Tierra Adentro

Detalle. Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

 

David Foster Wallace es un autor que hay que leer, aunque nadie sepa decir por qué. Este texto propone liberarse de la imposición a cambio del disfrute, en una lectura minuciosa que descubre, por ejemplo, que sus personajes femeninos son sombras mal dibujadas en un universo cien por ciento masculino.

 

En abril de 2017, Deirdre Coyle escribió un ensayo en la revista electrónica Electric Literature titulado «Men Recommend David Foster Wallace to me», donde afirma estar tan harta de la situación a la que alude en el título de su texto, que la próxima vez que le pregunten cómo es posible que no haya leído a este icónico autor estadunidense, que en 2018 cumple diez años de muerto, responderá que la razón es simple: «No sé leer».

Feel you, sister! En México pasa lo mismo con Roberto Bolaño.

Los argumentos contra quienes le insistieron a leer al autor de Infinite Jest son contundentes y la crítica de Coyle ni siquiera va tan dirigida a la obra de David Foster Wallace, salvo porque se pone pinta a la compilación de cuentos Brief Interviews with Hideous Men, en la que «El tipo de los entrevistados repulsivos son profundamente familiares: artistas del ligue, artistas del truene, apologistas de la violación, hombres que pontifican sobre lo que las mujeres “realmente” quieren. […] Los hombres que me recomendaron a Wallace no se dan cuenta de que son los hombres repulsivos en cuestión, o bien, piensan que el hecho de darse cuenta de eso es lo mejor que puede esperarse de ellos»[1].

Deirdre Coyle tiene razón. Creo que en México, además de la superioridad moral que debemos tragarnos de los intelectuales de cepa, es muy difícil que las mujeres encontremos medios donde nos paguen por dar nuestra opinión sobre autores tan masculinizados como Wallace y, quizá por eso, nos relacionamos de otra manera con su obra. En Notas sobre el Estado, la cultura nacional y las culturas populares en México, Carlos Monsiváis afirma: «Los espacios constitutivos de esta cultura nacional han sido la familia, el Estado, la Iglesia, los partidos, la prensa, la influencia de las metrópolis, las constituciones, la enseñanza primaria, la universidad, el cine, la radio, las historietas, la televisión». Su literatura abarca todas y cada una de estas instancias, unque en otro contexto. Sin embargo, en este sentido, podría decir que Wallace es un escritor mexicano (kill me), como no lo es Octavio Paz, por ejemplo (double kill me). La Feria Estatal de Illinois que describe Wallace me parece algo más remotamente cercano a la Expo Ganadera de Guadalajara que El laberinto de la soledad a… ¿mí?

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Considero que el gran premio a la lectura dedicada (como si todo alrededor de la literatura tuviera que ser recompensado o reconocido) de la obra de David Foster Wallace es el entretenimiento. Esta idea le parecería horrorosa a él, pero era muy contradictorio, ya que siempre se preocupó por registrar extenuantemente todo lo que pasaba por su cabeza de una forma tan precisa y extraordinaria que resulta apabullante. Y luego no quería los reflectores encima.

Leí A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again, en la edición que reúne otros ensayos sobre tenis, televisión; una crónica en la que visita la Feria Estatal de Illinois (cuya lectura provocó que me echaran de la Vasconcelos por reírme de una manera que los guardias de seguridad consideraron peligrosa); una reseña en la que destroza el libro de un tal H.L. Hix, y el que da nombre a esta obra —y que es uno de mis favoritos—, tal vez únicamente superado por el primero de este mismo libro, «Derivative Sport in Tornado Alley», en el que habla de cómo se volvió un tenista semiprofesional gracias a su constelación en la que configuró su nueva vida lejos de casa y cómo, en un arranque suicida, él y otro adolescente se quedaron luchando en la cancha de tenis por ganar una contienda en medio de un tornado, algo que lo impresionó al punto de dejar este deporte.

Su ensayo «“E unibus pluram”: Television and U.S. Fiction» me permite ofrecer una explicación de por qué sigo disfrutando su lectura, a pesar de que me sienta problematizada frente a posturas tan válidas y sensatas como la de Coyle. En este texto, cuya premisa es que la nueva narrativa estadunidense se alimentó, sobre todo, de la televisión, Wallace afirma: «No conozco a ningún narrador que viva en un hogar medio americano. […] En realidad nunca he visto un hogar americano. Solamente en la tele». Pues bien, yo tampoco conozco un hogar americano promedio, salvo en la televisión abierta, con voces dobladas al español. Y he visto muchos programas por el estilo, al igual que, creo, la mayoría de quienes nacimos en los ochenta en hogares de clase media y sin antena parabólica. Pienso en series como La vida sigue su curso, que retrataban familias a las que hace referencia Wallace cuando habla de esa falsa cotidianeidad y creo que en gran parte se debe a ellas mi nostalgia por cosas que nunca conocí como las casas con jardines al frente, las cocinas integrales, las escuelas de niños sin uniforme y que siempre, sin importar que sea un kínder, parecen preparatorias (que no se parecen a nuestras preparatorias) y las diurnas cenas (el mismo concepto de «cena» suena impostado, igual que cualquier préstamo lingüístico del registro televisivo como «césped » o «piscina»)

He podido leer a David Foster Wallace gracias a la traducción del barcelonés Javier Calvo. En mi mente, habla como Javier Cámara en su ensayo para Narcos[2]. La traducción, desde luego, es en español ibérico. Ya mucho se ha alegado de por qué las editoriales trasnacionales (la única, digamos, Penguin Random House Targaryen, First of Her Name, the Unburnt, Queen of the Andals, etcétera) realizan sus traducciones en la variante peninsular del castellano y no en un español más estándar, pero todo parece indicar que los españoles, y sobre todo los barceloneses, son quienes mantienen a flote las ventas de los libros.

Pero, para mi fortuna, di con una traducción del cuento «Encarnaciones de niños quemados», de María Teresa Macouzet Menéndez, estudiante de la licenciatura en lengua y literatura modernas inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la revista Punto de Partida (núm. 181). Se trata de un cuento en el que un niño pequeño se quema con agua hirviendo mientras sus padres maniobran con lo que tienen a la mano para aliviar su dolor. Esta nueva versión me pareció más cercana y transparente a la recogida en el libro Extinción. Es la primera vez que leo a Wallace sin el filtro del español gachupín. La traductora hace una gran salvada: este relato cierra con la palabra «yoyo»

La traducción de Calvo corre el trágico sino de decir «yoyó», y se tambalea el efecto devastador que había generado la narración. En el texto de Macouzet no es así, la devastación del relato permanece completa. La traducción es la única forma en la que muchos podremos acercarnos a su obra; si algunos de sus textos resultan en partes intransitables en español, yo me declaro incapaz de leer un enunciado suyo en inglés, entre ese bosque de subordinaciones gramaticales e imágenes poéticas que resplandecen como claros entre el follaje de las palabras que conforman su absoluto entendimiento. Estoy segura de que si empieza a ser traducido por mujeres, tendremos una lectura completamente nueva de su obra, otro acercamiento.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

He empezado Infinite Jest tres veces, pero siempre he quedado bofeada en el escalón de las cien primeras páginas. En el tercer intento, la novela me estaba gustando tanto como para considerar empezarla por cuarta ocasión e, incluso, terminarla en el próximo episodio de desempleo, justo como en el que me encuentro en este momento de semindigencia doméstica. Fue entonces que me encontré con el ensayo de Coyle.

La autora me hizo caer en cuenta de que la mayoría de los personajes centrales de los relatos y, en este caso, la novela de David Foster Wallace son hombres; hay muy pocas mujeres. Y las que aparecían, como la señorita Pemulis, no parecían muy inteligentes de entrada o eran caricaturizadas con un trazo estereotípico, como las referencias a Persona, es decir, cualquier mujer que hiciera visitas sexuales a Orin Incandenza (ni siquiera estoy segura de que se trate de él).

No estoy capacitada para hablar de Infinite Jest. De hecho, no me siento capacitada para hablar de ninguno de los libros que he leído o releído de Wallace. Mi lectura de su obra es deficiente. Además de leer mal, leo lento. Soy perezosa. No puedo leer y leer con la exigencia y constancia de otros. Los momentos en los que he leído algún libro suyo se han convertido en temporadas.

En «Enough David Foster Wallace, Already! We Need to Read Beyond our Bubbles», publicado en The Guardian coreando a Coyle, Jessa Crispin confiesa que «Infinite Jest fue la mayor pérdida de tiempo de un verano que jamás haya tenido. Y ése es el punto. El gusto es subjetivo. […] El gusto es político». Y tiene razón. Pero, hey, al menos Crispin tiene veranos de, asumo, vacaciones para leer esa novela. Mi amiga Bárbara, la única mujer que conozco que la ha leído, lo hizo durante su recuperación de una fractura de clavícula que la mandó a casa, lejos de su demandante trabajo.

En «Brief Interviews with Hideous Men: The Difficult Gifts of David Foster Wallace», Zadie Smith dice: «[Los hombres repulsivos viven] atrapados en el lenguaje. Las preguntas en dichas entrevistas (representadas con la letra P) no sólo están “ausentes” de manera formal en las conversaciones, sino que quienes las responden las han internalizado. Estos hombres anticipan todas las preguntas y además las respuestas que ellos mismos esperan, así como las reacciones que dichas respuestas ya concluidas van a provocar. De hecho, todo referente externo ha sido tragado por el lenguaje y orbitado siempre sobre sí mismo. En esta espiral, otras personas simplemente no pueden existir. “Tú” se ha convertido sólo en otra palabra, flanqueada por signos de interrogación, y los resultados son, en efecto, repulsivos»

Esto nos encamina hacia una lectura que evidencia los mecanismos de poder que estos hombres han ejercido sobre las mujeres.

Puede que la idea para escribir Brief Interviews with Hideous Men haya surgido de su primera compilación de cuentos, Girl with Curious Hair, en el que la mayoría de los personajes son mujeres y donde hay también una historia («Here and There») donde una pareja está narrando en terapia, por separado, su punto de vista de la ruptura.

Este libro está lleno de personajes femeninos, como en «Little Expressionless Animals», que resultan hermosamente trazados y fuertes, con narrativas propias que fluyen como corrientes marinas, tirando para un lado y otro de la historia, y dejando algo en medio, eso que el autor siempre deja flotando en soledad y que provoca una angustia infinita y un alivio al mismo tiempo.

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).

Ilustración de Liz Mevill (Morelos, 1985).


 
 

En «“…”: Language, Gender, and Modes of Power in the Work of David Foster Wallace», Clare Hayes-Brady trae a cuento esta discusión sobre la pertinencia de una lectura con perspectiva de género en la obra de Wallace y a qué se debe que sus personajes femeninos en general permanezcan callados. «Mientras las mujeres son conspicuas en la escritura de David Foster Wallace, ya sea por su ausencia o su falta de desarrollo, esta ausencia emerge como consecuencia de la conciencia de su alteridad. Su sobreentendimiento de la diferencia de géneros, paradójicamente, paraliza su capacidad autoral de empatía, dejando un compromiso oblicuo con la feminidad como única intención posible de explorar los problemas de género. […] La pasividad del sujeto femenino en la obra de Wallace tiende a derivar en una lectura masculinista de su trabajo. […] Las funciones femeninas están ausentes —no tanto aisladas— sino en contraste, cooperación y combate con el hombre activo y presente. Esta estrategia de oposición es un componente central del gran proyecto de Wallace sobre la subjetividad y la identidad. De igual manera, mientras una lectura aislada de lo femenino resulta desesperanzadora, se convierte en un personaje aparte cuando se lee contra y al margen del masculino.»

Así, podemos afirmar que el silencio de los personajes femeninos en gran parte de su obra se refiere a un claroscuro que delimita lo contrario, la otredad.

Adoro «Getting Away from Already Being Pretty Much Away from It All», la crónica sobre la Feria Estatal de Illinois. En ella, Wallace regresa al lugar donde creció, acompañado por la que él llama Compañera Nativa y que es una tipa divertidísima a quien le encanta enseñar los calzones en los juegos mecánicos, y gracias a la cual el autor muestra una fragilidad medio boba que lo aleja un poco de su pulsión por desarmar todo con su entendimiento. Se trata de una feria ganadera y agrícola, de algo en la tierra. Creo que en esta crónica hay una diversión genuina y vital que también se manifiesta en el autor, sin el hálito a veces mortecino de su humor cuando se encuentra en el crucero o volando dentro de un tornado. En esta crónica David Foster Wallace vivió realmente, más allá del exoesqueleto de intelectualización con el que nos es presentado.

Nos acercamos a autores como él con miedo, porque nos han explicado que ésa es la manera correcta. Que debemos leerlo. ¿Por qué escuchar a los hombres repulsivos que imponen, entre otras cosas, su lectura? ¿Por qué no quitar la valla de sobreinterpretación que nos aleja de él? Nada se pierde si dejamos de leerlo, sobre todo en un país como México, donde la violencia de género, desde sus expresiones más inocuas hasta las más terribles, es normalizada. Pero lo que se gana al hacerlo, al menos en mi caso, se relaciona más con nuevos ritmos de lectura y hallazgos en esa percepción absoluta, más allá de un espectáculo literario. Para mí leer a Wallace es instaurarme en un tiempo paralelo, uno que me aleja de los ritmos y las lecturas impuestas por muchos (algunos de los cuales también son sus fans).


Notas

[1] Todas las traducciones en este artículo pertenecen a la autora, a menos que se indique lo contrario. [N. de los eds.]

[2] Veáse https://www.youtube.com/watch?v=1nwRaahZdRY&ab_channel=Rioja2.com


Autores
(Guadalajara, 1982) es poeta. Su libro más reciente, Jaws [Tiburón], obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2015.

Ilustrador
Liz Mevill
(Morelos, 1985) es artista plástica e ilustradora. Participo en el proyecto de ciudad-mural ≪Central de Muros≫ en la Central de Abastos (2018), ilustradora del álbum ilustrado ≪La Hoguera de Bronce: Historias de Bosques y Selvas≫ (Secretaria de Cultura, 2018).
Secretaría de Cultura