Tierra Adentro

#DiarioCreativo 5/08/16: Grullas, frío, mi amigo A y la calle. Gala Navarro.

Si la línea es a la forma lo que el garabato al concepto, una libreta es un lugar de pensamiento que funciona casi como una escritura automática, una colección del tiempo (nuestro tiempo) y un diario. Por eso hay libretas de trabajo, de ejercicios, de reuniones inacabables, de notas escolares.

A lo largo de mi vida he tenido una infinidad de libretas. Para algunos son más valiosas que para otros. Son libros de un solo ejemplar a donde es posible volver de cuando en cuando. Son diario y espacio de trabajo; son bitácora y lugar de libertad.

De niña, utilizaba los cuadernos que habían sobrado del ciclo escolar anterior. Aunque tuvieran rayas o cuadrícula, ahí dibujaba y escribía. Cuando tenía ocho años, mi mamá se embarazó del que sería mi segundo hermano (o hermana, nunca lo sabremos). En una de esas libretas de residuo escribí un libro de cuentos que ilustré para el nonato. Esa libreta era un libro único, cuyo fin era ser leído por alguien que aún no existía.

Cuando mi mamá perdió al bebé, yo perdí esa libreta. Ninguna de las dos sabemos a ciencia cierta por qué o a dónde se fue esa no-creación, extraviadas ambas en un limbo al que sólo se tiene acceso por la memoria, por la narración de lo que sería. Es probable que mi libro único se haya ido a la basura en alguna limpieza, de ésas que hacíamos una vez al año. Se quedó volando en la nada, sin despegar ni aterrizar jamás.

Aunque a la fecha anoto en pedazos de papel, servilletas, reversos o anversos de manteles de papel de restaurantes de paso, no hay nada que dé más orden al tiempo, las ideas o los temas que tener libretas. Son una herramienta que ayuda a catalogar, a guardar conjuntos, a idear series, a marcar el tiempo de nuestras vidas, los lugares que visitamos, la gente que conocemos, los trabajos que tenemos, y hasta el afecto por otros (porque siempre importa quién te regala cierta libreta y para qué decides usarla).

Casi nunca definimos el fin de una libreta sino hasta que ya se está usando para eso. Como si esas series se tejieran solas. Luego de dibujar tres sobremesas o de hacer diez retratos, te das cuenta de que comenzaste una colección. Esa libreta se vuelve sólo para eso y, si tiene suerte, nace así un nuevo libro único.

La segunda libreta de la que tengo memoria fue un diario de viaje que me llevé a Canadá cuando cumplí quince años. Me fui a un campamento con Aurelia, mi mejor amiga de aquel entonces, y ambas teníamos mucho miedo a volar. Con el paso de los días y la planeación del viaje, comenzamos a hacer las paces con el evento. Era bueno tenernos una a la otra, porque compartir el miedo a veces hace que éste se diluya un poco. Recuerdo que me calmó mucho el día en que ella me dijo: “Ojalá que el avión que se caiga sea el de regreso”.

Neto, mi mejor amigo y gurú de esa época, nos recomendó llevar una bitácora de viaje. Nos dijo que, con el paso del tiempo, uno suele olvidar las sensaciones e impresiones de ese preciso momento, y que así es posible revisitarnos años después, a través de nuestras memorias escritas, que recogen momentos específicos donde estábamos descolocados de nuestra cotidianidad. Han pasado diecisiete años desde entonces y, en cada viaje que hago, entre las libretas que siempre cargo, procuro llevar una sólo para hacer una crónica de esa experiencia.

Escribir durante los días en que Aurelia y yo estuvimos de viaje, luego de comprobar que el avión de ida no se había caído, me dio fuerza para tomar el vuelo de regreso. La muerte se puede posponer, siempre y cuando nos coloquemos en el presente. Esto sirve como receta infalible para vencer cualquier miedo. Lo que ella dijo al principio del viaje me otorgó la paz necesaria para atreverme a viajar y, por otro lado, para disfrutar ese tiempo suspendido que se vive en cualquier viaje. Todo lo que se aplaza nos da una sensación de eternidad.

En un viaje largo que hice cinco años después, antes de irme, decidí hacerles libretas a todos mis conocidos. Acababa de aprender a encuadernar en un taller que tomé en la facultad y me obsesioné. Cuando terminé unas quince libretas y las repartí en la falsa Navidad que mi mamá organizó (porque estaría fuera en la verdadera), sentí de lleno el miedo a estar en un avión otra vez. Mi mamá, psicóloga de profesión (y de un enfoque brutal hacia la vida), para calmarme, me preguntó que qué era lo peor que podía pasar: “Si hay turbulencia, pues pasará, y si se cae el avión, se cae”. Pero yo no quería morirme: “Pues si te mueres, te mueres y ya”. Me solté llorando. Luego recordé lo que años antes me había dicho Aurelia: si el avión se cae, que sea el de regreso.

Al ir venciendo esos miedos y subirme a esos aviones, comencé a coleccionar más libretas de las que habría tenido si no me hubiera subido a ninguno. Había dejado plasmadas experiencias que sólo así, colocando el miedo en el futuro y a mí misma en el presente, me atreví a vivir. Desde entonces, cuando entro en pánico, me tranquiliza pensar que la yo del futuro se encargará de resolver cualquier problema presente.

Hace un par de años, renové el sentido de mis crónicas de viaje. Cuando operaron a mi mamá del corazón, decidí comenzar una libreta. Como mis abuelos ya murieron, mis papás no están juntos y mi hermano estaba enfermo, me tocó ser la responsable del cuidado de mi mamá. Era una operación muy complicada. Nada estaba en mis manos y sentí un miedo muy parecido al que siento por volar.

Llevé una bitácora de viaje desde los días de preparación (que eran como hacer la maleta), hasta el día en que la operaron. El despegue fue muy difícil y el avión casi se cae, pero al final voló. Los días de terapia intensiva fueron una gran turbulencia. Y luego, por fin, el cielo limpio y la sensación de la nada. Su corazón había reaccionado bien, la válvula prostésica ya era suya, y pronto nos estábamos yendo a casa. Esa bitácora concluye con una de las últimas llamadas que le hice durante esa época. La llamaba diario un par de veces al día, preguntándole cómo estaba. Un día olvidé marcarle y al día siguiente me dijo que no era necesario hablar diario. Entonces me di cuenta de que ya estaba bien. Y di por terminada esa libreta, ese viaje.

Esta tercera bitácora está hecha de textos y dibujos. Volcar el día a día en palabras me ayudaba a poner en orden lo que estaba ocurriendo, pero dibujar me daba una paz especial donde conseguía no pensar en nada.

Las libretas son el lugar donde el tiempo no transcurre, donde la mente se va, donde el duelo no existe, ni el miedo a la página en blanco o a los aviones. Uno no usa una libreta por obligación, sino por necesidad. Por eso, las libretas están llenas de imprevistos y arrebatos, de ideas que se vuelcan casi solas y un resultado que jamás importa. Nunca se tienen demasiadas libretas porque cada una es un campo de juego diferente. Hay quien las llena sin decir agua va. Hay quien las cataloga por tema, por actividad, o hasta genera proyectos de libretas en sí. De ahí que haya tantas libretas llenas que terminan por convertirse en nuestros íntimos baúles de tesoros.

Ante esta pasión por las libretas han surgido proyectos valiosos. En Nueva York está la Brooklyn Art Library, una biblioteca sólo de libretas. Este lugar acoge el Sketchbook Project, en el que quien quiera puede participar. Sólo basta comprar una libreta Moleskine, en persona (si uno anda allá) o en línea (y te la mandan). Hay que llenarla y enviarla de regreso. La libreta se vuelve parte de su acervo, que está abierto al público y parte del cual puede consultarse en línea.

En México hace un par de años surgió el proyecto #DiarioCreativo, generado por Pieldemole, una marca mexicana independiente de libretas, que invita a sus usuarios a compartir en redes todo lo que dibujen, anoten y guarden en ellas. Y así se ha formado poco a poco una biblioteca virtual de dibujos mexicanos al que cualquiera tiene acceso con sólo teclear ese hashtag.

Hay otras libretas que están hechas de procesos. En el libro Sketchbooks The Hidden Art of Designers Illustrators & Creatives de Richard Brereton se recuperan los apuntes de creativos del mundo de la publicidad, del diseño gráfico, del diseño de modas y de la ilustración. Es como mirar dentro de sus mentes, palpar sus ideas antes de que se materialicen. El libro incluye entrevistas donde los artistas explican cómo usan sus libretas y cómo esos apuntes se relacionan con su trabajo terminado.

Como lectores, llama la atención ser testigos de un proceso quizá porque es algo parecido a mirar dentro del bolso de un desconocido, donde habitan sus secretos más remotos y sus herramientas más necesarias.
Como dibujante, la página en blanco se vuelve parte de tu vida diaria y tienes que hacer las paces con que esté ahí. Entonces las libretas surgen como un puente entre la amargura de crear y la creación sin restricciones. Ahí se puede dibujar o escribir sin pensar en absoluto en el resultado. Las libretas son un lugar para bailar con los ojos cerrados sin querer, hacerlo para uno mismo. Aceptar el dolor y la gloria sin que nadie te vea, y gracias a eso.

Hace poco leí Gratitud, un libro póstumo de Oliver Sacks, que compila los últimos cuatro artículos que escribió para prensa. En “Sabbath”, el cuarto artículo, Sacks recuerda cómo se alejó de su familia y de la religión:

“En 1955, a los 22 años, fui a Israel por varios meses para trabajar en un kibutz, y aunque lo disfruté, decidí no regresar. A pesar de que muchos de mis primos se habían mudado allá, la política del Oriente Medio me perturbaba, y sospechaba que me sentiría fuera de lugar en una sociedad profundamente religiosa. Pero en la primavera de 2014, tras escuchar que mi prima Marjorie —una física que había sido la protegida de mi madre y que había trabajado en el campo de la medicina hasta los 98 años— se acercaba a la muerte, la llamé por teléfono a Jerusalén para despedirme de ella. Su voz me sonó inesperadamente fuerte y resonante, con un acento muy parecido al de mi madre. “No pienso morirme hoy”, dijo, ‘el 18 de junio cumplo cien años y voy a celebrarlo. ¿Quieres venir?’. [1]

Me encantó imaginar cumplir cien años, más aun porque Marjorie lo hizo el día que yo llegué a los 30. Si alguien nos asegurara que viviremos cien años, ¿no sería más fácil hacer las paces con la vida conforme presenta sus complicaciones y alegrías? Tener la certeza del presente nos ayuda a borrar toda idea de fatalidad, sin importar si somos capaces o no de vivir más de lo que nos toca, ya sea cumpliendo cien años o evitando que se caiga un avión.

[1] Oliver Sacks, “Sabbath”, Sunday Review, The New York Times, 14 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.nytimes.com/2015/08/16/opinion/sunday/oliver-sacks-sabbath.html?_r=1


Autores
(Morelia, 1984) Es gestora cultural, ilustradora, editora y escritora. Coordina el diplomado Casa: Ilustración Narrativa de la UNAM. Forma parte del comité organizador de El Ilustradero y del Catálogo Iberoamérica Ilustra. Es socia de Oink Ediciones y del estudio Cuarto para las Tres.
Secretaría de Cultura