haití cuando vivía en República Dominicana.

—Mi vida es más sencilla que la de ellos —explica.

—¿Y te gusta salir de fiesta?, ¿qué lugares frecuentas?

—En realidad no soy borracho, casi no tengo tiempo… por la escuela.

—¿Y cuál es tu comida favorita?, ¿has probado la cerveza de acá?

—Sí, me gustan los burritos de bistec con papas y la cerveza Tecate roja, pero no soy borracho.

Little Haití está rodeada de cerdos y aves de corral.

Little Haití está rodeada de cerdos y aves de corral. Fotografía por Flor Cervantes.

Luego me explica de manera pausada, como si midiera cada una de las palabras, que la migración no va a parar nunca y va a ser muy difícil que Tijuana vaya a ser bonita en comparación a otras ciudades coloniales como Guadalajara, que tienen más años de historia y desarrollo arquitectónico.

—Porque es una ciudad de migrantes y en cada momento habrá más. Por eso es una ciudad distinta y desordenada. La gente va con el deseo de cruzar a Estados Unidos y termina quedándose allí para volver a intentarlo o para quedarse a vivir. En ese sentido, es como una ciudad en continua construcción. Yo vivo muy bien en Tijuana.

—¿Has sufrido algún tipo de rechazo o racismo desde que llegaste? —le pregunto.

—Todas las ciudades son racistas en determinada forma. Incluso en nosotros los haitianos y alrededor de nosotros hay racismo. Particularmente el racismo en Tijuana es por falta de educación y aceptación: muchos de ellos son migrantes, pero no quieren saber nada de los migrantes. Por ejemplo, la vez pasada platicaba con una amiga cercana, ella es tijuanense, pero sus papás son migrantes de la Ciudad de México. Su papá ha vivido mucho tiempo en Estados Unidos de manera ilegal, y estando en Tijuana es migrante. Pero no sabe que lo es. Lo contradictorio es que no quiere saber nada de ellos, porque es uno de los críticos más fuertes contra los centroamericanos, no quiere verlos. Ella me comentaba eso y que le decía a su propio papá: “¿por qué no quieres saber de los migrantes si tú eres uno? Tú eres de la Ciudad de México y has vivido mucho tiempo en Estados Unidos buscando la vida”.

Aporofobia, pienso mientras escucho el mensaje de voz de Wisly, y recuerdo el viaje que hice a Ecuador en noviembre del año pasado. En estos momentos esa región sudamericana vive la llegada masiva de venezolanos, a causa de la crisis en Venezuela. Por varias conversaciones que tuve con quiteños, descubrí que los rechazan de manera similar. Su argumento es que Quito no cuenta con el dinero suficiente para ayudarlos. Su llegada les roba los empleos, sus espacios y dan un aspecto antihigiénico a la ciudad. A falta de refugios, los venezolanos acampan en parques públicos, donde se les ve hacer sus actividades diarias al aire libre, como comer y bañarse.

Luxon, Fleury y Clecion, tres jóvenes que venían con sus compras a la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

Luxon, Fleury y Clecion, tres jóvenes que venían con sus compras a la villa. Fotografía por Flor Cervantes.

Los ecuatorianos olvidan su crisis financiera de 1999, mejor conocida como Feriado Bancario, cuando la economía colapsó por la administración desorganizada de los banqueros y el sucre quedó en desuso para abrirle paso al dólar. Esto provocó que muchos viajaran a España para conseguir empleo. España, al detectar un alto flujo migratorio de sudamericanos, exigió una visa para ingresar a su territorio. Esta movilidad de ciudadanos en gran número, junto a la que ya sucedía desde los países del sur de Europa, llevó a los españoles a rechazar a los migrantes bajo los mismos argumentos. Por esa época, la filósofa española Adela Cortina lo llamó aporofobia, término que se desprende de la xenofobia y distingue el rechazo hacia la pobreza que representa el migrante, como si él fuera el portador de la injusticia y el fracaso de sus países de origen.

—¿Recibiste algún rechazo o maltrato por parte de las autoridades fronterizas al llegar a Tijuana? —le mando otro mensaje de voz a Wisly.

—El cónsul mexicano no quería darme la visa, me dejó en espera un mes para dármela. Pasando por migración a Ciudad de México no tuve problema. En Tijuana, con sello de migración, visa de estudiante, carta invitación de la universidad, toda mi documentación, no me quería dejar pasar. Me dejaron más de dos horas en espera. Me preguntaban y preguntaban, aunque tuviera yo todo a la mano. Su trato es un problema de educación. Tuvieron que molestarme mucho. Ese es el racismo que viví a mi llegada.

La aporofobia en Tijuana funciona de manera vertical. A finales de 2018 el alcalde surgido de las filas del PAN, Juan Manuel Gastélum, mejor conocido como El Patas, lanzó una campaña de odio hacia la caravana migrante centroamericana que venía desde Tapachula. Sus comentarios dados a un medio de comunicación eran: “no me atrevo a calificarlos como migrantes, son una bola de vagos y marihuanos”. En otra entrevista, suavizó sus palabras pero no su rechazo: “los derechos humanos son para humanos derechos y la mayoría de los migrantes sudamericanos no son derechos…”. Su hostilidad tuvo eco el 19 de noviembre en una manifestación de alrededor de trescientas personas, las cuales exigían a la autoridad municipal impedir el arribo de más centroamericanos a la ciudad, “pues nosotros no podemos cuidarlos ni alimentarlos”, decía uno de los testimonios recogidos por la periodista Sonia de Anda. El alcalde, en aquella entrevista para el medio de circulación nacional, explicó que haría una consulta popular para decidir si son bienvenidos a Tijuana. A la fecha, los resultados de la consulta no han sido publicados.

Si migrar, como dice la escritora Cristina Rivera Garza, es el verbo de nuestros tiempos, la aporofobia vendría siendo su rechazo principal.

—Hay una cosa importante que la gente de Tijuana aun no entiende —Wisly me manda otro mensaje de voz—: la llegada de los migrantes para ellos (las autoridades de Tijuana) es un gasto para toda la población y comunidad. Aunque todos quieren ayudar, aportando ropa, comida, casa. Pero cuando se habla de la idea de integrarlos como nuevos ciudadanos, es un gasto. No ven, o no quieren ver, que una vez que comenzamos a integrarnos a su comunidad, en realidad comenzamos a generar ganancias, el doble de lo que ellos invirtieron al recibirnos. Al integrarnos a la comunidad mexicana, estamos pagando renta, impuestos, comida, consumos en todo sentido. La integración de nuevos ciudadanos en cualquier país ayuda al crecimiento económico. No es un gasto, es una forma de recuperar su inversión. Ya las personas están aquí. Mejor hay que ayudarlas a integrarse a la comunidad para encaminarlas a crecer económicamente.

—¿Deseas quedarte a vivir en Tijuana para siempre —le pregunto finalmente.

—Profesional no tiene país. Mi idea es ser empresario y docente. No tengo problema con quedarme en Tijuana, según como vaya cambiando la vida según mi objetivo de seguir mi sueño. Si hay posibilidad de regresar a Haití, no hay problema. Si hay posibilidad de regresar a Brasil, no hay problema, porque soy residente brasileño. Tampoco hay problema de volver a República Dominicana. Solamente estoy estudiando los mercados en todos los países para saber dónde puedo desarrollar mejor mi sueño y después terminar mi vida allí.

 

 

5.
aquí tengo otro nombre

 

Michell es la única mujer que pude entrevistar. Luego de haber hecho contacto con algunas que migraron a Tijuana, solo ella me respondió los mensajes. Acordamos vernos en el CUT, universidad ubicada en Altamira, donde cursa el primer semestre de Derecho. Tiene 24 años y llegó a Tijuana en marzo de 2018, en un viaje aéreo que inició en Haití, para seguir a Cuba, Ciudad de México y Tijuana, gracias a una visa de turista que su papá ayudó a tramitarle.

—¿Cuál es tu nombre completo? —le pregunto.

—Michaëlle Gauchina, pero aquí en Tijuana me dicen que Michaëlle es Michell. Aquí casi olvido mi nombre, porque cuando me preguntan “¿cuál es tu nombre?”, yo digo Michell.

Trabaja en una gasolinera muy cerca del Grand Hotel por las mañanas, y por las tardes asiste a clases. A veces, como hoy, también los sábados. Su sueldo es de mil pesos semanales, por trabajar de seis de la mañana a dos de la tarde, más propinas que los clientes suelen darle. Aunque tiene el 70 por ciento de beca en el CUT, ese dinero lo reparte en una renta mensual de tres mil quinientos pesos para vivir en una casa pequeña y lo demás para pagar sus estudios.

—Soy muy hospitalaria —me dice—, a veces yo mando dinero a amiga a Haití que necesita para comprar un libro de la escuela.

—¿Tienes amigos aquí?

—Sí, más tijuanenses que haitianos, con ellos convivo en escuela y trabajo.

Gauchina Michaëlle busca aprender la cultura del país estudiando leyes. Fotografía por Flor Cervantes.

Gauchina Michaëlle busca aprender la cultura del país estudiando leyes. Fotografía por Flor Cervantes.

Le menciono a los jóvenes que acabo de entrevistar. Me responde que Wisly es su amigo. Cuando habla, sonríe. Es cálida y agradable. Si no tiene palabras para responder mis preguntas, se ríe y me dice no sé.

Me cuenta que su novio migró un año antes que ella, lo hizo también en marzo. Vive en New Jersey esperando regularizar su estatus migratorio, región en la cual viven la mayoría de los haitianos que logran conseguir una visa por razones humanitarias en Estados Unidos.

—¿Te gustaría vivir con él en el otro lado?

—No, primero quiero ser abogada en México.

Su papá vive en Santo Domingo. Su mamá falleció hace dos años. Espero que me platique las razones, pero me cambia de tema. Me cuenta que durante el terremoto del 2010 ella estaba en el campo, por eso no le tocó ver las casas y edificios hechos escombro, como su escuela. Pero recuerda que hubo muchos muertos y mucha gente triste. En la preparatoria aprendió español.

—Pero lo aprendí mal. Me gustaba más inglés. Pero ahorita me encanta el español, es un idioma muy bonito. Es una obligación aprenderlo para entender a México y a mis compañeros.

Sus horarios de trabajo y escolares son muy rigurosos. No suele salir de fiesta ni desvelarse, a pesar de que vive muy cerca de la avenida Revolución. Sabe que para ser profesionista se deben hacer sacrificios, como estudiar y ahorrar dinero. Antes de viajar a México, conocía cómo fue la independencia de nuestro país y cómo se creó la primera constitución. Además, conocía la historia de Benito Juárez.

—Aquí muchos son respetuosos y les gusta trabajar.

—¿Por qué estudiar Derecho? —le pregunto.

—Porque quiero aprender la ley de México, conocer más la cultura del mexicano y ayudarla.

—De música mexicana, ¿conocías algo?

—Me gusta mucho.

—¿Mariachi?

—¿Qué es mariachi? —responde sorprendida— Solo sé de cantantes.

Me dan ganas de ponerle un video de algún mariachi jalisciense en mi celular, pero recuerdo que estamos platicando en la biblioteca del CUT.

Alrededor de veinte familias viven en la villa.

Alrededor de veinte familias viven en la villa. Fotografía por Flor Cervantes

Cuando llegó al aeropuerto el único inconveniente que tuvo Michell fue que demoró su maleta. Durante ese tiempo los agentes fronterizos revisaron sus papeles. Ella estaba asustada, me dice; no encontraba su pasaporte y no hablaba bien español. En la espera, alcanzó a mirar en las bandas de equipaje su maleta, corrió a ella y entre las bolsas encontró el documento oficial. A los pocos minutos sus pies pisaban el cemento, el aire de Tijuana acariciaba su rostro y podía mirar la remodelación del muro de metal que nos divide de Estados Unidos. Con la asesoría de su papá prefirió viajar a México, en lugar de Chile, Brasil o Venezuela, porque una prima se adelantó y les dio recomendaciones.

—Miranda me habló de las oportunidades que hay y de que la gente aquí no es tan racista.

—¿Cuál es el cambio más significativo en tu vida al haber llegado aquí?

—En Haití, no hay trabajo. Estudiar en Haití, es hacerlo sin esperanza. Lo que me faltaba antes, ya lo encontré aquí. Si yo estaba en Haití, no podía ahorrar. Aquí sí hay trabajo. Si una amiga de Haití me dice que tiene hambre, yo le puedo mandar dinero. Allá no podía.

 

 

6.
Little Haiti

 

En el suroeste, rumbo a Playas de Tijuana, está escondido en el Cañón del Alacrán el templo Embajadores de Jesús, un recinto religioso que, debido a la llegada constante de haitianos, convirtieron también en albergue. Lo dirigen el pastor Gustavo Banda Aceves y su esposa Zaida Guillén López. Para llegar allí uno debe usar bien el GPS, sortear los enormes baches de la calle Divina Providencia y cuidar de no caer en atascos. A pocos metros, entre animales de corral, el terreno agreste, movedizo por las recientes lluvias y la falta de drenaje, se levanta la Pequeña Haití. Los domingos, por la tarde, el pastor y su esposa ofrecen una comida a los refugiados y a los creyentes.

Desde el 2016, ésta es la dirección a donde llegan muchos migrantes en busca de ayuda. Fotografía por Flor Cervantes.

Desde el 2016, ésta es la dirección a donde llegan muchos migrantes en busca de ayuda. Fotografía por Flor Cervantes.

Al lado de las puertas, en una especie de estacionamiento improvisado con láminas y madera, cocinan en una parrilla montada en un lavadero dos mujeres jóvenes y juegan niños con un chico de color. El chico (que más tarde sabremos se llama Nixon) se inclina, abraza a uno de ellos y se toma una selfie con su celular. Al entrar al templo, vemos que están plegando las mesas donde se sirvió la comida. Al fondo, sobresalen los colores chillones de las casas de campaña y haitianas jóvenes atendiendo a niños.

Viajé allí porque las notas de prensa y la recomendación de mis amigos periodistas me decían que la conociera. De modo que llamé al pastor y me puse de acuerdo para entrevistarnos.

—Llegaste tarde, amigo —me advierte en cuanto lo saludo—. Ya acabamos la comida y muchos se fueron a trabajar.

Le explico que el camino lodoso y a desnivel me impidió llegar a tiempo.

—Es que no estás acostumbrados a las calles de Tijuana —me responde.

Y me lleva a conocer las enormes habitaciones. Más adentro, hay casas de campaña tamaño familiar. Afuera de ellas, los niños corren y las madres limpian. Hay ropa tirada y maletas abiertas. Al fondo, está la cocina oficial, donde una haitiana cocina y otra come. El templo, según el libro de Ustin, fue de los primeros que recibieron un gran número de migrantes en 2016. Desde un inicio, ha tenido la capacidad para seiscientas personas. Fue el que mayor ayuda brindó como refugio. Incluso los taxistas, si eras haitiano y no sabías a dónde llegar, te llevaban allí.

Mujeres cocinan en una cochera improvisada del templo. Fotografía por Flor Cervantes.

Mujeres cocinan en una cochera improvisada del templo. Fotografía por Flor Cervantes.

El templo se fortalece gracias a la ayuda de gente de Baja California y San Diego, ellos donan cobijas, ropa, colchones, objetos para el aseo personal y comida. Por el trato generoso del pastor y su esposa, los jóvenes haitianos los consideran como protectores y parientes suyos. Incluso algunos, como Constan Noé, dicen que son sus padres.

Le cuento al pastor que ayer entrevisté a Ustin y que acabo de leer su libro.

—Pascal —me dice—, Ustin Pascal Dubuisson. Mi esposa lo ayudó a escribirlo. Él lo estuvo escribiendo en francés y en portugués aquí y ella lo ayudó a traducirlo.

Recuerdo que en un pasaje de Sobrevivientes, el autor menciona a Zaida.

Luego, trato de indagar si la pequeña villa de Little Haití se está construyendo con el apoyo del municipio.

—No, para nada —me responde el pastor—, hace poco Protección Civil vino a detener la construcción. Asegura que por las lluvias está en una zona de peligro y que puede deslavarse. Llevo cuarenta años viviendo aquí y jamás ha pasado eso.

—¿Y cuentan con los permisos para la construcción?

—El terreno es mío, yo se los doné a los haitianos. Nosotros solo estábamos pidiendo permiso para que sea albergue. El alcalde dijo que el permiso era gratuito, pero después nos detuvo la obra. Solo nos dio un apoyo de veinte mil pesos. Cualquiera que viva en Tijuana comprende que esa cantidad es nada.

—¿Tienen planes de seguir la construcción de la villa y de rehabilitar la calle?

—Nuestro trabajo es recibir migrantes sin casa, que han viajado mucho y necesitan ayuda. Diario llegan de muchos países, alguien tiene que ayudarlos.

Después de la comida, los niños veían una caricatura en el celular de uno de sus mamás.

Después de la comida, los niños veían una caricatura en el celular de uno de sus mamás. Fotografía por Flor Cervantes.

Se interrumpe nuestra conversación, porque se acerca un hombre delgado, de color, que nos saluda. El pastor Gustavo le pide que platique conmigo. Se llama Noé Constan, tiene 33 años. Desde Brasil, llegó a Tijuana el 3 de diciembre de 2016. Su español es limitado, pues lo ha ido aprendiendo desde su arribo. Como sus demás compañeros, no sabía mucho de la cultura mexicana. Trabaja en la línea de producción de una maquiladora y dice que todo le gusta de la ciudad. Le pregunto por qué decidió, desde tan lejos, viajar a Baja California.

—Para conocer —me responde riéndose— para viajar y conocer más países como turista.

Reestructuro mi pregunta y me responde:

—Para cruzar al otro lado, pero aquí me sentí bien y prefiero quedarme.

Noé me explica que el cambio más significativo en su vida desde que llegó a Tijuana es la oferta laboral.

—Aquí la vida es mejor para mí, aquí hay mucho trabajo, poco dinero; allá (en Haití) hay poco de todo.

Noé dice que, sin haber pagado nada, el gobierno le dio una visa de visitante que debe renovar cada año. El pastor, “mi padre”, precisa, lo ha apoyado en conseguir trabajo y en sus decisiones. Noé llegó con dos amigos, con los cuales viajó por tierra, selva, mar y el Darién Gap.

—En barco viajamos de Nicaragua a Honduras, después todo lo hicimos caminando o en camión.

Le pregunto si fue duro el viaje, esperando que me hable sobre los poblados de Turbo o Yaviza, pero me responde inclinando la cabeza, como si el español, su nueva lengua adoptiva, no fuera suficiente para explicar la travesía.

—¿Ya tienes novia? —pregunto.

—No tengo novia, pero me quiere una.

—¿Y la quieres tú?

—Todavía no sé.

Noé sí está dispuesto a quedarse en Tijuana a vivir para siempre. Está dispuesto a construir junto con la comunidad de haitianos la Pequeña Haití, incluso a pedirle a su esposa e hijos que se vengan a vivir acá. Pero primero quiere obtener su visa por razones humanitarias. Le gustan los tacos y no suele salir de fiesta.

—El pastor me dice que la ciudad en la noche es muy peligrosa y yo le creo.

Noé responde en creole los mensajes de voz de su familia mientras habla con nosotros. Fotografía por Flor Cervantes.

Noé responde en creole los mensajes de voz de su familia mientras habla con nosotros. Fotografía por Flor Cervantes.

Estoy por finalizar la conversación con Constant Noé y Gustavo se me acerca. Me presenta al chico que se estaba tomando una selfie con el niño, a las afueras del templo. Me dice que él también quiere conversar conmigo. Guardo la conversación en el celular y comienzo a grabar una nueva.

Nixon tiene un año y medio en la ciudad. Cuenta que se siente ciudadano del mundo y que le gusta aprender culturas nuevas. Él no migró desde Brasil. En Venezuela estudiaba el tercer semestre en Medicina, pero la responsabilidad como padre de una familia y la situación crítica del país lo obligaron a movilizarse a esta frontera. Conocía poco de la cultura tijuanense antes de iniciar el viaje, pero reconoce que veía las telenovelas y en Haití era popular el mariachi y la música de banda. Trabaja en una maquiladora de sillas, las empaca en un horario de ocho de la mañana a cinco de la tarde.

Nixon llama mucho la atención, es alto, de cabello rizado, viste pantalón estilo chino, camisa azul cielo y saco oscuro. Su español es suelto y responde rápido a mis preguntas. Incluso, los niños del albergue se le acercan para abrazar sus piernas y preguntarle cómo se dicen ciertas palabras en inglés. Él les responde sonriendo, abrazándolos y acariciando sus cabellos.

—¿Te gusta Tijuana? —le pregunto.

—Sí, me gusta.

—¿Te gusta salir de noche, el baile, entrar a algún bar?

—Me gusta visitar a amigos que viven cerca del centro y me gusta la fiesta, pero no suelo hacerlo siempre. Primero está el trabajo.

Nixon desea continuar sus estudios de medicina eventualmente en Tijuana.

Nixon desea continuar sus estudios de medicina eventualmente en Tijuana. Fotografía por Flor Cervantes.

Nixon me platica que Tijuana le ha dado un cambio significativo a su vida. Llegó débil de salud, luego de haber atravesado el Darién Gap y Centroamérica. La desnutrición lo condujo al doctor y hasta el momento ha logrado reponerse. Le pregunto cómo fue esa travesía, pero, al igual que Noé, no me responde. Al parecer, así como los haitianos son herederos de una lengua combativa, como lo es el creole, su visión de vida es mirar siempre el presente.

—¿Ya tienes novia?

Se ríe y me contesta:

—Puedo decir que no.

—¿O ya tienes novias?

—No, no, todavía no.

Nixon llegó con cuatro amigos y un primo, el cual vive en Chihuahua. Uno de los amigos cruzó a Estados Unidos, pero lo deportaron a Haití, aunque en realidad vivía en Chile, otro decidió quedarse en Ciudad de México y dos más viven en Rosarito. Si tuviera el tiempo suficiente y los restantes vivieran aquí, le gustaría pasarlo con ellos en Playas de Tijuana.

—¿Has sufrido rechazo en Tijuana?

—No, para nada, el pueblo me ha recibido con mucho cariño.

—¿Y te gustaría quedarte a vivir aquí para siempre?.

Vivir lejos de la familia no está bueno.

Nixon dejó un hijo en Venezuela con una haitiana, nació mientras él recorría el camino para llegar a México. Me dice que no lo conoce y le gustaría mucho volver para conocerlo.

—A veces les mando dinero y a veces mi familia me manda dinero a mí.

—¿Te gustaría ser de Tijuana?

—Puedo decir que ya soy tijuanense.

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

La Pequeña Haití. Fotografía por Flor Cervantes.

Secretaría de Cultura