Tierra Adentro


► UNO

Si fuera José García —el desgarbado protagonista de El libro vacío—, preferiría reunir mis anotaciones diarias en un documento de Word. Tal vez parezca pretencioso si afirmo que mi vida y la de José García, en su simpleza, comparten semejanzas, pero es clara la diferencia entre los dos: en rigor, él escribe en un cuaderno y corrige a mano. Reescribe partiendo del error, no importa si en el camino arruina varias hojas con minucias. Todo esto para conseguir, al menos, algo decente a lo que pueda llamar libro. En cambio, yo sencillamente oprimo unas cuantas teclas si quiero eliminar párrafos enteros, modificar palabras, reemplazar una frase por otra o comenzar de nuevo la idea, sin ninguna complicación más que la de ser fuerte cuando decida cerrar para siempre ese incómodo «Documento 1», sin guardar los cambios. Sin embargo, aun cuando me sienta satisfecho, al poco rato mis palabras me parecerán ociosas, sin importancia, como a García sus propias confesiones. Me pregunto si mientras él escribía era consciente de que al dejar en blanco su cuaderno número dos, su afán de concebir un libro estrictamente escrito sería rebasado. Temo que lo que García ignoraba era que, después de todo, su cuaderno vacío eclipsaría esos meses de trabajo delante de la mesa, escribiendo hasta sacarse ámpulas.

Aunque parezca fácil tirar al fuego un cuaderno o simplemente deshojarlo, resulta más sencillo no guardar los cambios en una hoja de Word bajo el pretexto de creer que algo le falta. Desde un inicio comencé a escribir en computadora porque supuse que en cualquier momento podría apagarla y decir que todo fue un pasatiempo que no se debería tomar mucho en cuenta. Me considero un cobarde al que —sospecho— le dará miedo leer después lo que escribió cuando tenía veintitantos años. Tal vez por eso escribo en computadora y no a mano. Hasta ahora todo lo que he escrito no me parece otra cosa más que el contenido adecuado para un cuaderno «número uno». José García, por su parte, escribe en cuadernos porque sus agallas lo han formado para soportar cualquier relectura propia.

Después de todo, creo que a José García le faltó soltar una carcajada, una estridente y espeluznante carcajada al final de la novela. «La angustia que genera el absurdo se resuelve siempre en risa», escribe Jazmina Barrera con respecto a la zozobra de Alicia (la de Carroll) al no poder hallar una salida en medio de la espesura del bosque. El cuaderno número uno de José García es, ante todo, su diario de la desesperación. En él reside la espesura de un bosque de donde su dueño saldrá, paradójicamente, si planta más arbustos, cuenta más secretos, escribe más palabras. García tiene bien claro que debe seguir escribiendo para alejarse de esa zanja que es la escritura. Su empresa, sin embargo, es inútil. Cuando escribe, José García se parece a aquel comiquísimo sujeto nervioso que en un desesperado intento por tomar la decisión correcta, no hace más que dar vueltas en un mismo lugar hasta que, llegado el punto, sus pasos abren un enorme hoyo en el piso, una fosa inconmensurable que termina por tragárselo.

 

►UNO

¿Cómo será el inconsciente de

alguien que aprehende

lo natural sólo a través de la técnica?

Mario Bellatin

Me parece una exigencia absurda la de escribir nuevamente con pluma y papel. Será porque cuando comencé a escribir pocas veces me acerqué a un cuaderno con la esperanza de que mis poemas (porque yo también inicié escribiendo poemas) mejoraran. Ni siquiera lo tenía en cuenta. Digamos que mi pasado literario comenzó el día que supe que la computadora no sólo servía para ver porno o curiosear en Encarta. A propósito, me cuesta trabajo comprobar la edad a la que alguien comenzó a escribir y que, según varios, se advierte en sus textos.

Se me dificulta, por ejemplo, darme cuenta de que Dobleú comenzó a leer a los dos años y a escribir inmediatamente después de terminar de nutrirse con la leche materna, o si los pininos de Igriega en la literatura se dieron a la par de su aprendizaje del abecedario. En otras palabras, no puedo percibir en un texto la edad en que su autor garabateó por primera vez con ambiciones literarias. Por más que Jota me reclame que es evidente, que por la calidad de su prosa, que si no me doy cuenta de que en los poemas de Eñe se nota que desde chavita comenzó a imitar a los clásicos. Ignoro si se puede llevar a cabo un experimento como este. Y si llegara a hacerse realidad, me importa poco que en algún momento alguien lo haga con mis textos. Por eso mejor soy franco desde ahora: yo no comencé a escribir hasta los diecinueve años, cuando algunos ya tenían libros publicados.

Mi problema con la escritura es que siento que le debo algo. Supongo que esta sensación de deuda es una de las causas del rechazo hacia la escritura a mano como primer peldaño de una carrera literaria profesional. De hecho, hasta hoy me pregunto por qué desde un principio no me hice de dos cuadernos como José García. O al menos me gustaría saber qué rumbo seguiría mi escritura si en la secundaria hubiese elegido el taller de mecanografía en vez del taller de música. Ahora que lo pienso, creo que hubo dos razones por las que tomé esta última decisión: 1) a esa edad consideraba que era inútil utilizar una máquina de escribir, pues la mayoría nos dábamos abasto con la computadora para hacer tareas y 2) según yo, a ese taller únicamente podían inscribirse mujeres; ¿qué haría ahí, con el tecleo incesante producido por los deditos de uñas mordisqueadas de quinceañeras aspirantes a secretarias? Tal vez coquetear, pero no más. Reconozco que el uso de cuadernos a la José García, al igual que las máquinas de escribir, me resultan todavía utensilios arcanos de un pasado en el que con o sin mí se escribía, y mucho. Aun así, sufro cuando pienso en ello: algo me dice que la «verdadera» literatura se escribe a mano. Escribir con lápiz y papel, parece, es acceder a un pasado en el que hasta esa forma tan rudimentaria de hacerlo era mejor.

Varias veces he sentido que por más que me esfuerce en corregir y borrar, corregir y borrar, comenzar de nuevo sin guardar ningún cambio, lo único que conseguiré será tanto como una hoja en blanco, pero cuyo silencio no forme parte de metáfora alguna. Desde que comencé a escribir he pensado más en la derrota que en el éxito. No me refiero, desde luego, a los concursos o la fama; sino a no conseguir nada más que llenar páginas, para luego cerrarlas sin guardar los cambios (el eterno cliché de la escritura). Es común que me deshaga de todo lo que hasta ese momento llevaba escrito. Me incomoda hallar errores, me agota corregirlos, pero si no lo hago y días después encuentro uno me siento indefenso, como si alguien fuese a burlarse de mí si lo notara. Por eso prefiero cerrar el documento y comenzar de nuevo en uno limpio. Gracias a esto me he dado cuenta de que me equivoco más de lo que pienso. Yerro porque no pongo la suficiente atención. Necesito una segunda, a veces una tercera oportunidad para no sentirme mal, pues al fallar inmediatamente tiendo a dar explicaciones de por qué no pude hacerlo a la primera. Ensayar me libera de asumirme tal cual soy: un enfermo de perfeccionismo.

Portada 1

 

►UNO

Una noche, durante su borrachera, una amiga me aseguró que el ensayo para ella no era más que un juego de vaivenes. Que lo que ella escribía en ese momento de su vida, dentro de cinco o diez años podría parecerle tan ingenuo que tendría la oportunidad de destruirlo y comenzar de nuevo. «Algo así como decir lo mismo toda la vida pero con otras palabras; ¿no?», le pregunté. Movió la cabeza. Yo también estaba borracho.

Pese al grado de alcohol que los dos transpirábamos (o por eso mismo), su idea me pareció tan lúcida que bien podía pasar por la definición más exacta que he escuchado de ensayo. Me atrajo enseguida la idea de vacilación, el grado de duda que existe a la hora de escribir. Ella, vale decir, bebía, como hacen muchos, para atenuar las penas del amor. Esa noche se emborrachaba, recuerdo que aclaró, «para olvidar a un bato al que quiero pero que a la vez no y con el que tengo problemas pero es que sí me gusta un chingo pero casi no nos vemos y luego está este otro que me manda y manda mensajes y yo no sé qué hacer porque al otro lo quiero pero con este duré mucho tiempo y también lo quiero pero al otro lo quiero más Diego mucho más si supieras si tú supieras…». Después vino esa definición suya acerca del ensayo. Al lado de mí había otra amiga en común que sólo se dedicaba a asentir y tomar en serio las palabras de la inestable ensayista borracha.

Pienso que sólo hasta este momento de la historia el ensayo encontró por fin su molde original (quizá el más radical pero también el más sensato): una hoja de Word. Si se toma en cuenta que el cuaderno de anotaciones de José García tiene mucho de ensayo (esto no es exclusivo de su contenido: la acción de comprar un cuaderno y hacerlo un borrador permanente es en sí la quintaesencia del ensayo), él tiene un punto a su favor: posee un cuaderno donde guarda todo lo que no querrá decir en el libro, ese otro cuaderno que se llena de silencio conforme su escritura va siendo aplazada. Tal vez el cuaderno de práctica de García resulte una objeción para un ensayista «de verdad», que debe conformarse con una hoja blanca. Esta hará las veces de borrador y obra, boceto y resultado, ejercicio y presentación al mismo tiempo.

Me pregunto qué hubiera hecho García si en vez de un cuaderno hubiera tenido una computadora. ¿Acaso sería igual que con sus cuadernos? ¿Ostentaría el mismo grado de importancia una hoja blanca virtual que una de papel? ¿A dónde irían a parar todas esas palabras que durante meses escribió pero no guardó? ¿Y lo que no dijo? ¿Será que el ensayista puede darse el lujo de tener, además de su hoja de ensayo, un borrador para guardar aquello que no se atreve a presentar como algo acabado? Cuenta Paola Velasco que Alfonso Reyes reprobaba el uso de borradores y anotaciones preliminares a la elaboración de un ensayo; para él resultaban innecesarios, cuando de lo que se trataba era justamente de improvisar. Concuerdo con Reyes, pero ¿y esas notas que no mostramos, no por ineficiencia sino por vergüenza? ¿Qué sucede con los cientos de párrafos sobrantes, que bien pueden tomarse por el negativo de nuestro ensayo definitivo? Un borrador incuba el origen de toda obsesión. Tanto así que sin el cuaderno uno de García jamás nos hubiéramos enterado de su empeño en escribir eso que sabía que se encontraba en otro lugar, lejos de él, en la periferia de sus palabras.

Los borradores siempre quedarán en una zona oscura, negativos del proceso de escritura que, por su franqueza, conforman esa vida que no vemos, que imaginamos, o que sencillamente sospechamos entre líneas.


 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992) es autor del libro de ensayos Punto ciego editado por Ediciones de Punto de Partida y la Dirección de Literatura UNAM. En 2014 fue beneficiario, en el área de ensayo, del Pecda-Puebla. En 2015 obtuvo el Primer Premio de Ensayo en el concurso 46 de la revista Punto de Partida.
Secretaría de Cultura