Tierra Adentro

 

En la pequeña y oscura sala del departamento 506, Esteban aguarda con impaciencia a los papás de Carlitos, un niño de 8 años a quien cuidará por dos días.

A Esteban, los espacios cerrados y oscuros le producen ansiedad, no soporta tener la puerta de su habitación cerrada. Prefiere la completa violación de su intimidad a permanecer encerrado por más de un par de minutos, sin embargo, cuando el debutante de niñero tiene que enfrentarse a lo que más odia, sus dedos índices en automático buscan a sus amigos los pulgares para frotarse una y otra vez, al grado, incluso, de llegar a sangrarse.

La sala es pequeña y no alberga más que dos sillones, una mesita de centro soportando el peso de varios libros apilados, y un par de cortinas negras que cubren todo rayo de luz, haciendo que el joven niñero desee levantarse e ir a su casa, pero se ve obligado a esperar o sus padres lo reprenderían, y él lo sabe

Pasados 5 minutos Esteban se levanta del sofá para retirarse cuando, sin esperarlo, el padre de Carlitos sale de la habitación del niño, le dirige una mirada con un aire de extrañeza. La madre, que hasta hacía unos minutos se arreglaba en el baño, lo inspecciona inquisitivamente.

—¿Pensabas irte? —replica la madre.

Esteban baja la mirada, no sabe qué le causa más ansiedad, si el espacio encerrado y oscuro o la mirada de la mujer.

—Siéntate.

Esteban toma asiento al mismo tiempo que los señores se acercan a él.

—¿Cuantos años tienes, hijo? —pregunta el padre.

—Trece.

—¿No crees que eres muy joven para cuidar de nuestro Carlitos?

—No, señor.

El hombre confía en Esteban. Además de que su madre les habló maravillas de él, es sabido por todos los vecinos del condominio que Esteban no es capaz de matar una mosca ni de robarse nada.

—Bien. Te explicaremos lo que debes de hacer. Ni se te ocurra —dice la mujer, aún inquisitiva— desobedecer.

—Como bien sabes, hijo —dice el padre— Carlitos está muy enfermo y no puede levantarse de su cama. No lo fuerces a hablar, necesita un tanque de oxígeno para poder respirar, entonces es mejor que no lo intentes.

—Lo único que debes hacer es cuidar que no salga de su habitación, supervisarlo. Es un niño y como todo niño quiere jugar, pero no entiende que su situación es delicada —la madre le entrega una tarjeta—. Este es mi número. No olvides llamar si tienes problemas.

—Y… ¿No comerá nada?

—¡No! —exclama la mujer—. Ni se te ocurra.

—Carlitos tiene conectada una sonda, por ahí come. Mira, hijo, te propongo algo. En un par de días será el cumpleaños de Carlitos, si haces bien tu trabajo podrás venir a jugar con él, ¿te parece?

Esteban no piensa en jugar con él ni en conocerlo, lo único que más desea en ese momento es que los dos días pasen volando para ir a su hogar cuanto antes; extraña la luz y los colores chillantes de su departamento.

Antes de marcharse, los padres le indican que puede comer cualquier cosa que haya en el refrigerador, calentarse comida o hacerse palomitas, puede ver el televisor, pero con un volumen muy bajo, y que por nada del mundo puede abrir la puerta de la habitación de Carlitos ni irse a su departamento.

 

Después de esperar lo suficiente como para que los padres regresen por si se les ha olvidado indicarle alguna otra cosa, Esteban abre las cortinas hasta que uno que otro rayo de luz ilumina el lugar, son las tres de la tarde y con las cortinas cerradas parece que fueran las siete o quizás las ocho de la noche.

 

Una combinación de olores satura su nariz, ya lo había percibido desde que llegó al departamento, pero nunca de una forma tan intensa como ahora. Trata de rastrear de donde vienen esos olores, pareciera como si se tratara de carne podrida combinada con aromas frutales. Aunque a veces los aromas frutales se imponen, hay momentos en que la peste penetra con más fuerza sus fosas nasales.

El niñero se dirige a la cocina y empieza olfatear cual perro cazador. Abre el microondas y encuentra un plato vacío. Sobre la estufa todo parece en orden, pero cuando abre el refrigerador y casi se cae de nalgas por el susto. Un plato cubierto con una bolsa transparente resguarda unas patas de cerdo y la mitad de la cabeza. “¡Eso es lo que huele asqueroso!”

Esteban cierra la puerta del refrigerador y justo en el ¡plak! le parece oír ruidos en el cuarto de Carlitos. Se desliza a la sala de la manera más cautelosa posible. En efecto, los ruidos vienen del cuarto. Tal vez se ha despertado. Esteban se queda inmóvil, no desea que Carlitos se asuste por culpa suya, porque ni siquiera sabe si sus padres le avisaron que tendría un niñero.

Esteban, mientras tanto, decide sentarse en el sofá donde los rayos de luz son más intensos, mientras escucha el lento caminar de Carlitos. Esteban piensa que Carlitos arrastra los pies como su abuelo Tino, igual de arrítmico y lento. “Pobre Carlitos,” piensa y se compadece de él por primera vez, piensa en todo lo que se está perdiendo, ya que a esa edad él ya había hecho muchas cosas, como ir a los caballos, al zoológico o cuando su padre lo llevó a conocer el mar.

Carlitos deja de caminar y el joven niñero supone que ha vuelto a la cama. Cuando levanta la mirada descubre una foto familiar en una de las repisas. Carlitos, muy sonriente, está sentado en las piernas de la madre, viste un traje de marinero color blanco con los costados decorados de azul y una gorrita muy simpática. Esteban mira con atención, se siente confundido, Carlitos se ve tan normal que no pareciera estar enfermo, tal vez estaba a punto de enfermarse.

Al volverse a su lugar, tira uno de los libros apilados en la mesita. El chico lanza un quejido por el susto, lo que provoca que Carlitos se vuelva a despertar, esta vez, sus pisadas son un poco más apresuradas hasta detenerse en la puerta.

Esteban está asustado, no sabe qué hacer. Llamarle a la madre o decirle a Carlitos que es su niñero. Está indeciso, pero decide acercarse a la puerta y decirle que no se preocupe, que todo está bien, que sus padres salieron y que él lo cuidará en lo que sus padres regresan.

La respiración dificultosa y pausada de Carlitos distrae de sus pensamientos al angustiado niñero. Esteban recordó a su abuelo Tino; antes de que muriera tenía una especie de cubrebocas que lo ayudaba a respirar, así como Carlitos respira.

—¿Carlitos? S-soy Esteban.

Carlitos no responde, solo se oye su respiración entrecortada y profunda.

—Tus padres salieron, yo te cuidaré solo por hoy y mañana.

Espera respuesta. Se lleva la mano a la frente recriminándose su tontería, pues Carlitos casi no puede hablar y es absurdo que responda.

—No me respondas, sólo te hablo para que sepas que yo estaré…

Esteban se interrumpe al escuchar que Carlitos vuelve a caminar alejándose de la puerta.

El incidente no pasa a mayores, es hasta las siete de la noche cuando Carlitos empieza a mostrarse más inquieto. Esteban procuró encender todas las luces antes de que cayera la noche y se llevó una gran sorpresa al notar que todos los focos estaban resguardados por lámparas que proyectan una luz tenue y rojiza; lo que mantenía el lugar casi en penumbras.

El cuarto de Carlitos también proyecta una luz rojiza muy tenue que se alcanza a percibir por debajo de la puerta,  al igual que dos sombras pequeñas.

—Deberías irte a la cama, Carlitos —sugiere el chico.

Después de un tiempo considerable un trozo de papel es deslizado por debajo de la puerta. Esteban lo recoge y alcanza a leer el mensaje a pesar de la pésima caligrafía.

“Uno sí dos no.”

Esteban no comprende.

—¿Uno sí, dos no? No entiendo.

Carlitos deja pasar unos segundos y da un golpecito a la puerta, deja pasar otros segundos y da dos golpecitos de nuevo. Esteban sigue sin entender.

Carlitos intenta hablar, su respiración parece cansada y entrecortada. Las palaras que trata de emitir se enredan. Esteban recarga la oreja a la puerta para entender lo que trata de decir el pobre niño hasta que un golpe seco en la puerta le retumba en el oído. Esteban grita de susto.

Retrocede unos pasos con las manos en el pecho, en ese momento suena el celular. Contesta, es su madre, le pregunta cómo va su día. No se demoran más de un minuto y cuelga, cuando Esteban voltea hacia debajo de la puerta hay otro trozo de papel. “JA JA”

Esteban enfurece.

—¿¡Te parece gracioso!? —estalla.

¡Toc!

Esteban se queda pensativo. Lo ha entendido.

—Carlitos, ¿estás aburrido?

¡Toc!

Sí, lo ha entendido.

Esteban dibuja una sonrisa en el rostro. Ha olvidado el malestar que le provoca estar en ese lugar encerrado y casi en penumbras y mejor piensa que para poder entablar una conversación con Carlitos tiene que hacer preguntas que se limiten a un sí o un no.

—¿Tienes hambre, Carlitos?

¡Toc! ¡Toc!

“Umm, veamos. ¿qué más puedo preguntar?” Piensa.

—¿Extrañas a tus papás?

Carlitos tarda un tiempo en responder hasta que suena el primer toquido. Esteban está a punto de formular otra pregunta cuando se escucha el segundo toquido.

Hablan un buen rato hasta que dan las 11 de la noche, a Esteban se le empiezan a terminar las preguntas.

—¿Es verdad que dentro de poco será tu cumpleaños?

¡Toc!

—¿Y estás feliz, por ello?

¡Toc! ¡Toc!

—¿Por qué no? —pregunta sorprendido-¿No vendrán tus amigos?

Esteban se recrimina, ha olvidado que la conversación se limita a un sí y un no.

Carlitos no responde, Esteban se culpa, se lamenta con Carlitos, pero ya no hay más respuestas. Sus pasos lo delatan, ha vuelto a la cama.

Esteban se va a la cama culpándose. “Soy un completo idiota.”

A la mañana siguiente bajo la puerta hay un trozo de papel más grande. Las letras son cada vez más difíciles de leer. Esteban sonríe, de pronto el fétido olor reaparece. Esteban corre a la cocina sin soltar el papel, piensa cómo hacerle para que esa maldita comida deje de apestar. Busca por todos los cajones de la alacena y encuentra pastillas aromatizantes, pone dos en cada lado del plato. El olor a frutas  ha quedado impregnado en las yemas de sus dedos y en sus fosas nasales, por lo que lo acompañará un buen tiempo.

Esteban vuelve a leer lo escrito en el trozo de papel. “¿Quieres amigo ser? Reza”.

Carlitos al parecer no se ha despertado, Esteban curiosamente siente ansias para responderle. Se debate en esperar a que despierte o despertarlo, no sabe qué hacer. Da vueltas al asunto hasta que lo decide. Se acerca a la puerta y piensa en la manera más original que se le puede ocurrir, coloca los nudillos en la puerta y ¡Toc!

De pronto, como si Carlitos sólo hubiese estado esperado esa respuesta, se oye que se levanta de la cama, después un estruendo, como de vidrio quebrado. Esteban se ve imposibilitado en preguntar pues Carlitos apresura el paso y en menos de un minuto está parado detrás de la puerta. Su respiración parece agitada, llena de excitación. Carlitos trata de emitir palabras, pero sólo consigue ruidos extraños y guturales.

—¿Estás bien?

¡Toc!

Carlitos le desliza otra nota más, esta vez lo invita a pasar a su habitación, lo quiere conocer. Esteban duda, los padres le indicaron que por ningún motivo debía entrar. Carlitos se impacienta con la respuesta y le desliza otra nota con signos de interrogación. Al no recibir respuestas emite un sonido, de pronto se oyen sus pisadas torpes y aceleradas en toda la habitación hasta que, por debajo de la puerta, le desliza una fotografía. Es Carlitos vestido de marinerito, pero sin sus padres, está dormido en una cama blanca. Esteban la mira con ternura.

—Yo no tengo una foto —se disculpa Esteban.

Sigue pensativo hasta que por fin se decide.

¡Toc!

Del otro lado se escucha un sinfín de sonidos extraños. Carlitos estalla de emoción.

—Pero… ¿cómo entro? Tus papás no me dejaron llave.

No hubo respuesta ni más ruidos de exaltación, ni pasos apresurados.

Esteban se vuelve al sillón a esperar la llegada de los padres, piensa que el deseo de Carlitos por conocerlo se ha frustrado.

Pasan de las cinco de la tarde, los padres están por llegar, tal vez a las siete u ocho. Esteban recibe una llamada de su madre, platican un par de minutos, deja de prestar atención y piensa que de verdad quiere conocer a Carlitos y que si no lo logró hoy, lo hará el día de su cumpleaños.

La llamada de su mamá hizo que no se percatara que debajo de la puerta, Carlitos le había deslizado una nota, ésta dice: “¿Por siempre amigos?” Esteban con una cálida sonrisa responde.

¡Toc!

En un instante aproximadamente, la llave de la puerta es entregada por Carlitos, quien espera con impaciencia la entrada de su amigo. Esteban la toma, duda un poco y piensa en lo peor que podría pasar. Tal vez Carlitos esté enfermo, pero que entre no hará que su salud empeore.

Abre la puerta con cuidado. El fétido olor penetra cual rayo mortal en las fosas nasales y Esteban vomita a un costado de la puerta. La tenue luz rojiza impide que distinga a su amigo. Todas las ventanas están cerradas y cubiertas con cortinas negras, largas y gruesas.

Antes de reincorporarse, a unos pasos de donde ha vomitado ve un cuadro tirado. Lo recoge y lo observa, su rostro, en ese momento, refleja un terror indescriptible, sus ojos parecen estar a punto de salirse. El olor cada vez es más penetrante. Esteban, tembloroso, quita la mirada de la fotografía y frente a él, en la penumbra, Carlitos lo mira con el único ojo que le queda, pero es imposible saber con qué gesto lo recibe Carlitos, ya sea por la tenue luz que poco ilumina su rostro descarnado, o por la poca piel que le cuelga del rostro.

Carlitos da unos pasos, su ropa de marinerito se ve más holgada y vieja que en las fotografías, debido a la poca piel y músculo que le queda a su cuerpo. Esteban jamás hubiera creído, si no lo hubiese presenciado con sus propios ojos, que un esqueleto pudiera caminar, incluso mantenerse de pie sin ayuda.

Esteban se lleva las manos al rostro y grita un par de ocasiones. El niñero intenta retroceder para salir corriendo, pero en el umbral de la puerta ve al padre de Carlitos con un bate en las manos. Justo antes de volver a gritar, recibe un fuerte golpe que le parte la cabeza en dos. Cae fulminado.

 

En la sala, con las cortinas impidiendo el paso de la luz se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Los padres de Carlitos están muy entusiasmados de que su hijo por fin haya conseguido un nuevo amigo.

Sin embargo, a diferencia de las demás fiestas infantiles, esta es especial. En el centro de la mesa no hay un pastel que degustar, sino un jovencito con la cabeza recién cosida, respirando con dificultad, sus ojos, a punto de salirse de las cuencas dejan escapar un par de lágrimas. Carlitos lo mira con éxtasis. Ambos, a partir de ahora, serán amigos por siempre.

 

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Secretaría de Cultura