Tierra Adentro

Imagen del libro Daniel Johnston por Daniel Johnston, Sexto Piso, 2016.

 

Uno, una, la Redacción de Tierra Adentro y casi todxs, siempre es más que bits, teorías poco fiables y memes de gatitos. Bajo la apariencia calmada de quien ya-viene-de-vuelta y no ceja el comentario ácido en bodas y funerales, si nos fijamos bien, si observamos lo mismo de dentro hacia fuera que viceversa, si detenemos el tiempo, se asoman los fantasmas de quienes fueron nuestros héroes y chamanas cuando letra, color y sonido eran medios para la producción de arte sincero.

Y la Redacción de Tierra Adentro no piensa en grados cero, deconstrucciones, hauntologías ni quién leyó qué en cuál escuela, sino en una realidad (que debería ser ya) incontrovertible: una vez que entiendes el truco de magia no puede dejar de ver los hilos.

Y eso está bien. Esa es la píldora roja del oficio. Renegar de ello es tentador, pero también un infantilismo que nos hará poco fiables, incluso ante nosotrxs mismxs.

Tres vías, solo la primera es saludable: 1) reciclar la biblioteca, 2) revisitar con lupa y entereza decepciones previsibles y 3) volver a ver las primeras temporadas de Los Simpson otra vez.

Si con todo y sus apariencias indestructibles Holden Caufield y David Copperfield necesitan descansar, ¿qué crees que va a pasar si tu orientalismo es de novelita beat?

Daniel Johnston (1961-2019) no solo fue un compositor prodigioso e inestable, sino un maestro absoluto de la estética de la sinceridad. Esto, por supuesto, no significa que sea fácil escucharlo. Hay que aprender a distinguir las melodías pegajosas que esconden su voz chillona y acordes atrabancados.

Por eso es de mala educación burlarse de quien lo escucha por primera vez y cree que se trata de comedia involuntaria de YouTube. Pero nos burlamos, porque nadie se resiste a ejercer de Fan Destacado.

El gran mito del culto a Daniel Johnston es que escucharlo nos hace mejores en un sentido moral-afectivo, pues ocurre todo lo contrario. En su crónica del Primavera Sound 2013, Dos caras de la música, Luis Hidalgo da cuenta de ello:

Daniel Johnston, un artista con diagnosticados problemas mentales e incapaz de realizar una actuación por encima de los mínimos aceptables. Salió al escenario con la mirada opaca (…) y a partir de ahí el público celebró el mero hecho de que no se derrumbase, aplaudiendo incluso errores, despistes, problemas de afinación y demás consecuencias del estado mental de alguien que muy probablemente no debería estar sobre un escenario. Se podrá objetar que los conciertos de Daniel Johnston pueden resultarle terapéuticos, y todo y que esta puntualización debería correr a cargo de un especialista, no parece edificante contemplar como un artista se pierde, entona mal, vocaliza peor y, lo que resulta más triste, todo ello es motivo de euforia, como si Johnston fuese un niño al que debe premiarse cada vez que no se tira la papilla en el babero.

La Redacción de Tierra Adentro no pretende dar por muerto todo lo que sea o parezca arte marginal (¿necesita Henri Rousseau defensores a estas alturas?), ni insinuar que el genio musical está divorciado de la esquizofrenia (i.e. Syd Barrett), pero quiere señalar esa exageración que es elevar a Johnston a la altura de Brian Wilson, una comparación recurrente.

Ninguna de las composiciones de Johnston, ni siquiera covereada por alguno de sus seguidores más emblemáticos, merece compartir lista de reproducción con Pet Sounds (1966).

Como los creyentes de William Blake, quien pretenda seguir la senda de Johnston deberá realizar contorsiones extremas de sustitución y equivalencia para no perder todo sentido de autocrítica. Pero la Redacción de Tierra Adentro vio 14 millones de futuros y solo en uno Johnston es una escuela artística saludable.

Esto se debe a que, más que johnstonianos, lo que necesita el mundo (es un decir) es que alguien con un pie en la realidad vuelva a dar cuenta del mundo mental del que proviene la obra de Johnston. Una consideración de Slavoj Žižek respecto a Marx y los marxistas es elocuente respecto al tipo de operación necesaria:

Y hoy en día la única manera de ser fiel a Marx ya no es ser «marxista», sino repetir el gesto fundacional de Marx de una manera nueva.

Quizás el documental The devil and Daniel Johnston (2005) de Jeff Feuerzeig evite que alguien intente atravesar  por el infierno en el que desemboca el gesto fundacional de Johnston, pero a la vida del arte le sobran las lecturas erradas que acontecen prodigio.

Es la información de las obras y no su procesamiento lo que importa, reflexiona la Redacción de Tierra Adentro con desdén posthumano, acaso una licencia permisible para las entidades abstractas.

 

Secretaría de Cultura